Don José

Como cada mañana desde hacía dos o tres meses, don José se levantó muy temprano, antes de amanecer. Aunque no había perdido la costumbre de despertarse pronto tras jubilarse (tantos años hacía ya de eso…) sí había tomado el hábito de permanecer en la cama una hora o dos después de que el horario tan férreamente asentado en su cuerpo durante toda su vida laboral, le hiciera abrir los ojos y asomar una mañana más al mundo. Al principio no demoraba demasiado el momento de levantarse, ya que en cuanto oía a su mujer moverse inquieta en la cama (síntoma claro de que estaba a punto de despertarse ella también) se levantaba para prepararle el desayuno, como había hecho todos los días desde que se casaron. Pero desde que ella falleció, cuatro años atrás, a Don José le costaba salir de las sábanas y enfrentarse a un día que, para él, ya no tenía ningún sentido.

Hasta que eso cambió, una mañana tres o cuatro meses atrás.

Don José se levantó y fue al cuarto de baño. Después de orinar (con dificultad, la próstata volvía a darle guerra) se duchó y lavó el poco pelo que le quedaba. Esto era también una novedad, ducharse a diario, ya que, tras la muerte de su esposa, había tenido que ser su hija quien le recordara, de vez en cuando, que debía hacerlo. No por falta de higiene en don José (o porque la cabeza se le fuera ya) sino simplemente porque ni tenía ganas ni veía necesidad de hacerlo. Hasta ahora.

Tras ducharse, se enjabonó con cuidado la cara y trató de afeitarse lo mejor posible. Eso era lo más complicado, ya que el temblor de las manos no le dejaba hacerlo bien así que o se dejaba alguna zona sin rasurar debidamente o se arriesgaba a cortarse. Cada mañana valoraba internamente como daría mejor (o peor) aspecto, si mal afeitado o lleno de cortes, y cada mañana sacudía la cabeza sin poder darse una respuesta y enfadado, tal vez consigo mismo, tal vez con su edad, tal vez con Cristina. Sabía que lo mejor era comprarse una maquilla eléctrica, y unas semanas atrás había ido a una de esas grandes superficies (había tomado dos autobuses, rememorando con lástima los tiempos en lo que iba con su mujer en coche, a cualquier sitio) pero el precio era prohibitivo para su exigua pensión. Tal vez, pensó, se lo podía pedir a su hija como regalo de Navidad… Pero para eso aún faltaba tiempo, así que Don José se arriesgó a cortarse y trató de apurar la barba. Esta vez casi lo logró, solo se hico un corte en la mejilla derecha, que taponó con un pedacito de papel higiénico. Con un poco de suerte, casi no se le notaría…

Tras afeitarse, don José se echó colonia (no demasiado buena, seguramente, ya que la compraba en el supermercado pero que otra cosa podía hacer…) y se vistió con cuidado. Estuvo, como cada mañana, un rato delante del armario, tratando de hacer cábalas de que combinación de ropa (que no se hubiera puesto recientemente) le quedaría mejor. Como durante años había sido su mujer quien le elegía la ropa y su fondo de armario tenía poco de fondo, la tarea le resultaba bastante penosa. Al final, sin estar del todo satisfecho, se decantó por unos pantalones oscuros, una camisa clara, una americana azul oscuro que le había regalado su hija por su cumpleaños y una corbata rosa con pequeños lunares. Hacerse el nudo de la corbata le llevó un rato, primero porque el temblor de las manos (que le atacaba con más fuerza precisamente cuando se ponía nervioso), no le ayudaba demasiado y en segundo lugar, porque ya no tenía la habilidad suficiente como para no dejarla corta o larga a la primera, así que tuvo que repetirlo varias veces delante del espejo; tras varios intentos, se dio cuenta de que ese día era uno de los que tendría que llevar la corbata mal anudada, ya que no lograba hacerlo bien, y se secó una incipiente lágrima mientras recordaba lo orgullosa que su mujer le despedía cada mañana mientras le decía “vas hecho un pincel, seguro que eres el más elegante de la oficina”.

Finalizó su atuendo colocando un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, se volvió a peinar mirándose en el espejo del baño y salió a la calle.

Como cada mañana desde hacía dos o tres meses, Don José recorrió varias calles de su barrio, con un rumbo fijo. Esperó pacientemente a que varios semáforos le permitieran cruzar (aunque no pasaran coches) ajeno a los jóvenes (y no tan jóvenes) que alcanzaban el otro lado de la calle sin tanto miramiento, y llegó al fin a su destino. Una cafetería de esas modernas, con nombre en inglés (don José se negaba a leerlo, ya que sabría que lo pronunciaría mal y le daba vergüenza, aunque solo se oyera el mismo) en el que se pide el café, se paga, das tu nombre, un joven o una joven lo prepara como si se tratara del plato más selecto de El Bulli y te lo entregan, tras llamarte.  Don José había descubierto ese sitio por casualidad hacia dos o tres meses, en uno de esos paseos que tenía cada mañana sin rumbo y sin más propósito que el de dejar pasar ese tiempo que le sobraba, y fue entonces cuando la vio.

Por supuesto, don José era mayor, viejo incluso, pero no tonto, y sabía perfectamente que lo que estaba haciendo era una estupidez. Cristina era una chica rubia, alta, con el pelo levemente rizado (a veces lo llevaba suelto, otras recogido en una coleta), de enormes ojos oscuros. Vestía el mismo horroroso uniforme que el resto de los empleados del local (pero a ella le quedaba bien), en el pecho llevaba una plaquita con su nombre. “Cristina”. Eso era todo lo que don José sabía de ella. Que trabajaba allí en el turno de mañana (el que abría el local) tomando los pedidos y cobrando, que se llamaba Cristina, que su voz era dulce y que era muy guapa. Y cincuenta años más joven que él.

Don José sabía que acicalarse con cuidado, vestirse como para una cita e ir allí a primera hora de la mañana a verla, era una estupidez. Pero esa estupidez se había convertido en la única razón que le quedaba para seguir viviendo un día más. A veces tenía suerte y el local no estaba muy lleno, o Cristina se había, levantado de buen humor, o acababa de besarse con su novio (que don José no sabía si existía, pero suponía que sí) y le sonreía al verle y le preguntaba “¿José, verdad?”. Esos era los días buenos, los días en los que don José podía recordar durante horas la curvatura de su boca y el brillo de sus ojos al sonreír, el tenue calor de sus dedos al tocarle para darle las vueltas, la sensación de sentirse importante porque ella había recordado su nombre. Esos, era los días buenos, pero no los más frecuentes

Otros días, la mayoría, el local estaba lleno e iban con prisa, o Cristina no había dormido bien, o había discutido con su novio, y apenas le miraba cuando estaba delante de ella, él se veía obligado a decir su nombre tras unos segundos ellos que Cristina sostenía el rotulador apoyado en el vaso de plástico y le miraba esperando que él hablara, le devolvía las vueltas sobre el mostrador, sin tocarle. Esos días, don José sentía que ni el haber madrugado, ni ducharse, lavarse el pelo, los esfuerzos por afeitarse correctamente, elegir ropa adecuada, no demasiado gastada, la atención prestada al nudo de la corbata o el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, no valían de nada. Esos días, don José dejaba el café (con un precio excesivo para él) encima de la mesa, sin tocarlo y se marchaba, pensando que, además, debía ocupar muchas más horas sin nada que hacer puesto que se había levantado tan temprano…

Momentos

Hay momentos que ya no podré olvidar nunca; esos instantes que son acaso triviales para todos los demás, incluso quizá hasta para ti (de una forma tan sencilla como dolorosa), pero que para mí son casi el único ancla que me ata a la felicidad. Esa noche, cuando oímos en la radio del coche los primeros acordes de la nueva canción de tu músico favorito y callaste súbitamente para escucharla y yo sentí celos de él quien, incluso sin conocerte, me había ganado por unos minutos en tu corazón. La mañana que me levanté sorprendido porque no estabas en la cama y te encontré en la cocina, preparando el desayuno para los dos con tu sonrisa de niña traviesa y un camisón tan leve que me turbó. La tarde que te convencí para ver esa película que decías que  nunca querrías ver y que te emocionó tanto que tuve que secarte finalmente los ojos húmedos y al hacerlo eran los míos los que no se podían contener…
Momentos que me vuelven sin que pueda –ni quiera- evitarlos y que me causan alegría al estallar en mi cabeza… y luego dolorosa tristeza, al comprender que ya no los tendré más, que se fueron contigo… No, no los podré olvidar nunca. Pero tampoco quiero. No

Cuatro personas en un aeropuerto oscuro y húmedo

 

Cuatro personas en un aeropuerto oscuro y húmedo, tres hombres (uno uniformado) y una mujer. En el suelo, un cadáver, un general alemán con tantas estrellas como soberbia. Es de noche, uno de los hombres lleva una pistola (con ella mató al general alemán minutos antes) y él y el otro vestido de civil están enamorados de la misma chica, de la misma mujer bonita, de mirada nostálgica y labios temblorosos que está entre ellos. Los cuatro se observan, sin saber (solo uno sabe) lo que va a ocurrir. O ni siquiera uno sabe, o sabe pero querría no saber.

