La foto

Vi la foto que ya no existía. La foto, la maldita foto con la que todo empezó. La foto que hice cuando me los encontré por casualidad, la foto que ya no existía. La foto de la que me había desecho mucho tiempo atrás; incluso conservaba en mi memoria el recuerdo romperla con rabia y quemar luego los trozos en un cenicero. Estaba tan seguro de que así había sido que no pude reaccionar en unos segundos.

A veces, el pasado vuelve, sin más

Ahí estaba, en el cajón maldito, uno de los que no suelo abrir, debajo de unos cuadernos viejos, de folios llenos de esas anotaciones que se me ocurren de repente y apunto para volver a ellas en el futuro, como si valieran algo, de bocetos y comienzos de novelas que se quedaron en nada.

En realidad, ya era mala idea abrir el cajón: llevaba ya casi un año en España y era incapaz de darle forma a El Hombre que Mató a Liberty Valance. La idea era buena: la historia (¡cómo no!) de amor que cuenta un escritor en el ocaso de su carrera, más por compromiso con la editorial que por ganas, interrelacionada con la propia historia dentro del libro que está escribiendo sobre un ejecutivo joven que rotos los nervios por su éxito lo deja todo y desaparece en un pequeño pueblo pesquero de Galicia, sin ni siquiera decir dónde está (o si está bien) a los suyos, para terminar la tesis doctoral sobre la historia de los westerns que dejó abandonada años atrás. Allí conoce a una chica mayor que él, que ha vuelto con su familia al pueblo tras agotar el paro y las esperanzas en Madrid porque “por lo menos, en el pueblo siempre tenemos algo que comer”. Ella está casada con alguien que se parece al James Steward de El Hombre que Mató a Liberty Valance y de quien el autor tiene celos y según avanza la historia el propio escritor empieza a no tener claro que es lo que escribe y que es lo que vive, empieza a mezclar sus propios recuerdos con los de los protagonistas del libro que escribe. La idea era buena, pero la ejecución complicada y yo apenas lograba avanzar. Más aún, estaba cogiéndole manía al libro y muchos días ni siquiera me sentaba en la mesa y encendía el ordenador.

Pero necesitaba escribir y publicar algo, así que decidí rescatar el embrión de una novela que comencé en San Francisco, Garcimuñoz. Llevaba unas cien páginas, la mayoría de ellas bastante decentes y en su momento tuve muchas esperanzas. Sin embargo, al aterrizar en Madrid, la metí al fondo del cajón, sin más, y la olvidé. Supongo que era una buena historia, pero nunca estuve enamorado de ella.

Como ahora necesitaba avanzar rápido, pensé que sería una buena idea rescatarla, corregir lo escrito y terminarla.

Por eso abrí el cajón, buscando el manuscrito. Moví varios cuadernos y folios y allí estaba, claro que estaba, metido en la carpeta en la que lo guardé, pero al sacarlo, vi la foto. Había estado debajo todo este tiempo.

Ella. Con él. Juntos. Cogidos por la cintura. La cara vuelta uno hacia el otro, sonriendo. La foto la hice en el momento en el que iniciaban un beso. Ella parecía feliz. Él, supongo que también.

Ella llevaba un vestido color mostaza, con una falda corta de vuelo y botas marrones. El pelo suelto. Ella tenía los ojos cerrados, él no.

