Huida (2)

Poco después de las ocho de la mañana, arrancó suavemente el X3 y salió del hotel hacia la Castellana, de ahí a la estación de Atocha, la A42, la M40 y llegó a la A5. Calculaba unas seis horas de viaje (algo menos, en realidad ya que no solía conducir despacio). Encendió el equipo de música que había sincronizado la tarde anterior, al recoger el coche con el bluetooth de su móvil y puso música de Eliane Eias. Una vez en la autovía, y ya con escaso tráfico, se fue relajando poco a poco. Trató de recordar la última vez que había hecho un viaje en coche solo. Hacia años ya. Los últimos habían sido con Erika. Casi todos sus viajes actuales eran por trabajo y los hacía en avión o AVE. Con la vista en la carretera, rememoró cuando en su infancia y su adolescencia iba en el coche de sus padres, con sus dos hermanas mayores que él: los fines de semana, para comer en casa de alguno de sus abuelos o los interminables viajes por vacaciones (tenían una casa en Cádiz y llegar allí les costaba por entonces casi el día entero). No existía Spotify ni tan siquiera los CDs y en el coche se escuchaba la radio convencional. Los domingos, a la vuelta de la comida, oían la retransmisión de los partidos de fútbol (entonces todos se jugaban a la misma hora: las cinco de la tarde), normalmente en Radio Intercontinental que era la que más le gustaba a su padre para eso. Lucas había interiorizado esas narraciones imposibles (la expresión «y el jugador pierde la verticalidad tras la falta del contrario» le fascinaba porque la sabía circunscrita a esa liturgia: no podía llegar de casa con los pantalones rotos y una herida en la rodilla y decirle a su madre «he perdido la verticalidad en el colegio jugando a policías y ladrones») y las aguardaba con deseo cuando la rutina de besos y abrazos y ponerse los abrigos, bufandas y guantes anunciaba el final de la visita a los abuelos y el regreso en casa en coche. No era por interés en lo que contaban sino por la forma tan desmedida, hiperbólica en la que lo hacían.  Lucas se sonrió: ni sabía cuánto tiempo hacía que no escuchaba un partido de futbol en la radio (no le interesaba ese deporte y, si acaso, veía con Erika algún partido importante de la selección por la televisión). Los viajes largos, por su parte, comenzaban con la radio en la SER o la COPE, escuchando los programas de noticias (solían emprender la marcha el viernes temprano, para evitar lo más posible los atascos y el calor) con Gabilondo, del Olmo. De nuevo a Lucas le fascinaba la forma de expresarse, la sonoridad de sus voces, de forma que casi le daba igual lo que contasen, a él le gustaba ese sexto pasajero en el coche que los entretenía, los acompañaba, los instruía, los ponía al día de lo que pasaba en su país o cualquier otra parte del mundo. Esos programas daban luego paso a las desconexiones regionales, con temática mucho menos interesante pero él apenas notaba el cambio ya que seguía más absorto en imaginar como serían las personas de las que salía esa voz, el lugar donde trabajaban (que imaginaba casi como una cápsula herméticamente cerrada al vacío para que ningún ruido del exterior pudiera alterar la esencia del programa) que en escuchar qué contaban. Luego llegaba un punto en el que la radio del coche ya no sintonizaba nada con claridad suficiente y sus padres ponían cintas en el radio casete. La colección era limitada (y se repetía en todos los viajes), pero dispar: una cinta de Isabel Pantoja que le gustaba a su madre, de Santana, otra de chistes de Arévalo… pero ahí Lucas ya perdía todo el interés y se unía a la letanía de sus hermanas preguntado cíclicamente si faltaba mucho y recordando que necesitaba parar porque se hacía pis.

