Un local. Una cita

El local, efectivamente, no estaba mal. Llegué antes de la hora, pero no me importó. Estoy acostumbrado a estar en situaciones así, en un local decadente, tomando una copa solo y comiéndome los frutos secos que suelen poner para acompañar, despacio, uno a uno, mientras leo un libro o tomos notas de las cosas que se me ocurren en una pequeña libreta de tapas de colores, con un rotulador de punta muy fina. Normalmente estos apuntes, pese a la teatralidad que les doy, no valen nada y acaban olvidados en una papelera, pero en ocasiones (muy esporádicas, es cierto), surge alguna idea buena que se convierte en un ovillo del que tirar. Cuando entré solo estaba el grueso camarero (vestido formalmente con chaleco y pantalón negro, camisa blanca y pajarita granate) y dos hombres con corbata sentados al final de la barra. Las pareces estaban cubiertas con paneles tallados de madera oscura (desgastada en las esquinas, arañada en general) de los que colgaban en aparente desorden multitud de fotos de desigual tamaño en blanco y negro de cantantes (vi a Louis Amstrong o Aretha Franklin entre otros), actores y gente del mundo del cine (Kirk Douglas, Clark Garble, Orson Welles) e incluso escritores (Garcia Marquez, Hemingway). Junto a las paredes se encontraban sofás de dos plazas tapizados en falso cuero verde y negro, con mesitas bajas también de madera y patas curvas ante ellos. La mayoría de la iluminación veía de lamparitas de pie de latón y una pequeña pantalla de color crema distribuidas por todo el local, algunas en esas mesitas, otras atornilladas a la pared. Olía levemente a incienso y a madera mohosa. Era un sitio elegante y caduco, antiguo. Me transmitió una sensación de seguridad nada más entrar. Me siento a gusto, confiado en lugares como ese. Pedí un Havana 7 (el barman cortó una rodaja de limón, que dejó caer sobre un par de hielos, en un vaso bajo y grueso, y luego echó un chorro generoso del ron) que me puso con un bol de almendras peladas, nueces y pasas y llevé todo a a una mesa. Procuré no ponerme muy cerca de los dos hombres importantes. La música no estaba demasiado alta y no desentonaba: por alguna ironía del destino, sonaba I Hope That I don’t Fall in Love with You the Tom Waits; a ese tema le siguió Vicious de Lou Reed.

Cuando me sentaba, se abrió la puerta, pero era una señora tal vez casi mayor, bien vestida: echó detenidamente un vistazo al local y luego le pidió cambio al camarero (se conocían: se saludaron con un breve movimiento de la cabeza), sacó un paquete de cigarrillos de la máquina, volvió a mirarnos, evaluó un rato (más a la pareja de ejecutivos que a mi) y se marchó con decisión. Pensé que si hubiera habido otro público (probablemente, un hombre de su edad o un poco mayor, bebiendo solo en la barra, se hubiese quedado). Pero los dos hombres de negocio parecían demasiado interesados en su propia conversación y yo rebajaba ostensiblemente su objetivo de edad.

Di un sorbo a la copa y pensé en escribir sobre esa señora. Saqué del bolsillo de la chaqueta una pequeña libreta y un rotulador de punta fina, la abrí y presioné con la palma de la mano para que no se cerrara y descapuché el rotulador. Me tomé un par de almendras antes de escribir: “señora. Ropa cara y bien cuidada, aparente pero no nueva. Algún zurcido (remendado con mucho esmero por ella misma), al fijarte. Le queda un poco –no demasiado- estrecha. Al ponérsela se ha lamentado de que está perdiendo su figura, pese al cuidado con la dieta y el gimnasio. La maldita edad. Ha dedicado un buen rato a vestirse hoy. Probablemente, sentada a la cama, en ropa interior (cara y con mucho encaje blanca, contrastando con su cuerpo moreno de salón de belleza) mirando el armario abierto. Evaluando mentalmente, de las prendas más estilosas que le quedan –cada vez menos- con qué resultará mejor. Descrip. de la ropa: vestido granate con escote en V y hasta media pierna. Chaqueta a juego. Zapatos de tacón alto, color crema. Un chal por encima, en tonos negros y grises. Uñas pintadas con manicura francesa”. Bebí un poco más (acompañado de unas nueces y pasas esta vez) y seguí con mis notas: “¿Perfume? Caro. Alguno de Chanel probablemente. A diario usa otro, más económico. Pero no cuando se arregla y sale a buscar. Frecuenta locales un punto maduros como este. Pero también los salones de los hoteles de cinco estrellas del centro. Quizá sus favoritos y los mejores: allí la gente está de paso y es más inusual volver a encontrarse con alguien. Porque ella no aguantaría la vergüenza de ser reconocida, semanas más tarde. Le gusta fumar. Apenas fuma: lo hace por glamour y porque puede facilitar una conversación. Antes más, cuando se podía fumar en los bares. Ahora todo es más difícil. ¿Edad? Difícil de decir. Más de la que aparenta. Y más de la que quiere confesar. Pero no tanta como para que se le cierren oportunidades. Maquillada, sin que resulte excesivo, pero sí lo suficiente como para matizar –ya no evitar- la edad del rostro y cuello. El escote aún se mantiene firme. Llama la atención”. Di otro sorbo de ron y miré a mí alrededor. El barman secaba vasos con un trapo, los dos hombres de traje habían abierto un ordenador y miraban algo en la pantalla. Blanca aún no había llegado. Seguí: “No es feliz, al menos no mucho. En realidad, no se para a pensar si lo es o no. No es necesario, sabe lo que hay. No todos los días sale como hoy. Pero cuando lo hace y vale la pena, se siente bien. Pero hay más veces que no vale la pena que las que sí. Entonces le duele recordarse a ella misma eligiendo ropa frente al armario, forzando la cremallera que no quiere subir, las gotas de perfume tan caro en las muñecas, el cuello, el pubis. En esos días, los más…

-Hola. Disculpa, llego tarde –en realidad sólo se había retrasado un par de minutos, pero ya empezaba a conocer lo maniática que era Blanca con la puntualidad. Nunca retomé esas notas interrumpidas.

Se sentó a mi lado y me dio un beso rápido en los labios (llevaba el mismo perfume que el domingo anterior, aún muy intenso, quizá acabara de aplicárselo justo antes de entrar al local o pocos minutos antes). Después me sonrió y se quitó un abrigo ligero. Iba vestida con unos ajustados vaqueros claros, una escotada blusa blanca –ligeramente transparente- y una chaqueta azul. Apenas llevaba joyas: unos diminutos pendientes con forma de aro y anillo plateado en el dedo anular izquierdo. No la conocía lo suficiente como para saber si su elección de topa había sido casual o no: tal vez se la había echado el tiempo encima y había cogido lo primero que se le ocurrió o había meditado bien que ponerse, ya fuera pensando en mi o simplemente porque cuidaba la apariencia. Sea como fuese, le quedaba muy bien. Estaba muy guapa. Vestía con extrema sencillez y eso mostraba aún más lo guapa que era. Yo, por mi parte, si me había vestido pensando en ella: después probar varias alternativas, finalmente me decanté por algo seguro: vaqueros oscuros, zapatos blúcher negros, camisa blanca lisa (el primer botón suelto) y americana negra. No hay nada más elegante que pueda llevar un hombre que camisa blanca y americana negra. Así no podía fallar. Nos quedamos un momento en silencio, sosteniéndonos la mirada. Por encima de ella, vi que los dos hombres de traje y corbata la observaban y cuchicheaban entre ellos. No me extrañó.