Qué guapa estaba…

Nunca supe si supieron que hice esa foto. Nunca lo hablamos. Simplemente, poco después, ella se fue. Así, sin más. Recogió sus cosas y me dijo que se iba. Yo no la pregunté. De hacerlo, ella habría tenido que mentirme y yo no quería que me mintiera. Yo estaba sentado en la cama, aún con la chaqueta y la corbata puesta, mientras ella llenaba dos maletas con su ropa. No le cupo toda, claro, “pasaré dentro de unos días a por el resto”, dijo, “o enviaré a alguien a por ello”. Metió algunos vestidos, vaqueros, camisas, faldas, cinturones, botas, zapatos, pero allí se quedaba tanto o más de lo que se llevaba. Recogió toda la ropa interior, sin embargo. Sus conjuntos de sujetador y tanga, sus medias. Toda. Supuse que, a él, como a mí, ella le gustaba más verla vestida con ropa interior que desnuda. Casi le pedí que se quitara la blusa y la falda que llevaba y se quedara en ropa interior, una última vez. Casi. Y si no lo hice, fue porque supe que, si empezaba a hablar, no podría evitar llorar y no quería que me viese así. Cerró las maletas, las dejó en el suelo y me miró. Supe que dudaba en cómo debía despedirse de mí. Quizá no procediera ya darme un beso en los labios, pero tampoco dos en la mejilla. Allí, ella sin saber que hacer, yo ridículamente sentado en la cama tratando de no pisar los bajos de la chaqueta para que no se arrugara, las maletas entre los dos, la odié. Solo un momento, pero la odié. Cuando salió y oí la puerta que se cerraba (“bueno, será mejor que me marche. Adiós. Y cuídate”, resolvió al fin), yo la odiaba. La última vez que la vi, la última vez que me habló, yo la odiaba.

Una semana después, rompí la foto y quemé los trozos y me marché a Estados Unidos y nunca volví a verla. Nunca volví a saber de ella. No supe si lo suyo con él funcionó o si volvió a por el resto de la ropa. No supe si a él le gustaba, como a mí, follarla con el sujetador puesto, apartando el tanga, y si esa era la razón de que se llevara toda su ropa interior. No supe si volvieron a pasear cogidos de la cintura y se volvían para mirarse y besarse.

No volví a verla, a hablar con ella, a saber de ella. Dejé de odiarla, claro. Eso pasó en el mismo instante en el que la puerta del piso se cerró.

Con el tiempo, llegué incluso a aprender a seguir enamorado de ella sin pensar en ella. Simplemente estaba en mi mente, aunque yo saliera con otra chica, aunque yo casi quisiera a otra chica. Se aprende a decir “te amo” a alguien mientras sabes que amas a alguien distinto. Con el hábito, termina siendo incluso fácil

Pero aquella foto rota y quemada que yo estaba viendo, iba a ponerlo difícil de nuevo.

Cerré el cajón sin tocarla. Cogí el manuscrito de Garcimuñoz y me lo llevé al salón. Eché sin mucha medida ron en un vaso y encendí un cigarro. Me senté en el sillón y empecé a leer.

La historia era aprovechable. No tan buena como Liberty, pero no estábamos para ponernos estupendos.

Cuando terminé de leer las ciento cinco páginas, había tomado dos decisiones.

La primera, que terminaría aquel libro

La segunda, que la llamaría. Aunque esa decisión, en realidad, ya la había tomado sin saberlo en el momento en el que vi de nuevo la foto.

El día del fin de mundo

No recuerdo bien que fue lo primero que escribí, pero sí cuál fue mi primer escrito bueno. Desde pequeño me atrajo inventar historias y pasarlas a papel, pero la mayoría de las veces no eran más que simple esbozos, sucesos deshilvanados, apuntes. La constancia ya no era, por entonces, una de mis virtudes.

 

Mi padre tenía una máquina de escribir, una Olivetti verde, muy pesada, que se guardaba en una caja roja muy rozada por el uso. Yo pedía permiso y la abría con cuidado, ponía la máquina sobre la mesa, metía un folio en el carro y me dejaba llevar. Me gustaba el golpe sordo de las teclas al ser golpeadas, el olor de la cinta, el marcharme los dedos al cambiarla y, sobre todo, la magia de que fuera apareciendo una historia donde antes solo había una hoja en blanco. Mi padre usaba citas de doble color, rojo y negro, y yo los alternaba: rojo para los títulos y para lo que quería destacar (una frase, una palabra o incluso una simple letra), negro para el resto.

