EL cuento de la princesa que no sabía que lo era (7)

De cómo conocemos el nombre de la princesa que no sabía que lo era y ella conoce su historia

Estamos llegando al final de nuestro cuento y sabremos al fin cual es el nombre de la princesa y como ella conoció su verdadera historia. Pero antes de eso debemos saber que pasó cuando Edwing al fin la encontró en el bosque cerca de Nuvpu’.

Dejamos nuestro cuento con el dragón presto a dormir a la princesa mediante un encantamiento mágico, para llevársela a su Señor. Sin embargo, se retrasó unos segundos en hacerlo, disfrutando de la mirada de miedo de la joven, e imaginando la recompensa que obtendría de Pamoh cuando la depositara finalmente ante él. Ese tiempo fue el suficiente para que Rodrioux, Gaelicux, Salmax y Moniux llegaran a la carrera al claro. Al hacerlo, se separaron y el muchacho se quitó la capa que llevaba y saltó decidido hacia la princesa, cerrando los ojos y concentrándose llamar a las magas blancas. Estas, desde su morada en las tierras del hielo, escucharon lo que deseaba que hicieran y emplearon todo su poder y fuerza en lograr el encantamiento más difícil y peligroso que existía, ese que decían que sólo había logrado llevar a cabo la Creadora de las magas blancas y, quizá, el malvado Adifht. Mientras Rodrioux saltaba sobre la princesa y las magas blancas se extenuaban tratando de poner en marcha el embrujo, los pequeños y valientes Gaelicux y Salmax se situaron detrás de Edwing y buscaron en sus zurrones las piedras mágicas que les habían confiado tanto tiempo atrás. Estas tenían la cualidad de poder atravesar las escamas que protegían al dragón y llegar hasta la piel, produciendo un dolor que le resultaría insoportable, aunque sólo durase unos segundos. Los niños las fueron lanzado con determinación, conscientes de la importancia de su tarea, pese al terror atávico que les causaba Edwing. Mientras, Moniux mordía con furia el único punto débil de aquella bestia: el final desprovisto de protección de su cola. Al recibir el impacto de las piedras mágicas y las mordeduras, Edwing se revolvió perplejo, incapaz de entender que lo que sentía no era otra cosa sino dolor, algo desconocido para él, y al girarse perdió por unos segundos de vista a la princesa. Este fue el momento en el que Rodrioux cayó sobre ella con su capa, cubriéndola, y comenzó el hechizo de las magas blancas logrando que desaparecieran repentinamente: cuando Edwing volvió la vista al lugar donde había estado la princesa, solo encontró las plantas aplastadas donde se había sentado y el calor residual de su cuerpo, pero ni rastro de ella. Bramó de furia descontrolada, indignado por haberla perdido de nuevo y se dio la vuelta lanzando una bocanada de fuego dispuesto a acabar con los valientes niños y la perrita que le habían atracado desde la retaguardia. Pero los pequeños hermanos y la Monioux ya se habían marchado y el fuego no les alcanzó.

La princesa despertó un rato después, sin saber precisar si había pasado mucho tiempo o no. Sí vio que estaba ya comenzando a anochecer. Se encontraban al abrigo de una cueva, apenas iluminados por un tenue fuego. Todos ellos, Rodrioux, Gaelicux, Salmax y ella misma estaba sentados en círculo. Mientras, las dos perritas jugueteaban a pocos pasos.

– No podemos hacer más fuego o Edwing nos encontraría –explicó Rodrioux.

La joven reconoció a los chicos, pero no podía entender lo que veía:

– Os conozco, vosotros vinisteis a un sueño mío hace muchos años. Pero, ¿cómo es que no habéis envejecido? ¡Seguís teniendo la misma edad! ¿Y qué ha pasado, cómo he llegado aquí? ¿Y el dragón? ¿Y cómo es que Trufux está viva?

El muchacho sonrió: seguía cayéndole bien la princesa, que apenas había cambiado en su paso de niña a jovencita.

– Sigues haciendo demasiadas preguntas a la vez. Debes acostumbrarte a mantener un orden. Pero ahora no importa. Te explicará brevemente que ha pasado: tú has devuelto a la vida a tu perra. No sabes que eres una princesa, pero no una cualquiera, sino una muy especial, la elegida y tienes algunos poderes, como ese. Edwing, que siempre ha estado vigilante, te ha descubierto al hacerlo y quería llevarte con su señor Pamoh. Afortunadamente, hemos conseguido impedirlo: las magas blancas lograron hacer un conjuro por el que todo lo que se situó bajo mi capa desapareció por unos minutos y así escapamos. Y estos muchachitos, pese a su corta edad, nos ayudaron, despistando al dragón el tiempo necesario para que el conjuro surtiera efecto. Eso es todo, ¿no? Ah, no, preguntaste por nosotros. Fuimos elegidos para protegerte y hasta que no estés a salvo, no envejeceremos, no creceremos. Solo en el momento en el que puedas recuperar tu trono, nosotros volveremos a nuestra edad real. Así fue dispuesto.

– No entiendo nada… – murmuró lastimosamente la princesa

– Tal vez sea mejor si te cuento la historia desde el principio. Aunque deberé hacerlo rápido, este sitio no es seguro y tendríamos que marcharnos cuanto antes –la muchacha asintió-. Tu eres una princesa, hija de los mejores reyes que hayan existido nunca, lo más justos y prudentes con su pueblo. Pero no eres una princesa cualquiera, eres la elegida para, junto con tu esposo, llevar la paz a todo el Continente.

La princesa se ruborizó sin poder evitarlo pensando en Bräns cuando el chico pronunció la palabra ‘esposo’.

– Como ves, tu misión es muy importante, tal vez la más importante que haya tenido ningún ser humano nunca. Pero no solo es una misión importante, también es peligrosa ya que Pamoh, ese rey impostor, llegó decidido a hacerte su esposa por la fuerza y alcanzar así todo el poder para él. Por eso las magas blancas, junto con los duendes de los bosques que te han estado vigilando todo este tiempo de manera furtiva y otros como nosotros, idearon un plan para ponerte a salvo, esconderte en Nuvpu’ y evitar así caer en las manos de ese Caballero.

– Entonces… entonces, mis verdaderos padres ¿no son Rut y Allep? –preguntó la princesa lastimosamente.

– No. Tus padres son los verdaderos reyes de SuDtera’. Y tu verdadero nombre es Marianhe.

La chica se levantó enfada, confusa, contrariada. Trufux dejó de juguetear con Monioux y miró atenta a su ama intuyendo que algo la atormentaba. Quería negarlo, pero, en el fondo, sabía que Rodrioux le decía la verdad. Siempre había sentido algo extraño en su relación con Rut y Allep, sin ser capaz de identificar nunca el qué era. Ahora lo entendía: su instinto le decía que no eran sus verdaderos padres.

– ¿Y cómo pudieron mis verdaderos padres abandonarme?

– Estás enfadada, y es normal. Peor no eres justa. A ellos les dolió mucho tener que tomar esa decisión, pero era la mejor para ti. Créeme: a veces lo mejor para un ser querido es que te alejes de él, por duro que resulte. Ellos sabían que haciendo eso te ponían a salvo y les importó mucho más tu bienestar futuro que su propio dolor.

– ¿Y cómo sabes tú todo eso? ¿Cómo sabes tan bien la historia? – preguntó, algo más calmada

El muchacho perdió su vista en el fuego que estaba ya cerca de apagarse y tardó mucho en contestar. La princesa esperó paciente, creyendo ver que sus ojos se humedecían

– Porque, Marianhe, yo soy tu hermano. Al comienzo de tu embarazo, una mañana fui al bosque, a buscar algunas setas para la cena. Allí me esperaba una maga blanca. Me contó quien realmente era el bebé que esperaba nuestra madre, tú, que pasaría si algún caballero de mal corazón se casaba contigo y lo importante que era para todos los hombres y mujeres de esta tierra, que tu estuvieras a salvo y eligieras por ti misma a tu marido, alguien justo, sabio y de buen corazón. Tenían una misión para mí: prepararme para protegerte si llegaba el momento de tener que hacerlo. Tuve que partir, dejando a nuestros padres atrás, sufriendo ellos y sufriendo yo, hacia la morada de las magas blancas, donde me entrenaron para mi misión. Hace unos años volví para estar cerca de ti. Fue la noche en la que soñaste que nos conocimos. En el camino de vuelta encontré a estos dos niños y su perra, que me acompañan desde entonces.

– ¿Y quién ese ese Pamoh? ¿Y de dónde ha sacado ese abominable dragón?

– Nadie conoce muy bien su historia. Pero es un caballero que ha luchado en todas las batallas, siempre por el mismo interés: el suyo propio. De algún modo, logró hacerse con el espíritu del malvado brujo Adhift, a quien las magas blancas habían logrado dejar cautivo dentro de una botella mágica, y juntarlo con un pobre águila. De ahí salió el dragón Edwing, al que domesticó e hizo su esclavo. Y partió hacia aquí, para hacerse contigo.