Se miran, miro como se miran, como sufren esperando la decisión del único que sabe.

Y, al fin, llega el momento de partir, el momento en el que todo se aclara y ella sepa, por fin, a quien ama. Rick decide que Ilsa se vaya con su marido, no lo decide en ese momento, quizá lo decidió mucho antes, aunque él mismo no fuera consciente, cuando la vio de nuevo en su café, con un vestido blanco y un marido al lado, después de tanto tiempo. Lo hace, claro, a costa de si mismo, de su propio dolor. Pero adopta, una vez más, el papel de persona distante, ese con el que tanto sufre y permite a Ilsa, o más bien obliga, marcharse con Laslow, ese pusilánime que no la merece. El disfraz de cínico egoísta con el que se viste tiene por único fin que ella sufra menos que él, un poco menos y eso no es otra cosa que una gran lección de amor. Cada vez que alguien vuelve a ver la película, Rick debe volver a repetir la escena y a desgarrarse de dolor viendo como sube las escalerillas del avión, sabiendo, esta vez sí, que Ilsa está enamorada de él y que no volverá a verla nunca.

Cada vez se le hace más duro volver a sufrir ese momento y teme que no pueda resistirlo más y arruine la película.

El avión despega al fin, llevándose su última esperanza (“esta vez tampoco me he ido con ella”) y Rick camina resignado, junto con el irónico prefecto de policía Renault, por el pavimento encharcado, y le voy confundiendo con la bruma según se adentra en ella; recuerdo como me ha contado muchas veces que en ese momento tiene la sensación de la única forma que le queda ya de estar con Ilsa es compartiendo su causa, aunque sea a un océano de distancia, en otro país, casi en otro mundo: luchar por la libertad es lo único que puede darle la satisfacción de comprender, noche tras noche, que su sacrificio de amor ha merecido la pena; pírrica victoria. Los pasos se alejan y se acallan, el tiempo se para y la realidad se confunde y cae como una losa.

Pero aún flotan sus palabras, sabias palabras: “no hace falta ser muy listo para comprender que los intereses de tres pequeños seres importan muy poco en este loco mundo”

Pero aún es una historia sin final, pienso mientras espero a que vuelva Rick a ofrecerme su compañía. Y hasta que eso llegue sólo me queda la música de Sam grabada en mis oidos y las imágenes de Casablanca en mi retina. Que no es poco.

A veces creemos…

A veces creemos que repitiendo nuestros actos, se repetirán los resultados: ir al mismo restaurante dónde la besaste la primera vez, repetir fin de semana en el mismo pueblito donde descubristeis que vuestros sentimientos eran recíprocos, volver al mismo café donde celebrasteis su primer cumpleaños juntos…Necesitamos certezas, pisar sobre seguro y transitar un camino ya explorado nos da falsa seguridad. Pero todo es una ilusión, nada volverá a ser como antes, lo que se ha ido ya no vuelve y tal vez deberíamos emplear nuestro tiempo en afrontar el presente (y el futuro) y no en reproducir vanamente el pasado…

La Paella

Viví finalmente casi dos años en San Francisco, lo que terminó siendo demasiado poco o demasiado mucho, según como se mire. Fue insuficiente para lo que buscaba allí, pero excesivo para lo que terminé haciendo. En cualquier caso, dos años dan para leer, escribir, reflexionar, pasear, ver películas, escuchar jazz. Incluso para hacer un curso en la universidad pública sobre Teoría de Juegos. Y, desde luego, dos años dan para conocer chicas. Varias, cuatro o cinco.

 Tuve, incluso, una medio novia. Salí con las otras tres o cuatro (el número depende de dónde se ponga el listón para considerar que has llegado a tener una “relación” con una chica), pero sólo con ella, con esa medio novia, existió algo más más allá del sexo, aunque sin que por ello nos llegáramos a plantear nada serio. No fue un tema que tratásemos muy en profundidad (precisamente porque lo asumimos con tanta facilidad que no era necesario), pero ella tenía muy claro que pese a tener mucha más capacidad que la que indicaba el futuro al que quería constreñirse, su vida estaba en el Valle, junto a algún ejecutivo friki (y rico) de Google o Apple, con varios hijos y una agenda repleta de un trabajo a tiempo parcial, clases en el gimnasio, barbacoas en domingo, colaboraciones con ONGs y revolcones furtivos con el profesor de pilates. Yo, por mi lado, tenía muy claro que me volvería a España, más pronto que tarde y que nada me ataba ni ataría allí. Pero eso no impedía (o tal vez incluso fuera al contrario, precisamente ese futuro común imposible era lo que favorecía sino impulsaba) que quedásemos con cierta frecuencia, que charláramos, fuéramos al cine, al teatro, a conciertos, intercambiáramos libros, paseáramos por el puerto o cenásemos en restaurantes con velas y atención exquisita. Y que follásemos, claro.

 Se llamaba Sarah. La había conocido en un local mexicano en Valencia Street, al poco de llegar yo a la ciudad. Me lo había recomendado un taxista, como uno de los mejores sitios de burritos, lo que podía ser incluso verdad, si uno estaba dispuesto a hacer cierta vista laxa con la limpieza del restaurante y la amabilidad del servicio. A mí me gustaba porque por pocos dólares comía razonablemente bien y como al medio día no solía haber mucha gente, podía encender el portátil y escribir (o intentarlo) mientras comía, sin que ni el ruido ni los camareros apurándome me distrajeran. Una mañana de principios de otoño yo estaba sentado en una mesa larga, mordisqueando una quesadilla con una cerveza cuando ella entró y se sentó cerca de mí. Llevaba una mochila llena de libros e iba escuchando música en un iPod. Era una chica algunos años menor que yo, guapa, vestida con vaqueros, chaqueta de cuero y botas altas, pero yo estaba, por primera vez en días, logrando encadenar varias páginas seguidas de lo que finalmente sería “La Filosofía de las Matemáticas” y no quería distraerme. Sin embargo, unos minutos después oí un revuelo que hizo levantar la vista hacia ella. Algunos de los camareros del local (todos eran inmigrantes mexicanos y, por lo que había podido advertir, salvo en la cocina, la rotación del personal era muy alta) no hablaban casi inglés ni lo intentaban y ella no lograba explicarles que había pedido una hamburguesa con carne poco hecha y se la habían traído poco menos que carbonizada. Tanto Sarah como el camarero había empezado a levantar la voz, por lo que supuse que llevaban ya algunos minutos de forcejeo dialéctico del que no parecía derivarse ninguna comunicación. Si fuera profesional diría que, tras darme cuenta de ello, lo había olvidado en mi cabeza y había seguido escribiendo ahora que había encontrado la inspiración. Si quisiera quedar bien, diría que me había valido de mi lengua nativa para ayudarla, como podía haber hecho con cualquier otra persona que en las mismas circunstancias. Si fuera sincero, diría que me fije en sus enormes ojos oscuros, su pelo rubio ligeramente rizado, el color de sus mejillas –fruto, tal vez, del enfado- en la forma en la que mordisqueaba su labio inferior con sus dientes y no dudé. Sea como fuere, la ayudé con la traducción y acerqué después mi plato a donde se sentaba (ya no iba a poder seguir escribiendo) y charlamos el resto de la comida. Aunque intercambiamos teléfonos, no volvimos a vernos hasta un par de meses después, por casualidad en un centro comercial. Yo iba solo, y ella con unas amigas a quien perdió rápido de vista; cenamos, tomamos una copa, luego otra y empezamos algo que se parecía bastante a una relación, pero sin sus compromisos.

