No quise saber… y supe

Mientras esperaba en Barajas a que saliera mi avión recordé aquel primer día. En el que todo empezó y, por tanto, en el que todo comenzó a terminar. Nunca supe si era realmente Simón quien subía en el ascensor según yo bajaba las escaleras. Llegué al portal, me dirigí a la moto, solté la cadena con la que sujetaba el casco y me marché a casa, despacio. Hacía frío, pero no me abroché del todo la cazadora ni bajé la visera: sentir el aire y los estremecimientos de mi cuerpo me hacían bien. Pensé por un segundo en darme la vuelta, parar cerca del portal y esperar. Esperar que él llegara, o que ellos salieran juntos, o que saliera sola ella mientras él esperaba. Esperar y verle, ver en que coche llegaba, como vestía. Sabía cómo era: le había visto tiempo atrás en la fiesta que conocí a Blanca: él era el tipo que se la llevó cuando empezábamos a hablar. Antes del comienzo, ya me la había sustraído una vez.  Pensé volver a verle, comprobar si seguía siendo un tipo demasiado preocupado por sus músculos, si seguía vistiendo de manera anodina, gris (empecé a preguntarme que había visto Blanca en él: no podían ser más distintos). Lo pensé, pero no lo hice. En lugar de regresar, esconderme en las sombras de algún portal y espiarles, opté por seguir hacia mi casa y refugiarme en ella. Sin encender las luces, busqué una lista de reproducción en el iPod de Andrea Motis, lo conecté al equipo de música y me eché un chorro generoso de ron en un vaso bajo. Seguí bebiendo mucho rato, hasta que logré emborracharme. Me desperté horas después, sentado en el suelo del salón, la espalda apoyada contra el sofá y temblando de frio ante la corriente de aire que entraba por la cristalera del salón, abierta. La lengua pastosa y el dolor de cabeza me traían el recuerdo de Blanca, sus no rizos, su boca, sus pezones duros, su culo mientas preparaba los bocadillos que nos cominos, su mirada atenta mientras le contaba una historia inventada de mi infancia

 

No había tratado de espiarles ese día, ni ningún otro. Aunque no pareciera que actuaba de forma premeditada, Blanca era extraordinariamente cautelosa y se cuidaba de que no llegase a coincidir con Simón y yo, pese a haber tenido en ese tiempo varias oportunidades, no quise verles juntos. No quise saber si andaban cogidos de la mano, de la cintura, del brazo o sueltos. No quise saber si se paraban en mitad de la calle a besarse o no, si se acariciaban o se hacían arrumacos en público o no. Tampoco le pregunté nunca por como era su relación, por como se comportaba él con ella, si la trataba bien o no, por como solían pasar el tiempo, si les gustaba ir al cine, salir a cenar o ir juntos al mismo gimnasio. Tampoco pregunté cómo se habían conocido, si les había presentado un amigo común o fue algo casual o habían coincidido por trabajo; cómo fue su primera cita (¿algo clásico como cine, cena, copa y polvo? ¿o directamente habían follado? ¿o habrían ido a una exposición de arte –a iniciativa de blanca- o de productos dietéticos para culturistas –a iniciativa de Simón-¿); cómo habían terminado juntos dos personas aparentemente tan distintas. No quise saber, no quise enterarme, no quise averiguarlo ni tener ningún contacto con ellos como pareja, y me apliqué concienzudamente en logarlo: cuando en la redacción de la radio surgía alguna conversación sobre parejas, sobre relaciones (aún si saber si Blanca era lo suficientemente indiscreta como para airear su vida privada), yo me ponía los cascos y conectaba la música del móvil subiendo el volumen lo suficiente como para asegurarme que no podría oír nada y poco me importaba que mi gesto pudiese interpretarse com mal educado. No fui a la fiesta de Navidad de la radio (sin avisar previamente mi ausencia) por que la invitación incluía a acompañantes y aunque Blanca no me había dicho nada de ir con él (ni yo le había preguntado si iría sola o no) no quería encontrármelo. En realidad, encontrármelo no era el problema, el problema era verles juntos y notar la relación especial que había entre ellos (o la que yo suponía que había entre ellos), notar sus roces casuales, son sonrisas cómplices, sus miradas anunciando un encuentro salvaje más tarde, en casa de él, o de ella, o incluso allí mismo, escondidos en uno de los baños o despachos del edificio, tapándose las bocas con las manos, con besos, para que no se les oyera, subiendo él el vestido de ella y apartando el tanga para follarla, como también me gustaba hacer a mí, sujetándola con sus brazos musculados, el pecho de Blanca escapándose del poco eficaz escote. Durante las semanas y meses en lo que lo nuestro duró, creé conscientemente un muro que impedía tener no solo conocimiento de ellos como pareja sin incluso de él, como persona. Recibí una invitación suya de Facebook (indicando que el muy imbécil ni siquiera sospechaba lo que pasaba) y le bloqueé sin más; supongo que algo debió decirle a Blanca, pero ella nunca me lo comentó. No es sencillo actuar como si una persona que tiene un papel tan importante en tu día a día (la agenda de mis citas, mis encuentros con Blanca estaban determinados previamente por su propia agenda con ella; solo en contadas ocasiones ella buscó hueco con él entre los que yo le dejaba y no al revés) no existiera, sin hablar de él, sin mencionarle (como mucho, era “él”, su nombre nunca era pronunciado) pero nos las arreglábamos para dar simulación de normalidad a nuestra vida. Tras la primera vez, sólo fui a casa de Blanca un par de veces, el resto nos encontramos en la mía (o en alguno de los hoteles pequeños de los alrededores de Madrid a los que nos escapábamos de forma ocasional) y nunca supe si fue así por casualidad o ella voluntariamente trataba de cortar cualquier posible pensamiento mío sobre él (pensar que estaba tumbado en la misma cama en la que había estado tumbado él, sentado en la misma silla en la que se había sentado él, asomado al mismo balcón al que se había asomado él), cualquier posible encuentro casual por una cita mal coordinada (la mía que se alargaba en demasía, la suya que adelantaba). Y aunque nunca nos comportamos como amantes clandestinos (salíamos con frecuencia a cenar a restaurantes o de copas y nunca lo hicimos con excesiva prevención), es cierto que no fuimos a fiestas juntos, ni a ningún evento al que también acudiese más gente conocida, bien por mi parte o por la suya. Suponía yo que los restaurantes o los bares de copas no serían los mismos que frecuentaba con Simón o con su círculo de amistades, pero eso es algo que tampoco llegué nunca a saber y, en realidad, Blanca no rechazó jamás un sitio que yo le propusiera y dudo que tuviese tanta puntería como para elegir siempre los que no frecuentaba con él. Sea como fuera, logré ser eficaz en mi empeño voluntario de no saber, de desconocer como era su vida; sí que me traicioné en ocasiones imaginándome lo que no debía, imaginándome como pasarían el tiempo juntos, que harían una noche de sábado mientras yo veía una película antigua en la tele, pero nunca di el paso de ir a buscar la verdad, de verla con mis ojos.