– Muy bien. Pues algo tendremos que hacer, ¿no? No vamos a quedarnos en esta cueva húmeda por siempre

Rodroiux sonrió. Su hermana, la princesa Marianhe, que ya sí sabía que lo era, resultaba ser una muchacha decidida y con valor.

– Ya no tiene sentido seguir escondida: Edwing te ha encontrado y no tardará en arrasar este bosque. Las magas blancas están recuperándose del grandísimo esfuerzo hecho para poder hacernos invisibles y salvarnos y tardarán un poco en poder ayudarnos de nuevo y aquí no nos podrán proteger. Así que haremos lo que parece más disparatado, pero que es en realidad la mejor opción: vamos a la Casona donde vive Pamoh, para enfrentarnos con ellos.

– Vale. Vamos pues, levantaos. Tenemos una misión que cumplir

Rodrioux y los muchachos se levantaron decididos. Sentían temor ante la idea de enfrentarse al dragón y su amo, pero harían cualquier cosa por su princesa.

Capítulo 8: De como la princesa y sus acompañantes llegan a enfrentarse con Pamoh y Edwing

El cuento de la princesa que no sabía que lo era (6)

De como Edwing encuentra a la princesa que no sabía que lo era y lo que sucedió a continuación

Tras aquella lejana noche, en la que una maga blanca con apariencia de anciana merced a un encantamiento dejó al bebé en la puerta de la casa de Rut y Allep, en la aldea de Nuvpu’, los años transcurrieron tranquilos y felices para la princesa. Fue siempre una niña cariñosa no sólo con sus padres sino con el resto de los habitantes de la aldea, adoptó a una perrita perdida a la que llamó Trufux y un gato que llamó Sarkan y cuando tuvo edad, empezó a ayudar primero en la casa y luego en el campo y en el cuidado de los animales, sin quejarse en ningún momento por la dureza del trabajo o el cansancio. Todos los días era la primera en levantarse y cuando sus padres salían de la parte de la casa que, protegida por una tela humilde hacía las veces de su habitación, el fuego ya estaba encendido y la mesa dispuesta para desayunar. Los domingos se ponía sus mejores atavíos y acudía al mercado de Nuvpu’ donde en un puestecito que ella y su madre engalanaban con un mantel primorosamente bordado y adornos que tallaba en madera su padre, colocaban algunas de las prendas que ambas tejían por las noches, a la luz del fuego bajo de la cocina: capas, vestidos, camisas, sobrevestas… Con la venta de esas ropas sacaban algunas monedas que Rut y Allep guardaban con cuidado en un escondrijo al fondo de la cuadra para que en su día la princesa tuviera una buena dote y pudiese hacer buen casamiento. Como la princesa había tenido con todos los habitantes de la aldea y las aldeas cercanas buenas palabras y en muchas ocasiones les había ayudado llevando caldo caliente cuando estaban enfermos, enseñando a leer a sus hijos y otras atenciones similares, todos la saludaban con cariño y afecto.

Como veréis, la princesa, aunque llevaba una vida humilde y alejada a la que hubiese podido seguir en la casona que hacía las veces de palacio del reino, no dejaba der ser feliz y probablemente no hubiese cambiado su vida por ninguna otra. Los días transcurrían parecidos unos a otros, y salvo cierto cambio que ella se notó, sintiendo un extraño escalofrío que le recorría la espalda y un enrojecimiento de su rostro cuando se cruzaba con Bräns, un muchacho de su misma aldea, algo mayor que ella, de recio porte, mirada clara y agradables facciones y que solía ayudarla en las clases de lectura y escritura que daba a los más pequeños, su vida apenas experimentaba emociones. Pero todo eso cambió una mañana de agradable tiempo, próxima al día en el que el sol dejaría de salir por el oeste para hacerlo por el este y que marcaba su cumpleaños (aunque ella no sabía la fecha real y en su casa se celebraba no ese día sino el que correspondía a la noche en la que la maga blanca la dejó en la puerta de Rut y Allep). Esa mañana no había gran cosa que hacer en el campo y la princesa terminó pronto su trabajo y decidió dar una vuelta por el bosque para para recoger algunas zarzamoras con las que hacer una tarta. A su padre, que últimamente volvía a sufrir de su mal de huesos, le encantaba esa tarta y la joven decidió tener una atención con él. Como siempre que salía, le acompañaba Trufux que correteaba alegre delante de ella, dando grandes brincos sobre las raíces de los árboles que sobresalían del suelo. Cuando se adelantaba mucho, se paraba, girándose para mirar a la princesa y esperar enhiesta sobre sus patas a que llegara a su altura. Sin embargo, en uno de esos saltos, Trufux no midió bien el terreno y no se percató que detrás del árbol que trababa de sortear, se hallaba un pequeño precipicio, no demasiado alto pero la perrita cayó mal, golpeándose la nuca al dar contra el suelo. La princesa soltó bruscamente la cesta ya casi llena donde iba recogiendo las zarzamoras y salió corriendo al lugar donde había caído Trufux. Tropezó, cayó suelo, manchando y rasgando su vestido, pero sin importarle esto, se levantó de inmediato y siguió avanzando, a trompicones, hasta el lugar que formaba un pequeño claro donde había caído su perrita. La tomó en sus brazos y llegó a tiempo de escuchar su último y exangüe aliento antes de morir. La princesa estalló en un llanto sin consuelo, apretando el cuerpo de Trufux contra ella, cubriéndolo con su capa y acariciando su cabecita. La había acompañado desde niña y era querida como un miembro más de la familia.

En ese momento, en lo alto de las montañas glaciares, donde la nieve es eterna y se levanta la morada en la que residen las magas blancas, una terrible premonición las asaltó a todas ellas, interrumpiendo sus quehaceres y, obedeciendo más a su instinto que a lo que su visión de lo que sucedía en el bosque les decía, se juntaron en círculo en torno al Libro de la Magia, tomándose de las manos para unir así sus poderes y ser más poderosas si llegaba a ser preciso.

Por su lado, Rodrioux, Gaelicux, Salmax y Moniux, que estaban sentados en un claro cercano del mismo bosque, descansando y disfrutando de un poco de queso con un trozo de pan, sintieron acechar el peligro y se levantaron rápidamente, echando a correr hacia donde estaba la princesa: sabían que debían llegar de inmediato, sin permitirse ninguna dilación. Durante todos los años transcurridos desde que la princesa tuvo el sueño en el que les conoció, habían permanecido cerca de ella, como le prometieron, vigilándola y protegiéndola, esperando ese instante.

La princesa, ajena a los desvelos de las magas blancas y los muchachos, seguía sosteniendo a Trufux en brazos, apretándola contra ella. Y, entonces, sucedió.

Deseó con fuerza que su perrita siguiera viva, con una intensidad mucho mayor de la que nunca antes había sentido; era lo que más anhelaba en ese momento. Sus ojos estaban mojados por las lágrimas y sus manos acariciaban el cuerpo aún caliente de Trufux. ‘Quiera poder devolverte la vida’, pensó. Pasaron unos segundos antes de que se diera cuenta de que la perrita había comenzado a moverse levemente entre sus brazos, antes de notar de nuevo su respiración. La princesa había devuelto a la vida a Trufux. Las magas blancas contuvieron el aliento: ahora todo dependía de lo rápido que actuasen Rodrioux y la pareja de hermanos que le acompañaba.

En lo más alto del cielo, Edwing, que ni un solo día en todos esos años había cejado en su búsqueda de la princesa, rugió lleno de rabia y satisfacción. Su poder mágico había captado el momento en el que la princesa había devuelto a la vida a su perra y entendió que, al fin, la había localizado. Inmediatamente puso dirección al bosque en el que se encontraba, imprimiendo con sus alas que se batían con furia, una velocidad que nadie ni nada más en todo el Continente podía alcanzar. Pocos segundos después llegó donde ella estaba y se posó con todo el estruendo que su descomunal peso causó en el suelo, apenas a unas decenas de metros de donde permanecía sentada, con la perrita en sus brazos. Al hacerlo, sus alas derribaron algunos árboles que ya que el espacio que estos dejaban en el claro frente a la princesa era insuficiente para albergar su cuerpo. Trufux comenzó a ladrar débilmente y sin apenas fuerza aún, ante la presencia de enorme dragón. La princesa alzó los ojos de su resucitado amigo y los posó en la devastadora figura que se erguía frente a ella y su visión hizo que se quedara aterrada, incapaz de moverse. Edwing se deleitó observando a su presa, la princesa que había estado buscando infatigablemente durante tantos años, noche y día, y se preparó para exhalar un aliento mágico que la llevaría a un sueño profundo, del que sólo él la podría despertar, una vez que la depositara ante su amo, el Caballero Pamoh.

