El viaje eterno

Yo era un buen niño, pero me escapé una vez de casa, cuando tenía 12 años. Mis padres no lo llegaron a saber, lo que da una idea de la poca transcendencia (y duración) de mi fuga, aunque a mí entonces me pareció aventura muy osada.

 

No lo tenía planeado. O sí, según como se mire. Había decidido escaparme de casa, e irme a la costa (por aquel entonces me llamaba la atención vivir junto a una playa) pero no ni el cuándo ni el dónde ir. Ni, por supuesto, como hacerlo, como financiar mi aventura. Yo, que siempre he sido muy planificador por alguna razón, me parecían detalles sin importancia, menores. Si uno se iba de casa, lo que iba en contra de todas las normas, no tenía mucho sentido ir haciendo demasiados planes por anticipado. O algo así, debí pensar.

 

Suspendí matemáticas. No era un estudiante de notas arrolladoras, simplemente estudiaba lo suficiente para pasar los exámenes con cierta holgura y eso no solía costarme demasiado esfuerzo. Pero en aquella ocasión me debí confiar en exceso y suspendí. El profesor me tendió los folios en los que, en la esquina superior derecha, y redondeado en tinta roja, había escrito “3,75”. No podría decir en casa que “había suspendido por los pelos”, aquello era una mala nota sin discusión. Don Güito (aunque se llamaba Carlos, todos le llamábamos a sus espaldas Don Güito, a saber porqué) sonreía triunfante: sabía perfectamente que yo realizaba los esfuerzo mínimos para pasar los exámenes y parecía estar disfrutando, como si pensara “al final te pillé”. En ese momento decidí irme de casa. Me parecía lo más lógico: para evitar el castigo por suspender, lo mejor era desaparecer. Si no estaba, no podrían regañarme. Al terminar las clases (esperé a que acabaran, una cosa es que me fuera de casa y otra que me escapara del colegio) salí y me metí en una pastelería cercana donde compré un donut de chocolate con el poco dinero que mis padres me daba para emergencias: en mi aventura no sabía cuando podría volver a alimentarme, así que tenía que aprovechar. Luego, en vez de dirigirme a casa como hubiese hecho cualquier otro día, tomé el camino contrario.

 

Caminé por un rato. Aunque me iba alejando, el entorno me seguía siendo familiar. Poco a poco, sin embargo, fui no reconociendo algunas calles. Sabía, más o menos, por dónde estaba, claro, pero nada más. La emoción (y el miedo) comenzaron a manifestarse: noté que mi corazón se aceleraba, mientras sentía mi boca seca y unas enormes ganas de beber. Un escaparate de ropa deportiva me devolvió la imagen de mi mismo: abrigado con un plumas un poco raído ya, bufanda, la mochila colgada a la espalda, cara de autocontrol… parecía todo un explorador. Bueno, en realidad no: solo parecía un chico normal yendo a casa tras las clases, una tarde invierno, pero en mi cabeza la realidad era un poco distinta. Siempre he tenido cierta facilidad para situarme a mi mismo en realidades distintas a la que vivo; ha sido la forma en la que mi carácter tímido y retraído me ha permitido vivir (aun siendo en la imaginación) situaciones que de otra forma nunca hubiesen sido posibles.

Cuando me cansé de andar (debía haberme alejado ya bastante de mi casa puesto que apenas reconocía el barrio en el que estaba y ya era casi noche cerrada), me senté en un banco. Tenía que pensar cuales iban a ser mis siguientes pasos: a ver cómo me las apañaba para ir hasta la costa con poco más de cien pesetas en el bolsillo. Me enfadé conmigo mismo: al menos podía haberme organizado mejor y haber pasado por casa a recoger mi hucha. El dinero que tenía ahorrado sí me permitiría (calculaba yo) comprar un billete de autobús para ir hasta Alicante o Valencia. Luego, ya vería

La temperatura bajaba. Empecé a tener frio. No sabía qué hacer. Eso de escaparse de casa se me antojaba un poco menos divertido. Traté de pensar que haría en mi situación Marcos, el malote de la clase. No se me ocurrió nada.

 

Entonces, alguien se sentó en el banco, cerca de mi. Me giré y le miré.  Era Jimena, una compañera de clase. No era la chica más guapa, ni la más divertida, ni la más popular, pero era una chica guapa, divertida y popular. Tenía el pelo largo, suelto, saliendo del gorro de lana blanco que llevaba encajado casi hasta los ojos; las orejas y la punta de la nariz las tenía enrojecidas por el frío y contrastaban con su piel muy blanca. El abrigo estaba abrochado hasta arriba y en las manos usaba manoplas con unos dibujos de Minnie.