 El padre de Sarah era profesor en Stanford, en la school de Derecho. Era un tipo bastante alto, con poco pelo cano, de un desgarbado un tanto inquietante (me recordaba al actor James Cromwell) al que había visto un par de veces, al recoger o llevar a Sara a su casa (vivía con sus padres). Pese a todo, parecía simpático. O no demasiado desagradable, al menos. La tercera vez que le vi (una tarde de primavera, el sol ya apretaba y se notaba calor; me invitó a pasar a la casa mientras mi medio novia terminaba de vestirse, esa noche íbamos a una ópera) tuvo la ocurrencia de hablar conmigo y yo tuve la ocurrencia se ser educado y simpático y contestarle. Fue una mala idea, claro.

 Richard (así se llamaba) me pidió que me quitara la chaqueta (yo llevaba hasta una corbata que había tenido que comprar esa misma mañana: la organización de la Opera exigía código de vestimenta) y que me sentara en el sofá. Él lo hizo en un sillón frente a mí. Me ofreció una bebida, que decliné. Aunque Sarah y yo no fuéramos realmente nada, no quería causar mala impresión. Nunca he sido demasiado bueno gestionando las relaciones con los familiares de mis parejas, pero no por falta de interés o empeño, sino más bien por algún tipo de incapacidad que termina llevándome a decir o hacer algo inapropiado. Durante unos minutos estuvo callado, mirándome, hasta que soltó a bocajarro: “así que eres español”, no supe inicialmente si como simple afirmación o como amenaza. Asentí. Al parecer, Richard había pasado en Europa dos meses cuando acabó la universidad y unos de los países que visitó fue España. Quería saber si Madrid seguía siendo como la recordaba, si seguían existiendo los mismos bares, las mismas puestas de sol, las mismas chicas guapas y alegres (sonrió, divertido y cómplice). Respondí a las dos primeras preguntas (“algunos” y “sí”) pero obviamente, no la tercera. Hablamos, algunos minutos más, en los que básicamente me concentré en contestar con evasivas no comprometedoras, hasta que oí a Sarah bajar las escaleras. Llevaba un vestido rojo brillante, ajustado, hasta medio muslo, con los hombros al descubierto y un sugerente escote en uve; se había recogido el pelo en una coleta de la que se escapaba con perfecta imperfección algún rizo. Pensé que estaba muy guapa y también pensé que ese vestido tenía como principal propósito ser quitado por una persona distinta a quien lo llevaba, muy lentamente (cosa que pretendía hacer esa misma noche). Le di un beso en la mejilla (no era cosa de excederse con los casi dos metros de Richard observándome inquisitivo), tomé su chaqueta del brazo, la mía del sofá: “¿nos vamos?”

 Al salir de la casa y empezar a recorrer el camino que, a través de un césped perfectamente cortado llevaba hasta el coche de alquiler, ya casi pensaba que había superado con éxito la prueba con mi medio suegro. Siempre he pecado de optimista.

 – Oye Sebastian -le oí a mi espada y me giré, el brazo sobre la cintura de Sarah, conteniéndome para no bajar la mano hasta su culo- supongo que sabes hacer paella, ¿verdad? Fantástico plato, lo recuerdo de cuando estuve en España… Maravilloso

 No soy consciente de haber contestado, ni de haber hecho ningún signo de aprobación, básicamente porque el miedo a lo que vendría después (la absoluta certeza de las palabras que debían seguir a esa introducción), me paralizó; supongo que debió tomar mi falta de reacción por una invitación a seguir hablando. Nada más lejos de mi intención, en realidad.

 – El domingo próximo viene la hermana de Sarah con su marido y los niños a comer a casa, hará buen tiempo, así que, en vez de barbacoa, ¿por qué no nos haces una paella? Porque, tú sabes hacer paella, ¿verdad?

 Ni que decir tiene que yo no había cocinado una paella en mi vida, así que la idea de hacerlo por primera vez a 9.000 kilómetros de mi casa, para mi medio familia política, no era algo que me ilusionara especialmente. Mi cerebro buscaba alguna excusa creíble para zafarme de la encerrona, cuando Sarah intervino ilusionada:

 – ¡Sí, por favor Sebastián! Me parece una idea genial, papá. Puede ser muy divertido – me sonrió; según hablaba bajó despacio la mirada, y se mordió el labio inferior, en ese gesto tan suyo y que ya había aprendido que era lo suficientemente seductor como para convencerme de cualquier cosa. Menos de cocinar, quizá. Negué con la cabeza, como dando a entender que no era buena idea.

Conozco mis limitaciones y, aunque esto no hable muy bien de mí, soy consciente de que una chica guapa puede conseguir de mi lo que quiera. Me gustaría ser de otra forma, me gustaría tener más fuerza de voluntad en esas ocasiones, pero lo cierto es que hay batallas que tengo perdidas de antemano. Así que, ya fuera por conocimiento o instinto, Sarah se acercó a mí, hasta pegar su cuerpo al mío y me pidió “por favor” al oído, pasando la lengua muy suavemente el lóbulo de mi oreja. Notar su aliento, la humedad de su saliva, su pecho firme contra el mío… Mis posibilidades de negarme eran mínimas, en realidad. Hacer paella no podía ser tan difícil, reflexioné, había visto a mi madre prepararla casi todos los domingos, durante años

– Está bien, trataré de recordar como se hace –mentí: no se trataba de recordar, sino de aprender-. En cualquier caso, no tengáis demasiadas esperanzas, por favor.

 Al día siguiente (la noche acabó exactamente como era previsible que acabase), llamé a mi madre a España: quería preguntarle la receta de la paella. No fue tan sencillo, claro. En primer lugar, porque como casi siempre, calculé mal la diferencia horaria y la saqué de la cama en plena noche, dándole “un susto de muerte”. Los siguientes cinco minutos los invirtió en regañarme por las pocas veces que llamaba (“¿eres consciente de cuanto hace que no me llamas?”, evidentemente no lo era, traté de defenderme recordándole que tampoco ella había llamado, pero, claro, ese argumento no parecía valer en sentido contrario) y los últimos cinco arreció con más fuerza al darse cuenta que el motivo de llamarla no era precisamente interesarme por su estado de salud (estaba bien: de lo contrario ya me había enterado) sino porque necesitaba saber cómo se hace una la paella. Soporté estoicamente sus ataques y tomé nota de los pasos de la receta. A priori, no parecía complicado. Antes de colgar me dijo “Puedes ser escritor y la gente puede pensar que eres un intelectual, pero yo sé lo que buscas realmente, hijo. Espero que te salga bien e impresiones a esa chica, sea quien sea”. En fin, era mi madre y me conocía mejor que nadie.

No me culpes de tu mediocridad

Lo más difícil de la vida es saber cuál es tu verdadero lugar. Siempre piensas que eres alguien especial, digamos que no un héroe, pero al menos alguien a quien admirar. Pero no es verdad. Simplemente, eres uno más. Nadie en especial de entre 7 mil millones de humanos. Ni mejor persona, ni mejor trabajador, ni mejor pareja, mi más listo, ni más competente que nadie. Sólo, uno más

Así que todos los sueños que habías tenido para ti mismo, todos los reconocimientos, las sonrisas que aprobación que pensaste recibir… olvídalo. No existirán. No se producirán. No las mereces. Así, sin más

Sí, sí. Ya se que jode. Pero no te enfades conmigo. No es mi culpa, sino la tuya. Yo no soy responsable de tu mediocridad.

Sin embargo, aún tienes una oportunidad de sobresalir del resto. Hacer lo más dificil. Lo más difícil es ser lo suficientemente valiente como para reconocer que no eres valiente. Que no eres brillante. Que no eres especial. Que eres, simplemente, uno más.

Y al reconocerlo, al asumirlo, al elegir vivir con esa realidad, te conviertes, paradójicamente, en alguien especial. Alguien a quien admirar.