Capítulo 7: De cómo conocemos el nombre de la princesa que no sabía que lo era y ella conoce su historia

El cuento de la princesa que no sabía que lo era (5)

Del nacimiento de la princesa que no sabía que lo era

Un cuento, un buen cuento como este de princesas y dragones, debería comenzar con la frase ‘érase una vez’. Y es que es así como las gentes sencillas del SuDtera’ iniciaban los relatos con las que todas las noches (salvo en el nevado invierno) amenizaban su tiempo. Antes de que Pamoh, el caballero de pelo rojo y ojos color hielo, se alzara con el trono y de que Edwing, el enorme dragón de poderes mágicos, atemorizara a todo el Reino con sus bramidos y su indiscriminada lengua de fuego, era tradición que en torno a una agradable hoguera las noches más frescas o sobre tierra recién mojada para hacerlas más llevaderas en las más calurosas, cada aldea se juntara para oír las historias que los mayores transmitían a los más jóvenes. Y todas ellas comenzaban de la misma manera, de la manera que conocéis y con la que acostumbran los cuentos: ‘érase una vez’.

Sin embargo, como sabréis, no todas las historias son realmente cuentos, sino que muchas de ellas tienen un retazo de realidad sin que nadie sepa discernir cual es esta de lo inventado o añadido en el boca oreja, o cómo o quien las ha iniciado. Uno de esos cuentos o relatos que se narraban en esas felices noches de antaño debió surgir por vez primera muy poco tiempo después de la llegada de Pamoh y no tuvo ocasión de contarse muchas veces, ya que enseguida los habitantes de pueblos y aldeas dejaron de salir de sus casas por las noches, sumidas en un miedo fáctico que les condicionaba. Esa historia se contaba así:

Érase una vez un reino feliz y bien gobernado por reyes justos y comprensivos. Sus habitantes se dedicaban a la agricultura, ganadería, la caza y el comercio entre ellos y los pueblos vecinos y aunque nadie era excesivamente rico, tampoco nadie era excesivamente pobre. Estos reyes habían sido bendecidos por un don que ellos desconocían inicialmente: el don de alumbrar a una princesa sabia, equitativa, honesta y honrada, a la par que bella y dulce y que llegaría a ser la Princesa de la Paz anunciada por la leyenda. Sin embargo, en la otra punta del Continente, un Caballero fiero y curtido en las peores batallas, tuvo conocimiento de que, en ese reino, nacería dicha princesa y sabedor de que si la hacía su esposa se convertiría en el señor más poderoso de todas las tierras conocidas, decidió partir hacia dicho reino. Cómo llegó a conocer ese secreto es un misterio que no ha sido desvelado, aunque es lícito suponer que tuvo acceso al mismo por alguno de los orcos que le custodiaban cen su encarcelamiento en el Castillo de los Mil Demonios y que resultó ser demasiado indiscreto. Ese temible Castillo está lo alto de un risco, allí en las tierras las septentrionales del Continente, rodeado de nidos de buitres negros y madrigueras de lobos y sólo los orcos se atreven a  acceder a él.

La historia del Caballero merece ser contada otra noche ya que no siempre tuvo el corazón de hiel, sino que en origen fue un caballero bueno pero ciertos acontecimientos en los que ahora no nos detendremos le hicieron cambiar radicalmente. Ese Caballero, de algún modo, logró domesticar el dragón en el que se había reencarnado el Adifht, el Gran Mago Negro, y con él escapó del Castillo de los Mil Demonios y partió al reino donde nacería la princesa. Llegó allí una mañana, tras un largo y no sencillo viaje de muchas leguas, decidido a hacerse con el trono. Cuando entró en la casona que hacía las veces de residencia de los reyes, se encontró con que la reina estaba encinta y ya muy avanzada. El niño o niña que naciera iba a ser el segundo hijo del matrimonio: habían tenido descendencia previamente, un muchacho recto de ojos alegres que despareció en el bosque precisamente la mañana que la reina corroboró su nuevo embarazo. Salvo la inmensa pena producida por la pérdida de su hijo, el embarazo había transcurrido bien, con sólo algunos mareos en los primeros meses, y ahora la reina daba largos paseos por las mañanas y las tardes y tenía aspecto sano. Sin embargo, las magas blancas en sus visiones habían tenido conocimiento de los planes del Caballero; sabían que su magia no era tan poderosa como para enfrentarse al dragón, pero no podían dejar que esos dos seres malvados se hicieran con la princesa (ellas sí sabían que nacería una niña) e idearon un plan. Con un conjuro lograron adelantar el parto de la reina y el mismo día que el Caballero y su dragón llegaron al reino, pese faltar aún una luna, empezó a sentir los dolores que anunciaban que su criatura llegaba al mundo.’

Al llegar a este punto, el narrador solía hacer una pausa dramática, asegurándose de que la vista de todos los presentes (no importaba las veces que ya anteriormente habían narrado el cuento) estaba fija en él y proseguía a continuación:

 ‘El Caballero se situó frente a la puerta de la habitación donde la reina pariría dispuesto a no dejar pasar a nadie, salvo a las ancianas matronas que la atenderían en el parto y el dragón extendió cuan largas eran sus alas en el patio, advirtiendo de esta forma que nadie era bienvenido. Sin embargo, cuando las matronas cerraron la puerta de la alcoba y descubrieron su rostro, la asustada reina pudo darse cuenta, entre los dolores naturales, de que no eran tales sino magas blancas: las arrugas desaparecieron de su rostro, los cariados dientes recuperaron su brillo blanco, los canos cabellos se tornaron rubios, la mirada se inundó de luz y la piel se sus brazos y manos se volvió tersa. Usando un viejo poder la hablaron mentalmente, sin necesidad de despegar los labios. Rápidamente le contaron quien sería la princesa que nacería de ella y la necesidad que había de ponerla a salvo. No sólo por ella, sino por todo el Continente. La reina asintió entre lágrimas. Los poderes de las magas aliviaron algo los dolores del parto, pero no quisieron eliminarlos del todo para que el Caballero nada sospechara al no oír gritos ni quejidos. Y, por fin, tras un parto ni largo ni corto, la pequeña princesa llegó al mundo. Y como la muy especial princesa que estaba destinada a ser, no lo hizo entra lágrimas sino con una dulce sonrisa. Las magas blancas dejaron que su madre la tuviera en su regazo un instante, los suficiente para conocerla y para despedirse de ella y después dio inicio la parte más delicada del plan. Una de ellas sacó de una cesta que llevaba, bajo unos trapos limpios, un gato negro muerto al que dejó en el suelo. Después las dos se pusieron su alrededor y se dieron las manos, cerraron los ojos y comenzaron a bisbisear un conjuro. Las llamas de las velas se agitaron y una corriente de aire helado atravesó la habitación. La reina cayó en un profundo sueño y el gato adoptó la forma de un bebé niña, muerto. Las magas blancas volvieron a cubrirse la cabeza con el capirote del vestido y mientras una de ellas arropaba el gato con aspecto de niña, como si fuera el bebé verdadero que había nacido, la otra pasó la mano sobre la verdadera princesa, que cayó dormida y la metió en el cesto. Volvieron a tomar aspecto de ancianas y salieron de la alcoba, fingiendo desconsuelo. ‘Señor’, dijeron al Caballero, ‘lo sentimos, pero el bebé nació muerto’ y se lo tendieron con una reverencia. ‘¿Cómo? ¡No es posible!’ gritó el Caballero cogiendo el inerte cuerpo frio y arrojándolo después al suelo con desprecio y furia. ‘¡Debería haber nacido una niña viva con la que yo me hubiese casado al crecer!’. En el patio, Edwing se removió inquieto: su fino instinto le decía que algún encantamiento se estaba produciendo, pero no lograba saber cuál. Las matronas se retiraron en silencio, andado hacia atrás mientras mantenían una reverencia y cuando alcanzaron la calle, tras atravesar el portalón de madera vieja de la entrada, la que llevaba a la niña en el cesto echó a correr decidida hacia al poniente; su compañera sacó de entre sus ropajes un frasquito que abrió y dejó caer el líquido sobre su capa: era un ungüento preparado con jazmín y otras hierbas destinado a atraer sobre ella la atención del dragón y comenzó a correr en dirección contraria. Edwing miró al interior de la habitación y sus enormes ojos vieron el falso bebé en el suelo y, de repente, entendió el embrujo. Resopló y expulsó un halo pútrido desde el fondo de su garganta que atravesó la ventana, rompiendo los cristales, y llegó al falso bebé, devolviéndole su figura de gato. El Caballero le miró con el rostro desencajado, entendiendo de repente que era lo que había pasado, y gritó ‘¡Búscalas y tráemelas aquí!’. Edwing irguió sus alas escamadas y alzó vuelo con tal rapidez que pocos segundos después sólo era un punto en la negra noche. Mientras ascendía, bramó con rabia y furia de tal modo que atronó por todo Nuvpu’ haciendo que la tierra temblara, los pájaros que volaban cayeran al suelo como si sus alas fueran de repente de plomo y los árboles perdieran sus hojas.