Esa asociación a los viajes en coche con la radio dejó alguna impronta en su cerebro y cuando fue él quien conducía en solitario a la casa de verano (recién entrada en la veintena, se quedaba en Madrid con algún trabajo temporal que le ayudase a pagar sus gastos de universitario e iba a Cádiz dos o tres fines de semana) en el viaje no se ponía la música que ya había aprendido a apreciar sino los programas de la radio. Avanzado agosto ya no estaban los presentadores oficiales, sino los sustitutos (y a veces, los sustitutos de los sustitutos) y la ausencia de temas a tratar hacía que, en realidad, carecieran de todo interés pero Lucas escuchaba de igual modo entrevistas a secundarios o extraños personajes, programas dedicados a películas olvidadas, rutas turísticas por pueblos de Castilla o las diversas recetas de la tortilla de patata. Todo eso para él era indiferente. El arrancar el coche, salir a la carretera y oír la radio ya le transportaba a las vacaciones.

La Huída (1)

Huida

Al colgar, solo tenía una ligera idea en su cabeza de lo que se proponía a hacer, pero sospechaba que no tendría las cosas más claras hasta que no empezara a moverse. Necesitaba tiempo, desde luego. Tiempo para pensar, para descansar. Le gustaba mucho su trabajo (tanto, que realmente no lo veía como un trabajo sino como un pasatiempo por el que le pagaban extraordinariamente bien) y le gustaba ocuparse de Erika: prepararle el desayuno, la cena, estar atento a sus caprichos, idear planes para el fin de semana o una escapada romántica. Unas cosas y otras le llenaban demasiadas horas al día y apenas le quedaba un momento para concentrase en él, en los caprichos o las cosas que él necesitaba. Por ejemplo, tener un hijo. Habían hablado de la posibilidad: Erika le había dicho que quería un hijo y que él fuera el padre y Lucas había estado más o menos de acuerdo pero no había dado el paso de reflexionar seriamente sobre ello. Sobre lo que significaba y si realmente era algo que quería en este momento. O que querría, pero más adelante. Ese era, quizá, uno de los problemas que arrastraba Erika pero hasta ahora, a Lucas no se le había ocurrido que podía ser así. Necesitaba cortar con su rutina asfixiante y saber que disponía de días o semanas por delante para reflexionar con calma, para volver a tomar su posición en la relación. Y también necesitaba reflexionar sobre Ricardo y si su mera existencia ya abocaba al fracaso cualquier posibilidad de futuro. Tenía que averiguar si era celoso. Y rencoroso. O hasta qué punto lo era.

Y necesitaba distancia física con Erika. Estando en la misma ciudad no sabría cuanto tiempo resistiría la tentación de volver a sentarse en la puerta de su trabajo y observarla entrar o salir de él, solo o acompañada de Ricardo.

Desde la habitación del hotel alquiló un coche a medio plazo (no sabía cuánto tiempo lo necesitaría) que podría recoger en la estación de Chamartín en un par de horas. Eligió un BMW X3. Tenía un coche propio, un Alfa Romeo Stelvio que conducían los dos y que había dejado en el garaje de casa para que lo usara Erika. Al recogerlo se aseguró que pudiese sacarlo de España.

Su plan era muy sencillo, en realidad. Tanto, que no era casi ni un plan.  Recorrer la costa en coche, comenzando por Lisboa. Estaría en cada ciudad un tiempo indeterminado (uno, dos días, una semana…): una mañana se levantaría, se diría «pues aquí ya no pinto nada más», y cogería el coche hasta la siguiente parada. De Lisboa al Algarve y de ahí, siempre por la costa, a Huelva, Cádiz, Málaga… y seguiría así hasta que sintiera que estaba preparado para volver.

