No ocurre con mucha frecuencia…

No ocurre con mucha frecuencia (al menos, a mí no me ocurre) pero a veces un libro, una canción, un restaurante, un pequeño café, un rincón de una alguna ciudad, despierta en nosotros el recuerdo de alguien. Estamos tranquilos, pensando en cualquier otra cosa y, de improviso, nuestra mirada capta ese detalle, nuestro oído oye esa voz, nuestro pensamiento salta a esa idea que nos trae sin remedio a alguien a la cabeza. Un segundo antes no está y un segundo después parece que vaya a estar por siempre.

 

Y sucede así, de forma inesperada, sin que necesariamente queramos que ocurra.

 

Y da igual que nunca hayamos estado en ese lugar con esa persona, que nunca hayamos hablado de ese libro a esa persona, que nunca hayamos paseado por ese rincón con esa persona, que nunca hayamos estado en esa tienda con esa persona; algo hace estallar en nuestra cabeza su recuerdo y ya está.

 

Ese domingo me había levantado pronto. Nunca he dormido mucho y nunca me ha costado madrugar, ni siquiera si me he acostado tarde, apenas de cuando en cuando necesito despertador; sistemáticamente, ya sea diario o fin de semana, entre las seis y seis y media, me despierto. A veces me doy media vuelta y trato de dormir un poco más. A veces no me molesto en luchar contra mi cuerpo y me levanto, como hice ese día. Me duché, me tomé un café fuerte con leche, mordisqueé media manzana, me puse la chaqueta de cuero, cogí el casco y bajé al garaje, a por la moto. Avanzaba despacio por las calles desiertas, deteniéndome sólo en los semáforos. La ausencia de tráfico, de sonidos en esas calles normalmente tan concurridas, me transmitía una sensación de soledad que no me era desagradable. Siempre me ocurre así, en momentos como esos.

Poco antes de las siete de la mañana estaba en la unión de la Gran Vía con Alcalá, mirando hacia el edificio Metrópolis. Dejé la moto sobre la acera, sobre la pata de cabra, el caso sobre el sillín, sin atar y cuando se cerró el semáforo me puse en mitad de la calzada y tiré varias fotos de la calle, los edificios, un barrendero trabajando distraído.

Ese punto es mi sitio favorito de Madrid y llevo años fotografiándolo de madrugada. En ocasiones ni siquiera ha salido el sol, en otras (como ocurría esta vez) apenas se adivinaba en el horizonte o estaba ya sobre los edificios. Supongo que al principio, cuando empecé a madrugar e ir allí, hace muños años (por entonces no me ganaba la vida escribiendo, trabajaba en una oficina y estaba sujeto a horarios así que solo podía ir en sábado o domingo), repetía la foto buscando hacer una que fuera perfecta: el encuadre, la luz, la fuerza de la imagen, las sombras. Todas las que lanzo son parecidas: de noche o amaneciendo, algún coche parado, un peatón de cuando en cuando, un perro olisqueando, un camión regando la acera. Son fotos de soledad en uno de los puntos más bulliciosos de Madrid. Con el tiempo me he dado cuenta que ninguna foto es mejor que otra (y, desde luego, ninguna es buena) pero hacerlo me relaja, aporta cierta tranquilidad a mi caótica vida. Y cuando algo me preocupa, o me incomoda, necesito repetir esa rutina.

Me senté en un banco, abroché hasta arriba la chaqueta (el invierno estaba llegando y ya hacía frio) y encendí un purito mientras repasaba en la pantalla de la cámara las fotos que había hecho. Como de costumbre, ninguna de ellas valía gran cosa, pero que fuera así carecía de importancia. Lo que yo necesitaba realmente era tirar esas fotos.

Fui andando hasta una pequeña cafetería que sabía que estaba abierta a esas horas y a la que solía ir en mañanas como aquella y pedí mi segundo café con leche del día y unas tostadas con aceite y tomate. Un poco más tarde, cuando ya tenía más público, trabajaba allí también un camarero, pero a esas horas sólo estaba el propietario, quien me acercó el desayuno con el periódico sin que necesitara pedírselo. “Este año sí ganamos la liga”, me dijo señalando la foto de la primera página. El Madrid había goleado el día anterior. Al Osasuna, además, lo que me siempre me producía un extraño placer que no entendía muy bien.