Abajo, las magas seguían su marcha, una con la esperanza de atraer el dragón y salvar así a la princesa, la otra con la determinación de llegar a Nuvpu’ donde la entregaría a un matrimonio especialmente elegido que sabía que la cuidaría adecuadamente, en un camino peligroso y que debía abordar escondiéndose de Edwing, que le llevaría varios días y varias noches.

Y es así como acaba este relato’.

Capítulo 7: De como Edwing encuentra a la princesa que no sabía que lo era y lo que sucedió a continuación

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El cuento de la princesa que no sabía que lo era (4)

Del sueño de la princesa que no sabía que lo era

Como todo el mundo sabe, en los cuentos de princesas y dragones es fácil que la realidad y la fantasía se confundan y, por lo tanto, no es sencillo determinar si el sueño que tuvo la princesa (y que conocerlo es pertinente para comprender este cuento) fue realmente un sueño o algo real que sucedió. Sin embargo, ella sí lo recordaría tiempo más tarde como un sueño y por tanto así os lo transmito ahora.

La princesa tuvo el sueño cuando aún era una niña de, tal vez, ocho o nueve años. La noche en la que ocurrió fue, como sucedía en el propio sueño, una noche fría de invierno; ella había pasado todo el día con fiebre y algo de debilidad, así que Rut le había dado un caldo caliente antes de mandarla a dormir pronto. Al poco de cerrar los ojos, la princesa vio como por el bosque nevado andaban tres figuras envueltas en gruesas capas marrones con capucha y, correteando entre ellas, un simpático perro pequeño, de pelo largo color canela. Aunque con determinación, andaban despacio, con cuidado de no tropezar con ninguna rama escondida entre la nieve o caer en alguna de las trampas que ponían los habitantes para cazar zorros ya que, pese a que esa noche había luna llena y portaban unos candiles, estos eran de luz tan tenue que no permitían distinguir bien el camino. Observando más detenidamente las figuras, la princesa en su sueño vio que la que abría camino podría tratarse de un adulto mientras que la otras dos no serían más que niños. Estos iban tomados de la mano y el que parecía mayor (o de más altura de las dos) vigilaba contantemente los pasos de la menor y tiraba levemente de ella para que no se detuviera. El que parecía adulto lanzaba cada poco miradas furtivas hacia atrás, asegurándose de que le siguieran y de vez en cuando les decía algo en voz queda pero que sonaba como palabras de aliento. La princesa no pudo distinguir sus caras ya que la ventisca de aguanieve que les azotaba esa noche hacía que se protegieran todo lo que podían con las capuchas. La figura menor tropezó y cayó al suelo y la mayor se acercó a ella, comprobó con cariño que se encontraba bien y la tomó en brazos, prosiguiendo así el camino.

La princesa descubrió quizá no con mucho asombro que el final les mismo les conducía hasta su propia casa, donde se detuvieron bajo la ventana, sin hacer ruido. Ella se levantó de la cama y les vio allí, aguardando, sin protestar ni quejarse pese al frío que hacía. La princesa tomó resuelta una capa de lana salió a buscarles a la calle. Ya no sentía fiebre. Al llegar ante ellos segundos después, todavía sin poder distinguir sus rostros, les hizo una seña para que la acompañasen hasta la cuadra donde el refugio del viento y el propio calor de los animales les haría sentirse mejor.

– ¿Por qué no habéis dicho nada al llegar? –les preguntó ella intrigada.

– Porque no queríamos despertar a tus padres – contestó el más alto y, aunque había pensado que se trataba de un adulto, la princesa se dio cuenta de que no era más que un adolescente.

– ¿Quiénes sois? ¿Cómo os llamáis? ¿Por qué habéis venido hasta aquí?

– Haz mejor las preguntas de una en una – contestó, de nuevo, el mayor y se bajó la capucha. Al hacerlo, los otros dos le imitaron y la princesa comprobó que, efectivamente, se trataba de un adolescente despeinado, de cara delgada, piel pegada a los huesos y barba incipiente. Ella aún no sabía distinguir que hombres eran guapos o cuales no, así que no pudo catalogar a su visitante, pero sí supo que le transmitía tranquilidad y seguridad y que le gustaba. Los otros dos eran, efectivamente, dos niños; un muchacho de alegres y grandes ojos, de unos siete u ocho años y una niña de mirada divertida y pelo negro, de apenas tres. El pequeño perro se había tumbado ajeno a todo sobre la paja y dormitaba en ella.

– ¡Sois niños! –exclamó la princesa son sorpresa.

– Ellos sí –contestó un poco irritado el mayor-. Yo soy Rodrioux y ellos son Gaelicux y Salmax. Y la perra es Moniux. Vamos, niños, saludad.

– Hola, princesa –dijo Gaelicux

– Hola, princesa – dijo Salmax

– ¿Por qué me llaman princesa? – preguntó ella extrañada.

– Porque lo eres, claro –contestó Rodrioux, como si fuera una obviedad- pero eso no importa ahora. Esa no es la pregunta adecuada.

– ¿Y cuál es la pregunta adecuada, entonces?

– La pregunta adecuada es para qué hemos venido a verte.

– ¿Y para qué habéis venido a verme?

– Para que nos conozcas. Para que sepas que, cuando llegue el momento en el que lo necesites, nosotros, Rodrioux, Gaelicux y Salmax vendremos a prestarte nuestra ayuda. Y Moniux, también, claro. Que no te confunda nuestra juventud. Estamos preparados para protegerte.

La princesa dudó un momento, observándoles. El muchacho estaba serio, como concentrado en una tarea importante que quisiera llevar a cabo sin errores, mientras que los dos menores jugaban detrás de él, escondiéndose tras la larga cola del caballo. Cada vez que este relinchaba, Salmax reía con inocencia.

A la princesa se ocurrieron tres preguntas, pero no sabía cuál de ellas era la más pertinente en ese momento y el adolescente ya la había regañado dos veces por equivocarse al hacerla, así que debía tener cuidado. Al final, se decidió:

– ¿Cuál será ese momento en el que vendréis a ayudarme?

– Lo sabrás cuando pase. Ahora, lo único importante es que sepas que así será. Y que hasta entonces, nosotros estaremos cerca, cuidándote sin que os veas, asegurándote de que toda tu vida transcurre sin percances, en paz y feliz.

– Ya soy feliz.

– Lo sé. Y queremos que siga siendo así. Nos tenemos que ir ahora, princesa, sólo hemos venido para que nos conocieras –dijo Rodrioux, dándose la vuelta y haciendo un gesto a los dos niños, para que le imitaran. Moniux se despertó de inmediato.

– ¿Y cómo sabréis vosotros que ha llegado el momento? –preguntó ella con ingenio.

– Porque es nuestra misión.

– Eso no suena muy convincente…

El muchacho resopló. Fingía enfado, pero lo cierto es que le gustaba esa niña.

– Esta bien –contestó metiendo la mano en un gastado zurrón que llevaba al costado, más sucio que limpio, del que sacó un pequeño objeto-. Toma esto. Es un pequeño flautín. Que no te confunda su aspecto rudo…

– Es la segunda vez que dices ‘que no te confunda’ – le interrumpió, traviesa.

Rodrious suspiró y siguió hablando:

– Es un flautín especial, confeccionado por las magas blancas. Si crees que ha llegado el momento y no estamos aquí, tócalo. Lo oiremos y vendremos. Y, ahora sí, debemos irnos; niños, vamos…

– ¡Espera! –gritó ella- no os podéis ir aún. Tengo muchas preguntas que haceros.

– No queda tiempo, princesa. Vas a despertar en breve y debemos irnos antes de que eso suceda.

– Al menos una, ¡por favor!

– Está bien. Una sólo. Pero rápido.

La princesa dudó. Sólo podía hacer una pregunta y le costaba elegir. Al final quizá la curiosidad típica de su corta edad decidió por ella:

– ¿Sois hermanos?

– Ellos dos sí –contestó Rodrioux-. Yo soy como su familia, pero no soy su hermano.

Cuando terminó de hablar, la princesa parpadeó un momento y al volver a abrir los ojos, Rodrious, Gaelicux, Salmax y Moniux ya se habían marchado. En realidad, pensó ella, debían haber desaparecido como en un encantamiento ya que no habían tenido tiempo de irse. ‘¡Qué raro!’, pensó, y volvió a cerrar los ojos.

– ¿Qué es raro, cariño? –le preguntó su madre, sentada en la cama con una taza humeante en la mano. La pequeña había hablado entre sueños.

– ¿Qué haces aquí, madre?