A Lucas de gustaba la soledad de los hoteles por lo que se está de paso, aquellos de los que no se espera más que funcionalidad y limpieza y poca relación con el personal u otros huéspedes. Ahora ya no viajaba apenas por trabajo, pero en sus inicios (cuando era un programador a sueldo en una importante consultora y no un freelance con sus propios proyectos) sí lo hacía con frecuencia; el resto de sus compañeros se quejaban de esas noches frías y solitarias pero Lucas las recibía con agrado: tomar la tarjeta de acceso a la habitación, subir hasta ella, abrir la puerta, encender las luces y encontrarse con un entorno limpio, habitualmente no muy grande, aséptico, deshumanizado, oliendo a nada; cerrar la puerta tras de sí y que esa cama de blancas sábanas y prietamente remetidas, esa mesa habitualmente pequeña e incómoda, esa juego de interruptores que encienden luces con secuencias ilógicas, fuera su hogar durante uno, dos días, le relajaba. Ponía la televisión sin volumen (cualquier programa: solo necesitaba ver movimiento en la pantalla), descorría las pesadas cortinas opacas para iluminar todo lo posible la estancia, ponía música en su móvil, el ordenador sobre la mesita, la novela que estaba leyendo sobe la mesilla y cerraba los ojos y respiraba hondo, despacio, una vez, otra, relajándose cada vez más, vaciando su cabeza de código, de problemas, de prisas, de la última conversación interrumpida con Erika. Luego, al cabo de un rato, poco a poco volvía a la normalidad: deshacía la pequeña maleta y colocaba la ropa con cuidado con el armario (si algo se había arrugado en exceso lo colgaba en el baño y dejaba la ducha abierta un buen rato con el agua caliente al máximo, para que el vapor redujese las arrugas), sus artículos de aseo alineados junto al lavabo, mandaba un mensaje a Erika avisándola de que ya estaba en el hotel y se sentaba a trabajar un rato más o pedía directamente algo de cenar, dependiendo de que hora fuera.

Eso, que en cierto modo había revivido en el hotel de Madrid en la última semana, era lo que proponía hacer ahora pero durante un tiempo indeterminado.

Huida (2)

Lucas, un banco y un señor mayor

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A la una, después de haberse duchado de nuevo y vestido con unos vaqueros, un jersey azul de cuello vuelto y un abrigo gris, volvía a salir a la calle. Cogió el metro en Menendez Pelayo y fue hasta Bilbao. En la misma estación compró un bocadillo de jamón con queso y una lata de Coca Cola light y se sentó en un banco a comerlo. Desde él veía la puerta de la auditora donde trabajaba Erika. Ella solía salir a comer pronto, así que supuso que no tendría que esperar demasiado. Masticaba despacio, sin prisa, mientras notaba el viento sobre su cara y revisaba Twitter en su móvil. Tenía una cuenta desde la que seguía a más de mil personas, entre políticos, economistas, periodistas, ingenieros, matemáticos o expertos en inteligencia artificial. Sin embargo, a él no le seguía nadie: jamás había escrito un solo tuit o contestado o retuiteado alguno. No e interesaba ni mostrar su opinión ni entrar en polémica: consideraba a Twitter simplemente como un medio para informarse. Por otro lado, era la única red social que tenía. Por un momento amagó con llover y cayeron unas gotas, que cesaron con rapidez, como si se hubiesen equivocado al aparecer y corrigieran su error.

Su teléfono sonó dos veces. Una era un correo electrónico de su cliente, en respuesta al suyo de esa mañana: “Hemos hecho los primeros tests. Alucinante, como siempre. Eres un genio. Ve emitiendo la factura”. En la segunda se trataba de un whatsapp de Erika: “Qué tal tu mañana? Por aquí mucho lío. Hablo luego con mi jefe y me lo confirmará pero quizá tenga que ir a Barcelona un par de días. Hablamos esta noche. TQ”. “OK, no te preocupes. Tengo que ir al centro. Me esperas y te invito a comer?”. Su respuesta tardó apenas unos segundos. “Me gustaría, pero no voy a poder. Entre lo que te he comentado esta mañana y preparar el viaje, estoy hasta arriba. Comeré un bocadillo en la oficina”. “OK. TQ”.

 – Yo he comido un bocadillo de jamón y queso blando, pero le apuesto lo que quiera a que ella come sentada en la mesa de un restaurante. Y no sola.

– Perdona, hijo, ¿me dices a mí? -A su lado en el banco se había sentado pocos minutos antes un señor mayor. Vestía con un abrigo gris de excelente corte, bufanda de seda y una elegante gorra color marengo. Apoyaba las manos sobre un bastón con la empuñadura labrada. A Lucas le llamó la atención la claridad con la que vocalizaba y la ausencia total de acento. Tenía un habal perfecto y neutro-. Me he sentado un momento a descansar. Con este frio las piernas no me sostienen demasiado tiempo. Pero aun así nunca falto a mi paseo antes de comer.