 

Cientos de folios pasaron por aquella vieja Olivetti (ahora está en una estantería de mi salón) con bastante pena y sin ninguna gloria, hasta que un día sí logré componer algo redondo. Fue mi primer y pequeño éxito, y lo mejor y más sincero que he escrito hasta ahora. Yo tendría doce o trece años; nos encaminábamos al verano y ya hacía calor. En el colegio convocaron un concurso de cuentos y decidí que debía ganarlo así que abrí aquella ajada caja roja, cogí la máquina, la puse sobre mi escritorio, fui a buscar folios y empecé un cuento que terminé del tirón.

 

Aquella historia se llamaba “El día del fin del mundo” y, evidentemente, iba sobre el día en el que el mundo se acababa. Estaba escrita a modo de diario por la única persona que sabía que el mundo llegaba a su fin. No era un científico o investigador, sino un obrero cualquiera que tenía esa certeza en su cabeza. Comenzaba en los primeros días de diciembre y seguía hasta llegar al 31. Transcurría en un estado totalitario, inspirado (y casi copiado) del de “1984” que acababa de leer (me temo que fui un poco precoz en mis lecturas). El protagonista, narra el día a día de un mundo que se encamina a su fin sin ser consciente de ello, y sufre casi más por ser el único que sabe la verdad que por lo que va a pasar. Según avanzan sus apuntes la desesperación y la incredulidad va creciendo. Un par de días después de Navidad (aunque en ese estado no se celebraban ni conocen las fiestas religiosas) un vecino suyo se suicida tirándose desde el balcón y el autor del diario narra con frialdad como la policía obliga al resto de los vecinos a limpiar su trozo de acera, siguiendo las normas establecidas que solo a él parecen escandalizarle. “Quizá yo no sea el único que sabe que llega el fin”, reflexiona ante el cadáver, “lo que ocurre es que él no ha tenido el valor de enfrentarse con la verdad”. Luego vuelve su sangre fría y desprecia en silencio al suicida: “impaciente: si quería morir le bastaba con esperar solo algún día más”.

 

Todas las anotaciones se articulaban en días, salvo al llegar el 31 de diciembre, en el que el autor las estructura en horas. Según va avanzando esa última jornada, su angustia va creciendo y aparece el miedo que hasta entonces no había tenido. El cuento termina abruptamente a las doce menos un minuto, dejándolo en blanco:

 

“23:59:

FIN”

 

Así que realmente no se sabe que pasa, si el mundo se acaba o si lo único que finaliza es la locura del protagonista.

 

El cuento tenía sólo cinco o seis folios, pero no necesitaba más, ni se habría podido contar en menos. Gané el premio (cinco mil pesetas, con las que me compré una pluma que aún conservo) y mi profesora de lengua quiso hablar conmigo. “Sebastián, ¿has copiado esta historia de algún sitio?” me preguntó con una sonrisa extraña. Negué con la cabeza, casi incapaz de hablar. ¿Cómo me podía preguntar eso? “Entonces tienes mucho talento. Está muy bien escrita y transmite espectacularmente tanto la atmosfera opresiva de ese estado totalitario como la angustia de acercarse al fin de la humanidad. No sé muy bien cómo alguien de tu edad puede imaginar algo así, con tantos matices, y reflejarlo por escrito, pero si no lo has copiado, tienes mucho talento. No lo desaproveches”. Con esas palabras no me hizo ningún favor: la responsabilidad de no malgastar ese supuesto talento me ha agobiado desde entonces. Quizá hubiese sido más feliz sin dedícame a escribir

 

El cuento se publicó en el periódico del colegio y durante un par de semanas fui alguien famoso. Sol, la chica de que todos los muchachos estábamos enamorados, me dijo que le había gustado mucho, y aunque no llegó a darme un beso como hubiese pasado de ser mi vida una película, yo difícilmente me hubiese podido sentir más feliz.

 

Con el tiempo perdí el relato (sólo tenía una copia en papel) y ahora sólo existe –aunque incompleto- en mi memoria.  Ojalá lo conservara, puesto que me gustaría poder releerlo cuando me quedo en blanco. Tengo la sensación de que me haría bien. O tal vez no, y sea mejor así.