Es así

Lo peor de todo

Lo peor de todo no es tu lado de la cama frio o tus cajones vacíos o el armario (ese que se nos hacía pequeño) enorme para mí solo o los desayunos sin compañía. Lo peor de todo no es no saber si fue culpa tuya o mía ni todos esos sueños que teníamos y que ahora son imposibles, absurdos incluso: los planes para nuestro eterno futuro que dibujábamos juntos en esas tardes de lluvia, café, jazz y manta compartida. Lo peor de todo no es el teléfono que no suena, el mensaje que no llega, la publicación de Facebook en la que no me etiquetas

Lo peor de todo tampoco es que ya no pueda volver a enamorarme ya que en todas te busco a ti y no te encuentro. Ninguna entiende tan bien como tú mis estados de ánimo, mis miedos, mis ilusiones. Ninguna tiene tus ojos, o tu sonrisa o tu nariz respingona. Ninguna de ellas eres tú…

Lo peor de todo no es nada de eso. Lo peor de todo es que no puedo odiarte. Aunque quiera hacerlo.

Por qué unos tocan jazz y otros escriben

Aunque normalmente quedaba con Samuel en el John’s Grill, después de que él terminase su actuación, hubo alguna vez en la que nos vimos fuera de allí. Serian cuatro o cinco, no creo que más, y siempre las propició él de manera un tanto rocambolesca: me hacía llegar un recado por alguno de mis vecinos para vernos. Nunca le vi con un teléfono en la mano y, desde luego, no creo que tuviera correo electrónico o WhatsApp. Aun así, estoy seguro de que existía alguna forma más cómoda para contactar conmigo que a través de alguno de mis vecinos para que, a su vez, llamara a mi puerta cuando yo estuviese en casa y me dijera donde debía ir y a qué hora. La primera vez pensé que la mujer de más edad de la que a ella le gustaba aparentar (Maritere la llamaba yo: me recordaba a la Campos, pero no sé si a la madre o a la hija, tengo alguna dificultad para distinguirlas) que vivía en el piso debajo de mí y que me miraba como si yo organizara una fiesta desenfrenada en mi casa cada fin de semana (cosa que –salvo una vez- nunca ocurrió) me tomaba el pelo. “Sí, sí”, insistió, “un señor muy mayor, muy arrugado. Muy educado. Dijo que era su amigo”. Tal vez no fuera más que mi dificultad con él inglés, pero me pareció que pronunció “educado” y “amigo” de forma un tanto peculiar. Como si yo no pudiera tener un amigo educado. O si yo no lo fuera. No me tengo por mala persona, pero a veces me acuerdo aún de esa señora de muchos años por delante del color de su pelo, y pienso que ojalá tenga como vecino ahora a un miembro de Al-Qaeda. O al menos a alguien que sí organice una fiesta desenfrenada cada sábado.

 

Como mis amigos en San Francisco era más bien pocos y Samuel era el único que encajaba en la descripción (aunque creo nunca se me hubiese ocurrido a mi llamarle “amigo” hasta que él lo hizo) supuse que debía ser él. Esas cuatro o cinco veces, quedamos en el mismo sitio, en el parque Golden Gate, en un puesto de perritos calientes junto al Jardín Japonés. Lo que cambió fue la hora, creo que un par de veces me citó a media mañana, otra a primera hora de la tarde e incluso una cuando ya había anochecido. Desde luego le pregunté porque nos veíamos allí o porque usaba a un vecino para darme el mensaje, o incluso cómo se había enterado de donde vivía, pero no me contestó a nada de eso. A lo único que fue receptivo fue a mi comentario de que la vecina Maritere no era la mejor para darme recados y las siguientes usó al asiático que vivía a mi derecha o al taxista del piso superior (realmente no sé si era taxista, pero no me pegaba otro oficio para él, al menos legal).

 

Ya a la segunda vez confirmé que no quedábamos porque hubiese ningún motivo concreto. No quería contarme nada en especial, no quería que yo le contara nada en especial. Simplemente, no debía tener nada que hacer y se entretenía yendo hasta mi casa, busca un vecino que quisiera darme el recado, y acudiendo luego al Parque a esperarme. Puede incluso que él propiciara más citas, que le pidiese más veces a esos u otros vecinos que me diesen recado y estos no lo hicieran, por malicia, olvido o descuido, y Samuel me esperase junto al puesto de perritos, comiendo con ganas uno, durante quince, veinte minutos (no era un hombre de paciencia) y que yo no apareciese. Si ocurrió así, él no me lo recriminó nunca.

 

No recuerdo casi ninguna de nuestras conversaciones, seguramente porque casi ninguna tuvo nada de especial para ser recordada. Simplemente, se aburría (o no le apetecía estar solo o pensaba que me aburría yo o no quería estar sólo yo) y montaba un pequeño sainete para quedar conmigo; yo acudía obediente y paseábamos un rato, hablando quizá del tiempo, de política o de su manía porque fuera a ver los partidos de los Giants de San Francisco (logró arrastrarme al estadio un par de veces). No recuerdo casi ninguna de nuestras conversaciones, salvo una de ellas en la que habíamos quedado (o él había quedado conmigo, más bien) por la mañana. Para Samuel, como para cualquier habitante de esa ciudad, debía ser casi la hora de la comida, mientras que yo trataba de acomodarme a los ritmos de la ciudad sin mucho éxito ya que me pesaban aún demasiado mis costumbres españolas. Él se pidió dos perritos “con todo”, lo que incluía una copiosa capa de toppings consistentes en cebolla, bacón grasiento, pepinillos, queso rallado, kétchup y mostaza. Para beber, dos cervezas (“una por perrito”, dijo con sonrisa traviesa). A mí me apetecía un café, pero como nunca he podido soportar el café americano, me conformé con una Coca Cola. Nos sentamos en un banco cercano y Samuel permaneció callado mientras comía los perritos y el batido con helado doble de vainilla que compró después. Comía rápido, casi devorando, pero no resultaba desagradable verle, al contrario, tenía tal cara de felicidad, de placer contenido mientras mordía con ansia con ambos carillos llenos, que resultaba hasta entrañable. La imagen de un anciano feliz.

 

       – ¿Comes siempre así, Samuel? – le pregunté-, te va a sentar mal

       – Nunca sabes si mañana podrás comer –me contestó, soltando una de esas frases lapidarias de puro obvio a las que me tenía tan acostumbrado- así qué si hoy puedes hacerlo, aprovecha por el día que no puedas. Y tú deberías comer más, muchacho: estás muy delgado

 

Sonreí. Viniendo de él, que hablara de mi supuesta delgadez, era irónico: Samuel no tenía una sola gota de grasa en su cuerpo: la piel se pegaba a sus escasos músculos y estos a los huesos. Los pómulos se marcaban fuertemente de manera que en su cara parecía haber solo eso: pómulos, ojos vivos pero hundidos, piel seca y arrugas. “Tengo tantos años, y he trabajado tanto”, me dijo una vez, “que he gastado todas las reservas de mi cuerpo, me he secado. Desde hace años vivo de prestado. Hazme caso: disfruta de la vida y no trabajes demasiado. Trabajar nunca ha hecho ningún bien a nadie”

 

Paseamos, después. Era un día claro de finales de otoño, hacia buen tiempo, el sol calentaba con fuerza. Noté un incipiente sudor en la espalda y me quité la chaqueta que llevaba y me la colgué del hombro. Apenas se oía a nadie por allí: alguna bicicleta, algún aficionado al deporte corriendo, dos o tres personas paseando perros. Mientras andábamos me entretenía en pisar las hojas secas caídas en el suelo y hacerlas crujir, como me gusta hacer cuando visito en mi ciudad el Retiro, en esa misma época. El viejo conocía bien el parque: según andábamos me iba describiendo lo que veíamos o me contaba historias que habían pasado allí. No sé se serían ciertas o no (la de los dos adolescentes enamorados que se habían suicidado ahorcándose en dos árboles contiguos porque los padres de ella no les dejaban estar juntos me pareció demasiado novelesca como para ser real) pero sí que él no me mentía ni se las inventaba. Si me las contó es porque a Samuel le habían llegado como ciertas

 

