Volvería varias veces a aquel local en el tiempo que estuve con Blanca: en ocasiones, antes del programa, quedábamos allí. Como me dijo la primera vez que propuso ese sitio, no solía pasar por ese bar nadie de la emisora, por lo que nos resultaba bastante cómodo y podíamos tomarnos una copa, o un café, tranquilos, charlar, cogernos las manos o besarnos. Lo hicimos hasta el día en el que me encontré allí con Pedro Salets y Juan Benet. Fue una tarde invierno, en la que hacía un frío horroroso y llovía con furia; Blanca me había citado con un whatsapp, como solía hacer (‘¿nos vemos en nuestro local?, tengo unas ganas locas de comerte la boca’) y entré sin mirar quien podía estar dentro: llegaba pronto y suponía que ella no habría acudido aún. Y a fuerza de repetir lugar y no encontrarnos nunca con nadie conocido, perdí la costumbre de ser cuidadoso y fisgar previamente si alguien del trabajo había ido a tomar algo. Me dirigí a una mesa al fondo, donde solíamos sentarnos, me quité el abrigo empapado y lo dejé sobre una de las butacas y me pasé la mano por el pelo, para colocármelo un poco. Luego me la sequé con unas servilletas de papel y con otra recogí algunas de las gotas de lluvia que me caían por las mejillas y la nariz. Pedí al camarero un Bloody Mary (sonaba Beautiful Day de U2) y me dispuse a esperar tatareando la canción, pese a que no hacía nada de justicia a esa tarde de perros. En ese momento noté que alguien se dirigía a mí desde la mesa de al lado.
– Pero bueno, qué
sorpresa tan agradable, si tenemos aquí a nuestro ilustre escritor. ¿Por qué no
te sientas con nosotros? –Juan Benet me hablaba con esa cara altiva que siempre
le ponía a todo el mundo, en la mano tenía el móvil abierto, en la pantalla del
Whatsapp abierta. A su lado, Pedro Salets me sonreía y movía inquieto las manos.
Ya no podía escabullirme,
así que lo mejor que podía hacer era pasar a su mesa, apurar la copa y
marcharme antes de que llegase Blanca. Ya desde fuera la avisaría de que
teníamos que quedar en algún otro sitio. Ambos ocupaban el pequeño sofá frente
a la mesa por lo que me senté en uno de los pufs que quedaban libres. El
camarero me trajo la copa con los habituales frutos secos y se marchó en
silencio.
– ¿Bebes Bloody Mary? ¿No
es un poco pronto para tomar algo tan fuerte, Sebastian? –me preguntó Juan. Me
fijé en sus bebidas: ambos bebían cerveza, probablemente sin alcohol. Nunca me
he fiado de la gente que toma cerveza sin alcohol o café sin cafeína:
normalmente es la misma gente que vive la vida sin vivirla. Por toda respuesta
di un sorbo a mi copa.
– Qué sorpresa tan
agradable encontrarte aquí – repitió Juan -. Lástima que yo tenga casi que irme
ya: debo pasar antes de ir a la Emisora a hacer unos recados. Ya sabéis unas
compras –lo cierto es que no, no sabía, pero tampoco me importaba-, os dejaré
en breve.
Y así fue.
Juan Benet era
historiador, catedrático en la Complutense, autor de varios libros de sobre el
siglo XX en España. Blanca me había dicho que él y yo estábamos allí para dar
un barniz intelectual al programa. El problema es que él se lo creía y si
alguien se cree un intelectual, lo que realmente resulta ser es un imbécil,
como tuve ocasión de decirle (aunque de forma parcialmente indirecta y
ligeramente educada) una vez en antena, algún tiempo después de ese encuentro.
Sólo lo saludaba cuando nos dábamos de bruces y la cortesía más elemental me
obligaba a hacerlo. Lo mejor que puedo decir de Benet es que tenía evidente
buen gusto para vestir y combinar prendas y una colección infinita de preciosas
corbatas. Alguna vez estuve tentado de preguntarle donde las compraba. Sería en
alguna pequeña y pretenciosa boutique del barrio de Salamanca. Por su parte, Pedro
Salets era (al menos me lo pareció equivocadamente hasta esa noche) un tipo
anodino, intrascendente, de físico común y comentarios vacuos. Apenas opinaba
de política, sociedad o cualquier otra cosa distinta de sus platos de comida,
de los restaurantes a los que criticaba mostrando cariño hasta cuando el
resultado no había sido aceptable.