 

Después de “El día del fin del mundo” tardé mucho, muchísimo en volver a escribir otro cuento completo. Y ya no tuvo su mismo nivel. “El hombre de la gabardina húmeda” no estaba mal, y ese es el mejor elogio que puede tener: no estaba mal ni bien, era gramaticalmente correcto y perfectamente anodino, olvidable.

 

Aunque llevo intentándolo desde entonces (y profesionalmente en los últimos años) nunca he vuelto a escribir tan bien como cuando tenía doce años.

El negro que tocaba el saxo

Cuando viví en San Francisco tomé la costumbre de ir un par de veces por semana a un local de jazz cerca de Market Street. Yo vivía en un minúsculo estudio en Bush Street, cerca del barrio chino (mis exiguos derechos de autor de por aquel entonces y los elevados precios de esa ciudad no daban para más) por lo que el sitio me venía cerca. Lo descubrí un día por casualidad, paseando por el barrio: John’s Grill. Reconocí el sitio porque sale en una escena de El Halcón Maltés, de Dashiel Hammett, y eso y un enorme neón que anunciaba “Jazz Nightly” me obligaron a entrar.

En realidad, más que escribir, lo que yo siempre he querido es tener un local de jazz. No necesariamente un local como los del Harlem pero sí uno en el que cada día, al apagarse el sol, alguien arranque buena música de un piano en un escenario minúsculo, acompañado de un contrabajo, una guitarra y, por supuesto, un saxo tenor. Un local en el que los problemas, las prisas, las preocupaciones, las obligaciones se duerman en copas servidas en vaso bajo y el humo del tabaco (en mi local se fumará, diga lo que diga la ley) apenas deje ver más allá de la música. Un local donde los clientes habituales me reconozcan cada noche y me saluden con un leve movimiento de cabeza. Un local donde la gente se quede fuera y entren las personas, donde se respire creatividad, locura y arte. Un local que cierre tarde, cuando la música se ha agotado y sea ese momento del día en que empieza ya a ser pronto, salir de allí bajo el frio y una leve llovizna, subirme el cuello del abrigo mientras enciendo mi puro e ir con pasos lentos a mi casa, donde me espera un solo de saxo que me arranca la vida mientras apuro mi tabaco y mi última copa, al tiempo que me pregunto si, hoy también, prescindiré de dormir….

Pero mientras eso llega, me tengo que conformar con escribir y visitar los clubs de jazz de los demás. Por eso me tiré de cabeza al John’s Grill en cuanto lo vi y por eso seguí yendo con frecuencia. Estaba en el 63 de Ellis Street y no cerraba demasiado pronto para mis horarios españoles (nunca logré acostumbrarme a cenar a las 6 de la tarde) así que tras escribir (o tratar de hacerlo) durante unas horas me tiraba a la calle, y me daba un paseo hasta allí. Se comía razonablemente bien (ensalada Cesar a la John’s o de roquefort, ravioli primavera, huevos benedictinos, la hamburguesa Broilled New York…) y a precio razonable siempre que no pidieras un vino demasiado rebuscado. Pero, sobre todo iba por la música. Músicos a quien, invariablemente, yo no conocía y que, también invariablemente, me fascinaban. Creo que ni uno sólo de los conciertos a los que fui, me decepcionó. La mayoría eran músicos casi callejeros, pero que llevaban el jazz tan dentro de ellos, tan metido en sus entrañas, que tocaban y vivían con una pasión contigiosa.

De todos ellos, había alguien especial, Samuel, un negro de más de ochenta años, que tocaba el saxo y cantaba. Tal vez no fuera mejor que cualquier de los otros que actuaban allí, tal vez no tuviera más técnica, ni más voz, ni más ritmo… tal vez. Pero tenía mucha más pasión que el resto (y eso es mucho decir) y era capaz de sentir el ambiente de la sala, e improvisar para conectar con él. Nunca he sentido algo así, un tipo con un simple saxo y voz ronca capaz de meterse en tu estado de ánimo y atraparte con su música.