Le pregunté que quería beber. Dudó unos instantes y contestó que un gin tonic (London One con Fever Tree). En ese momento sonaba Diana Krall y la miré extrañado, sin que en realidad quisiera hacerlo:

– ¿Qué pasa?

-No, nada

-Venga, di – insistió. Valoré unos segundos.

– ¿De verdad vas a beber un gin tonic con la música que suena? No pega

– ¿Cómo que no pega? ¿Qué es eso de que no pega?

Calibré por un momento si me convenía argüir alguna excusa y zafarme o explicarle de verdad lo que pensaba. Ya que estábamos, probablemente sería mejor lo segundo así que contesté:

-Supongo que soy un poco raro, pero creo que no se puede beber no sólo sin una buena música, sino sin una música adecuada. Cada sonido tiene encaje con un sabor determinado y no todo vale –me miró extrañada, dudó un segundo y debió decidir seguirme el juego, ya que preguntó

Algunos queremos a destiempo…

Algunos de nosotros en ocasiones queremos a destiempo, unas veces queremos demasiado pronto y otras demasiado tarde. A Blanca la quise demasiado pronto. A Sarah, quizá demasiado tarde.

“Te amo”, le dije una vez a Sarah, sólo una, tras salir de un restaurante cerca de la calle Market. Hacía una noche magnífica, como las del comienzo del verano en Madrid. El aire olía a limpio; a lo lejos, una pequeña banda callejera interpretaba una sinfonía de Beethoven. Paseábamos tranquilamente, camino de mi casa, riéndonos de alguna historia que yo o ello habíamos contado, nos íbamos cruzando con otras parejas saliendo como nosotros de un restaurante, de un comercio. Yo vestía unos chinos azul claro y un poco azul oscuro; Sarah llevaba un vestido blanco, corto, sin mangas, el pelo suelto. Apenas llevaba joyas (unos pendientes diminutos y un anillo) y algo de sombra en los ojos; nada más. Y así estaba preciosa. Habíamos tomado carne muy poco hecha, una ensalada césar y una botella de vino. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía casi bien, casi feliz. Hacía mucho que no pensaba en Blanca. Los aspersores de un jardín cercano empezaron a funcionar de repente y nos mojaron. Fue solo un instante, pero Sarah rio de alegría mientras saltaba para salirse del radio del agua. Una gota de agua le escurría por la nariz. Luego me tomó de las manos, me acercó a ella y me besó.

-Te amo –le dije, sorprendiéndome a mí mismo

Ella me sonrió, me volvió a besar (más suavemente, más lentamente esta vez) y me soltó

-No, no me amas, pero gracias. Sé que me tienes mucho cariño, que me quieres, pero no me amas. No sé quién es, pero tú ya tienes a quien amar

Mi mirada se endureció y me quedé rígido

-No seas tonto, Sebastian. No te enfades, yo no lo estoy. Sé lo que hay y tú también lo sabes. Te quiero mucho, y tal vez esté un poco enamorada de ti, pero algún día te irás y aunque no fuera así, yo tengo mis propios planes. Sería estupendo pensar que tú y yo tenemos un futuro, pero no es así. Se acabará. Y mientras ese momento llega, disfrutemos de lo que tenemos –y me volvió a besar-. El que vaya a finalizar no quiere decir que lo anticipemos.

 

Me di cuenta de que me había engañado a mí mismo, había aprendido a creer que amaba a Sarah cuando en realidad amaba a Blanca, a pegar mi cuerpo al de Sarah mientras pensaba en Blanca. Tal vez eso mismo era lo que en su momento le pasó a Blanca conmigo. Que creía que me amaba a mi cuando en realidad amaba a Simón. O que creía amarle a él cuando en realidad lo hacía a mí.

No supe responderme a esas dudas. Sin embargo, sí tuve claro que mi periodo de casi felicidad había finalizado.

Blanca se incorporó hacia mí,

Blanca se incorporó hacia mí, pasó su mano derecha por detrás de mi cuello y me besó. Fue un beso distinto a los febriles del domingo, fue un beso pausado, sosegado, que me supo a un punto de melancolía. Simplemente dijo “Tengo que irme, ¿vienes con conmigo?” dejando abierta a mi interpretación si con esa pregunta se refería solo al camino hasta la oficina o a algo más.

Pagué al camarero y salimos. Había refrescado y ella se abrochó más la chaqueta que llevaba y yo me pegué un poco a ella. Me dio miedo cogerle de la cintura en la calle, pero me hubiese gustado hacerlo. Al empezar a andar, me di cuenta de que estaba un poco borracho, pero nada preocupante. Blanca seguía en silencio.

– ¿Qué piensas? – le pregunté. Se tomó unos segundos antes de contestar

-Pienso que me han gustado tus respuestas. Me han gustado tanto, que hubiese preferido que fueran otras –contestó enigmáticamente. Opté por no decir nada y encender un cigarrillo

-¿Le echas de menos? – pregunté yo entonces

Blanca se giró hacia mi y me besó. Me besó con fuerza, mordiéndome los labios, aprentandome a ella (notaba su discreto pecho contra el mío).

-No -contestó. Y anadió:- ¡Qué bobo eres!

No tengo los recuerdos muy claros…

No tengo los recuerdos de todo aquello muy claros, lo que no deja de ser un poco extraño ya que no hace tanto tiempo que sucedió. Sé lo que pasó, pero no sé si mi memoria me trae bien el cómo pasó, como transcurrieron los tres últimos años de mi vida. Uno en Madrid y dos en San Francisco. Hay momentos que tengo muy vivos en mi cabeza; en otros, tal vez los esté si no inventado, si completando con detalles que no pasaron o que no pasaron exactamente como los recuerdo. Pero no porque quiera mejorarlos o escamotear muescas de dolor. No, simplemente es que mi mente los ha borrado, sin más o quizá en realidad nunca llegó a fijarlos ya que a veces yo estaba en mi propia vida con la sensación de ser más testigo que protagonista, como si aquello no fuera conmigo, o no del todo. No creo, sin embargo, que en esencia, cambie nada de lo que sucedió, que mis recuerdos alteren la realidad que viví. Están ahí los lugares, los sentimientos los personajes que los poblaron (me refiero, claro, aparte de a mí mismo, a Blanca, a Samuel, a mi histérica vecina del piso inferior, a Simón –mi infame rival-  a Sarah y los demás; algunos han desaparecido para siempre, otros siguen afortunadamente en mi vida e incluso uno de ellos ha muerto) para dar fe de ello.

Tampoco sé, o recuerdo, como comenzó. Tal vez sea porque no tuvo un momento inicial claro, casi nada en la vida lo tiene: simplemente, van sucediendo cosas que, llegado un momento -y sólo en ocasiones- han construido una historia. Otras veces todos esos momentos se pierden sin más, sin llegar a significar nada.

Si tuviera entones que poner un inicio, este sería el momento en que supe que Blanca me traería problemas. No porque sea cuando todo empezó, pero sí porque fue cuando yo me di cuenta de que había empezado.