Juan contestó a un
Whatsapp, cogió su chaqueta, se despidió rápidamente de nosotros y se marchó.
“Ahí donde le ves, tiene bastante éxito con las mujeres, especialmente con las
más jóvenes. Ha tenido varios líos con antiguas alumnas. Siempre se las apaña
para no estar ya dándoles clase cuando se enrollan, así que la Universidad no
puede meterse, pero que quieres que te diga, me parece un viejo verde”, me dijo
Blanca esa misma noche, cuando le comenté nuestro encuentro y su rápida fuga. ‘Habría
quedado con alguna de ellas. ¿Te lo imaginas? Los dos tumbados en la cama
después de follar, él con piel arrugada y centrina, incapaz de contener su
verborrea sobre la sociedad de la España de la Transición y ella de piel tersa
y tetas bien duras mirándole embelesada’, dijo sonriendo. ‘Bueno’, contesté, ‘creo más bien que él se
liará a hablar sin medida, pese a notar que ella pasa de lo que le está
diciendo y lo único que quiere es que vuelvan a follar, porque sabe que no va a
poder otra vez, no tan pronto, y así disimula’. ‘Malo’, concluyó Blanca
– Se ha ido sin pagar
– ¿Cómo? – pregunté
– Juan. Se ha ido sin
pagar. Siempre lo hace. Le suena el móvil, habla con alguna chica y se marcha,
casi sin despedirse, sin importarle de lo que estabas hablando y sin pagar.
– Si es así, ¿por qué
sigues quedando con él?
Me miró con ojos vacíos.
Por un momento pensé que iba a ponerse a llorar.
– Perdona. No es asunto
mío. Es solo que me llama la atención, nada más.
– Supongo que tienes
razón. No debería quedar con él. No es buena persona.
Bebí un trago largo de mi
Bloody Mary. Quería acabar pronto e irme. Por poder ver a Blanca fuera de allí,
pero también porque empezaba a sospechar que no me iba a gustar la conversación
con Pedro.
– Tu sin embargo sí
pareces buena persona. Creo que esa imagen de chulo, perdona que te lo diga
así, que tienes es sólo una pose.
No le dije nada.
Cualquier respuesta que le hubiese dado habría sido inapropiada.
– Espero que no te haya molestado
que te haya llamado chulo. Es sólo que no se me ocurría otra palabra, pero no
creo que lo seas. Es solo, no sé, como una pose, como algo que quieras que sea
sin que sea así realmente. Discúlpame si te he ofendido. Discúlpame, en
cualquier caso. No debería haberlo dicho.
– Tranquilo, no pasa
nada.
– Es que soy así. A veces
no sé expresarme bien. Solo quería decir que creo que eres un buen tipo y que
incluso podríamos ser amigos – dijo esto último mirando a la mesa, sin dirigir
sus ojos hacia mí, como si le diera vergüenza. Su cerveza seguía casi intacta,
pero yo apuré mi copa de un trago. Sin embargo, Pedro fue más rápido que yo y
de un gesto, le pidió otra al camarero.
– Yo ya sé que parezco un
poco menos interesante que Juan, con sus aires de ser el más listo de la clase,
o la exótica Yum o que tú, pero también tengo mis cosas.
– Claro que sí. Seguro
que es así, Pedro.
– Pedro se pasa la vida
entre gente interesante, va y viene a Congresos, escribe libros, sus opiniones
se tienen en cuenta. Parece que nada puede con él. Pero yo también soy capaz de
sorprenderte, Sebastian.
Se bebió la cerveza de golpe
y me miró a los ojos, por primera vez. Los tenía vidriosos, pero no parecía que
fuera a llorar. Entonces reparé en sus manos inquietas, en el color sonrosado
de su cara, en la entraña dicción de sus frases y me di cuenta de que no estaba
tomando cerveza sin alcohol. Pedro estaba borracho.