Encendió otro cigarrillo y se sentó en un banco (“las piernas ya no me aguantan como antes, muchacho”). Me puse a su lado. Levantó la cara, dejando que el sol se la bañase y cerró los ojos. Estuvo así un rato y cuando ya pensaba que se había quedado dormido, comenzó súbitamente a hablar:

 

       – Aprendí a tocar de niño, mi padre era un músico malo, malísimo, horrible, de los peores que he visto, pero le encantaba la música y no cesaba de tratar de enseñarnos a todos sus hijos (¡y éramos siete!) a tocar el saxo, que es el instrumento que él sabía. O decía que sabía. De todos los hermanos, yo era el único a quien le interesaba aprender. En realidad, él no me enseñó nada más que el gusto por la música, todo lo demás lo aprendí yo por instinto y observando a las bandas de negros que actuaban casi a diario en los locales de dudosa reputación de mi ciudad. No sé leer partituras, y tampoco creo que sea necesario. He aprendido a distinguir los sonidos y con eso me basta. Con cinco, seis años, me escapaba de casa por las noches, después de cenar y después de que nos hubiesen mandado a la cama, para ir a ver esas bandas; ojalá hubieses conocido esa época, muchacho: eso sí era puro jazz saliendo de instrumentos tocados por panaderos, camioneros, fruteros e incluso chulos. Aún se me pone la carne de gallina al recordarlo… Cuando volvía a casa, mi madre se enfadaba conmigo, pero mi padre se reía, orgulloso de que me gustase la música tanto como a él y casi siempre lograba que mi santa madre terminara olvidando mi travesura o al menos lo dejara pasar con un leve castigo. Paseé toda mi infancia y mi juventud pegado a un saxo, pero no empecé a cantar hasta que no tuvo dieciocho años. A esa edad me enamoré tan estúpidamente como sólo un chico de dieciocho años puede hacerlo, de la que yo suponía entonces que era la chica más guapa que había conocido. Es posible que fuera la negra más guapa, pero también la más zorra de todas y no tarde en darme cuenta de que se había estado acostando conmigo… y cuatro o cinco muchachos más. El caso es que cuando la invité a salir ella me contestó que solo me aceptaría si se lo pedía cantando (yo iba, como casi siempre, con mi saxo colgado) así que esa vez canté por primera vez. Hasta yo (con todo lo ignorante que soy) me di cuenta de que no lo había hecho mal y a partir de ese momento empecé a cantar con regularidad en los locales en los que me contrataban por unas monedas. El día que me enteré que me había estado engañando, me lo pasé entero en el club de mala muerte que me había contratado para dos o tres funciones, tocando, cantando y bebiendo whisky sin parar. Sólo perdí el conocimiento cuando me bajé del pequeño escenario. Dios, que resaca: aún la recuerdo. Hazme caso, muchacho, ninguna mujer vale eso. Desde entonces, siempre he tocado y cantado. Es lo que me une a la vida. Es lo que hace que siga vivo, pese a tener ya tantísimos años. Sé que mientras siga pudiendo hacerlo, seguiré vivo. Y sé que el día que los dedos o los pulmones o la garganta me fallen, me moriré. Sin más.

 

Aquel viejo tenía la capacidad de dejarme sin capacidad de respuesta. Esa vez, como en tantas otras, sólo pude mirarle a los ojos y transmitirle así que le entendía. Y quizá que le envidiaba por tener una pasión tan absoluta como la suya.

 

       – ¿Y tú? ¿Por qué escribes? –me preguntó un rato después y añadió, con esa clarividencia que tienen algunas personas mayores y que les permite saber, ya sea por la experiencia, por instinto o por simple suposición, más allá de tus palabras, más allá de lo que cuentas-  Está bastante claro que te gusta pero que sufres haciéndolo, que no estás contento, desde luego en cómo marcha tu vida, no sé si tampoco con lo que escribes. Entonces, ¿cuál es tu motivo para hacerlo?

 

Se detuvo a la sombra de un pino, se ladeó un poco la gorra de pana que llevaba y metió las manos en los bolsillos de sus gastados pantalones para sacar un cigarrillo del paquete que le había llevado yo esa mañana. Durante un segundo, dejó sus ojos oscuros fijos en mí, y luego los retiró discretamente: supo que me sería más fácil contestar si no me sentía examinado. Observé su rostro arrugado, endurecido y sin afeitar y pensé que ese hombre mayor de acento cerrado y que tocaba el saxo y cantaba jazz por pura diversión como a pocos había visto en mi vida, era lo más cercano a un verdadero amigo que había tenido en mucho tiempo. Apenas treinta centímetros nos separaban en el banco; se levantó una ligera brisa que hizo revolotear la hojarasca del suelo. No podía engañarle.

 

       -Hay una chica –contesté al fin-. O la había, al menos. Se fue con otro. Hay muchas cosas que querría decirle ahora, y no lo hago. Y muchas cosas que en su momento no le dije porque pensé que eran innecesarias ya que ella las sabría. No me di cuenta hasta tiempo después, cuando ya la había perdido, que en el amor no hay nada obvio. Y muchas preguntas que ella me hizo y no contesté en su momento, no tanto porque no tuviera respuesta para ellas, sino porque no sabía cómo expresarme. O quizá me diese vergüenza hacerlo. O miedo a que se diera cuenta de lo mucho que la necesitaba, lo mucho que la amaba. Ya ves, no soy muy listo. Y ahora, supongo que lo que hago es recuperar el tiempo perdido; tengo es la esperanza de que me lea, que lea lo que escribo y en los personajes, en las historias que con mayor o menor acierto tejo, sepa descubrir todas esas respuestas que ella buscaba en su momento, escondidas en un mundo de fantasía que muestra la verdad. Escribo por ella, para ella, en realidad. Sólo por eso

 

       – ¿Y funciona?

 

Su rostro se me vino a la mente con fuerza. Desde que Samuel me había preguntado por qué escribía, su imagen me rondaba peligrosamente, pero había logrado esquivarla. Hasta ese momento. Ya no puede abstraerme más a su sonrisa, a sus dientes levemente separados (“debería arreglarme la dentadura”, comentaba ella con coquetería; “en absoluto”, le replicaba yo, “la imperfección de tus dientes te hace mucho más perfecta, mucho más guapa”), sus ojos color miel (“¿qué es lo que más te gusta de mí?”, me había preguntado la tercera o cuarta vez que quedamos, cuando aún no éramos novios o lo éramos sin saberlo, “tus ojos. Nunca me podría cansar de mirarlos”), su pequeño pecho temblando bajo el vestido los días que no usaba sujetador (“seguro que te gustaría más si tuviera el pecho más grande”, me acusaba de cuando en cuando; “nada podría hacer que me gustases más de lo que me gustas ahora, nunca nadie me ha gustado tanto como tú”), su voz (“tonto”, me contestaba sonriendo cuando yo le decía que la quería).

 

Pensé que quizá seguía con él, mientras yo me preocupaba tontamente por ella. O quizá ya no seguía con él, mientras yo perdía el tiempo tontamente en Estado Unidos. Lo mirase como lo mirase, ninguna alternativa era buena.

 

Quien encendió un cigarrillo en ese momento fui yo. Y bajé la mirada hacia el suelo, porque sabía que Samuel me observaba. No quería que se diera cuenta de que los ojos se me estaban humedeciendo. 

 

       -No –contesté al fin-. No está funcionando.

No ocurre con mucha frecuencia…

No ocurre con mucha frecuencia (al menos, a mí no me ocurre) pero a veces un libro, una canción, un restaurante, un pequeño café, un rincón de una alguna ciudad, despierta en nosotros el recuerdo de alguien. Estamos tranquilos, pensando en cualquier otra cosa y, de improviso, nuestra mirada capta ese detalle, nuestro oído oye esa voz, nuestro pensamiento salta a esa idea que nos trae sin remedio a alguien a la cabeza. Un segundo antes no está y un segundo después parece que vaya a estar por siempre.

 

Y sucede así, de forma inesperada, sin que necesariamente queramos que ocurra.

 

Y da igual que nunca hayamos estado en ese lugar con esa persona, que nunca hayamos hablado de ese libro a esa persona, que nunca hayamos paseado por ese rincón con esa persona, que nunca hayamos estado en esa tienda con esa persona; algo hace estallar en nuestra cabeza su recuerdo y ya está.