A veces…

A veces, sólo a veces, a una victoria no se llega de manera estruendosa, clara, arrolladora sino con una serie de pequeños, casi imperceptibles avances… Tan pequeños que apenas se ven y es fácil pasarlos por alto, pero debes estar atento y descubrirlos aún cuando se esconden, cuando te los escamotean, para saber que estás en el camino correcto y sólo necesitas un poco más de paciencia, de perseverancia…

No quise saber… y supe

Mientras esperaba en Barajas a que saliera mi avión recordé aquel primer día. En el que todo empezó y, por tanto, en el que todo comenzó a terminar. Nunca supe si era realmente Simón quien subía en el ascensor según yo bajaba las escaleras. Llegué al portal, me dirigí a la moto, solté la cadena con la que sujetaba el casco y me marché a casa, despacio. Hacía frío, pero no me abroché del todo la cazadora ni bajé la visera: sentir el aire y los estremecimientos de mi cuerpo me hacían bien. Pensé por un segundo en darme la vuelta, parar cerca del portal y esperar. Esperar que él llegara, o que ellos salieran juntos, o que saliera sola ella mientras él esperaba. Esperar y verle, ver en que coche llegaba, como vestía. Sabía cómo era: le había visto tiempo atrás en la fiesta que conocí a Blanca: él era el tipo que se la llevó cuando empezábamos a hablar. Antes del comienzo, ya me la había sustraído una vez.  Pensé volver a verle, comprobar si seguía siendo un tipo demasiado preocupado por sus músculos, si seguía vistiendo de manera anodina, gris (empecé a preguntarme que había visto Blanca en él: no podían ser más distintos). Lo pensé, pero no lo hice. En lugar de regresar, esconderme en las sombras de algún portal y espiarles, opté por seguir hacia mi casa y refugiarme en ella. Sin encender las luces, busqué una lista de reproducción en el iPod de Andrea Motis, lo conecté al equipo de música y me eché un chorro generoso de ron en un vaso bajo. Seguí bebiendo mucho rato, hasta que logré emborracharme. Me desperté horas después, sentado en el suelo del salón, la espalda apoyada contra el sofá y temblando de frio ante la corriente de aire que entraba por la cristalera del salón, abierta. La lengua pastosa y el dolor de cabeza me traían el recuerdo de Blanca, sus no rizos, su boca, sus pezones duros, su culo mientas preparaba los bocadillos que nos cominos, su mirada atenta mientras le contaba una historia inventada de mi infancia

 

No había tratado de espiarles ese día, ni ningún otro. Aunque no pareciera que actuaba de forma premeditada, Blanca era extraordinariamente cautelosa y se cuidaba de que no llegase a coincidir con Simón y yo, pese a haber tenido en ese tiempo varias oportunidades, no quise verles juntos. No quise saber si andaban cogidos de la mano, de la cintura, del brazo o sueltos. No quise saber si se paraban en mitad de la calle a besarse o no, si se acariciaban o se hacían arrumacos en público o no. Tampoco le pregunté nunca por como era su relación, por como se comportaba él con ella, si la trataba bien o no, por como solían pasar el tiempo, si les gustaba ir al cine, salir a cenar o ir juntos al mismo gimnasio. Tampoco pregunté cómo se habían conocido, si les había presentado un amigo común o fue algo casual o habían coincidido por trabajo; cómo fue su primera cita (¿algo clásico como cine, cena, copa y polvo? ¿o directamente habían follado? ¿o habrían ido a una exposición de arte –a iniciativa de blanca- o de productos dietéticos para culturistas –a iniciativa de Simón-¿); cómo habían terminado juntos dos personas aparentemente tan distintas. No quise saber, no quise enterarme, no quise averiguarlo ni tener ningún contacto con ellos como pareja, y me apliqué concienzudamente en logarlo: cuando en la redacción de la radio surgía alguna conversación sobre parejas, sobre relaciones (aún si saber si Blanca era lo suficientemente indiscreta como para airear su vida privada), yo me ponía los cascos y conectaba la música del móvil subiendo el volumen lo suficiente como para asegurarme que no podría oír nada y poco me importaba que mi gesto pudiese interpretarse com mal educado. No fui a la fiesta de Navidad de la radio (sin avisar previamente mi ausencia) por que la invitación incluía a acompañantes y aunque Blanca no me había dicho nada de ir con él (ni yo le había preguntado si iría sola o no) no quería encontrármelo. En realidad, encontrármelo no era el problema, el problema era verles juntos y notar la relación especial que había entre ellos (o la que yo suponía que había entre ellos), notar sus roces casuales, son sonrisas cómplices, sus miradas anunciando un encuentro salvaje más tarde, en casa de él, o de ella, o incluso allí mismo, escondidos en uno de los baños o despachos del edificio, tapándose las bocas con las manos, con besos, para que no se les oyera, subiendo él el vestido de ella y apartando el tanga para follarla, como también me gustaba hacer a mí, sujetándola con sus brazos musculados, el pecho de Blanca escapándose del poco eficaz escote. Durante las semanas y meses en lo que lo nuestro duró, creé conscientemente un muro que impedía tener no solo conocimiento de ellos como pareja sin incluso de él, como persona. Recibí una invitación suya de Facebook (indicando que el muy imbécil ni siquiera sospechaba lo que pasaba) y le bloqueé sin más; supongo que algo debió decirle a Blanca, pero ella nunca me lo comentó. No es sencillo actuar como si una persona que tiene un papel tan importante en tu día a día (la agenda de mis citas, mis encuentros con Blanca estaban determinados previamente por su propia agenda con ella; solo en contadas ocasiones ella buscó hueco con él entre los que yo le dejaba y no al revés) no existiera, sin hablar de él, sin mencionarle (como mucho, era “él”, su nombre nunca era pronunciado) pero nos las arreglábamos para dar simulación de normalidad a nuestra vida. Tras la primera vez, sólo fui a casa de Blanca un par de veces, el resto nos encontramos en la mía (o en alguno de los hoteles pequeños de los alrededores de Madrid a los que nos escapábamos de forma ocasional) y nunca supe si fue así por casualidad o ella voluntariamente trataba de cortar cualquier posible pensamiento mío sobre él (pensar que estaba tumbado en la misma cama en la que había estado tumbado él, sentado en la misma silla en la que se había sentado él, asomado al mismo balcón al que se había asomado él), cualquier posible encuentro casual por una cita mal coordinada (la mía que se alargaba en demasía, la suya que adelantaba). Y aunque nunca nos comportamos como amantes clandestinos (salíamos con frecuencia a cenar a restaurantes o de copas y nunca lo hicimos con excesiva prevención), es cierto que no fuimos a fiestas juntos, ni a ningún evento al que también acudiese más gente conocida, bien por mi parte o por la suya. Suponía yo que los restaurantes o los bares de copas no serían los mismos que frecuentaba con Simón o con su círculo de amistades, pero eso es algo que tampoco llegué nunca a saber y, en realidad, Blanca no rechazó jamás un sitio que yo le propusiera y dudo que tuviese tanta puntería como para elegir siempre los que no frecuentaba con él. Sea como fuera, logré ser eficaz en mi empeño voluntario de no saber, de desconocer como era su vida; sí que me traicioné en ocasiones imaginándome lo que no debía, imaginándome como pasarían el tiempo juntos, que harían una noche de sábado mientras yo veía una película antigua en la tele, pero nunca di el paso de ir a buscar la verdad, de verla con mis ojos.