– Mi novia trabaja en esa oficina de allí. Le he preguntado si quiere que comamos juntos y me ha contestado que no puede, que tiene mucho trabajo y que tomará un bocadillo en la mesa.

– Tú ya te estás comiendo un bocadillo, hijo.

Lucas se fijó en el hombre. Era mayor de lo que aparentaba a primera vista. Tenía el rostro cuidado, con un bien afeitado bigotito canoso. Los zapatos lustrados. Los pantalones caían con una raya perfecta. De la manga del abrigo asomaba un cronógrafo elegante, marca IWC. Lucas supuso que llevaría un buen jersey de pico y una corbata con un pulcro nudo. Y que harían perfecto juego. Sus ojos eran azulados y muy vivos. Los guiñaba ligeramente pero Lucas supuso que no lo hacía para ver mejor sino porque estaba pensado.

– Usted sabe tan bien como yo lo que va a pasar… – se aventuró a decir.

– Hijo, a mi edad, si uno ha estado atento en su vida y usa la cabeza para algo más que para ver la televisión, se suele saber que va a pasar. En realidad, todo es bastante sencillo. Como te digo, solo es necesario estar atento y atar cabos. Esa es la clave: siempre hay cabos que atar, pero parece que preferimos pasarlos por alto. Y eso es algo común que le ocurre tanto la persona más poderosa que puedas imaginar como al más simple que hayas conocido. Por otro lado, nos gusta creer que somos originales, auténticos, pero siempre se repite la misma historia: diferentes personajes, diferentes lugares, diferente tiempo… Pero los hechos no cambian. Una y otra vez. Machaconamente. Por supuesto, somos demasiado orgullosos como para creer que no somos más que otro capítulo repetido de una telenovela. Y demasiado estúpidos como para ver las señales. Y seguramente eso este bien, porque nos da una falsa sensación de ausencia de mediocridad y mejora nuestra autoestima. Es el truco de autoprotección del que se sirve la vida para que no nos rindamos al hastío y que podamos levantarnos cada día con alguna esperanza. Pero, hazme caso, todo está ya contado. Y es demasiado obvio. Si lo piensas, me darás la razón.

– Puede ser -contestó Lucas, más para obligarle a salir que porque le diera tímidamente la razón.

– Tu también te estás autoprotegiendo ahora. No me sorprende. Pero eres una persona analítica e inteligente. Reflexiónalo y verás que tengo razón.

– ¿Cómo sabe que soy analítico?

El señor bien vestido se limitó a encogerse de hombros y siguió mirando a Lucas a los ojos. Parecía disponer de todo el tiempo del mundo.

– ¿En qué trabajaba usted? – preguntó Lucas cuando entendió que no le diría nada más.

– Durante mucho tiempo fui economista en el Banco de España. Luego me cansé y me despedí. Y me dediqué a aprender a tocar el piano. Y a leer mucho. Y a pasear y a cocinar arroz, que es lo que toda mi vida quise hacer. Llevo más de veinte años retirado. Y sé quizá más de mil formas distintas de preparar el arroz.

Lucas volvió a mirar su ropa. Se fijó en sus uñas bien cortadas.

-Tuvo que ahorrar mucho para poder permitirse tantos años sin trabajar y no reparar demasiado en gastos.

El señor bien vestido cerró los ojos un instante, como si recordara. Una sonrisa se le dibujó en la cara.

– Esa es otra historia.

– ¿Una de esas repetidas?

