La foto

Vi la foto que ya no existía. La foto, la maldita foto con la que todo empezó. La foto que hice cuando me los encontré por casualidad, la foto que ya no existía. La foto de la que me había desecho mucho tiempo atrás; incluso conservaba en mi memoria el recuerdo romperla con rabia y quemar luego los trozos en un cenicero. Estaba tan seguro de que así había sido que no pude reaccionar en unos segundos.

A veces, el pasado vuelve, sin más

Ahí estaba, en el cajón maldito, uno de los que no suelo abrir, debajo de unos cuadernos viejos, de folios llenos de esas anotaciones que se me ocurren de repente y apunto para volver a ellas en el futuro, como si valieran algo, de bocetos y comienzos de novelas que se quedaron en nada.

En realidad, ya era mala idea abrir el cajón: llevaba ya casi un año en España y era incapaz de darle forma a El Hombre que Mató a Liberty Valance. La idea era buena: la historia (¡cómo no!) de amor que cuenta un escritor en el ocaso de su carrera, más por compromiso con la editorial que por ganas, interrelacionada con la propia historia dentro del libro que está escribiendo sobre un ejecutivo joven que rotos los nervios por su éxito lo deja todo y desaparece en un pequeño pueblo pesquero de Galicia, sin ni siquiera decir dónde está (o si está bien) a los suyos, para terminar la tesis doctoral sobre la historia de los westerns que dejó abandonada años atrás. Allí conoce a una chica mayor que él, que ha vuelto con su familia al pueblo tras agotar el paro y las esperanzas en Madrid porque “por lo menos, en el pueblo siempre tenemos algo que comer”. Ella está casada con alguien que se parece al James Steward de El Hombre que Mató a Liberty Valance y de quien el autor tiene celos y según avanza la historia el propio escritor empieza a no tener claro que es lo que escribe y que es lo que vive, empieza a mezclar sus propios recuerdos con los de los protagonistas del libro que escribe. La idea era buena, pero la ejecución complicada y yo apenas lograba avanzar. Más aún, estaba cogiéndole manía al libro y muchos días ni siquiera me sentaba en la mesa y encendía el ordenador.

Pero necesitaba escribir y publicar algo, así que decidí rescatar el embrión de una novela que comencé en San Francisco, Garcimuñoz. Llevaba unas cien páginas, la mayoría de ellas bastante decentes y en su momento tuve muchas esperanzas. Sin embargo, al aterrizar en Madrid, la metí al fondo del cajón, sin más, y la olvidé. Supongo que era una buena historia, pero nunca estuve enamorado de ella.

Como ahora necesitaba avanzar rápido, pensé que sería una buena idea rescatarla, corregir lo escrito y terminarla.

Por eso abrí el cajón, buscando el manuscrito. Moví varios cuadernos y folios y allí estaba, claro que estaba, metido en la carpeta en la que lo guardé, pero al sacarlo, vi la foto. Había estado debajo todo este tiempo.

Ella. Con él. Juntos. Cogidos por la cintura. La cara vuelta uno hacia el otro, sonriendo. La foto la hice en el momento en el que iniciaban un beso. Ella parecía feliz. Él, supongo que también.

Ella llevaba un vestido color mostaza, con una falda corta de vuelo y botas marrones. El pelo suelto. Ella tenía los ojos cerrados, él no.

Qué guapa estaba…

Nunca supe si supieron que hice esa foto. Nunca lo hablamos. Simplemente, poco después, ella se fue. Así, sin más. Recogió sus cosas y me dijo que se iba. Yo no la pregunté. De hacerlo, ella habría tenido que mentirme y yo no quería que me mintiera. Yo estaba sentado en la cama, aún con la chaqueta y la corbata puesta, mientras ella llenaba dos maletas con su ropa. No le cupo toda, claro, “pasaré dentro de unos días a por el resto”, dijo, “o enviaré a alguien a por ello”. Metió algunos vestidos, vaqueros, camisas, faldas, cinturones, botas, zapatos, pero allí se quedaba tanto o más de lo que se llevaba. Recogió toda la ropa interior, sin embargo. Sus conjuntos de sujetador y tanga, sus medias. Toda. Supuse que, a él, como a mí, ella le gustaba más verla vestida con ropa interior que desnuda. Casi le pedí que se quitara la blusa y la falda que llevaba y se quedara en ropa interior, una última vez. Casi. Y si no lo hice, fue porque supe que, si empezaba a hablar, no podría evitar llorar y no quería que me viese así. Cerró las maletas, las dejó en el suelo y me miró. Supe que dudaba en cómo debía despedirse de mí. Quizá no procediera ya darme un beso en los labios, pero tampoco dos en la mejilla. Allí, ella sin saber que hacer, yo ridículamente sentado en la cama tratando de no pisar los bajos de la chaqueta para que no se arrugara, las maletas entre los dos, la odié. Solo un momento, pero la odié. Cuando salió y oí la puerta que se cerraba (“bueno, será mejor que me marche. Adiós. Y cuídate”, resolvió al fin), yo la odiaba. La última vez que la vi, la última vez que me habló, yo la odiaba.

Una semana después, rompí la foto y quemé los trozos y me marché a Estados Unidos y nunca volví a verla. Nunca volví a saber de ella. No supe si lo suyo con él funcionó o si volvió a por el resto de la ropa. No supe si a él le gustaba, como a mí, follarla con el sujetador puesto, apartando el tanga, y si esa era la razón de que se llevara toda su ropa interior. No supe si volvieron a pasear cogidos de la cintura y se volvían para mirarse y besarse.

No volví a verla, a hablar con ella, a saber de ella. Dejé de odiarla, claro. Eso pasó en el mismo instante en el que la puerta del piso se cerró.

Con el tiempo, llegué incluso a aprender a seguir enamorado de ella sin pensar en ella. Simplemente estaba en mi mente, aunque yo saliera con otra chica, aunque yo casi quisiera a otra chica. Se aprende a decir “te amo” a alguien mientras sabes que amas a alguien distinto. Con el hábito, termina siendo incluso fácil

Pero aquella foto rota y quemada que yo estaba viendo, iba a ponerlo difícil de nuevo.

Cerré el cajón sin tocarla. Cogí el manuscrito de Garcimuñoz y me lo llevé al salón. Eché sin mucha medida ron en un vaso y encendí un cigarro. Me senté en el sillón y empecé a leer.

La historia era aprovechable. No tan buena como Liberty, pero no estábamos para ponernos estupendos.

Cuando terminé de leer las ciento cinco páginas, había tomado dos decisiones.

La primera, que terminaría aquel libro

La segunda, que la llamaría. Aunque esa decisión, en realidad, ya la había tomado sin saberlo en el momento en el que vi de nuevo la foto.

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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