Por eso fue tan insólito, inesperado, el día que les vi juntos. Yo no debería haber ido allí, en realidad: llegaba tarde a una comida, pero Blanca me había pedido que hablara en el siguiente programa de un escritor a quien sólo conocía de manera superficial y, de camino a mi cita, en el centro de Madrid, pasé por delante de La Casa del Libro y entré a comprar algunos de sus libros. Estaba leyendo las sobrecubiertas cuando, alcé la vista, y les vi a ambos al fondo de la tienda, charlando y riéndose, dándome la espalda. Blanca se había dejado el pelo suelto y llevaba un vestido color mostaza con una falda de vuelo, corta, botas marrones y una cazadora vaquera. Simón iba con un jersey de cuello alto, rojo, ajustado, lo que casaba mal con su enorme corpulencia. Él sostenía en las manos un libro que ambos hojeaban, intercambiando sonrisas al leer alguna frase. Tras una de esas sonrisas, se miraron a los ojos (ella hacía arriba: Simón era considerablemente más alto), él le pasó el brazo por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso no muy largo, apenas uno o dos segundos, pero yo lo fotografié con mi móvil. Lo desbloqué y lo alcé hacia ellos antes de saber que ellos se iban a besar, antes de saber que yo les iba a fotografiar (esa imagen resulto un precio un tanto truculento) y sin pensar muy bien lo que hacía. Ni para qué lo hacía. No podía ser buena idea (eso, hasta alguien tan torpe como yo lo tendría claro) pero aun así les enfoqué y apreté en la pantalla en el momento en el que sus labios se juntaban. Dejé los libros que había estado mirando y salí a la calle rápido, mirándoles de soslayo para asegurarme de que ellos no me habían visto a mí. Ya fuera, busqué la foto en el teléfono (las manos me temblaban, oía perfectamente los latidos de mi corazón retumbando en mis orejas, sentía como me faltaba el aire) y vi ese instante que ya no supe si era cuando empezaba el beso o cuando terminaba, los ojos de Blanca cerrados (los de él no), el pelo suelto con sus no rizos cayéndole por la cara, el brazo que la apretaba y levantaba un poco el vestido en ese gesto, ella aún con el libro entreabierto en las manos.

No debería haber estado allí: llegaba tarde a mi cita y dudé si entrar o no en la librería. Ellos no deberían haber estado allí: por lo que sabía, Blanca compraba los libros por Amazon y dudo que Simón hubiese adquirido alguno por sí mismo, alguna vez. Ni yo, ni ellos debíamos haber estado allí… pero estuvimos, provocando que les hiciera esa foto, captando ese beso, la única prueba que tenía de su relación era real.

El escritor

Supongo que mi motivo para empezar a escribir no es nada original: una chica. Quizá no una en concreto, o al menos –aunque me gustara una compañera de clase en especial- no lo hacía sólo por ella. Quería resultar atractivo, interesante, que hablaran de mi (para bien) cuando pasara al lado de un corrillo de adolescentes. Pensaba yo que eso sólo lo podría conseguir si hacia algo especial, algo que nadie más fuera capaz de sacar adelante y me distinguiera. Como era no muy alto y más bien gordito, no especialmente guapo, algo patoso, destacar en deportes estaba fuera de mi alcance (bastante tenía con aprobar –por los pelos- la asignatura de educación física). Tampoco es que tuviera yo un sentido del ritmo o un oído especialmente desarrollado por lo que cantar en una banda de música (pelo largo, desaliñado, aspecto de malote al que le da todo igual), tocar a guitarra o –al menos- aporrear con algún sentido la batería también se escapaba de mis posibilidades. Me quedaba escribir, una actividad solitaria, tranquila, mucho más afín a mi personalidad y dudosa capacidad de relaciones con terceros. Y que, sorprendentemente, no se me daba mal.

Escribir tenía otras ventajas en mi desbordada imaginación juvenil: me resultaba muy atrayente la idea de mí mismo, en una habitación casi en penumbra vestido con fingido descuido con un traje oscuro, carísimo y elegante y una camisa blanca, el cuello abierto (es más: dos o tres botones desabrochados) frente a una mesa atiborrada de papeles con geniales notas escritas en momentos de febril inspiración,  un vaso con un dedo o dos de Habana Club Maximo Extra Añejo (y la botella al lado), un cenicero colmado de colillas apagadas y otra encendida entre mis dedos, el humo dulzón envolviéndome entremezclado con mi perfume caro,  paredes con librerías cuyos estantes estarían combados por el peso de los miles de volúmenes que las llenarían, música de jazz (Ella Fitzgeral, Bilie Holiday, Nina Simone, Betty Carter) escapándose de unos altavoces ocultos entre el aparente y falso desorden, escribiendo sin poder parar el torrente de ideas que saldrían de mi cabeza en un ordenador portátil, sobre el que golpearía violenta a única luz de la estancia: un viejo flexo metálico, como el que tienen los detectives en las películas de gánster de los años cuarenta. Y el teléfono que sonaría de nuevo, otro periodista más que llama para entrevistarme ante un nuevo premio granado, mi mano colgándolo con indiferencia, sin contestar.

Al final logré a la chica. No a esa, pero sí a otra. Y la perdí. Y luego vino otra. Y trabajé, no como escritor pero siempre seguí escribiendo. Y los años pasaron. Y apareció otra chica. Y escribí. Y le escribí. Y nunca logré ni mi habitación soñada, ni un ron carísimo, ni premios. Pero no dejé de escribir. Por una chica. Por mis sueños. Porque lo necesitaba. Porque me hacía feliz. Qué más da. Lo hacía. Y ya.

Excusas

Y desearé que me des una excusa, aunque tú sepas que es mentira, aunque yo sepa que es mentira, pero necesito esa excusa para no culparte, para no enfadarme contigo aún sabiendo que debería hacerlo, sabiendo que me has mentido; pero necesito no creer la verdad y sí la realidad inventada que me cuentes para poder seguir amándote como hasta ahora

Un cumpleaños

No era un día especial, ni señalado, ni destacable; en realidad era un día tan normal, aburrido y monótono como casi todos los que llevaba en San Francisco. Me desperté, más o menos, a la misma hora de siempre, con los mismos planes de siempre: salir a correr un poco, escribir durante la mañana, comer algo rápido (y preferiblemente no demasiado insano), corregir lo escrito por la mañana (eufemismo tras el que se escondía la tarea de borrarlo todo o casi todo), salir a hacer alguna compra y, tal vez, pasear hasta Fisherman Walf para cenar algo por allí.

 

Un día más, que siempre equivale a un día menos, igual de prescindible que todos sus antecesores y todos sus sucesores.

 

No había, por tanto, ningún motivo especial para ello, pero ese día, sin saber yo el porqué, el recuerdo de Blanca era especialmente insistente en mi cabeza. Su sonrisa, su voz, su belleza en la que había que reparar dos veces para darte cuenta de lo guapa que era, sus rizos entre rubios y pelirrojos tan poco marcados que más eran no rizos, su boca ni grande ni pequeña, su nariz quizá algo respingona, su cuerpo delgado, de pecho discreto, sus suaves caderas. Y todos los momentos que habíamos compartido: aquella primera vez en la que follamos en su casa, cuando la llamé desde el Rastro y descubrí un bote de espuma de afeitar de su novio en el baño, los restaurantes que descubrimos juntos, la excursión en coche por el norte de Italia, sin ninguna ruta ni destino planificado de antemano, el fin de año en la habitación de un hotel de Budapest, el día caluroso de agosto en Roma en el que nos metimos en una fuente para refrescarnos y tuvimos que salir huyendo de unos policías, sus llamadas a horas imprevistas. Todo me volvía con cansina persistencia esa mañana, sin ningún motivo en especial.