Iba a levantarme e irme,
con cualquier excusa, cuando el camarero me dejó un nuevo Bloody Mary con otro
cuenco de frutos secos delante de mí. Al inclinarse para dejar ambas cosas
sobre la mesita, me vino un ligero olor a sudor, mezclado con alguna colonia
potente, de esas que se venden en los supermercados en botellas de un litro. Le
miré. Iba mal afeitado y parecía cansado.
Pedro también debía haber
pedido otra cerveza, ya que le dejaron una copa con una perfecta corona de
espuma frente a él.
– Sabes que estoy casado,
¿verdad? – me espetó.
– No, la verdad es que no.
– Sí, estoy casado, desde
hace diez años. Tenemos dos niños, de seis y cuatro años. Son muy buenos –
calló y pensé que iba a sacarme del móvil la foto de la familia feliz, pero no
fue así.
– Es bueno tener familia…
– Si eso creo. Yo quiero
mucho a mi mujer. Y a los niños. Cuando llego a casa y los veo y me da tiempo
de ducharles… ese es el mejor momento del día, sin duda.
Nos miramos en silencio.
No tenía ni idea de a dónde nos iba a llevar esa conversación, pero empezaba a
estar intrigado.
– Mi mujer es mucho más joven que yo. Tiene
treinta y dos años. Se llama Marcela y es argentina. Vino a hacer un curso de
cocina en España, quería montar su propio restaurante, pero al final la idea
quedó en nada, yo era uno de sus profesores, nos conocimos, salimos, nos
enamoramos y nos casamos. Unos años después vinieron los niños. Bruno el mayor
y Marco el segundo. Somos muy felices.
– Me alegro, Pedro. Suena
bien- pero no, no sonaba bien. Si me estaba contando aquello era porque existía
algo debajo de la aparente vida feliz de matrimonio ejemplar.
– Gracias. La verdad es
que sí. Marcela me quiere y me cuida bien. Y hacemos mucho el amor, ¿eh? No te
creas, que le sigo gustado.
– No tengo razón para
dudarlo.
– Ya bueno. Es que como
es menor que yo y es muy guapa, pues eso. Que alguien puede pensar que hace una
chica como ella con alguien como yo, que ya sé que pensáis todos que soy un
aburrido, pero ella me quiere. Y quiere que nos acostemos. Todas las semanas no
hacemos, ¿eh?
– ¿Por qué insistes tanto
en tu vida sexual? Me parece muy bien si os acostáis con frecuencia, pero
también me lo parecería si no fuera así. Vuestra vida sexual es cosa vuestra.
– Los sé. Es solo para
que sepas que me quiere. Y yo a ella. Mucho. Y que no tengo ninguna necesidad
fuera de mi matrimonio. Necesidad sexual, me refiero.
– ¿Y ella sí? – me mordí
la lengua nada más decirlo.
– No, no, claro que no.
Cómo preguntas algo así. Ella me es fiel.
Asentí.
Pedro vació media cerveza
de un trago y prosiguió su confesión, segundos después.
Hacía unos meses que su
hermana vino a España. La vida en Argentina estaba difícil, no encontraba
ningún buen trabajo, la economía era un desastre, así que decidió probar suerte
en España. Pedro, por supuesto no iba a dejarla que se fuera a cualquier sitio,
su casa era amplia y vaciaron una habitación que usaban como cuarto de estar
para acondicionarla para ella. Y se fue a vivir con ellos. Era la hermana
pequeña de Marcela, de veinticuatro años. Se llamaba Sheila y me enseño una
foto de ella. Era una chica morena, de pelo largo y ojos claros, guapísima. Y
dos cosas me extrañaron. La primera, que de su mujer no me había enseñado
ninguna foto y de la hermana de su mujer, sí. La segunda, que no era una foto
normal, sino una pose para romper Instagram: estaba hecha en una piscina, con
el agua desenfocada de una ducha corriendo al fondo, y Sheila en fingida
despreocupación cogiendo su larga morena y escurriéndola, sin mirar a la
cámara, en bikini negro y con la piel húmeda y brillante.
– ¿Qué te parece?
– Es guapa…
Sonrió.
– Es más que guapa. Está
bastante buena.