 

Ese domingo me había levantado pronto. Nunca he dormido mucho y nunca me ha costado madrugar, ni siquiera si me he acostado tarde, apenas de cuando en cuando necesito despertador; sistemáticamente, ya sea diario o fin de semana, entre las seis y seis y media, me despierto. A veces me doy media vuelta y trato de dormir un poco más. A veces no me molesto en luchar contra mi cuerpo y me levanto, como hice ese día. Me duché, me tomé un café fuerte con leche, mordisqueé media manzana, me puse la chaqueta de cuero, cogí el casco y bajé al garaje, a por la moto. Avanzaba despacio por las calles desiertas, deteniéndome sólo en los semáforos. La ausencia de tráfico, de sonidos en esas calles normalmente tan concurridas, me transmitía una sensación de soledad que no me era desagradable. Siempre me ocurre así, en momentos como esos.

Poco antes de las siete de la mañana estaba en la unión de la Gran Vía con Alcalá, mirando hacia el edificio Metrópolis. Dejé la moto sobre la acera, sobre la pata de cabra, el caso sobre el sillín, sin atar y cuando se cerró el semáforo me puse en mitad de la calzada y tiré varias fotos de la calle, los edificios, un barrendero trabajando distraído.

Ese punto es mi sitio favorito de Madrid y llevo años fotografiándolo de madrugada. En ocasiones ni siquiera ha salido el sol, en otras (como ocurría esta vez) apenas se adivinaba en el horizonte o estaba ya sobre los edificios. Supongo que al principio, cuando empecé a madrugar e ir allí, hace muños años (por entonces no me ganaba la vida escribiendo, trabajaba en una oficina y estaba sujeto a horarios así que solo podía ir en sábado o domingo), repetía la foto buscando hacer una que fuera perfecta: el encuadre, la luz, la fuerza de la imagen, las sombras. Todas las que lanzo son parecidas: de noche o amaneciendo, algún coche parado, un peatón de cuando en cuando, un perro olisqueando, un camión regando la acera. Son fotos de soledad en uno de los puntos más bulliciosos de Madrid. Con el tiempo me he dado cuenta que ninguna foto es mejor que otra (y, desde luego, ninguna es buena) pero hacerlo me relaja, aporta cierta tranquilidad a mi caótica vida. Y cuando algo me preocupa, o me incomoda, necesito repetir esa rutina.

Me senté en un banco, abroché hasta arriba la chaqueta (el invierno estaba llegando y ya hacía frio) y encendí un purito mientras repasaba en la pantalla de la cámara las fotos que había hecho. Como de costumbre, ninguna de ellas valía gran cosa, pero que fuera así carecía de importancia. Lo que yo necesitaba realmente era tirar esas fotos.

Fui andando hasta una pequeña cafetería que sabía que estaba abierta a esas horas y a la que solía ir en mañanas como aquella y pedí mi segundo café con leche del día y unas tostadas con aceite y tomate. Un poco más tarde, cuando ya tenía más público, trabajaba allí también un camarero, pero a esas horas sólo estaba el propietario, quien me acercó el desayuno con el periódico sin que necesitara pedírselo. “Este año sí ganamos la liga”, me dijo señalando la foto de la primera página. El Madrid había goleado el día anterior. Al Osasuna, además, lo que me siempre me producía un extraño placer que no entendía muy bien.

– Bueno, aún queda mucho, pero la verdad es que ayer jugaron muy bien

– ¿Fuiste a verlo? –me preguntó

Asentí y di un mordisco al pan

 

Me comí en pan, tomé el café, intercambiamos algún comentario más sobre futbol y me marché. Cogí la moto y fui hasta la Puerta de Toledo. Allí la dejé de nuevo subida en la acera y esta vez sí até el casco a la cadena.

Si mis escapadas a fotografiar la Gran Vía son en domingo, suelo ir después al Rastro. Siempre me han gustado todo tipo de mercadillos y trato de visitarlos cuando estoy de viaje en alguna ciudad, pero de todos ellos, mi favorito es el Rastro. Conozco el de Candem Town, en Londres, el de San Telmo en Buenos Aires, el Gran Brazar de Estambul, el de Chiang Mai en Tailandia… pero quizá porque soy madrileño, quizá porque es el más sorprendente de todos, quizá porque es el mejor, el Rastro es mi favorito. Especialmente a esa hora tan temprana a principios de invierno, cuando la luz fria clarea ya por las callejuelas y aún se están montando los puestos: los vendedores embutidos en su ropa de abrigo, gritándose unos a otros pidiéndose ayuda, tomándose el pelo o preguntando por sus familias en una mezcla de idiomas y acentos: españoles, magrebíes, eslavos, chinos, rumanos… El suelo mojado (poco antes pasó el camión regando). El vaho saliendo de sus bocas mientras ponen en pie las débiles estructuras de los tenderetes y las cubren con una lona por si acaso llueve más tarde. La policía paseando distraída, comprobando algunos permisos al azar, saludando a los fieles que repiten lugar e intercambiando preguntas sobre las esperanzas para la mañana, los estudios de los hijos, los planes para la tarde. El ruido casi musical, acompasando, del mercado poniéndose en marcha a esas horas, voces, gritos, golpes, silbidos, radios con música de todos los estilos, o noticias, alguien que se arranca con alguna canción pegadiza, una gitana cantando una soleá, una bulería. Las cajas por el suelo, con sus mercancías esperando a ser expuestas: pantalones vaqueros, vestidos (“calentitos y a la moda”), bolsos del cuero mal tratado y penetrante y molesto olor, cinturones, películas en dvd, e incluso en vhs, lámparas de latón viejas y medio rotas, revistas pornográficas, pela patatas (“ideales para las tortillas”), cuchillos verduleros (“no se desafilan nunca”), molinillos, válvulas de ollas a presión y otros extraños utensilios para la cocina, pendientes de plata, anillos, colgantes, cuadros pintados al óleo, láminas reproduciendo carteles de película, posters de fotos famosas (el repetido puente iluminado en la noche de Nueva York, Mazinger Z apoyado en el edificio de Schweppes, Keep Calm and… con todas las creatividades posibles, playas paradisíacas, el autobús de dos plantas londinense en blanco y negro), sillas antiguas, retapizadas o no, zapatos de señora, bragas a 2 euros (“¡y a estrenar, oiga”), periódicos y revistas antiguas, muñecas de juguete de segunda mano, manteles que nunca se manchan (“garantizado, señora”), cazadoras de piel tal vez robadas, abrigos de dudoso visón (“no señora, no tiene etiqueta certificando la autenticidad porque si me ve el peletero vendiéndolas a este precio, tendré un problema, pero por supuesto que es visón bueno, tóquelo, tóquelo y lo verá”), sujetadores de tallas inverosímiles y colores poco eróticos (“con tirantes anchos, para no hacer daño”), viejas cámaras de fotos de coleccionista, mesillas de noche ajadas, cómodas, rellenos para almohadas y colchones. Y, sobre todo, mis favoritos: libros, libros de segunda mano, novelas, libros técnicos, ensayos, tratados, a veces con el nombre de su antiguo propietario escrito en la primera página, quizá un regalo y lleva por tanto una dedicatoria A mi queridísimo papá, con mi abrazo cariñoso, Juan, A mi querido amigo D. Juan Antonio Rodríguez, como prueba de mi agradecimiento. Madrid, 5-X-53, y una firma ilegible a continuación, una postal perdida o guardada entre las páginas que alguien ha enviado años atrás a su anterior dueño, en la calle Caramuel, número 40 de Madrid: Querida Mamá: seguro que estará pensando que no nos acordamos de usted, pero es que se pasan los días sin sentir. Lo estamos pasando muy bien y hace una temperatura muy agradable, por las noches hay que ponerse una chaqueta porque refresca mucho. La niña está muy tostadita. Muchos besos de toda la familia, abrazos, Jesus, Julio 1970 y en el anverso una foto de la playa de Tabernes de Valldigna en un día de verano, poblada de sombrillas, gente abigarrada paseando o bañándose. Usualmente, cuanto más antiguo es el libro y más años hace que se ha escrito la dedicatoria, postal o nota, mejor es la caligrafía. A veces los libros llevan dentro billetes de metro o de autobús (dos pesetas costaba, en 1966) usados tal vez como marca páginas, o notas de amor Eres preciosa, Maria. Recuerda que te quiero, no lo recordó: no sacó la nota del libro antes de deshacerse de él).