 

Simplemente, estas cosas pasan: un recuerdo de una persona se nos instala de improviso en nuestra cabeza y no somos capaces de olvidarlo, de ignorarlo. Aunque, en realidad, Blanca (o su recuerdo) no había venido tan de improviso esa mañana: yo llevaba meses escribiendo de ella y para ella en cada línea de mi libro; aunque sin mencionarla, sin describirla, sin delatarla, pero yo (y sólo yo) sabía que era ella mi protagonista y que la historia que sin demasiado éxito trataba de sacar adelante era la que yo creaba para Blanca. Inge, la tímida muchacha que salía del teclado de mi ordenador no encajaría exactamente en la descripción de Blanca, y esa divergencia no era más que un triste artificio para tratar de alejarla de mí, para que nadie, si eventualmente el libro llegara a publicarse, pudiese saber quién era realmente la persona en quien me había inspirado para convertirla en mi protagonista; mas cuando hablaba del pelo moreno de Inge en realidad lo hacía de los rizos -tan poco marcados que casi eran no rizos- entre rubios y pelirrojos de Blanca, cuando describía en uno de los capítulos como su marido, los dos un poco bebidos, la desnudaba una noche en una playa desierta en realidad era yo quitándole el vestido a Blanca mientras dábamos un paseo por una playa solitaria de Asturias tras una cena con demasiada sidra, cada página escrita (rota después o no), cada historia, cada anécdota, cada frase, cada dialogo, cada réplica no eran más que el recuerdo novelado de Blanca. Ella había estado allí, conmigo, desde el primer momento, desde la primera línea, y podía negarlo, ocultarlo, camuflárselo a los demás, a todos menos a mí mismo.

 

Su recuero se me hizo tan pesado que tuve el teléfono en la mano varias veces, sopesando si le escribía, sin atreverme a hacerlo.  A última hora de la tarde abrí su perfil de Whatsapp y lo miré durante largo rato: “últ. vez hoy a las 10:11”, unos minutos después se puso “en línea”, pensé (deseé) que cambiara a “escribiendo…” ya que eso quería decir que me escribía a mi pero en realidad a los pocos segundos mostró “últ. vez hoy a las 11:32”, y de nuevo, tras un momento, “en línea” y se me volvió a encoger el corazón, sin éxito otra vez al leerlo. Cerré el Whatsapp, me tomé un café, luego otro, y volví a abrirlo. Esta vez permanecía en línea por largo rato y busqué por instinto, sin pensarlo mucho, el perfil de Santos, el bobo de su exnovio, novio cuando yo la conocí, el que tenía el bote de espuma de afeitar en su baño aquella mañana de domingo, temiendo que también estuviera “en línea”. Y lo estaba. Pero él cerró enseguida, busqué nervioso en la pantalla el nombre de Blanca y ella seguía conectada, cambié de nuevo a Santos y volvía a estar “en línea”. Podía volverme loco así, tratando de adivinar con quien se escribía, sin que en ningún momento fuera a mí, así que tiré el teléfono al sofá, cogí una cazadora y salí a la calle, sin saber muy bien dónde ir, aunque eso no era demasiado importante. Solo necesitaba alejarme de mi

 

Andando, llegué hasta el barrio Chino, no muy lejos de mi casa. Apenas había si pasado por allí antes, y nunca por la noche; me encontré con un lugar bullicioso, con bastante gente en las aceras, ruido, prisas, comercios abiertos, bares, gritos, risas. Entré en una tienda de conveniencia para comprar algo que comer (unos burritos recalentados y con textura de plástico) y me llevé también un paquete de cigarrillos. Hacía meses que no fumaba, pero en ese momento me apeteció y me pareció una buena idea llevármelos. Encendí uno en la calle y su sabor espeso, ligeramente picante, me llenó la boca. Y no pasó nada más; no sé realmente que esperaba con ello: en las novelas baratas el protagonista fuma en momentos de desesperación, entra en un bar, pide un whisky y a los pocos segundos todos sus problemas se solucionan y aparece además una rubia hermosa que se enamora perdidamente de él. Desgraciadamente, ni vida no era una novela barata, el cigarrillo no se sabía bien y nunca me ha gustado ni he sabido beber sólo así que me fui hacia el único destino posible, el John’s Grill. No hacía demasiado frío y me apetecía andar un poco; era un paseo de unos veinte minutos así que se me hizo agradable. Quizá, pensé, con un poco de suerte, estuviera Samuel tocando.

 

El local estaba lleno (sólo al entrar caí en la cuenta de que era sábado) pero como me conocían, me hicieron un hueco en la barra. Desde allí no se veía a Sam, que (afortunadamente) actuaba esa noche, pero se le oía bastante bien. Supongo que me vio entrar ya que la siguiente canción que interpretó fue “Round Midnight”, un clásico de Miles Davis que me encanta y para la que Sam tiene un don especial. Había tirado el burrito de plástico junto con el cigarrillo en un apapelera, así que pedí una ensalada César con mucha salsa y una cerveza. Y un whisky, esa noche me lo merecía. Como si Samuel fuera capaz de percibir mi estado de ánimo, esa noche se concentró en recordar mis grandes clásicos: Sumetimer, Unfortegable, Lush Life… Le bendije para mis adentros.

 

Se sentó a mi lado cuando estaba acabando la ensalada. Miró con atención los vasos de cerveza y whisky casi vacíos (lo que él no sabía era que eran ya los segundos) y luego a mí. “Tienes un aspecto horrible”, me espetó. Samuel nunca se caracterizó por tener tacto. Luego, pidió un whisky para él y, tras interrogarme con la mirada, otro más para mí.

 

Samuel era un gran contador de historias. Las contaba bastante mejor que yo, en realidad. Como todo buen contador de historias, sabía cuando callar y cuando hablar, como gestionar los tiempos, los silencios Le vi tomarse la copa en silencio, paladeando lentamente la bebida, la piel negrísima, llena de arrugas del grosor de dedos, el rostro enjuto. Una vez más me pregunté qué edad tendría.

 

– Es tu chica, la de España, ¿verdad? – dijo al fin. Y sacudió la cabeza, con desaprobación-. No sé porque luchas contra lo inevitable. Pareces un tío muy listo, pero no lo eres. No, no lo eres en absoluto – y negó con la cabeza. Pidió otro whisky. Yo también, empezaba a notarme un poco borracho, pero no me importaba-. Solo lo pareces, con tu buen estilo vistiendo y bebiendo, con tu conversación inteligente… pero en lo que sobre la vida se refiere, eres un enorme estúpido. Sólo puedes hacer dos cosas, Sebastian.  Sí, sólo dos, tal y como yo lo veo. Ya sé que solo soy un viejo negro sin estudios y bastante pobre, pero de las cosas de la vida se bastante más que tú, mi querido aprendiz de vividor.

>> Una de ellas es follarte a esa preciosidad de rubia que te has ligado, sin que consiga saber muy bien como lo has hecho –había ido alguna vez con Sarah al John’s Grill y les había presentado- y dejarte llevar, no te pongas límites con ella. Hacéis muy buena pareja, pero ninguno de los dos parece que os deis cuenta. O no queréis daros cuenta. Par de bobos…  En fin, será la juventud y su inexperiencia, supongo. La otra cosa que puede hacer es coger el primer puto avión que salga para tu país y buscar a tu chica. Y si está con otro, si no quiere verte, si se ha echado novia o si se ha convertido en yihadista, te jodes, pero al menos lo intentas. Si va bien, perfecto, envíame una invitación para la boda. Y si sale mal, aprendes a vivir con ello, levantas la cabeza y ya.