Vivió a encogerse de hombros y Lucas pensó que no le sacaría nada más. Sin embargo, uno o dos minutos después se explicó:

– Bueno, digamos que un día me senté en el despacho del Gobernador y puse de manifiesto algunas de las deficiencias que había en la seguridad del edificio. Que eran bastantes, por cierto. Hacer informes de coyuntura económica es muy aburrido y en realidad no lleva mucho tiempo: una vez que sabes como funciona el mundo, se escriben en un momento. Solo debes tener cuidado de lo que dices cuadre mínimamente con los datos, nada más. Así que yo me aburría en mi despacho y me dedicaba a jugar. Recuerdo que una vez escribí un informe trimestral que versaba sobre la situación económica de España en el que uniendo la primera palabra de cada párrafo salía el comienzo de El Quijote: “En un lugar de la mancha…”. Nadie se dio cuenta. Otra vez escribí un informe en el que cada párrafo tenía justo una palabra más que el anterior. O un memorándum para la Unión Europea, bastante confidencial y delicado, por cierto, así que permite que no entre en detalles, en el que la letra por la que comenzaba la última palabra de cada párrafo componía la frase “ni yo me creo lo que estoy diciendo”. En inglés, claro “I’m not even believing what I’m saying”.

– Así que nos pudo meter en un conflicto diplomático en un aburrimiento suyo.

El señor mayor ignoró el comentario de Lucas, que sabía no sincero.

– Lo mejor es que el Gobernador de entonces me felicitó. El informe causó una buena impresión entre sus colegas europeos.

– En cualquier caso, no me imagino yo que nadie se dedique a leer los informes del Banco de España buscando claves secretas…

– Pues deberían, hijo, te aseguro que sería mucho más entretenido. Y mucho más útil, probablemente. En cualquier caso, de todo se cansa uno así que un día me dio por fijarme en la seguridad del edificio. Un mes después mandé un e-mail al Gobernador mostrando alguna de las deficiencias, pero solo por encima: quería preocuparle. Tuvimos una conversación muy provechosa. A los quince días le entregué un informe completo y yo firmé un acuerdo muy generoso que me permitía retirarme.

– Eso se lo está inventando.

– ¿Tú crees? Sabes que es verdad. Si lo piensas, lo sabrás.

Lucas sintió que algún hombre mayor, bien vestido, con pulcra dicción, no le engañaba. Aun así, insistió:

– ¿Y qué es lo que le contó? ¿Cómo robar el oro de un bunker inundado usando una cámara de interconexión para entrar y salir?

El señor bien vestido dibujó una sonrisa y se tomó un par de segundos antes de contestar:

– La serie está entretenida. Mucho. Hasta yo la he visto. Pero no se ajusta a la realidad del Banco de España. No se inunda la cámara sino el foso que la precede. Ese foso se cruza por un puente por el que solo puede pasar una persona a la vez. Y está entre dos puertas acorazadas, para abrir la segunda hay que haber cerrado previamente la primera. Una de las cosas (no la única ni la más grave) que le comenté al Gobernador tenía que ver con el funcionamiento de esas dos puertas. El sistema tenía, por decirlo de algún modo, un defecto de diseño.   

– Ya. Y, ¿por qué prefirió contar las deficiencias de seguridad en vez de aprovecharse de ellas?

El señor bien vestido se detuvo un momento y miró a Lucas a los ojos. Tal vez valoraba si aportarle algún detalle más de su historia. Se acarició levemente el bigote y sonrió maliciosamente.

– Otro día seguiremos hablando, hijo. Tu novia va a salir por esa puerta en breve, a comer. Como bien sabes, no va a tomar un bocadillo en su mesa. Y como también sabes, saldrá acompañada. De una sola persona: un hombre joven que está enamorado de ella. Pero no te descubro nada contándote esto. Lo que tú no sabes y necesitas averiguar es si ella también está ya enamorada de él o lo está aún de ti. Y eso, hazme caso, no lo vas a averiguar sentado en un banco a la puerta de su trabajo.

El hombre se levantó despacio y tomó su bastón.

– Me marcho ya. Se me hace tarde. Tengo una base de alcachofas y foie con vino blanco espectacular. Solo le falta añadir el arroz. A mi edad, debo comer a horas fijas. De lo contrario la digestión se me hace muy pesada -y se levantó y alejó din darle opción a Lucas a replicar, con pasos rápidos que desmentían su afirmación inicial sobre que el frío que impedía que las piernas lo sostuvieran.

– ¡Oiga! ¿Cómo se llama usted? – pero el ajetreo de la calle impidió que el señor bien vestido le oyese. O quizá simuló que no le oía.

