Don José

Como cada mañana desde hacía dos o tres meses, don José se levantó muy temprano, antes de amanecer. Aunque no había perdido la costumbre de despertarse pronto tras jubilarse (tantos años hacía ya de eso…) sí había tomado el hábito de permanecer en la cama una hora o dos después de que el horario tan férreamente asentado en su cuerpo durante toda su vida laboral, le hiciera abrir los ojos y asomar una mañana más al mundo. Al principio no demoraba demasiado el momento de levantarse, ya que en cuanto oía a su mujer moverse inquieta en la cama (síntoma claro de que estaba a punto de despertarse ella también) se levantaba para prepararle el desayuno, como había hecho todos los días desde que se casaron. Pero desde que ella falleció, cuatro años atrás, a Don José le costaba salir de las sábanas y enfrentarse a un día que, para él, ya no tenía ningún sentido.

Hasta que eso cambió, una mañana tres o cuatro meses atrás.

Don José se levantó y fue al cuarto de baño. Después de orinar (con dificultad, la próstata volvía a darle guerra) se duchó y lavó el poco pelo que le quedaba. Esto era también una novedad, ducharse a diario, ya que, tras la muerte de su esposa, había tenido que ser su hija quien le recordara, de vez en cuando, que debía hacerlo. No por falta de higiene en don José (o porque la cabeza se le fuera ya) sino simplemente porque ni tenía ganas ni veía necesidad de hacerlo. Hasta ahora.

Tras ducharse, se enjabonó con cuidado la cara y trató de afeitarse lo mejor posible. Eso era lo más complicado, ya que el temblor de las manos no le dejaba hacerlo bien así que o se dejaba alguna zona sin rasurar debidamente o se arriesgaba a cortarse. Cada mañana valoraba internamente como daría mejor (o peor) aspecto, si mal afeitado o lleno de cortes, y cada mañana sacudía la cabeza sin poder darse una respuesta y enfadado, tal vez consigo mismo, tal vez con su edad, tal vez con Cristina. Sabía que lo mejor era comprarse una maquilla eléctrica, y unas semanas atrás había ido a una de esas grandes superficies (había tomado dos autobuses, rememorando con lástima los tiempos en lo que iba con su mujer en coche, a cualquier sitio) pero el precio era prohibitivo para su exigua pensión. Tal vez, pensó, se lo podía pedir a su hija como regalo de Navidad… Pero para eso aún faltaba tiempo, así que Don José se arriesgó a cortarse y trató de apurar la barba. Esta vez casi lo logró, solo se hico un corte en la mejilla derecha, que taponó con un pedacito de papel higiénico. Con un poco de suerte, casi no se le notaría…

Tras afeitarse, don José se echó colonia (no demasiado buena, seguramente, ya que la compraba en el supermercado pero que otra cosa podía hacer…) y se vistió con cuidado. Estuvo, como cada mañana, un rato delante del armario, tratando de hacer cábalas de que combinación de ropa (que no se hubiera puesto recientemente) le quedaría mejor. Como durante años había sido su mujer quien le elegía la ropa y su fondo de armario tenía poco de fondo, la tarea le resultaba bastante penosa. Al final, sin estar del todo satisfecho, se decantó por unos pantalones oscuros, una camisa clara, una americana azul oscuro que le había regalado su hija por su cumpleaños y una corbata rosa con pequeños lunares. Hacerse el nudo de la corbata le llevó un rato, primero porque el temblor de las manos (que le atacaba con más fuerza precisamente cuando se ponía nervioso), no le ayudaba demasiado y en segundo lugar, porque ya no tenía la habilidad suficiente como para no dejarla corta o larga a la primera, así que tuvo que repetirlo varias veces delante del espejo; tras varios intentos, se dio cuenta de que ese día era uno de los que tendría que llevar la corbata mal anudada, ya que no lograba hacerlo bien, y se secó una incipiente lágrima mientras recordaba lo orgullosa que su mujer le despedía cada mañana mientras le decía “vas hecho un pincel, seguro que eres el más elegante de la oficina”.

Finalizó su atuendo colocando un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, se volvió a peinar mirándose en el espejo del baño y salió a la calle.

Como cada mañana desde hacía dos o tres meses, Don José recorrió varias calles de su barrio, con un rumbo fijo. Esperó pacientemente a que varios semáforos le permitieran cruzar (aunque no pasaran coches) ajeno a los jóvenes (y no tan jóvenes) que alcanzaban el otro lado de la calle sin tanto miramiento, y llegó al fin a su destino. Una cafetería de esas modernas, con nombre en inglés (don José se negaba a leerlo, ya que sabría que lo pronunciaría mal y le daba vergüenza, aunque solo se oyera el mismo) en el que se pide el café, se paga, das tu nombre, un joven o una joven lo prepara como si se tratara del plato más selecto de El Bulli y te lo entregan, tras llamarte.  Don José había descubierto ese sitio por casualidad hacia dos o tres meses, en uno de esos paseos que tenía cada mañana sin rumbo y sin más propósito que el de dejar pasar ese tiempo que le sobraba, y fue entonces cuando la vio.

Por supuesto, don José era mayor, viejo incluso, pero no tonto, y sabía perfectamente que lo que estaba haciendo era una estupidez. Cristina era una chica rubia, alta, con el pelo levemente rizado (a veces lo llevaba suelto, otras recogido en una coleta), de enormes ojos oscuros. Vestía el mismo horroroso uniforme que el resto de los empleados del local (pero a ella le quedaba bien), en el pecho llevaba una plaquita con su nombre. “Cristina”. Eso era todo lo que don José sabía de ella. Que trabajaba allí en el turno de mañana (el que abría el local) tomando los pedidos y cobrando, que se llamaba Cristina, que su voz era dulce y que era muy guapa. Y cincuenta años más joven que él.

Don José sabía que acicalarse con cuidado, vestirse como para una cita e ir allí a primera hora de la mañana a verla, era una estupidez. Pero esa estupidez se había convertido en la única razón que le quedaba para seguir viviendo un día más. A veces tenía suerte y el local no estaba muy lleno, o Cristina se había, levantado de buen humor, o acababa de besarse con su novio (que don José no sabía si existía, pero suponía que sí) y le sonreía al verle y le preguntaba “¿José, verdad?”. Esos era los días buenos, los días en los que don José podía recordar durante horas la curvatura de su boca y el brillo de sus ojos al sonreír, el tenue calor de sus dedos al tocarle para darle las vueltas, la sensación de sentirse importante porque ella había recordado su nombre. Esos, era los días buenos, pero no los más frecuentes

Otros días, la mayoría, el local estaba lleno e iban con prisa, o Cristina no había dormido bien, o había discutido con su novio, y apenas le miraba cuando estaba delante de ella, él se veía obligado a decir su nombre tras unos segundos ellos que Cristina sostenía el rotulador apoyado en el vaso de plástico y le miraba esperando que él hablara, le devolvía las vueltas sobre el mostrador, sin tocarle. Esos días, don José sentía que ni el haber madrugado, ni ducharse, lavarse el pelo, los esfuerzos por afeitarse correctamente, elegir ropa adecuada, no demasiado gastada, la atención prestada al nudo de la corbata o el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta, no valían de nada. Esos días, don José dejaba el café (con un precio excesivo para él) encima de la mesa, sin tocarlo y se marchaba, pensando que, además, debía ocupar muchas más horas sin nada que hacer puesto que se había levantado tan temprano…

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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