>> Pero lo único que no puedes hacer es seguir aquí, huyendo de ti mismo, de lo que quieres, consumiéndote día a día, dándote pena a ti mismo y buscando a un viejo que solo vale para tocar jazz para tomar unas copas con él un sábado por la noche. Haces lo único que no puedes hacer y te va mal. Lo asombroso es que te extrañe. Supongo que para escribir no hace falta ser muy listo, de lo contrario no entiendo cómo te puedes ganar la vida así. Supongo que alguien te ha dicho que la vida se conforma a través de las personas que has dejado en el camino. Pero eso es una gilipollez, un enorme montón de mierda.

 

Se calló y me miró con ojos vidriosos. Él también estaba un poco bebido, seguramente había tomado ya algunos whiskies durante la actuación. Se calló por unos segundos; no le contesté, claro. Tampoco él esperaba que lo hiciera. Solo se tomaba algo de tiempo antes de seguir.

 

– Sebastian, me caes bien. Creo que eres un buen tipo. Por eso te voy a contar algo que no sabe casi nadie. No te estoy pidiendo que me guardes el secreto: a estas alturas de mi vida, ya me da igual lo que se sepa o no de mí. Solo quiero que entiendas que es algo que a mí me sirvió para aprender. Espero que te sirva a ti, aunque sea a través de mi propia experiencia.

>> Creo que ya te he contado que empecé a cantar por una chica. Empecé por ella, pero no fue mi gran amor. Porque el gran amor existe, yo ya lo sé, y tú puede que también, aunque hasta que no tengas tantos años como yo y te hayan roto el corazón varias veces, no podrás saberlo. Eso es lo bueno de ser viejo. Cuando yo tenía treinta años, me enamoré, pero me enamoré de verdad, Sebastian. Hasta que no te has enamorado varias veces, no sabes cuál de ellas ha sido la buena. Tú crees que no podrás querer a nadie como a tu chica de España, pero eso es una tontería. No puedes saberlo. Tiene que pasar tiempo, y tienen que pasar muchas mujeres para poder hacerlo. Llega un día en el que, de repente, como en un chasquido de dedos, te das cuenta de que crees que amas a la persona con la que estás, te comportas con ella como si estuvieras enamorado, darías incuso tu vida por ella y eres feliz. Pero en ese momento de lucidez que estalla en tu cabeza, descubres que te estás mintiendo a ti mismo. Descubres que cuando te pasa algo bueno, o algo malo, algo que quieres, que necesitas compartir con los demás, durante la más pequeña parte de la fracción de un segundo, antes de pensar en tu mujer actual, por tu cabeza cruza el recuerdo de otra, de otra anterior. De esa chica a quien amas realmente. De quien de verdad estás enamorado. De tu verdadero amor. Y no pasa nada, sólo que lo sabes. Tu vida sigue igual, sigues queriendo a tu mujer, sigues estando dispuesto a dar la vida por ella. Pero hay otra en tu corazón que ocupa su lugar. Aprendes a vivir con eso… tal vez lo llames mentira, tú eres más listo que yo y sabrás la palabra, yo no la conozco, no sé si mentira o solo instinto de supervivencia. Pero da igual. Es el tiempo quien te dice de quien estás enamorado (y lo estarás para toda tu puta vida) y de quien crees estarlo. Quizá para algunas personas con mucha suerte, esas dos mujeres, a quien realmente amas y a quien crees que amas, son la misma. No lo sé. No para mí. Pero, de una forma u otra, eso es algo que solo sabrás cuando tengas casi tantos años como yo.

 

Pidió dos wiskis más. Esta vez no me preguntó. Tampoco me importó.

 

– Yo ahora sé de quién he estado enamorado toda mi vida, desde que la conocí. Y yo sí puedo hablar de amor de verdad, tú aún no lo sabes. Te he contado que hice la Guerra en un barco, en el Pacífico. No sé cómo es luchar en tierra, peor puedo asegurarte que no será tan malo como hacerlo en un barco. Allí, en medio del mar, no tienes donde huir y sabes que en cualquier momento puede aparecer otro barco, o un submarino, y hundirte. No depende de ti, no puedes hacer nada y te encuentras en mitad del mar, el agua helada y kilómetros y kilómetros hasta la playa más cercana. Te sientes encerrado, impotente. Eso asusta, asusta mucho. Y también une. La gente con la que estás, con la que convives, se convierte en tu familia. Yo hice amistad con un muchacho, apenas era un niño, de Iowa. El pobre nunca había salido de su pueblo, no conocía mundo, y por una de esas injusticias de la vida, se encontró, de repente, en un barco en medio de un inferno de agua. Era un pedazo de pan, no estaba preparado para esa vida. No estaba preparado para la guerra. Se llamaba Ben, estaba casado y tenía una niña pequeña. Te puedes imaginar lo que pasó, a fin de cuantas eres escritor, una mañana nos despertó la sirena que anunciaba ataque. Ni siquiera llegamos saber si nos enfrentábamos a otro barco, o una escuadrilla de aviones o a qué. Y en realidad, ¿qué más da? Sólo sé que minutos después aquello estaba en el agua congelada y antes de que me diese cuenta, trataba de alcanzar un bote salvavidas. El barco se hundía muy deprisa, fuera lo que fuese lo que nos había alcanzado, debió hacer un agujero enorme. Todo eran gritos, lloros, miradas de pánico, histeria, fue horrible. Lo peor que viví en esa maldita guerra. No sé qué pasó con Ben. Estaba conmigo cuando salimos del camarote, cuando corríamos por los pasillos, tratando de llegar a cubierta, incluso cuando aparecimos en medio de mar, sin saber cómo. Los dos vimos el bote y nadamos hacia él, yo llegué primero, me cogí a una soga y me giré, para ayudarle en los últimos metros y ya no estaba. Nunca apareció su cuerpo. Le busqué y le busqué, obligué a los del bote a dar vueltas, el sol estaba ya alto y aunque había muchísimo humo y llamas, se veía bien, pero Ben no estaba allí. Grité y grité su nombre, pero el estruendo que estaba provocando el hundimiento, las cientos de personas gritando y llorando a su vez, los disparos, el crujir de la enorme estructura al retorcerse y caer bajo el agua, evitaban que me oyera, no hubiese podido hacerlo ni aunque hubiese estado a mi lado. 

>> Desde el hospital militar (en ese momento no me di cuenta, pero tenía un corte profundo en la pierna) le escribí una carta a su mujer. Traté de explicarle que era un muchacho de gran corazón, lo mucho que le apreciábamos todo (y eso era verdad) y que había muerto como un héroe, ayudando a sus compañeros (y eso ya no lo era, o, al menos, yo no lo sabía). Ella me contestó dándome las gracias, una carta muy breve, con la tinta corrida en un par de líneas, como si hubiese caído en ella unas lágrimas. En ese momento, justo en ese momento, decidí que iría a verla en cuanto me licenciaran. Yo no había podido salvar a su marido y necesita ir y explicárselo y que me disculpara. Pero las cosas no sucedieron así. No, Sebastián, las cosas nunca suceden como uno espera.