– Bueno, aún queda mucho, pero la verdad es que ayer jugaron muy bien

– ¿Fuiste a verlo? –me preguntó

Asentí y di un mordisco al pan

 

Me comí en pan, tomé el café, intercambiamos algún comentario más sobre futbol y me marché. Cogí la moto y fui hasta la Puerta de Toledo. Allí la dejé de nuevo subida en la acera y esta vez sí até el casco a la cadena.

Si mis escapadas a fotografiar la Gran Vía son en domingo, suelo ir después al Rastro. Siempre me han gustado todo tipo de mercadillos y trato de visitarlos cuando estoy de viaje en alguna ciudad, pero de todos ellos, mi favorito es el Rastro. Conozco el de Candem Town, en Londres, el de San Telmo en Buenos Aires, el Gran Brazar de Estambul, el de Chiang Mai en Tailandia… pero quizá porque soy madrileño, quizá porque es el más sorprendente de todos, quizá porque es el mejor, el Rastro es mi favorito. Especialmente a esa hora tan temprana a principios de invierno, cuando la luz fria clarea ya por las callejuelas y aún se están montando los puestos: los vendedores embutidos en su ropa de abrigo, gritándose unos a otros pidiéndose ayuda, tomándose el pelo o preguntando por sus familias en una mezcla de idiomas y acentos: españoles, magrebíes, eslavos, chinos, rumanos… El suelo mojado (poco antes pasó el camión regando). El vaho saliendo de sus bocas mientras ponen en pie las débiles estructuras de los tenderetes y las cubren con una lona por si acaso llueve más tarde. La policía paseando distraída, comprobando algunos permisos al azar, saludando a los fieles que repiten lugar e intercambiando preguntas sobre las esperanzas para la mañana, los estudios de los hijos, los planes para la tarde. El ruido casi musical, acompasando, del mercado poniéndose en marcha a esas horas, voces, gritos, golpes, silbidos, radios con música de todos los estilos, o noticias, alguien que se arranca con alguna canción pegadiza, una gitana cantando una soleá, una bulería. Las cajas por el suelo, con sus mercancías esperando a ser expuestas: pantalones vaqueros, vestidos (“calentitos y a la moda”), bolsos del cuero mal tratado y penetrante y molesto olor, cinturones, películas en dvd, e incluso en vhs, lámparas de latón viejas y medio rotas, revistas pornográficas, pela patatas (“ideales para las tortillas”), cuchillos verduleros (“no se desafilan nunca”), molinillos, válvulas de ollas a presión y otros extraños utensilios para la cocina, pendientes de plata, anillos, colgantes, cuadros pintados al óleo, láminas reproduciendo carteles de película, posters de fotos famosas (el repetido puente iluminado en la noche de Nueva York, Mazinger Z apoyado en el edificio de Schweppes, Keep Calm and… con todas las creatividades posibles, playas paradisíacas, el autobús de dos plantas londinense en blanco y negro), sillas antiguas, retapizadas o no, zapatos de señora, bragas a 2 euros (“¡y a estrenar, oiga”), periódicos y revistas antiguas, muñecas de juguete de segunda mano, manteles que nunca se manchan (“garantizado, señora”), cazadoras de piel tal vez robadas, abrigos de dudoso visón (“no señora, no tiene etiqueta certificando la autenticidad porque si me ve el peletero vendiéndolas a este precio, tendré un problema, pero por supuesto que es visón bueno, tóquelo, tóquelo y lo verá”), sujetadores de tallas inverosímiles y colores poco eróticos (“con tirantes anchos, para no hacer daño”), viejas cámaras de fotos de coleccionista, mesillas de noche ajadas, cómodas, rellenos para almohadas y colchones. Y, sobre todo, mis favoritos: libros, libros de segunda mano, novelas, libros técnicos, ensayos, tratados, a veces con el nombre de su antiguo propietario escrito en la primera página, quizá un regalo y lleva por tanto una dedicatoria A mi queridísimo papá, con mi abrazo cariñoso, Juan, A mi querido amigo D. Juan Antonio Rodríguez, como prueba de mi agradecimiento. Madrid, 5-X-53, y una firma ilegible a continuación, una postal perdida o guardada entre las páginas que alguien ha enviado años atrás a su anterior dueño, en la calle Caramuel, número 40 de Madrid: Querida Mamá: seguro que estará pensando que no nos acordamos de usted, pero es que se pasan los días sin sentir. Lo estamos pasando muy bien y hace una temperatura muy agradable, por las noches hay que ponerse una chaqueta porque refresca mucho. La niña está muy tostadita. Muchos besos de toda la familia, abrazos, Jesus, Julio 1970 y en el anverso una foto de la playa de Tabernes de Valldigna en un día de verano, poblada de sombrillas, gente abigarrada paseando o bañándose. Usualmente, cuanto más antiguo es el libro y más años hace que se ha escrito la dedicatoria, postal o nota, mejor es la caligrafía. A veces los libros llevan dentro billetes de metro o de autobús (dos pesetas costaba, en 1966) usados tal vez como marca páginas, o notas de amor Eres preciosa, Maria. Recuerda que te quiero, no lo recordó: no sacó la nota del libro antes de deshacerse de él).