 

Recorrí el mercadillo en silencio, tranquilamente, mirando, tocando artículos sin intención de comprar ninguno, pero regateando a veces por puro entretenimiento. Me colé en un pequeño y oscuro local donde estuve a punto de adquirir una colección de latas de Cola Cao, con los dibujos levemente borrados y algo oxidadas en los bordes. En otro puesto tuve en mi mano unos pequeños anteojos, de los que usaban las señoras pudientes a principios de siglo xx en los teatros y cines y que me parecieron útiles como pisapapeles pero, aunque el vendedor pedía una miseria por ellos, no los llegué a comprar. Siempre me reservo para el final de mi paseo por el Rastro una almoneda que hace esquina, un poco apartada de las calles principales, que suele contar con una buna provisión de libros de segunda mano, novela española y europea especialmente, y que es donde suelo hacer la mayoría de mis compras. Esa mañana tomé como de costumbre un café en un barechuzo cercano y entré. El dueño, un tipo muy alto y delgado, que en invierno lleva siempre el mismo jersey de ochos color crema y en verano una camisa de rallas azules y blancas, me saludó al entrar y rápidamente se disculpó con su curiosa forma de hablar: “no hemos traído nada nuevo. Apenas. Últimamente”. La palabra “nuevo” en aquel sitio tiene un significado ligeramente distinto al que solemos darle. Negué con la cabeza “no pasa nada, la última vez me quedó bastante por mirar”. Subí unos escalones y me metí en una habitación quizá más grande de lo que parecía a la vista, copada absolutamente por libros: los estantes de las pareces iban del suelo al techo y estaban repletos, con bastantes ejemplares embutidos –literalmente- a presión. En el centro, varias mesas tenían pilas de libros hasta ocupar todo su espacio, en incluso se amontonaban en el suelo, invadiendo casi todo el espacio libre de forma que resultaba incómodo moverse, sobre todo si había otra persona próxima. Me quité la chaqueta y me pasé la mano por el pelo. Sabía que podía quedarme allí el tiempo que quisiera, rebuscando hasta encontrar los libros que me llamaran la atención. Nadie me metería prisa ni me molestaría. Miré por los estantes, sin leer concienzudamente todos los lomos, sino saltando la vista al azar de unos a otros, esperando que mi instinto (o la suerte) me ayudase a encontrar lo que quisiera que estaba buscando. Leí nombres conocidos en los lomos: García Lorca, Thomas Mann, García Pavón, hasta que un grueso volumen hizo detenerme. Era Los Cipreses Creen en Dios de Jose María Gironella, una edición de El Círculo de Lectores del 73. Abrí la primera página: en tinta azul, cruzado en oblicuo había un nombre que no entendí bien (quizá Maricarmen) y el apellido, Robles, con una línea subrayándolos; debajo aparecía la fecha: “Julio, 1974”. Ojeé el libro y me encontré dentro con un recorte de periódico, del ABC del sábado 20 de septiembre del 84, escrito por el propio Gironella y titulado “Apunte Necrológico”. Pasé las páginas a continuación, hasta el comienzo de la novela y me senté en el suelo para leerlo “En una de las casas más antiguas de la orilla derecha del río, primer piso, vivían los Alvear. Los balcones de la fachada daban a la Rambla, frente por frente del café Neutral, situado en el centro de la más acogedora hilera de arcos de la ciudad; ventana y balcón traseros colgaban sobre el río, el Oñar”

 

Pero no pasé de ahí. No necesitaba leer, más: me lo iba a llevar, ya lo había decidido (además, sólo costaba 3,90€). Lo cerré y lo olí: me gusta el olor intenso tal vez un poco decrépito del papel viejo. Sonreí: era feliz. Pensé que tenía que buscar los otros dos ejemplares de la trilogía de la Guerra Civil de Gironella (“Un millón de muertos” y “Ha estallado la paz”, el cuarto, muy posterior y peor, ya lo tenía), para comprar los tres y me levanté del suelo y dirigí la vista al estante de donde había sacado el libro. Junto al hueco que había dejado no estaban, pero en aquel local aquello no era raro: las cosas solían estar descolocadas (se almacenaban según se sacaban de las cajas, tras vaciar algún piso o biblioteca sin mucho cuidado) así que podía pasarme un buen rato buscando. Era una maravillosa forma de pasar una mañana de domingo. Y entonces, en ese momento, sin que nada lógico pudiera explicar el porqué, me acordé de Blanca.

 

De lo que conocía de ella, nada la asociaba con una librería de viejo, oscura, desordenada y un poco sucia, del Rastro, un domingo a las diez de la mañana. No había razón para que su nombre, y su cuerpo, y su cara, y su sonrisa, y su voz, cruzara mi cabeza. Pero su recuerdo había estallado sin permiso y yo sabía por ello dos cosas.

La primera, que no me la iba a sacar de la cabeza en todo el día

La segunda, que si me había acordado ella no era porque el sitio se relacionara con Blanca sino porque a mí me hubiese gustado que ella estuviera allí conmigo, sentada en el suelo manchándose los pantalones del polvo del suelo, casi enterrada entre libros, compartiendo ese momento, dispuesta a buscar por los estantes los otros dos libros de la trilogía.

En realidad, sabía tres cosas. Porque también sabía que el que yo quisiera compartir una situación como esa, que normalmente me reservaba para mí solo, significaba que estaba mucho más interesado en Blanca de lo que quería admitir.

No había vuelto a verla ni a hablar con ella desde que salió del VIPS, sin despedirse y dejándome con ganas de haberla besado y un poco de cara de tonto, supongo. En dos días volvería a verla, en la radio.

Solo dos días, Sebastian, me dije, como si pudiera convencerme de que no era mucho.

Solo dos días.

 

Me levanté con el libro en la mano y lo pagué. El propietario no comentó nada sobre la rapidez con la que me iba (normalmente pasaba allí un par de horas, o incluso más) o que solo comprara un libro (probablemente nunca había comprado un libro sólo), y si lo comentó yo no lo oí. O no lo recuerdo.

 

En la calle encendí otro purito, se había levantado viento y me costó mantener la llama del mechero. Caminaba despacio. Allí estaba ella, metida en mi cabeza. Y allí seguiría, si no hacía nada. Tiré el cigarro a medio fumar al suelo y lo pisé con el pie. Después entre en un bar de no muy buen aspecto, pero tampoco peor que cualquiera de los demás que había por allí. Pedí otro café con leche y saqué el móvil del bolsillo del pantalón. Lo dejé sobre la barra. El camarero me trajo el café y me sirvió la leche (“caliente, por favor”). Deseché el azúcar y di un sorbo. Volví a mirar el teléfono. Suspiré y pulsé el código de cuatro números para desbloquearlo.

 

– Hola, no sé si te he despertado, soy…

– Hola, Sebastián –me cortó-. Suponía que me llamarías

 

Ya sabía que me iba a traer problemas. Y sentía como yo mismo me iba directo hacia ellos. Como si me llamaran, y aun sabiendo que no debía ir, avanzara hacia ellos sin poder evitarlos.

Sonreí. No podía hacer otra cosa.

El viaje eterno

Yo era un buen niño, pero me escapé una vez de casa, cuando tenía 12 años. Mis padres no lo llegaron a saber, lo que da una idea de la poca transcendencia (y duración) de mi fuga, aunque a mí entonces me pareció aventura muy osada.

 

No lo tenía planeado. O sí, según como se mire. Había decidido escaparme de casa, e irme a la costa (por aquel entonces me llamaba la atención vivir junto a una playa) pero no ni el cuándo ni el dónde ir. Ni, por supuesto, como hacerlo, como financiar mi aventura. Yo, que siempre he sido muy planificador por alguna razón, me parecían detalles sin importancia, menores. Si uno se iba de casa, lo que iba en contra de todas las normas, no tenía mucho sentido ir haciendo demasiados planes por anticipado. O algo así, debí pensar.