 

Samuel se calló y se frotó los ojos, en muestra de cansancio. Nos pusieron otros dos whiskies, en algún momento él debió pedirlos sin que yo le viera. Le observé con detenimiento: tenía ojeras, expresión de agotamiento, ojos vidriosos… con la edad que tenía, no sabía cómo aguantaba esas largas noches tocando en el club, bebiendo sin cuidado. Se giró hacia mí, pero siguió en silencio. Por un momento pensé que ahí había acabado la historia y que se me había escapado la moraleja, tal vez las neuronas de mi cerebro se bañaban ya en demasiado alcohol. Pero me tranquilizó:

 

– Tengo que volver al escenario en seguida, mi descanso se acaba así que más vale que me de prisa. Creo que me enrollo demasiado… Bueno, ese es otro de los privilegios de la edad: tenemos ya muchas cosas que contar y el tiempo nos importa poco. En fin, a lo que vamos. Fue a ver a su mujer, Angela se llamaba, en cuanto me licencié. Te juro que tenía intención de decirle la verdad, que no fui cuidando de su marido mientas nadábamos hacia el bote, que suponía que iba detrás de mí pero que no fue así y que yo no hice nada por salvarlo. Pero no pude contárselo. Quería hacerlo, pero no pude. Vivía en una pequeña casa de madera, cerca de la carretera, en el pueblo más pequeño, triste y perdido de Iowa y puedo asegurarte que Iowa ya es de por si triste y perdido. Llamé a la puerta y me abrió la negra más guapa y espectacular que había visto nunca. Era a finales de julio y hacía un calor horroroso, ella llevaba un vestido de algodón blanco, sucio de sudor en el escote y las axilas, no muy largo y en brazos sostenía a una niña de tres o cuatro años. Se había peinado con descuido, apenas recogido en la nuca, pero algunos mechones se escapaban a los lados de la cara; tenía unos enormes ojos oscuros y unos labios gordezuelos, húmedos. Cuando me abrió ya supe que nunca le diría la verdad. El corazón se me disparó y sólo podía pensar en besarla, en hacerla mía. Sí, sí, ya sé, vaya cabrón de amigo, lo sé y tienes razón. Pero muchacho, tu no la viste. Eran veinticuatro veinticinco años de carne dura, pecho erguido (no llevaba sostén y sus pezones, enormes como meñiques, se marcaban en el vestido), cara de angel… De todos modos, no soy tan ruin. Es cierto que me su físico me cautivó, pero luego la conocí a ella como persona… y me enamoré. Me enamoré de su sonrisa, de su forma de cuidar a su hija, de la forma en la que supe que cuidaría a nuestros hijos, de la cara de fascinación que ponía cuando cantaba para ella; me enamoré de los almuerzos que me preparaba y me enamoré aún más cuando supe que a veces ella se quedaba sin comer por hacerme a mí y a su hija un guiso especialmente sabroso, me enamoré de su forma de contestar “vale” cuando yo le proponía un plan, de su capacidad para madrugar, para ganarle horas al reloj y poder trabajar, cuidar de la chiquilla, tener la casa recogida. Y sí, también me enamoré de su forma de cabalgar sobre mí las noches que compartíamos con cuidado de que los vecinos no se enteraran, de la atención que prestaba a mi cuerpo. Entonces sólo supe que estaba enamorado, ahora, tantos y tantos años después, sé que ella, Ángela, ha sido mi gran amor. Ángela ha sido la mujer que siempre ha estado en mi cabeza desde julio de 1944; su recuerdo ha venido a mí en cada momento bueno y cada momento malo y me estremezco cada vez que pienso en ella, aún ahora lo hago.

 

Lo miré: tal vez hubiese lágrimas en sus ojos, o tal vez fuera solo el whisky o el cansancio.  No lo sé. En cualquier caso, tenía delante de mí a quien, por edad, podría ser mi abuelo y resultaba ser, probablemente, mi único amigo verdadero, desnudando sus recuerdos, su vida y sus sufrimientos para que yo aprendiera de ellos. Lo de sus ojos podría ser la bebida o el cansancio o la edad; lo de los míos si eran pequeñas lágrimas. En ese momento empezó a sonar el piano

 

– Me reclaman, tengo que acabar. Tampoco hay mucho más que contar, ya. Conocí a Angela en julio de 1944. En septiembre fue su cumpleaños y fuimos a merendar a un prado junto a un pequeño lago, para celebrarlo. Ese fue el día más feliz de mi vida. Tantos años después, sigo pudiendo decir que ese fue el día más feliz de mi vida. Ella había preparado unos sándwiches y un poco de queso, yo llevé unas botellas de cerveza. Nos las tomamos juntos y nos achispamos un poco. Fue una tarde muy especial… En noviembre ella me dijo que se casaba con un tipo de un pueblo cercano. Lloró mientras me lo decía y en ese momento apenas si comprendí lo que me decía. Tuve ganas de pegarla, de abofetearla: me estaba matando y ella lo sabía. Ese tipo tenía un buen trabajo (yo iba mendigando jornadas), ganaba dinero, tenía una buena casa y ya la había pretendido antes de que se casara con Ben. Me explicó, y ahora lo entiendo, que debía casarse con él para poder darle un futuro a su hija. Yo no podía hacerlo, de haber seguido con ella hubiese tenido una infancia pobre y Angela quería que su hija prosperara, que no se quedara en ese culo del mundo. Quiso explicármelo, pero no la dejé, me di la vuelta y me fui porque sabía que si me quedaba un solo segundo más me iba a costar mucho controlarme. No recuerdo lo que pasó en los siguientes días, sólo sé que los pasé borracho, yendo de bar en bar hasta que me echaban. Terminé en la prisión de un sheriff local. No fue agradable, puedes imaginarte lo que era para un negro, en los años cuarenta, estar en una cárcel por borracho y desórdenes públicos. En cuanto pude salí a Iowa, jurando no volver nunca a ese puto estado, iluso de mi… Conocí a varias chicas, nunca es difícil para un músico tener a jóvenes deseando quitarse las bragas para ti, con alguna de ellas incluso empecé algo más formal… que no funcionó. Bloqueaba en mi cabeza el recuerdo de Ángela no me lo permitía y cuando era demasiado intenso, agarraba una botella de whisky y mi saxo y tocaba hasta que la borrachera me impedía soplar, pulsar las almohadillas. Así pasó un año entero y un día de septiembre me desperté dándome cuenta que su cumpleaños era a los pocos días. Esta vez, ni el alcohol, ni la música, ni una bibliotecaria a la que rondaba por entonces, pudieron sacarme el recuerdo de la cabeza. Mi cabeza no quería, pero mi cuerpo se fue a la estación de autobuses, se montó en uno, luego en otro, luego hizo auto-stop y viajé en la caja de un camión maloliente, y por ultimo anduve, anduve durante horas… y llegué al lago, al mismo lago donde habíamos celebrado su cumpleaños justo un año antes, donde la había poseído mientras su hija cazaba mariposas, donde la había abrazado y le había jurado que le haría la mujer más feliz del mundo… Allí estaba yo, sentado en la orilla, las pequeñas olas mojándome los zapatos, con una bolsa llena de botellas de whisky y uno trozo de queso y el corazón ahogándose en esas aguas cristalinas…

>> Me desperté dos días después en la cama de un hospital. Al parecer, me había bebido casi todo el whisky y había estado más muerto que vivo. Me encontró un pescador, que pidió ayuda. Una enfermera me dijo que había ido a verme una muchacha negra, solo por unos minutos, y se había marchado sin decir nada, sin decir quién era. No era necesario. Yo lo sabía. Cuando me recuperé, me fui del Estado y, esta vez sí, para no volver nunca. Jamás traté de ponerme en contacto ni volví a saber de ella. Nunca. Sin embargo, no ha pasado ni un solo día desde entonces en el que no haya pensado en ella, en el que no haya estado en mi cabeza. Incluso ahora, cuando me despierto por la mañana, mi primer pensamiento es para ella, cuando hago repaso de mi día, se lo cuento a ella y cuando me acuesto con una chica, es a ella a quien le hago el amor.