Miré de nuevo a la foto (Pedro
mantenía el móvil tendido ante mí, la pantalla desprotegida). La chica tenía la
piel tostada por el sol y un cuerpo pleno, sin un gramo de grasa innecesaria.
‘Pedro se ha enamorado de
su cuñada. Vaya, vaya’, pensé, Pero equivoqué o, al menos, no acerté
plenamente.
La pantalla se bloqueó y
se mostró en negro y aproveché para medio vaciar mi copa. Un poco más y podría
irme.
– ¿Qué piensas de ella?
– ¿Qué quieres que
piense? Ya sabes que es una preciosidad. Y que tiene un tipazo. Poco más te
puedo añadir.
– Es la clase de chica
que estaría contigo, pero no conmigo, ¿verdad?
– Pues… ¿Eso quien lo
sabe? En cualquier caso, hace mucho que no salgo con chicas tan jóvenes. Al
final los años se notan, supongo, y no sólo en lo físico, que es lo menos
importante. A tu cuñada debo sacarle casi veinte años. Sus intereses y los míos
son distintos. Seguramente ella querría seguir toda una noche de copas y bailes
y yo llega un momento que me quiero ir a dormir porque ya aprecio más un buen
desayuno tranquilo. Tampoco sé de qué podríamos hablar.
– Yo tengo veintiséis
años más que Sheila.
‘En tu caso será aún
peor, porque eres aburrido y tras la cena estarás deseando ir corriendo a casa
y ponerte un horroroso esquijama de rayas, remetida la sudadera por debajo de
los calzoncillos para que no se te enfríen los riñones al dormir’, pensé. Pero
con el tiempo he aprendido que hay cosas que, aunque se piensen, no se deben
decir.
– Hace un mes, cinco
semanas para ser exactos, un domingo por la tarde Marcela se bajó al parque con
los niños. Yo me fui a la concina a fregar las tazas sucias de leche de la
merienda y Sheila estaba en su habitación, oyendo música. Cuando secaba las
tazas y platos con un paño, ello entró en la cocina. Para estar en casa suele
llevar ropa cómoda pero esa tarde se había excedido. Se había puesto una
camiseta de tirantes, muy abierta en las axilas y un minúsculo pantalón
vaquero. No era esa la ropa que tenía al entrar en su habitación, después de la
comida. Se puso a mi lado y se estiró para coger un vaso del armario: quería
beber agua, me dijo. Al hacerlo puede ver perfectamente por la apertura del
costado su pecho redondo, tenía los pezones claros y duros. Me excité.
Terminó la cerveza e hizo
un gesto al camarero para pedir otra ronda. Yo le indiqué que la mía no la
pusiera.
– Seguramente debería
haberle dicho algo, llamarle la atención, pero no se me ocurrió nada. Fue ella
la que me habló: ‘ay, Pedro, que calladito y tímidos que sois. Y tan majo y
buena persona que pareces’. Luego añadió ‘mi hermana, ¿se porta bien contigo?
¿Tomas con ella?’ No contesté, claro. Sheila me cogió de los hombros y me giró
hasta ponerme frente a ella. ‘Yo ya sé lo que te falta’. Y se sacó la camiseta
por la cabeza, su pecho era, es, espectacular. Duro, erguido. Luego me aflojó
el cinturón y me bajó los pantalones y los calzoncillos y se arrodilló delante
de mí.
– Creo que me hago una
idea de lo que pasó a continuación, Pedro –mi cabeza oscilaba entre la
incredulidad de que algo así le ocurriera a alguien como a Pedro Salets y la
certeza de que no era el tipo de persona que contara historias inventadas.
– Estamos juntos desde
entonces. Cada vez que Marcela se va y vamos a estar solos en casa un rato,
ella me busca. Y va a más. Anoche me levanté a beber agua a la cocina, eras las
dos pasadas y ella se presentó allí, se quitó el camisón e hicimos el amor en
silencio. Yo no quería porque Marcela y los niños estaban en casa y nos podrían
descubrir, además al acostarnos había hecho el amor también con Marcela y aún
no me había duchado, yo me ducho siempre por las mañanas, pero no me puede
resistir. ¿Qué hago?