La mujer sonrió: ‘me desperté y vi que dabas muchas vueltas en la cama, así que te he preparado un poco de leche caliente con miel que seguro que te vendrá bien para la fiebre y te ayudará a dormir’. La princesa se tomó la leche sin protestar sintiendo como el calor le hacía bien. Rut puso su mano sobre la frente de la niña y murmuró para sí, con un poco de preocupación, ‘vuelves a tener mucha fiebre’. Después subió el embozo hasta tapar casi la nariz de su hija, se incorporó de la cama y sopló la vela que había dejado sobre la mesita, quedándose iluminados sólo por la luna que entraba por la ventana.

– Mamá, ¿soy una princesa? –preguntó la niña de repente.

La mujer se dio la vuelta y sonrió con infinita ternura. Luego se inclinó sobre ella y la besó en la frente ardiendo.

– Claro que sí, hija: eres nuestra princesa – y se retiró a tratar de descansar a su habitación.

La princesa suspiró y se dio la vuelta en la cama. Al hacerlo, metió la mano bajo la almohada y notó algo duro y alargado. No tuvo necesidad de sacarlo: sabía que se trataba del flautín de madera que le había regalado Rodrious.

 

Capítulo 5: Del nacimiento de la princesa que no sabía que lo era

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El cuento de la princesa que no sabía que lo era (3)

De la leyenda de la Princesa de la Paz

¿Y cómo, y por qué, os preguntaréis, llegó la pequeña princesa al pueblo de Nuvpu’, al abrigo de la noche, protegida por una joven maga blanca? ¿Por qué la pequeña princesa no sabía que lo era? Son estas unas preguntas muy convenientes, sin duda, pero deberéis aguardar aún un poco antes de saberlo.

Debo hablaros primero de la Leyenda de la Princesa de la Paz y que esta, y no otra, era la razón por la que el Caballero Pamoh decidió hacerse Rey de un reino aparentemente tan pobre como SuDtera’. Conocerla, creo yo, es algo pertinente antes de seguir con nuestra historia.

Al Caballero Pamoh no le interesaba en realidad el reino de SuDtera’ del que no mucho podía sacar. Desde que llegó y se adueñó de él, diecisiete años atrás había aumentado los impuestos (como es bien sabido, todo mal gobernante es lo primero que hace) y la recaudación le proporcionaba una vida placentera. Una vez un pequeño pueblo había tenido un conato de rebeldía, pero el Rey envió a Endwing quien con su aliento quemó gran parte de las casuchas (las fechas y palos que le lanzaron apenas si las notó protegido como estaba por las escamas pétreas de su piel) y la insurrección duró apenas unas horas.

En esos años el Rey fue acumulando riquezas, se hizo construir una suntuosa mansión llena de criados y lacayos, empleaba el tiempo ociosamente, cazando o en torneos de lanza o espada en los que siempre vencía; bebía y comía sin mesura. Sin embargo, no fueron esos los motivos por los que una mañana de invierno se llegó a aquellas tierras, dispuesto en su maldad a dominarlas.

La razón se encontraba en una leyenda antigua, más antigua quizá que la historia misma, una leyenda que latía en todo el Continente, transmitida de padres a hijos con sigilo y susurros, entre insinuaciones y sobreentendidos, con miedo y con esperanza. Porque la leyenda podía significar el comienzo de una época de eterna felicidad para todas aquellas tierras, pero también podría dar lugar a la esclavitud, a que cayera sobre todos ellos una noche de pobreza y desesperanza. La leyenda a la que nos referimos es, como ya habréis supuesto, la Leyenda de la Princesa de la Paz.

El origen de la leyenda, como ocurre con todas las leyendas, entonces y ahora, es un poco confuso y resulta difícil saber que parte tiene de verdad y que parte de fantasía. Unos decían que la Creadora de todas las magas blancas, cuyo nombre se había perdido, le reveló el secreto a su duende favorito, quien a su vez lo contó los gnomos, y estos a sus animales (es sabido que los gnomos podían hablar con los animales, pero esta cualidad se perdió cuando desapareció del Continente el último gnomo) y también a los solitarios habitantes de los bosques y de ahí la leyenda saltó a los humanos. Otros cuentan que fue Abhel quien la dio a conocer, tras bajar de la Montaña. Según esta fuente, a él se la había contado El Dios De Todas Las Cosas y la propagó en los innumerables viajes que hizo por todas las tierras conocidas hasta que le alcanzó la muerte. Y hay aun algunas teorías más, pero creo que carecen de crédito y por eso no os voy a molestar contándooslas. Sea como fuere, han pasado ya muchos años desde entonces y la leyenda se fue extendiendo poco a poco hasta que llegó a oídos interesados, como el de Pamoh.

Lo que decía la Leyenda de la Princesa de la Paz es que, de un Rey y Reina queridos por su pueblo, en la madrugada del día en el que el sol dejaba de salir por el oeste y salía por el este, nacería una princesa inteligente y bella, dotada con el don de la sabiduría y el gobierno recto. Esta princesa se casaría con un Caballero de cabellos rojizos y corazón puro y traerían juntos un gobierno justo para todo el Continente. De esta forma se acabarían las divisiones entre los diferentes pueblos, que se unirían en uno sólo y todos vivirían en paz para siempre.

Pero la leyenda se podía interpretar también de otra forma: si la princesa no elegía bien al Caballero que sería su esposo y este resultaba ser duro de corazón, el domino sobre todo el Continente podría ser de eterna esclavitud y opresión, de sufrimiento y dolor en provecho de ese ambicioso Caballero.

Por eso, todos los habitantes de aquellas tierras, en la noche en la que el sol cambiaba su órbita, sentían una opresión en su corazón, mezcla de esperanza y temor.

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El cuento de la princesa que no sabía que lo era (2)

De cómo el Caballero Pamoh se convirtió en el Rey Pamoh

Este cuento, como todos los cuentos de princesas y dragones, también tiene un Rey. Pero he de deciros que el Rey de SuDtera’ es malo. En realidad, no era su rey legítimo, este sí era un Rey bueno, sino un caballero que llegó a aquella tierra algunos pocos años atrás con su armadura de acero reluciente, una dura espada tan afilada que cortaba un paño de seda que cayera sobre ella y un caballo enorme, negro, de patas fuertes y crines gruesas y fieras. El caballero tenía largos cabellos color fuego y unos ojos color hielo y poseía la cualidad de mirar fijamente a quien tuviera delante sin pestañear durante un tiempo largo. Con el caballero (se hacía llamar Pamoh, pero nadie supo si era su nombre real o inventado), su imponente armadura y su caballo de mirada encendida, llegó también Edwing el temible dragón de poderes mágicos y tamaño descomunal. En SuDtera’, como en las otras tierras del Continente, ya vivían algunos dragones, pero era un pueblo pacífico, desarmado y por tanto dichos dragones eran de pequeño tamaño y domésticos: se usaban para ayudar en el campo y mantener a raya algunas especies depredadoras para las cosechas o los animales de granja. Algunos muchachos los utilizaban también como compañeros de juegos. Cuando llegó Edwing al reino todos los demás dragones huyeron despavoridos y en adelante solo él viviría allí. Con el tiempo, eran los habitantes de más edad los únicos que recordaban que existen también los dragones buenos y contaban leyendas sobre ellos a los niños. Esta es, supongo, la razón por la que erróneamente se consideran a los dragones seres mitológicos.

Pamoh llegó frente al Castillo de SuDtera’ una mañana de invierno, poco antes de que saliera el sol. La gente lo llamaba Castillo, y tal vez lo hubo sido muchas generaciones atrás, en la Época Oscura, pero ya no era más que una serie de casas de piedra y techos de madera, pegadas unas a otras. En él vivían los reyes legítimos, un matrimonio feliz y bonachón, que nunca habían usado las joyas heredadas de las que disponía el Tesoro y servía también como tribunal de justicia y mercado el día Medio de la semana. Lo cierto es que el Castillo de SuDtera’ tenía muy poco aspecto de Castillo, resultaba más bien como una casona grande, con algún muro un poco más recio. Pero aquel pueblo tranquilo y pacífico no necesitaba más.

Pamoh se detuvo sobre su caballo, a unos centenares de metros del Castillo, en el camino que llevaba hasta él desde las Montañas de Helo y esperó a que amaneciera. Edwing se colocó tras el caballero, las gruesas patas en el suelo, erguido y el cuello estirado. De vez en cuando soltaba un bufido -que sonaba como un estruendo- desde su temible garganta. Pamoh sabía que su sola presencia haría que los habitantes de SuDtera’ claudicaran asustados. Porque Pamoh era un caballero malo, pero también era un gran estratega, curtido en muchas batallas anteriores con otros caballeros de recia armadura, dragones, brujos, ogros, duendes y unicornios (sí, en aquel tiempo aún existían los unicornios, así como existían sirenas y gnomos; como llegaron a desaparecer es materia de otro cuento).