 

Recorrí el mercadillo en silencio, tranquilamente, mirando, tocando artículos sin intención de comprar ninguno, pero regateando a veces por puro entretenimiento. Me colé en un pequeño y oscuro local donde estuve a punto de adquirir una colección de latas de Cola Cao, con los dibujos levemente borrados y algo oxidadas en los bordes. En otro puesto tuve en mi mano unos pequeños anteojos, de los que usaban las señoras pudientes a principios de siglo xx en los teatros y cines y que me parecieron útiles como pisapapeles pero, aunque el vendedor pedía una miseria por ellos, no los llegué a comprar. Siempre me reservo para el final de mi paseo por el Rastro una almoneda que hace esquina, un poco apartada de las calles principales, que suele contar con una buna provisión de libros de segunda mano, novela española y europea especialmente, y que es donde suelo hacer la mayoría de mis compras. Esa mañana tomé como de costumbre un café en un barechuzo cercano y entré. El dueño, un tipo muy alto y delgado, que en invierno lleva siempre el mismo jersey de ochos color crema y en verano una camisa de rallas azules y blancas, me saludó al entrar y rápidamente se disculpó con su curiosa forma de hablar: “no hemos traído nada nuevo. Apenas. Últimamente”. La palabra “nuevo” en aquel sitio tiene un significado ligeramente distinto al que solemos darle. Negué con la cabeza “no pasa nada, la última vez me quedó bastante por mirar”. Subí unos escalones y me metí en una habitación quizá más grande de lo que parecía a la vista, copada absolutamente por libros: los estantes de las pareces iban del suelo al techo y estaban repletos, con bastantes ejemplares embutidos –literalmente- a presión. En el centro, varias mesas tenían pilas de libros hasta ocupar todo su espacio, en incluso se amontonaban en el suelo, invadiendo casi todo el espacio libre de forma que resultaba incómodo moverse, sobre todo si había otra persona próxima. Me quité la chaqueta y me pasé la mano por el pelo. Sabía que podía quedarme allí el tiempo que quisiera, rebuscando hasta encontrar los libros que me llamaran la atención. Nadie me metería prisa ni me molestaría. Miré por los estantes, sin leer concienzudamente todos los lomos, sino saltando la vista al azar de unos a otros, esperando que mi instinto (o la suerte) me ayudase a encontrar lo que quisiera que estaba buscando. Leí nombres conocidos en los lomos: García Lorca, Thomas Mann, García Pavón, hasta que un grueso volumen hizo detenerme. Era Los Cipreses Creen en Dios de Jose María Gironella, una edición de El Círculo de Lectores del 73. Abrí la primera página: en tinta azul, cruzado en oblicuo había un nombre que no entendí bien (quizá Maricarmen) y el apellido, Robles, con una línea subrayándolos; debajo aparecía la fecha: “Julio, 1974”. Ojeé el libro y me encontré dentro con un recorte de periódico, del ABC del sábado 20 de septiembre del 84, escrito por el propio Gironella y titulado “Apunte Necrológico”. Pasé las páginas a continuación, hasta el comienzo de la novela y me senté en el suelo para leerlo “En una de las casas más antiguas de la orilla derecha del río, primer piso, vivían los Alvear. Los balcones de la fachada daban a la Rambla, frente por frente del café Neutral, situado en el centro de la más acogedora hilera de arcos de la ciudad; ventana y balcón traseros colgaban sobre el río, el Oñar”