Con el tiempo me hice amigo suyo. Decía, entre risas, que había aprendido a tocar el saxo antes que a andar y que él no había aprendido a hablar, sino a cantar. De hecho, me era fácil entenderle cuando cantaba, pero su acento era tan cerrado que tenía que pedirle que me repitiera cada frase dos o tres veces para comprenderle, cuando charlábamos. Decía que era como los árboles: se podía saber su edad contando las arrugas de su cara; había estado en la Segunda Guerra Mundial, diciendo que tenía dieciocho cuando aún le faltaban dos para cumplirlos, había pasado muchos años en un barco mercante, sin hogar fijo, había trabajado en los estudios de la Metro, en Hollywood cuando robaron las cajas con la documentación de Casablanca (“y yo sé quién fue”, me dijo, un paisano tuyo, un buscavidas que a mí no me engañó”, nunca le pregunté más por esa historia y siempre me he arrepentido de no hacerlo”), y siempre le acompañaba su saxo. Ahora estaba ya retirado y tocaba en el John’s de vez en cuando, más que para redondear su más que previsible escasa pensión, para poder seguir viviendo: “me moriré el día que no pueda sacar una nota más al saxo o sea capaz de finalizar una canción”, me dijo más de una vez.

Mientras ese momento llegaba, se subía al pequeño estrado del local, con su banda (otro negro sólo un poco más joven que Samuel al piano y un hombre blanco, de edad mediana, con un contrabajo) y durante 50 minutos, una hora como máximo, me llevaba a mi –y al resto del público- al paraíso. En ese tiempo se tomaba dos o tres whiskies e iba sacando magia de su saxo y su garganta.

Yo le llevaba una botella de Jack Daniel’s de vez en cuando, y algún paquete de cigarrillos. Cuando terminaba de actual, se sentaba en mi mesa (nunca comía nada) y charlábamos un rato, sobre su vida, sus novias (en ese momento tenía una –o eso decía- de poco más de cuarenta años con la que cumplía regularmente), mis libros frustrados, sobre la música…

Samuel no grabó nunca un disco. Decía, y tenía razón, que su música tenía que sentirse, vivirse en directo, y que grabada perdería su capacidad de agarrarte por el estómago y envolverte en ella.

Samuel. Hace ya ochos años de eso y no sé si sigue vivo, pero espero que esté donde esté, su saxo sea capaz de seguir haciendo magia…

Debería estar triste…

Debería estar triste ya que te veo levantarte en silencio, fingiendo que me crees dormido y yo fingiendo que duermo. Veo como, de espaldas a mi, te pones ese vestido blanco que te regalé hace ya tanto tiempo, ajustándolo con cuidado a tu cuerpo. Te ahuecas el pelo, peinando levemente tus rizos con los dedos de la mano. Te sientas en la cama para calzarte, tus eternos zapatos de tacón que estilizan -más aún- tus piernas. Te giras a mi y me sonríes e intuyo (tengo los ojos cerrados para que puedas seguir fingiendo que crees que duermo) tu cara levemente enturbiada por la ausencia la de la separación. Me besas, la frente primero,   suavemente en los labios, después y me susurras al oído. Sales de la habitación y de la casa, cerrando la puerta con tanto cuidado que tengo que imaginar que lo has hecho.
Debería estar triste, ya que vuelves con él, pero ya me preocuparé de eso en otro momento. Me quedo ahora con que has venido, has viajado hasta aquí, inventándote para él una nueva excusa, cenamos, paseamos por Madrid, me abrazaste, me besaste, nos tomamos una copa (bueno, la tomé yo mientras tú me hablabas, me contabas), cogiste mi mano, pasamos la noche juntos, me dijiste que me querías, que me quieres… Y lo has hecho una vez más, como viene sucediendo en los últimos meses, desde ese día en el que, por fin, dejamos de fingir indiferencia.
Debería estar triste porque te vas, pero no es así.  Sonrío.  Volverás, volveremos a estar juntos. Pese a todo, peso a tu vida, pese a la mía, dentro de un par de semanas, o un mes, volverás a estar a mi lado, en estas mismas sábanas y volverás a besarme y volveré a ver como le levantas y te vistes en silencio… Y este tiempo que pase hasta tu vuelta, pensarás en mi a hurtadillas, soñarás con cada uno de los minutos que hemos pasado juntos, le sonreirás a él conmigo en tu pensamiento