 

– Hola –me dijo-, ¿qué haces por aquí? Este no es tu barrio

– Me he escapado de casa –le contesté sin pensar. Cuando lo dije, puso primero cara de extrañeza, como si no me hubiera oído bien, y luego de asombro, fascinación y yo me alegré y sonreí. La había impresionado

-¡Hala! ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Dónde vas a ir? Yo he bajado a por pan, mi madre me ha mandado, que se ha acabado

– Pues me voy a ir a vivir a la playa –contesté, como si aún creyera que era posible, y seguí creciéndome-. Allí trabajaré un rato por las mañanas y por la tarde me dedicare a jugar –“y a escribir”, estuve a punto de añadir, pero me contuve: ese era mi mayor secreto, el que nadie en el cole podía saber

– ¡Como mola!

Jimena estaba completamente emocionada. Desde luego, más que yo, que ya había empezado a asimilar los contras de mi decisión de irme.

– Luego me quiero ir a Estados Unidos y vivir allí. Les mandaré una carta a mis padres diciendo que estoy bien y que no se preocupen. Volveré dentro de unos años, cuando ya sea rico

– Me gustaría ir contigo. Pero no puedo. Tengo que ir a comprar el pan

– Claro – convine con ella. No podía venirse: sus padres la esperaban

– ¡Qué pena!

Estuvimos un rato en silencio. Ella se acercó más a mí, hasta casi pegarse. Se me aceleró (más aún) el corazón.  Pensé en coger su mano, enfundada en la manopla, la mía helada, pero no me atreví. Lo mismo no quería que lo hiciera.

– Oye –le dije al fin, sin pensar- a mí me da igual irme de casa hoy u otro día. Si quieres, me vuelvo ahora y ya nos vamos los dos juntos otro día –no se lo propuse buscando una salida para mí en ese momento: pensé que sería buena idea esperar a que ella pudiera fugarse de su casa y compartir la aventura

– ¿Sí? ¿Harías eso por mí? –asentí con la cabeza: mi padre me había enseñado a ser un caballero

Jimena dudó y se agitó en el banco, claramente emocionada. Luego se giró y me dio un beso en la mejilla, Fue rápido, pero yo pude notar perfectamente sus labios húmedos presionando ligeramente mi piel. Tras eso, se levantó corriendo, sin darme tiempo apenas a reaccionar y me gritó cuando se marchaba: “tengo que irme a comprar el pan; cuando estés listo para marcharte otra vez avísame y nos vamos juntos” y me dijo adiós con la mano. Yo la correspondí, ilusionado.

A veces, las aventuras más cortas e inocentes son las más impresionantes.

 

Permanecí en el banco un poco más; no mucho supongo porque no llegue a verla cuando regresaba de comprar el pan. Me levanté despacio, me colgué la mochila a la espalda y traté de desandar el camino que me había llevado hasta allí. No me costó demasiado, enseguida encontré el colegio y en mi casa estaba pocos minutos después.  Supuse que me regañarían: a fin de cuentas, yo me había fugado. Pero mi madre me dio un beso rápido al abrirme la puerta, mientras comentaba, casi para ella misma “llegas un poco tarde de la clase de inglés, ¿os habéis entretenido un poco más hoy?” y se marchó a la cocina sin esperar respuesta. Estaba haciendo tortilla de patatas.

Me fui a mi habitación y me descolgué despacio la mochila, me quité el plumas ajado, la bufanda, lo deje todo arrugado sobre la cama y me pasé la mano por la mejilla que había besado Jimena. Sonreí e incluso me sonrojé un poco. Recuerdo que cogí la caja roja donde mi padre guardaba la máquina de escribir y unos folios y redacté un pequeño cuento sobre las aventuras de dos niños viajando por Europa, haciendo pequeños trabajos domésticos (pasear perros, limpiar coches…) para pagarse los billetes de tren y autobús. En el transcurso del viaje se hacían novios y llegaba a casarse, cuando ya eran mayores y tenían un par de hijos y un perro. Pero no dejaron de viajar por eso, simplemente compraron un coche, un coche verde, viejo y grande, con un radiocasete ruidoso, en el que podían ir todos. “El viaje eterno”, lo titulé.

 

Esa noche dormí de un tirón

 

Al día siguiente fui a clase. Jimena estaba allí. Pero ni ella ni y hablamos de nuestra aventura ese día. Ni ningún otro. No volvimos a comentarlo ni a hacer planes. Ni yo volví a fugarme de casa.

 

Julieta terminó siendo la novia de Marcos y yo seguí siendo un buen niño

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

Deja un comentario