Los habitantes del Castillo y de las casas cercanas se despertaron con los bufidos del dragón. Abrieron con temor (eran gentes pacíficas y por tanto temerosas de cualquier ruido fuera de lo habitual) las contraventanas de madera y sólo pudieron entrever unas extrañas formas en la oscuridad de la noche. El tamaño de Edwing era tan enorme que no alcanzaron a pensar que se trataba de un dragón malo y el desconcierto les asustó aún más. ‘Cuando amanezca, sabremos lo que es’ se dijeron unos a otros, con voz entrecortada. Pero Pamoh quería ponérselo aún más difícil y cuando el sol empezaba a asomarse por el oeste (en SuDtera’, como en todas las tierras de bien, el sol sale por el oeste en invierno y por el este en verano), hizo un gesto con la mano a su dragón. Este, empleando su magia negra, los envolvió en una espesa niebla que solo a ellos alcanzaba por lo que los pobres habitantes se asustaron aún más al comprobar, ya con la claridad del día, como una espesa nube ocultaba aquellas inquietantes formas. Algunos, los más osados quizá, pensaron en acercarse y comprobar que era aquello que perturbaba su despertar habitual. Pero eran gentes más acostumbradas a arar el campo y criar gallinas que a enfrentarse con peligros indeterminados y finalmente se quedaron al abrigo de sus hogares.

Al fin, cuando el momento al que había estado esperando Pamoh llegó, le ordenó a su dragón que hiciera desaparecer la niebla y los habitantes del Castillo vieron la aterradora figura de Edwing que en ese mismo momento desplegó sus descomunales alas, estiró el cuello, bramó con toda su furia y lanzó una llamarada de fuego al aire que cruzó con rapidez el cielo hasta más allá de donde la vista alcanzaba. Justo después, el sol iluminó la metálica y reluciente armadura del Caballero que devolvió la luz como un espejo, cegando a todos cuantos miraban.

El Caballero malo supo que se había hecho con el Reino de SuDtera’ sin necesidad siquiera de desenvainar su espada y sonrió debajo de su yelmo

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El cuento de la princesa que no sabía que lo era

De cómo llegó la princesa que no sabía que lo era a Nuvpu’

Este cuento comienza con una princesa. Una joven princesa en los primeros años de la edad adulta. Una princesa guapa y rubia, de ojos verdes y maneras dulces. Una princesa buena y amable y querida en su pueblo, que ayudaba a sus vecinos y que vivía con su familia, un perro y un gato.

El único problema de la princesa es que no sabía que era una princesa.

A la princesa la llevaron al pueblo Nuvpu’ cuando era muy pequeña apenas un bebé de días. Una noche sin luna, una mujer mayor, casi una anciana, de tembloroso andar encorvado sustentado por una rama larga a modo de bordón y cabellos canos cubiertos por la capucha de su capa de basta tela marrón, dejó a la princesa en una humilde canastilla, tapada con unas pequeñas sábanas blancas, muy limpias, frente a la puerta de la que sería en adelante su familia. Tras depositarla con suavidad en el suelo levantó la vista al cielo oscuro y sus ojos expertos se aseguraron de que el dragón del Rey no la hubiese visto. De no ser así, la pequeña princesa no podría ser feliz. Aguardó unos segundos en silencio, confiando más en su instinto que en su vista (bien sabía que el dragón podía ver aún a mucha distancia y en la noche más cerrada) y cuando estuvo segura de que no había sido descubierta, golpeó con fuerza el aldabón de la puerta y despareció de improviso, como envuelta en una niebla que se dispersa.

El dragón (Edwing era su nombre) sintió que algo no iba bien. No supo precisar el qué, pero en su interior supo que algo había pasado. Con decisión, deshizo el ovillo en el que se convertía las pocas veces que descansaba, en la parte más alta de la montaña más alta del reino de SuDtera’ (últimamente pasaba los días y las noches buscando incesante a la princesa, tal y como le había ordenado su señor el Rey y apenas tenía un momento para dormitar), estiró completamente las alas, alcanzando una envergadura de más de cien metros y como si apenas pesara, como si fuera más un pájaro pequeño que un dragón de más de mil kilos, se elevó con facilidad, perdiéndose en la noche.

Desde allí arriba, a una altura a la que sólo podía llegar él, dirigió la vista a todos los lugares de SuDtera’. Sus enormes ojos amarillos, del tamaño de sandías, escrutaron cada camino, cada prado, cada bosque, cada valle, cara vereda y cada pueblo del reino. Pero cuando sus ojos llegaron a Nuvpu’, frente a la casa donde la anciana había dejado a la pequeña princesa un momento antes, la puerta ya se había abierto y Rut, quien sería desde entonces y en adelante su madre, la había metido dentro y llevado junto a los rescoldos de la lumbre baja que había calentado durante el día la casa y permitido cocinar. La fina inteligencia de Edwing le hizo detenerse por un instante en esa casa humilde, de techo cubierto de paja y por cuya chimenea escapaba un halo de humo; pero su vista no le permitía ver a través de os muros de adobe ni su oído era tan fino como para escuchar los llantos de la pequeña princesa. Porque en ese momento, Rut mecía con cariño al bebé, tratando de calmar su lloro, al tiempo que le pedía a su marido Allep que calentara un poco de leche para dársela. Mientras sus miradas formulaban preguntas en silencio (‘¿quién es?’, ‘¿quién y por qué nos la ha traído?’, ‘¿qué vamos a hacer con ella?’), el dragón seguía observando la casa, calibrando si su instinto tenía o no razón. Y en ese momento, obedeciendo una orden silenciosa de la anciana, en la otra punta de SuDtera’ un grupo de hombres quemaron un campo de lavanda, sabedores de que su olor es uno de los más apreciados por los dragones. Esto hizo que Edwing volara instintivamente hacia allí, olvidando vigilar la casa. Solo tardó unos minutos en llegar hasta el campo en llamas y cuando lo hizo, planeó un rato sobre él, deleitándose del aroma de lavanda quemada antes de agitar con fuerza las alas para apagarlo con el viento que levantó. Bajó después al suelo y se tumbó y rodó por el campo quemado, dejando que su basta piel se impregnara de ese olor.

Mientras, la anciana que había llevado a la princesa hasta Nuvpu’ salía con pasos decididos del pueblo, y según lo hacía iba dejando atrás su aspecto envejecido, las arrugas del rostro, el pelo cano, la piel flácida de los brazos, el andar encorvado, hasta convertirse en la joven maga que era. Aunque sus poderes eran muy limitados en comparación con los de dragón Edwing, había logrado completar la delicada tarea que le habían encargado de poner a salvo a la pequeña princesa. La esperanza de SuDtera’.

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El Abuelo

El teléfono nunca suena en la madrugada de en un día entre semana por algo bueno. Por más que las noticias malas nos aborden constantemente, en cualquier situación o lugar, en un momento de felicidad o de calma, por más que estemos acostumbrados a recibir disgustos de boca de un familiar en una comida de domingo, en la rápida llamada a casa en un descanso del trabajo, en un mensaje en nuestro móvil antes de cenar y todo eso nos prevenga –o debiera hacerlo- de que igualmente las noticias buenas pueden llegar en idénticas circunstancias y momentos, un móvil sonando a las tres y media de la mañana de un martes (miércoles ya más bien, aunque cuando uno despierta tan pronto le cuesta situarse en el día que llega y tiene más presente el que se fue) es presagio de que algo malo ha pasado. La noche asusta más que el día, provoca una sensación de inseguridad o indefensión que agiganta nuestro temor ante cualquier sombra, cualquier crujido de la casa o el teléfono sonando de improviso, amenazante. En los pocos segundos que pasan entre que la melodía (Sweet Child of Mine de Guns and Roses) nos despierta abruptamente, nuestro inconsciente separa ese sonido de la melodía (Beautiful Day de U2) del despertador, nos alzamos levemente en la cama, y tomamos al fin el móvil con mano temblorosa, insegura, ya hemos decidido que algo malo ha pasado, aunque aún no el qué y las posibilidades se abren en nuestra mente: accidentes de seres queridos, inundaciones en el piso de algún familiar, el niño que no ha vuelto a la residencia del colegio donde estudia en Londres tras ausentarse sin permiso de la misma tras la cena, una fuerte discusión en un matrimonio amigo y él o ella llaman para pedirte que les acojas en tu casa unos días. La pantalla, entre ojos legañosos, te muestra al fin el culpable del sobresalto (‘mamá’) y ese conocimiento limita las posibilidades de desgracia. Por un momento, uno quisiera no contestar, dejar de nuevo el móvil en la mesilla y volverse al sueño con la ignorancia de lo que ha ocurrido y, por tanto, sin el sofoco del disgusto, pero lo hace casi más para apagar la canción que suena a un volumen inverosímil en la tranquilidad de la noche (despertaría a los vecinos si lo contrario, no a nadie en la casa ya que hace mucho, seguramente demasiado, que duerme solo) y contesta con temeroso ‘¿sí?’. Y ese es el momento que permite que al fin la noticia llegue a nosotros y verifiquemos que, como suponíamos e incluso sabíamos, el teléfono nunca suena de madrugada, en un día entre semana, por algo bueno:

– Cariño, tu abuelo ha muerto.