Por eso fue tan insólito, inesperado, el día que les vi juntos. Yo no debería haber ido allí, en realidad: llegaba tarde a una comida, pero Blanca me había pedido que hablara en el siguiente programa de un escritor a quien sólo conocía de manera superficial y, de camino a mi cita, en el centro de Madrid, pasé por delante de La Casa del Libro y entré a comprar algunos de sus libros. Estaba leyendo las sobrecubiertas cuando, alcé la vista, y les vi a ambos al fondo de la tienda, charlando y riéndose, dándome la espalda. Blanca se había dejado el pelo suelto y llevaba un vestido color mostaza con una falda de vuelo, corta, botas marrones y una cazadora vaquera. Simón iba con un jersey de cuello alto, rojo, ajustado, lo que casaba mal con su enorme corpulencia. Él sostenía en las manos un libro que ambos hojeaban, intercambiando sonrisas al leer alguna frase. Tras una de esas sonrisas, se miraron a los ojos (ella hacía arriba: Simón era considerablemente más alto), él le pasó el brazo por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso no muy largo, apenas uno o dos segundos, pero yo lo fotografié con mi móvil. Lo desbloqué y lo alcé hacia ellos antes de saber que ellos se iban a besar, antes de saber que yo les iba a fotografiar (esa imagen resulto un precio un tanto truculento) y sin pensar muy bien lo que hacía. Ni para qué lo hacía. No podía ser buena idea (eso, hasta alguien tan torpe como yo lo tendría claro) pero aun así les enfoqué y apreté en la pantalla en el momento en el que sus labios se juntaban. Dejé los libros que había estado mirando y salí a la calle rápido, mirándoles de soslayo para asegurarme de que ellos no me habían visto a mí. Ya fuera, busqué la foto en el teléfono (las manos me temblaban, oía perfectamente los latidos de mi corazón retumbando en mis orejas, sentía como me faltaba el aire) y vi ese instante que ya no supe si era cuando empezaba el beso o cuando terminaba, los ojos de Blanca cerrados (los de él no), el pelo suelto con sus no rizos cayéndole por la cara, el brazo que la apretaba y levantaba un poco el vestido en ese gesto, ella aún con el libro entreabierto en las manos.

No debería haber estado allí: llegaba tarde a mi cita y dudé si entrar o no en la librería. Ellos no deberían haber estado allí: por lo que sabía, Blanca compraba los libros por Amazon y dudo que Simón hubiese adquirido alguno por sí mismo, alguna vez. Ni yo, ni ellos debíamos haber estado allí… pero estuvimos, provocando que les hiciera esa foto, captando ese beso, la única prueba que tenía de su relación era real.

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

Un comentario en “No quise saber… y supe

  1. Me parece increíble la cercanía con la que siento cómo brotan las historias de Sebastian en mi ordenador y cómo soy capaz, casi sin esfuerzo, y sin saber por qué, de entender cada vez mejor, su manera de ser.

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