La filosofía de las matemáticas. «Y habrá palabras…»

Y habrá palabras que nunca te llegaré a decir; pensamientos, frases enteras que se forman en mi cabeza, estan en mi boca, en mi lengua, pero que no salen, como si alguna maldición les impidiera hacerlo. Y por eso tú nunca sabrás lo mucho que me gusta estar contigo, lo mucho que me gusta verte beber una cerveza o un café, lo mucho que me gusta verte reir. No lo sabrás porque aunque suenan con una fuerza tan grande que casi me duele, yo nunca las digo y tú nunca las escuchas y tú nunca las sabes.
Y así pasan los dias y las semanas, con un puente invisible entre los dos que lo único que logra es que cada vez sea mayor la distancia no ya que nos une, sino que nos separa»

Yo Maté a Liverty Valance. Calló por un momento, en el que aprovechó para…

Calló por un momento, en el que aprovechó para encender otro (el cenicero rebosante, la habitación turbia de humo) cigarrillo. Suspiró, pero no me daba tiempo a mi para prepararme (hubiese seguido hablando aunque allí no hubiese nadie mas que él) sino para si mismo. Me miró a los ojos, aunque no sé si me vió. «Supongo que debí darme cuenta de que algo no cuadraba, de que había roto el patrón. Sus actos (para mi bien) era totalmene distintos a los acostumbrados. Pero una mujer como ella no cambia por alguien como yo, no se adapta a alguien como yo. Eres tú quien tiene que adaptarse a ella, entrar en su mundo, en sus gustos, sus hábitos, sus silencios, sus emociones, sus dolores, su transpiración, su costumbre. Entrar en su corazón. Y yo (embriagado de felicidad como estaba) no reparé en ello. No reparé en que la mujer que estaba conmigo no era la mujer que yo conocía. No reparé en que debía ir yo a ella y no ella a mi. Por eso no estaba preparado para su despedida; que volviera a ser Ella y se alejara de mi pequeño mundo, me cogió por sorpresa. Y la sorpresa me zarandeó la vida, agarrandome sin piedad del estómago  y soltándome en medio de una tormenta, un ciclón de emociones. Y se fue, sin más. Para ella su adiós duró unos minutos, para mi largos años. Pero de eso, afortunamente, hace ya mucho tiempo»

La Filosofía de las Matemáticas. En ocasiones la vida se para…

En ocasiones la vida se para en un día; más aún, en un momento. Antes la realidad posible, esperada, incluso deseada, era una. Después, al cabo quizá de los escasos segundos que lleva leer un mensaje, los minutos de una conversación, no más de unas pocas horas, todo cambia. En realidad no: todo sigue igual: quien cambia eres tú y tu futuro posible que ahora es imposible, extraño, deseado pero ajeno…

Quizá sea mejor a veces no saber, no enterarse pero nuestra curiosidad puede más y queremos saber, enterarnos de lo que no debemos, de lo que nos hará daño. Otras veces no podemos elegir: simplemente nos informan sin importar cual era nuestro deseo y ya.

Y entonces, la vida se para. O nos paramos nosotros: nos vemos levantarnos, ir a a trabajar, saludar pero realmente es como si no lo hiciéramos; más bien es como si lo viéramos en una pantalla de cine: vernos a nosotros mismos actuar, mientras lo sabemos una ficción ya que estamos sentados en la oscuridad, viendo una representación, sin poder tomar palomitas ya que la vida se nos está comiendo por dentro.