La chica de las mandarinas

Nunca supe cómo se llamaba aquella chica o cuál era su historia. Nunca supe por qué pasaba cada tarde por el Paseo de Santa Lucia con cara melancólica (o quizá triste), andares lentos, siempre acompañada por una niña pequeña, su hija seguramente, de no más de tres o cuatro años. Colgada del brazo llevaba una bolsa de plástico, con algunas mandarinas que iba pelando con cuidado, dejando caer las mondas en la misma bolsa. Luego separaba despacio dos o tres gajos y, si eran para ella, se los llevaba a la boca y masticaba con calma, pero si eran para la niña, los volvía a separar hasta dejar sólo uno y dejaba que ella lo tomara con su manita; se lo llevaba después a la boca y lo mordisqueaba y chupaba primero, antes de tragarlo, como si se tratara de un dulce. En ocasiones, cuando su hija lo masticaba, aquella chica acariciaba su cara o le pasaba la mano por el pelo, revolviendo por un instante sus rizos, mientras la miraba con dulzura.

Cada tarde, desde el día que las descubrí por casualidad, se repetía esa escena. Al principio me contentaba con asomarme al balcón de la habitación y verlas, descorriendo ligeramente los visillos, pero con el tiempo, quise sentirme más cercano a ellas y salía al propio teracita y me apoya en la barandilla de metal mientras las observaba. Desde allí, arrebujado con una manta para protegerme del frío del invierno, veía como aparecían al final del paseo y lo recorrían entero, con su bolsa de mandarinas que comían lentamente y que yo casi podía oler desde el refugio de mi balcón. Me pregunté muchas veces si cuando pasaban delante de mi volvían ya de donde fuera o iban. Durante varios días procuré vigilar la calle un rato antes y también después, por si las veía al inicio o final del paseo, pero nunca aparecieron fuera de ese momento preciso que se repetía cada tarde.

Las dos eran muy guapas. La muchacha de mirada de aspecto melancólico o triste y la pequeña niña que sería su hija. Ambas de rostro agradable, más redondo que alargado, pelo entre castaño y rubio, ojos grandes. Desde la distancia, se parecían una a la otra. Delgadas, estatura normal. Iban siempre muy bien vestidas. La muchacha normalmente con vestido o falda y un chaquetón que sólo se anudaba los días de más frio. Se protegía el cuello con un pañuelo en el cuello que cambiaba cada día, siempre de colores alegres. Usualmente calzaba botas altas, con generoso tacón. La niña llevaba un abriguito rojo con algo de vuelo a partir de la cintura, abrochado siempre, zapatos negros y una bufanda con unos dibujos que desde mi balcón no pude llegar a distinguir.

En ocasiones charlaban entre ellas. La chica acuclillándose señalaba algo a su hija (un árbol del parque contiguo, un pájaro quizá) e intercambiaban unas frases. En ocasiones, tras alguna de estas rápidas conversaciones, la niña besaba a su madre en la mejilla. Luego seguían caminando, masticando despacio gajos de mandarinas.

Nunca supe su historia, porque cada tarde esa muchacha en Paseo de Santa Lucía con aspecto melancólico o triste, con una bolsa de mandarinas colgada del brazo y un amor infinito hacia su hija. Hubo varias veces que pensé en bajar a la calle y hacerme el encontradizo, apañármelas para iniciar una conversación que me permitiera saber más de ella. Sin embargo, nunca llegué a hacerlo no sé si por prudencia o por timidez. Sea como fuere, nunca supe la historia de aquella muchacha guapa, de ojos perdidos, que cada tarde aparecía frente a mi balcón comiendo mandarinas junto a su hija. Ella bocados más grandes, la niña de gajo en gajo.

Y un día, no aparecieron. Me extrañó y estuve mucho tiempo en la terraza, tiritando bajo la manta, por si hubieran cambiado su horario. Pero no fue así. Y tampoco aparecieron el día siguiente, ni el otro. Ya no volví a verlas. Al principio me preocupé, pero luego pensé que tal vez (¡ojalá!) lo que quisiera que les obligaba a pasear con aspecto melancólico o triste había desaparecido y ya no tenían necesidad de ello.

Deseé que fuera sí y me alegré por ellas.

Aun así, no he dejado de pensar en esa guapa muchacha y su hija y cada tarde, a la hora precisa en la que aparecían, me descubro mirando furtivamente por entre los visillos de mi habitación. Supongo que estaba un poco enamorado de esa ella.

Porque si me hubiese quedado y tú no me hubieses besado, lo habría hecho yo

-Entonces, yo sí soy culpable, según tu razonamiento

-Sí, en cierto modo, es así

-Eso no es justo – me contestó. Enfadada

-Efectivamente, no es justo. Pero no lo es para mí. Tu vienes aquí, haces la cena mientras me ves babear detrás de ti, cenamos, tomamos vino y quizá unas copas, follamos, nos quedamos dormidos, te despiertas al amanecer, te duchas y sales de la casa en silencio y vas donde quiera que sea, pero me dejas aquí, sin poder pedirte que me des no sólo el sábado por la noche sino el domingo entero, que hagamos lo que cualquier otra pareja. Que nos despertemos juntos y salgamos a desayunar a una terraza mientras leemos el periódico y unos chicos juegan al futbol en un parque cercano. Que holgazaneemos, paseemos sin rumbo, hasta la hora del aperitivo. Que dejemos pasar la tarde haciendo siesta mientras oímos de fondo una película boba. Que seamos una pareja. Y no te lo puedo pedir porque ese domingo ya lo tienes comprometido con otro. Efectivamente, tienes razón: no es justo para mí.

Apagó con brusquedad el cigarrillo en el plato con las sobras de la mesa (tenía el cenicero al lado) y se tomó unos segundos antes de replicarme.