Sin embargo se volvió y le dijo:

– Volveremos a vernos, Lucas. Seguro.

“¿Cómo demonios ha sabido mi nombre?”

Instagram. Obsesión

Al principio no sabía dónde vivía o dónde trabajaba. Ella solo era un perfil en Instagram, con un nick ambiguo y una colección de fotos e historias en los que demostraba que le gustaba, como a él, leer, el cine, el vino, el rock clásico o los huevos rotos con jamón. También hacía públicos otros aspectos de su forma de ser como sus ideas políticas o su odio a los niños pequeños en las que ya no coincidían pero que él ignoraba de forma inconsciente hasta el punto de que si alguien le hubiese preguntado sobre esos temas en concreto no hubiese sabido qué contestar.

Pero no empezó a seguirla en Instagram por sus gustos de literatura, música o cine sino porque la vio casualmente en el perfil de un compañero de trabajo y se enamoró al instante de su pelo castaño ni corto ni largo, su cara alargada de ojos rasgados que ella acentuaba aún más con maquillaje, de sus labios permanentemente pintados de rojo brillante, su mirada pícara sobre el puente de las gafas de pasta azul. También se enamoró de sus vestidos breves, sus faldas cortas y sus tops que dejaban ver su ombligo coronado por un pircing en forma de calavera. Ella solía posar frente al espejo del baño o en cualquier lugar de su casa, recostada en la cama, sentada o tumbada en el sillón, de pie frente a la estantería de libros, dando la espalda a la cámara y girando la cabeza hasta esta, cocinando algo en una sartén vestida solo con una camiseta. Él suponía que eran estas fotos hechas por ella misma, con el disparador automático, ya que nunca mencionaba a ninguna otra persona. Y así, a través de estas instantáneas que ella había ido subiendo con casi diaria regularidad a Instagram, él había podido llegar a conocer a la perfección como era su casa, cada uno de sus rincones, y hasta la ropa que guardaba en su armario, a la derecha de su cama.

Y aunque a principio no sabía dónde vivía, había llegado a descubrirlo a través de las vistas de las ventanas que ella fotografiaba al fotografiarse a sí misma. De la silueta de los edificios que se veían desde el salón y su continuación desde la habitación y un parque de altos árboles desde la cocina, con una carretera de varios carriles y muchísimo tráfico al fondo, él situó su residencia. El trabajo le costó algo más de tiempo pero menos esfuerzo: una mañana ella subió una foto con el pelo recogido (cosa poco habitual) y abrigo gris bajo el que apenas se adivinaba el ribete de una falta, entrando en una librería y con el texto “mi trabajo”. El rótulo del establecimiento no se veía completo pero las sí las primeras palabras y una simple búsqueda en internet le valió para identificar el sitio.

Ya sabía dónde vivía. Ya sabía dónde trabajaba. Dio vueltas a ese conocimiento durante días, semanas, mientras ella seguía subiendo fotos de su vida diaria, con poca o mucha ropa, rodeada de libros o cocinando, y él seguía estudiando cada detalle de ellas.

Y, al final, se decidió a conocerla. Era una buena idea porque cuando ella supiera que él era su alma general, aliado en tantos gustos comunes, sólo sentiría no haberlo conocido antes. Pensó que sería más prudente hacerlo a la salida del trabajo que abordarla cerca de su casa. De este modo ella se mostraría inicialmente más confiada. Solo necesitaba saber que contarle en ese primer momento y a construir su discurso dedicó casi dos semanas. Escribió cientos de borradores que, tras revisarlos y corregirlos meticulosamente acabaron en la papelera. Durante esas dos semanas, cada tarde, al llegar a casa, dedicó su tiempo al discurso. Dejó de ir al gimnasio, dejó de ir a la asociación con la que colaboraba y más de una noche dejó incluso de cenar. Pero el esfuerzo daba resultados: con cada borrador lograba acercarse un poco más a lo que él pensaba que ella querría escuchar: como se habían emocionado (sin saberlo) con la misma novela, cómo habían llorado con la misma película (y esto tampoco lo habían sabido en su momento) o lo mucho que él le gustaba ese ceñido vestido blanco con siluetas negras y amplio escote que ella solía usar los días en los que necesitaba levantarse el ánimo. Ganada su confianza con el discurso, él le explicaría entonces como había soñado noche tras noche con en el calor que sentiría su mano cuando entrase por el generoso escote y liberase su pecho de la presión del sujetador, como sentiría sus pezones endurecerse bajo la yema de sus dedos y como ella sentiría el placer de la caricia. Le contaría la devoción con la que había estudiado cada rincón fotografiado de la casa y como gracias a ello la conocía en profundidad, rellenando los rincones que aún permanecían escamoteados a Instagram con su imaginación. Le diría a continuación que fueran a esa casa, ya prácticamente el hogar de los dos, donde él le prepararía unos huevos rotos con jamón en la cocina que por fin pisaría y que tomarían con una botella de Ribera de las que ella guardaba en una pequeña nevera para vino en el comedor.