 

Suspendí matemáticas. No era un estudiante de notas arrolladoras, simplemente estudiaba lo suficiente para pasar los exámenes con cierta holgura y eso no solía costarme demasiado esfuerzo. Pero en aquella ocasión me debí confiar en exceso y suspendí. El profesor me tendió los folios en los que, en la esquina superior derecha, y redondeado en tinta roja, había escrito “3,75”. No podría decir en casa que “había suspendido por los pelos”, aquello era una mala nota sin discusión. Don Güito (aunque se llamaba Carlos, todos le llamábamos a sus espaldas Don Güito, a saber porqué) sonreía triunfante: sabía perfectamente que yo realizaba los esfuerzo mínimos para pasar los exámenes y parecía estar disfrutando, como si pensara “al final te pillé”. En ese momento decidí irme de casa. Me parecía lo más lógico: para evitar el castigo por suspender, lo mejor era desaparecer. Si no estaba, no podrían regañarme. Al terminar las clases (esperé a que acabaran, una cosa es que me fuera de casa y otra que me escapara del colegio) salí y me metí en una pastelería cercana donde compré un donut de chocolate con el poco dinero que mis padres me daba para emergencias: en mi aventura no sabía cuando podría volver a alimentarme, así que tenía que aprovechar. Luego, en vez de dirigirme a casa como hubiese hecho cualquier otro día, tomé el camino contrario.

 

Caminé por un rato. Aunque me iba alejando, el entorno me seguía siendo familiar. Poco a poco, sin embargo, fui no reconociendo algunas calles. Sabía, más o menos, por dónde estaba, claro, pero nada más. La emoción (y el miedo) comenzaron a manifestarse: noté que mi corazón se aceleraba, mientras sentía mi boca seca y unas enormes ganas de beber. Un escaparate de ropa deportiva me devolvió la imagen de mi mismo: abrigado con un plumas un poco raído ya, bufanda, la mochila colgada a la espalda, cara de autocontrol… parecía todo un explorador. Bueno, en realidad no: solo parecía un chico normal yendo a casa tras las clases, una tarde invierno, pero en mi cabeza la realidad era un poco distinta. Siempre he tenido cierta facilidad para situarme a mi mismo en realidades distintas a la que vivo; ha sido la forma en la que mi carácter tímido y retraído me ha permitido vivir (aun siendo en la imaginación) situaciones que de otra forma nunca hubiesen sido posibles.

Cuando me cansé de andar (debía haberme alejado ya bastante de mi casa puesto que apenas reconocía el barrio en el que estaba y ya era casi noche cerrada), me senté en un banco. Tenía que pensar cuales iban a ser mis siguientes pasos: a ver cómo me las apañaba para ir hasta la costa con poco más de cien pesetas en el bolsillo. Me enfadé conmigo mismo: al menos podía haberme organizado mejor y haber pasado por casa a recoger mi hucha. El dinero que tenía ahorrado sí me permitiría (calculaba yo) comprar un billete de autobús para ir hasta Alicante o Valencia. Luego, ya vería

La temperatura bajaba. Empecé a tener frio. No sabía qué hacer. Eso de escaparse de casa se me antojaba un poco menos divertido. Traté de pensar que haría en mi situación Marcos, el malote de la clase. No se me ocurrió nada.

 

Entonces, alguien se sentó en el banco, cerca de mi. Me giré y le miré.  Era Jimena, una compañera de clase. No era la chica más guapa, ni la más divertida, ni la más popular, pero era una chica guapa, divertida y popular. Tenía el pelo largo, suelto, saliendo del gorro de lana blanco que llevaba encajado casi hasta los ojos; las orejas y la punta de la nariz las tenía enrojecidas por el frío y contrastaban con su piel muy blanca. El abrigo estaba abrochado hasta arriba y en las manos usaba manoplas con unos dibujos de Minnie.

 

– Hola –me dijo-, ¿qué haces por aquí? Este no es tu barrio

– Me he escapado de casa –le contesté sin pensar. Cuando lo dije, puso primero cara de extrañeza, como si no me hubiera oído bien, y luego de asombro, fascinación y yo me alegré y sonreí. La había impresionado

-¡Hala! ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Dónde vas a ir? Yo he bajado a por pan, mi madre me ha mandado, que se ha acabado

– Pues me voy a ir a vivir a la playa –contesté, como si aún creyera que era posible, y seguí creciéndome-. Allí trabajaré un rato por las mañanas y por la tarde me dedicare a jugar –“y a escribir”, estuve a punto de añadir, pero me contuve: ese era mi mayor secreto, el que nadie en el cole podía saber

– ¡Como mola!

Jimena estaba completamente emocionada. Desde luego, más que yo, que ya había empezado a asimilar los contras de mi decisión de irme.

– Luego me quiero ir a Estados Unidos y vivir allí. Les mandaré una carta a mis padres diciendo que estoy bien y que no se preocupen. Volveré dentro de unos años, cuando ya sea rico

– Me gustaría ir contigo. Pero no puedo. Tengo que ir a comprar el pan

– Claro – convine con ella. No podía venirse: sus padres la esperaban

– ¡Qué pena!

Estuvimos un rato en silencio. Ella se acercó más a mí, hasta casi pegarse. Se me aceleró (más aún) el corazón.  Pensé en coger su mano, enfundada en la manopla, la mía helada, pero no me atreví. Lo mismo no quería que lo hiciera.

– Oye –le dije al fin, sin pensar- a mí me da igual irme de casa hoy u otro día. Si quieres, me vuelvo ahora y ya nos vamos los dos juntos otro día –no se lo propuse buscando una salida para mí en ese momento: pensé que sería buena idea esperar a que ella pudiera fugarse de su casa y compartir la aventura

– ¿Sí? ¿Harías eso por mí? –asentí con la cabeza: mi padre me había enseñado a ser un caballero

Jimena dudó y se agitó en el banco, claramente emocionada. Luego se giró y me dio un beso en la mejilla, Fue rápido, pero yo pude notar perfectamente sus labios húmedos presionando ligeramente mi piel. Tras eso, se levantó corriendo, sin darme tiempo apenas a reaccionar y me gritó cuando se marchaba: “tengo que irme a comprar el pan; cuando estés listo para marcharte otra vez avísame y nos vamos juntos” y me dijo adiós con la mano. Yo la correspondí, ilusionado.

A veces, las aventuras más cortas e inocentes son las más impresionantes.

 

Permanecí en el banco un poco más; no mucho supongo porque no llegue a verla cuando regresaba de comprar el pan. Me levanté despacio, me colgué la mochila a la espalda y traté de desandar el camino que me había llevado hasta allí. No me costó demasiado, enseguida encontré el colegio y en mi casa estaba pocos minutos después.  Supuse que me regañarían: a fin de cuentas, yo me había fugado. Pero mi madre me dio un beso rápido al abrirme la puerta, mientras comentaba, casi para ella misma “llegas un poco tarde de la clase de inglés, ¿os habéis entretenido un poco más hoy?” y se marchó a la cocina sin esperar respuesta. Estaba haciendo tortilla de patatas.

Me fui a mi habitación y me descolgué despacio la mochila, me quité el plumas ajado, la bufanda, lo deje todo arrugado sobre la cama y me pasé la mano por la mejilla que había besado Jimena. Sonreí e incluso me sonrojé un poco. Recuerdo que cogí la caja roja donde mi padre guardaba la máquina de escribir y unos folios y redacté un pequeño cuento sobre las aventuras de dos niños viajando por Europa, haciendo pequeños trabajos domésticos (pasear perros, limpiar coches…) para pagarse los billetes de tren y autobús. En el transcurso del viaje se hacían novios y llegaba a casarse, cuando ya eran mayores y tenían un par de hijos y un perro. Pero no dejaron de viajar por eso, simplemente compraron un coche, un coche verde, viejo y grande, con un radiocasete ruidoso, en el que podían ir todos. “El viaje eterno”, lo titulé.

 

Esa noche dormí de un tirón

 

Al día siguiente fui a clase. Jimena estaba allí. Pero ni ella ni y hablamos de nuestra aventura ese día. Ni ningún otro. No volvimos a comentarlo ni a hacer planes. Ni yo volví a fugarme de casa.

 

Julieta terminó siendo la novia de Marcos y yo seguí siendo un buen niño