>> ¿Y sabes lo más irónico? Yo habría podido hacerle feliz. Ella se fue con aquel tipo, que seguro que era alguien estupendo, para darle una estabilidad económica a su hija. Con el tiempo, yo también la conseguí. No me fue fácil y no nadaba en dinero, pero me manejaba lo suficientemente bien como para cuidar de una familia e incluso, con algún esfuerzo, ahorrar lo bastante como para enviarle a la universidad, no la mejor desde luego, pero sí a una decente. Los sueños de Ángela se hubiesen podido cumplir conmigo si yo hubiese decidido una cosa distinta a la de auto compadecerme, huir y beber. Pero tomé el camino fácil, no luché por ella y he estado toda mi vida enamorado de una muchacha a quien no he tenido. Poco más te puedo decir, Sebastián, salvo que de ti y sólo de ti depende que hagas. Puedes seguir en este agujero, cosa que me alegraría mucho ya que me gusta tu compañía, o puedes tratar de recuperar tu vida. No puedo prometerte que lo consigas, lo mismo tu chica ya no quiere saber de ti o se ha hecho monja, o incluso vuelve contigo y a los tres meses te das cuenta de que todo fue más una nostalgia que una realidad y no la amas… Yo no sé qué pasará, lo que sí sé es que toda mi vida me he arrepentido de no volver a Iowa e intentarlo.

 

Apuró de un trago el poco whisky que quedaba en su vaso y se marchó con pasos lentos y sorprendentemente seguros para lo que había bebido, hasta el pequeño estrado, junto a la entrada del local. Tomó del estuche, con mucho cuidado, su saxo, se lo colgó y se giró hacia los otros miembros del cuarteto (un contrabajo, una batería y un piano) y les musitó algo; ellos dejaron de tocar y Samuel cerró los ojos ajustó sus labios a la boquilla y creó magia. Nunca le había oído interpretar esa canción, aunque él sabía que cada vez que la oigo siento como se me eriza la piel y se me vuelcan las entrañas. Que pretendía exactamente con ello no lo sé, pero sí sé que, durante casi cinco minutos y en mi honor, sólo para mi como si estuviésemos solos él y yo en aquel local, interpretó el más maravillo solo del “Love Theme From Blade Runner” posible.

 

Unos segundos antes de que finalizara, dejé un billete de cien dólares (más que suficiente para pagar todo lo que habíamos consumido) sobre la barra y salí discretamente, con las palabras, la música de Sam en mi cabeza y Blanca en mi corazón.

Mirada de felicidad

Cada mañana, su novia paraba con prisa el coche en una esquina, se despedían con un beso, él se bajaba y ella seguía camino a su trabajo. La mente de Juan iba concentrada en temas tan importantes como los mails a contestar, las reuniones que lidiar y los marrones que solventar. Absorto en su enorme mundo interior, entraba en una cafetería, pedía un café con leche “muy caliente” (que nunca lo estaba, realmente) para llevar y salía con él en la mano, pensando quizá que quien le viera supondría que, trajeado como iba (y con buen gusto en la combinación del color, la camisa, corbata, cinturón y zapatos), con café en vaso de papel con una tapita en una mano y el móvil en la otra, paso apurado, pensamiento abstraído, pensaría de él que era un ejecutivo de éxito. Y en cierto modo, así era

En cierto modo.

Ejecutivo era, poder tenía. Su remuneración era relativamente alta. Pero él no consideraba que tuviera éxito.

O que su vida fuera exitosa

Quizá, en su prisa rutinaria, en su repaso a la agenda del día en la pantalla del móvil, en sus pensamientos tan importantes como inútiles, nunca antes se había fijado en ellos. O quizá era fuera el primer día que estaban allí. Sea como fuese, ese día les vio. Esperando el cambio del semáforo, cogidos de la mano. El muchacho, de no más de seis o siete años, con botas de agua (había llovido el día anterior), un plumas azul obscuro que le venía ya un poco pequeño y bufanda de lana, cubriéndole hasta la nariz. Su regordete abuelo (por edad debía serlo), con ropa sobria pero no exento de elegancia, fuertemente abrigado también con un tres cuartos abrochado hasta el cuello y una gorra quizá algo juvenil para su edad.

Pero Juan no se fijó ni en las botas de agua, ni en la bufanda, ni en la gorra. Lo que vio fue que ambos se miraban, mientras esperaban el semáforo. El chico miraba ilusionado a que su abuelo, esperando que le dijera que ya podían cruzar. El abuelo, miraba orgulloso a su nieto, camino del colegio. Juan captó era mirada y se le heló la sangre. Se quedó parado, observándoles, al otro lado de la acera, aun cuando el semáforo cambió y ellos cruzaron y se marcharon por detrás de él. No se soltaron la mano (apretada fuerte, notó cuando pasaban por su lado) ni perdieron su mirada de ilusión, de orgullo por ir al cole nieto y abuelo. Era una mirada de felicidad como hacía mucho tiempo que Juan no había visto. Como hacía mucho que Juan no había tenido. Quizá desde el tiempo en el que él mismo iba con su abuelo al parque y le impulsaba en el columpio (“más fuerte, abuelo, más fuerte”, entre risas), el tiempo en el que, agotado tras mucho jugar, su abuelo sacaba del bolsillo un vaso de plástico plegable y lo llenaba de agua fresca de una fuente, el tiempo en el que su abuelo le ayudaba con los trabajos manuales.

Quizá pasaron dos o tres cambios de semáforos hasta que Juan reaccionó y cruzo la calle. Entre tanto, otros muchos con la misma prisa que él hasta poco antes, con las mismas absolutamente importantes e inútiles cosas que hacer que él, le empujaron para hacerse sitio en la acera, para cruzar antes.

Juan recordó que él también había sido feliz, un día. Comprendió que ya no era un niño de seis, siete años fascinado e ilusionado por su abuelo, orgulloso de él. Pero también comprendió que él podría llegar a ser ese abuelo y llevar a su nieto cada mañana, muy abrigado en los días de frío, al colegio.

Llegó al fin a la oficina e hizo dos llamadas. En la primera, dejó a su novia a quien él nunca había mirado como ese abuelo y que ella nunca le había mirado a él como ese nieto. En la segunda, comunicó a su jefe que dejaba el trabajo. En ambos casos, colgó en cuanto oyó la primera réplica y no contestó a sus llamadas de vuelta. Después, tranquilamente, con una paz de no había tenido en mucho tiempo, recogió alguna cosa del despacho (bien pocas en realidad, aquel siempre había sido un espacio bastante impersonal), tiró el móvil y la corbata a la papelera, dio dos besos a su secretaria y estrechó la mano de un par de compañeros (los únicos de quien realmente merecía la pena despedirse) y salió a la calle, con mucha tranquilidad. Fuera pensó que no tenía nada que hacer, salvo volver a ser feliz. Se abrochó el abrigo y echó a andar.