Y ya nada es como esperábamos, como deseábamos. Nos arrojan del paraíso y ahí nos quedamos, preguntando cual habrá sido nuestro pecado. Y, lo más triste, es que a veces ni siquiera ha habido pecado

La Filosofía de las Matemáticas. Medía el paso de las horas….

Media el paso de las horas por el tipo de alcohol que tomaba: Martini con una gotas de ginebra a media mañana; vino blanco o cava bien frío en el aperitivo; un buen Ribera del Duero a no más de 17 grados y no menos de 15 con la comida; un Oporto con el poste; London One con Fever Tree, piel de limón y hielo roca antes de cenar y Habana 7 (sin hielo)  hasta que la noche terminara, lo que no solía ocurrir antes del amanecer. Beber así te matará, le decían. Muy al contrario, contestaba él, beber así es lo que me mantiene vivo

Mis Cosas. Los gintonics

Lo de los gin tonics se nos ha ido de las manos. Claramente. Cuando te sirven una copa que parece más una macedona de fruta que un combinado, es que algo no funciona. Los gintonics se han convertido en un arma de destrucción masiva.
No sé cómo empezó todo esto; supongo que poco a poco: a alguien le dio por poner algún “aderezzo” sobre la ginebra, otro quiso superarlo añadiendo dos, el tercero –que había estudiado química- pensó que la composición microbiótica del enebro maridaba bien con el aroma de fluzo de la tónica con cardomomo… Y claro, se lió. Esto es como las parejas que cada vez complican más sus despedidas por teléfono, que van en aumento de forma exponencial (“te quiero”, “yo a ti más”, “yo a ti más aún, chiquitina”, “pero yo a ti te quiero el doble, chiquitino”) [Ahora que lo pienso, las declaraciones de amor ya no se hacen por teléfono, sino por Facebook, lo que es mucho más público y hortera, pero esto sería para otra entrada….]
El caso es que ahora, cuando pides un gintonic en un bar el camarero se viene arriba, se le agrandan las pupilas, se le eriza el vello de la piel, sabedor que, durante unos minutos, va a ser a sus ojos casi un de decorador de interiores. Y coge la copa y empieza a trabajar en ella como Mr Bean preparando el regalo para el pobre bobo de Love Actually, y echa en ella cada vez más tonterías. Frutas exóticas. Hojas de flores. Hierbabuena (sí, sí, la de los mojitos). Nuez moscada. Semillas. Y, finalmente, te sirven un brebaje extraño, de aspecto indescriptible, cuyo precio tiene relación directamente proporcional con el número de “toppins” que le han puesto, y que tiene más vegetales que los que consumes normalmente en una semana.
Y el caso es que preparar un gintonic es muy sencillo. Basta hielo, bien duro. Ginebra sin sabores raros (London One, Bulldog…. Geranium si te quieres conceder un extra). Tónica como Fever Tree, Fentimans o la Schweppes clásica de toda la vida. Nada de cosas tales como pimientas rosas o verdes, membrillo, flor de azahar o similares. Ah! La Nordic ni verla; su única utilidad reside en poder ser usada como arma arrojadiza ante un camarero especialmente creativo. Un poco de piel de limón. Insisto: un poco. No se trata de tomarse un zumo. Y ya. Si se quiere, se le pueden echar unas bayas de enebro, pero solo eso. Que si nos venimos arriba, se complica la cosa. Aún recuerdo una Hendrics con láminas de pepino y no sé cuantas cosas más que sabía como el gazpacho de mi madre. Lo cual es curioso, ya que debería saber a ginebra. O, al menos, esa era la idea.
No es tan difícil. Solo le faltan un par de toques más para tener la ginebra perfecta. El primero, una buena compañía. Alguien con quien charlar y reír (y, evidentemente, que no quiera darte un curso químico como la combinación de los alcoholes de la ginebra con los frutos del bosque). El segundo, un buen puro. Cohiba Siglo VI, Partagás Serie D, Romeo y Julieta Churchill. Aunque la elección del habano, daría, también, para otra entrada….