 

Pero no pasé de ahí. No necesitaba leer, más: me lo iba a llevar, ya lo había decidido (además, sólo costaba 3,90€). Lo cerré y lo olí: me gusta el olor intenso tal vez un poco decrépito del papel viejo. Sonreí: era feliz. Pensé que tenía que buscar los otros dos ejemplares de la trilogía de la Guerra Civil de Gironella (“Un millón de muertos” y “Ha estallado la paz”, el cuarto, muy posterior y peor, ya lo tenía), para comprar los tres y me levanté del suelo y dirigí la vista al estante de donde había sacado el libro. Junto al hueco que había dejado no estaban, pero en aquel local aquello no era raro: las cosas solían estar descolocadas (se almacenaban según se sacaban de las cajas, tras vaciar algún piso o biblioteca sin mucho cuidado) así que podía pasarme un buen rato buscando. Era una maravillosa forma de pasar una mañana de domingo. Y entonces, en ese momento, sin que nada lógico pudiera explicar el porqué, me acordé de Blanca.

 

De lo que conocía de ella, nada la asociaba con una librería de viejo, oscura, desordenada y un poco sucia, del Rastro, un domingo a las diez de la mañana. No había razón para que su nombre, y su cuerpo, y su cara, y su sonrisa, y su voz, cruzara mi cabeza. Pero su recuerdo había estallado sin permiso y yo sabía por ello dos cosas.

La primera, que no me la iba a sacar de la cabeza en todo el día

La segunda, que si me había acordado ella no era porque el sitio se relacionara con Blanca sino porque a mí me hubiese gustado que ella estuviera allí conmigo, sentada en el suelo manchándose los pantalones del polvo del suelo, casi enterrada entre libros, compartiendo ese momento, dispuesta a buscar por los estantes los otros dos libros de la trilogía.

En realidad, sabía tres cosas. Porque también sabía que el que yo quisiera compartir una situación como esa, que normalmente me reservaba para mí solo, significaba que estaba mucho más interesado en Blanca de lo que quería admitir.

No había vuelto a verla ni a hablar con ella desde que salió del VIPS, sin despedirse y dejándome con ganas de haberla besado y un poco de cara de tonto, supongo. En dos días volvería a verla, en la radio.

Solo dos días, Sebastian, me dije, como si pudiera convencerme de que no era mucho.

Solo dos días.

 

Me levanté con el libro en la mano y lo pagué. El propietario no comentó nada sobre la rapidez con la que me iba (normalmente pasaba allí un par de horas, o incluso más) o que solo comprara un libro (probablemente nunca había comprado un libro sólo), y si lo comentó yo no lo oí. O no lo recuerdo.

 

En la calle encendí otro purito, se había levantado viento y me costó mantener la llama del mechero. Caminaba despacio. Allí estaba ella, metida en mi cabeza. Y allí seguiría, si no hacía nada. Tiré el cigarro a medio fumar al suelo y lo pisé con el pie. Después entre en un bar de no muy buen aspecto, pero tampoco peor que cualquiera de los demás que había por allí. Pedí otro café con leche y saqué el móvil del bolsillo del pantalón. Lo dejé sobre la barra. El camarero me trajo el café y me sirvió la leche (“caliente, por favor”). Deseché el azúcar y di un sorbo. Volví a mirar el teléfono. Suspiré y pulsé el código de cuatro números para desbloquearlo.

 

– Hola, no sé si te he despertado, soy…

– Hola, Sebastián –me cortó-. Suponía que me llamarías

 

Ya sabía que me iba a traer problemas. Y sentía como yo mismo me iba directo hacia ellos. Como si me llamaran, y aun sabiendo que no debía ir, avanzara hacia ellos sin poder evitarlos.

Sonreí. No podía hacer otra cosa.

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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