-Tú ya sabías lo que había. Ya sabías que Simón existía, que estaba, que está en mi vida, que es mi novio. Y aun así entraste, comenzaste esto conmigo, sin remordimientos. Te invité a hacerlo, cierto, pero no te obligué. El primer día que te vi me pareciste mono, pero en modo alguno peligroso. Me divirtió que, tras aquel primer programa tan rocambolesco, me invitaras a tomar una copa. Pero en esa noche, algo pasó. Cuando ya se acababa, cuando tomábamos un café, me di cuenta de que me gustaba estar contigo. Y que me gustaba que trataras de ligar, de seducirme. Bien vestido, seguro de ti, guapo, delgado, inteligente, con respuesta rápidas…. Me asusté al darme cuenta de que me hubiese gustado demasiado que me besaras. Por eso me fui. Porque si me hubiese quedado y tú no me hubieses besado, lo habría hecho yo. Pasé unos días sabiendo que me llamarías, deseando y temiendo que lo hicieras. Y lo hiciste, claro. Y te invité a ir a mi casa, sabiendo lo que iba a pasar, lo que eso significaba, Sebastian. Era perfectamente consciente de que tenía, de que tengo novio, de que la idea de casarnos ronda por ahí y de que tú ibas a ir a mi casa, para acostarnos juntos, y que esa no sería la única vez. Por eso me cambié la ropa que llevaba puesta y me puse un vestido que sé que me sienta bien y que te gustaría. Y por si me quedaban dudas, te besé nada más abrir la puerta. Todo eso fue una serie de actos conscientes. Desde luego, me tiraba la entrepierna, pero las decisiones fueron muy meditadas y lógicas. No puedo decir que estaba borracha o que no sabía lo que hacía. Más aún cuando después de primer día hubo un segundo, y tercero… hasta completar casi un año. Desde el principio, he sabido lo que hay. Y sí, tú también lo has sabido. Sabías que Simón existía la noche que me propusiste tomar una copa y te importó poco. Sabías que existía cuando me llamaste, cuando fuiste a mi casa, cuando te besé y tú lanzaste las manos debajo del vestido. Y en ninguno de esos momentos te importó. Hablabas de una Cristina culpable… De haber culpables (cosa que no tengo clara) los dos lo somos, ya que desde el minuto uno éramos conscientes de donde nos metíamos, Tú y yo. Yo he sabido que iba a estar contigo sin poder tenerte y que un día tendría que dejarte marchar. He sabido que tengo un precio que pagar por esta historia, como lo tienes tú. He sabido que me volvería loca echándote de menos cuando estoy con Simón y echándole a él de menos cuando estoy contigo. He sabido que habría veces en los que estaría a punto de llamarte a ti por su nombre y a él por el tuyo. Que me gustaría estar visitando un museo contigo y no con él y comiendo una hamburguesa con él y no contigo. He sabido que no sería fácil, exactamente igual a como tú lo has sabido siempre, desde el principio. Recuerdo veces en los que he abierto los ojos mientras me follabas y me le he encontrado a él y he tenido que disimular para que no se diera cuenta. Y también me ha pasado al revés: pensé que era él a tenia dentro de mi y me encontré contigo. Y a ti te ha pasado igual. Antes has hablado de un tercero… No, no hay ningún tercero, pero si te reconozco que en un par de veces me he liado con alguien, sólo porque no aguantaba más esta situación y tenía que alejarme de ti y de Simón. Sé que me entiendes porque tú también has quedado con otras chicas, solo que en tu caso no han sido dos o tres veces sino bastantes más. No, Sebastian, no intentes negarlo: ha sido así. Hasta te puedo dar el nombre de alguna de la redacción, y no porque ella (o alguien) me lo haya contado, sino porque te conozco. Y no negaré que he sentido celos, muchos celos, y rabia al darme cuenta de que eso estaba pasando, al imaginarte haciéndoles a ellas las cosas que me haces a mí, al saber que durante  un momento ellas ocupan toda tu cabeza y yo no estoy en ella. Y sé lo de injusto de mis pensamientos, de mis sentimientos. Pero no puedo hacer nada contra ello, solo cerrar los ojos y asumirlo. Y olvidarlo; aunque nunca logre hacer ninguna de las dos cosas y ese recuerdo que no he vivido y sólo es imaginación de tu cuerpo desnudo gozando del cuerpo desnudo de esas chicas me persigue y me hace llorar a escondidas. Supongo que, en cierto modo, es lógico. Hemos creado un pequeño mundo sólo para nosotros, aislados, como una burbuja, pero de vez en cuando necesitamos abrirlo al exterior, ventilarlo, para aliviar el olor de cerrado, a asfixia que tendría de no hacerlo así. Intuitiva o conscientemente, hemos tomado nuestras decisiones para poder vivir y ser felices sabiendo que estamos en un alambre que cimbrea a muchos metros sobre el suelo y que en realidad el miedo a caernos impedirá que lleguemos a ser de verdad felices. Ha habido situaciones, momentos, palabras que hemos preferido ignorar para que no nos perturben. Y lo hacemos tan bien que ya no sé si es así, si es que las ignoramos o es que directamente ni siquiera somos ya conscientes de ellas. Tú hoy has estado conmigo y has disfrutado de mí y no te ha importado lo demás. Me follado esta noche y después me has visto cocinar, aquí en tu casa, y hemos cenado y bebido vino juntos, y en tu cabeza está la idea de que volveremos a follar luego y no te ha importado lo que pasó antes, si media hora antes de estar contigo he follado también con él, estaba besándole a él y me estaba corriendo con él. O tal vez sí te ha importado y has sentido una punzada de celos cuando me has besado y has notado su sabor, su olor en mi boca, pero lo has aceptado primero para olvidarlo a continuación. Y no te digo que te haya sido fácil pero sí que desde el principio has sabido que esto sería así. Habrás llorado muchas veces, creo, de rabia e impotencia, en esos momentos que te decía en los que no queda más remedio que abrir nuestra burbuja para airearla; sé que has llorado porque yo lo he hecho, ya te lo he dicho y, aun así, has seguido esta relación, como yo, concluyendo que merecía la pena. O que no tenías otra opción. Tal vez deberíamos haber sido más listos y saber cortarlo a tiempo, antes de que se hiciera doloroso, pero no demasiado pronto ni demasiado tarde; en ese momento justo en el que puedes romper sin dejar de ser amigos, pero en el que ya no tendrás la sensación de que han quedado cosas pendientes. Pero ser listo, o competente en las relaciones furtivas, Sebastian, es algo que no se elige y nosotros carecemos de esa habilidad. O no la hemos tenido en esta ocasión.  Existe gente que sí es capaz de hacerlo de salirse de una relación antes de hacer y hacerse daño. Les envidio. Yo no sé. Y he seguido contigo pese a ser consciente de que llegaría un momento doloroso como este. Y temiéndolo he quedado contigo una vez y otra, primero se sucedían los días, después las semanas y por último los meses. Hasta aquí. Hasta ahora. Yo he salido de su cama y me he venido a cenar contigo esta noche, en tu casa, y disfrutar de todo el despliegue que has preparado para mí: la música, las velas, la mesa decorada en la terraza, el vino. Y para eso he tenido que mentirle, y no me ha importado, o sí, pero aun así lo he hecho porque he pensado que me convenía y le he dicho que me iba de viaje cuando en realidad venía a tu lado.

Blanca se calló de repente. Acababa de romper un tabú y ambos nos dimos cuenta de ello. Nunca antes me había contado (ni yo le había preguntado) las excusas que utilizaba para venir conmigo, por cómo se las apañaba para sacar tantos momentos libres para mí (es cierto que normalmente no en fin de semana aunque sí muchos en diario: nuestras citas no eran infrecuentes aunque me hubiese quejado unos minutos antes), por como evitaba que le sonara el móvil en las largas horas que pasábamos juntos (o como sonaba y era él llamando o con un whatsapp que ella –que lo tenía en silencio- no contestaba y eso no le causaba problemas en su relación; de ser el revés, yo hubiese querido saber porque no atendía mis llamadas, mis mensajes, no se lo hubiese puesto tan fácil). Cualquier referencia a como su mundo con Simón encajaba en su mundo conmigo era, como Blanca había dicho, sistemáticamente escamoteada, ignorada

Se oyó a lo lejos la sirena de un camión de bomberos o una ambulancia. “A alguien se le incendia la casa o le está dado un infarto,” pensé, “todos tenemos nuestros problemas. A mí no se me está quemando la casa ni estoy infartando, pero no por eso me siento mejor”.

-No sé dónde quieres llegar o porque sacas este tema ahora. No, en realidad me he explicado mal. Sé dónde quieres llegar y sacas el tema ahora porque llevamos ya casi un año e imagino que tus nervios, están a punto de explotar. Y yo lo entiendo. Yo me he sentido casi así alguna vez, pero supongo que soy menos visceral que tú, más racional y he logrado calmarme. Lo que no entiendo es porqué lo sacas de esta manera, acusándome. Creo que es más fácil quedar a tomar un café y comentarlo, los dos somos personas bastante lógicas. De esta manera lo único que podemos lograr es hacernos daño

La miré a los ojos. Sus gestos, sus ojos blandos de nuevo, su posición en la silla (se había vuelto a relajar) me invitaban a acercarme a ella, a sentarme a su lado. Pero no podía moverme: algo me mantenía pegado a la barandilla de la terraza. Fue Blanca quien se levantó y vino hasta mí. Se puso a mi lado, aunque no tan próxima como para que mi cuerpo la tocara, mirando hacia la calle (al revés que yo, que miraba hacia el interior de la casa). Seguía oliendo a hierba fresca. Y a su piel.

Recordé el momento cuando llegó a mi casa, a media tarde, lo felices que nos sentíamos los dos. Llevábamos varios días sin tener un momento a solas para nosotros y nada más cerrar la puerta empezamos a comernos la boca, a desnudarnos, a acariciarnos, arranqué más que quité su sujetador, tomé sus pequeños pechos en mis manos y los acaricié, lamí sus pezones apoyada contra la puerta de la entrada, y luego le di la vuelta y la penetré con fuerza así, reguardados solo por unos pocos centímetros de cualquier persona que saliera al descansillo de mi piso; Blanca se llevó la mano a la boca y la mordió (sus no rizos tapando parcialmente su cara) para ahogar de este modo sus gemidos aunque no pudo evitar los golpes de la madera contra el marco, el vestido arremangado por la cintura. Seguimos después besándonos, mordiéndonos, mis dedos explorándola, su lengua y sus labios en mi sexo, por casi toda la casa hasta llegar a la habitación, donde terminamos exhaustos. Nos duchamos después y me cogió del armario una camisa vieja que solía usar cuando cocinaba (“me gusta cómo hueles”, me había dicho una vez. “Es el perfume, no recuerdo cuál me puse esta mañana”, le contesté. “No, no. Quiero decir que me gusta cómo hueles tú. No el perfume que usas, sino tu olor. El de tu piel. Me vuelve loca. Hasta tu ropa huele a ti, por eso me gusta ponérmela”). A pesar de los meses transcurridos desde que nos conocíamos (que es lo mismo que decir los meses que hacía desde que estábamos juntos), la pasión no había cedido y seguíamos necesitando sentir el roce de nuestra piel caliente, de nuestra saliva, oír nuestra respiración entrecortada, disfrutar de nuestra lengua, de nuestras uñas, de nuestro sudor.

Abrimos un par de cervezas y nos las tomamos mientras preparaba la cena: yo la miraba sentado junto a la mesa la cocina y no podía dejar de pensar que bajo esa camisa azul que apenas la tapaba estaba desnuda; Blanca era consciente del deseo que me producía y me sonreía, me besaba rápido mientras preparaba la cena.