– ¿Me preguntas a mí que
haces?
– Sí, tú sabrás que debo
hacer. Eres de ese tipo de persona – pasé por alto preguntarle que entendía él
por ‘ese tipo de persona’-, yo no sé qué hacer. Quiero a Marcela, estoy
enamorado de ella, me gusta la vida con ella y los niños, pero no quiero
renunciar a Sheila. No puedo renunciar a Sheila. Pero no podemos seguir así, a
escondidas en casa. Es una locura.
Le miré en silencio. Me
caía bien, por alguna razón, Pedro me caía bien. Era un buen tipo. Por eso, en
vez de levantarme sin más o decirle que siguiera disfrutando del momento con
Sheila hasta que se hartara o les pillasen, decidí que tenía cinco minutos más
para aconsejarle de la mejor manera que pudiera.
– Mira, Pedro, yo no sé
grandes cosas, ni termino de entender del todo a las mujeres. Ni a los hombres,
ya que estamos. Ni por supuesto al amor. Ni sé lo que es tener una familia y
estar deseando llegar a casa para duchar a tus hijos. Ni estar tomando algo con
un compañero de trabajo y decirle que sigues queriendo a tu mujer. Sí sé algo
más sobre lo que significa acostarse con una como Sheila. Y sé que es algo muy
bueno. Así que entiendo que no quieras renunciar a ella. Pero debes saber que
no es normal. No te ofendas, o sí, eso es cosa tuya, pero Sheila no está
contigo ni por lo que eres como hombre ni por lo divertido que eres, ni por lo
bien que se lo puede pasar contigo. No te va a querer como compañero en la
vida. No sé qué es lo que le impulsa a follar contigo, a buscarte, pero sí sé
que es algo pasajero y, desde luego, insuficiente como para fundamentar una relación.
Debes cortar con Sheila cuanto antes, acabar lo que quiera que sea que tenéis,
y seguir con tu vida. Supongo que deberías contárselo a Marcela, pero no te lo
puedo aconsejar porque lo más probable es que te ponga las maletas en la puerta
y acabe de un plumazo con tu vida. Y no te confundas, que Sheila no se irá
contigo. A ella también la pondrá en la puerta, pero tomará otro camino. En
realidad, la has jodido y sólo tienes una posibilidad: acabar con Sheila y que ella,
por despecho o lo que sea, no se lo cuente a tu mujer. Si es así, todo te irá
bien. Durante un mes te has follado a la reina del baile y eso es algo que
podrás recordar, que no contar, toda tu vida. Pero cierra ese capítulo. Y hazlo
ya.
Pedro me miraba con ojos
vidriosos. Me dio pena. Había tenido suerte una vez en su vida y había
resultado que la buena suerte era, en realidad, mala suerte.
– Bueno, eso es lo que yo
creo que deberías hacer. Pero no me hagas mucho caso. A mí las mujeres no se me
dan bien.
– Pero debes ligar mucho…
– Una cosa es ligar y
otra mantener una relación –pensé en Blanca y en el absurdo que estábamos
creando. Bien pensado, el mismo consejo que le daba a Pedro debería aplicármelo
a mí. Pero no estaba dispuesto a hacerlo. En absoluto.
– Juan Benet me hubiese
dicho otra cosa.
– Eso es porque Juan no
tiene ninguna capacidad de empatía y no te hubiese aconsejado pensando en ti. Y
porque él no es buena persona.
– ¿Y tú sí?
– Yo sí. Además, yo pago
mis copas, no como él.
Aproveché para sacar la
cartera antes de que pudiera contestarte y dejé dos billetes de veinte euros
sobre la mesa. Sobraría, pero no estaba dispuesto a esperar el cambio y que
Pedro me siguiera hablando. Cogí mi chaqueta, me despedí de él con un gesto de
cabeza y alcancé la calle sin que me llamara.
Ya fuera, saqué el móvil.
Tenía un Whatsapp de Blanca: “te he visto con Pedro. ¿Qué hacías con él? Te
espero en No Name Café: cuando salgas coge a la derecha, sube la calle y
gira en la segunda. Date prisa, tengo que volver a la redacción a terminar de
preparar el programa’.