En su cabeza todo tenía una lógica absoluta.

Una mañana soleada, no distinta a cualquier otra, armado con su discurso que sabía de memoria tras de haberlo practicado cientos de veces frente al espejo del baño, salió sin despedirse de la oficina donde trabajaba, con tiempo suficiente para llegar antes de la hora de cierre de la librería al medio día; cogió el metro y luego un autobús y a la una y cuarto se sentó en un banco frente al local. Ella saldría a y media.

Aprovechó los minutos que aún tenía para repasar mentalmente su discurso, mientras miraba distraído a la gente que pasaba: en su mayoría eran personas mayores cargados con bolsas que iban o venían de la compra. Encendió un cigarrillo y al momento un chico que difícilmente llegaba a la edad legal le pidió fuego. Un hombre de unos treinta años, con barba larga y tatuajes en los brazos se paró frente al escaparate y miró los libros.

La puerta salió a la una y treinta y cinco ella salió de la tienda poniéndose unas gafas de sol de pasta color coral tras quitarse la de ver. Miró a ambos lados de la calle. Él se levantó del banco y se dirigió decidido hacia ella. Por un segundo, los ojos de ella se posaron sobre él y se detuvieron, como si se preguntaran porqué esa persona se le acercaba. Luego siguió girando la cabeza y vio al chico de la barba larga y brazos tatuados, ya muy próximo. Sonrió. Entreabrió la boca y paso los brazos por su cuello. Lo besó con fuerza. Los brazos tatuados bajaron por la espalda de ella y la cogieron del culo. Él se detuvo. En ninguna de sus publicaciones de Instagram había aparecido ese chico. Ni le había mencionado. Se alejaron de él, camino a una boca de Metro mientras seguían comiéndose los labios. Apretó los puños. Sentía sus latidos en las sienes. Vio como desaparecían por las escaleras del metro. Lo pagarían. Ambos. No estaba bien que jugaran con él como habían hecho. Sabía dónde vivía.

Y otro domingo por la tarde

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Y otro domingo por la tarde sin que nada haya cambiado. Otro domingo más, no muy distinto del anterior y terribemente parecido al siguiente, con una semana repetida, insignificante por su hastío. Un domingo de rutinas conocidas: despertarme demasiado pronto, aunque la noche anterior mis recuerdos y dudas me hayan tenido en vela durante horas, salir a correr por los sube-y-bajas de la ciudad, cuando aún no ha amanecido y los Starbucks siguen con las puertas cerradas, tomar el primer café de muchos, fuerte y solo en la cocina de mi casa de allí, tratar de escribir un poco tras la ducha, no lograrlo, leer algún libro mientras oigo jazz de fondo, salir a comer una ensalada o plato rápido por falta de ganas de cocinar, ver una película clásica en blanco y negro, tratar de escribir de nuevo. Y no lograrlo, de nuevo. Y que ni tan siquiera me quede el recurso de ir al Jonny Grill ya que Sam nunca toca los domingos por la noche.

Pero no pasa nada, me digo. O me engaño. Todo esto pasará. De una forma u otra, se solucionará. Yo aún no podría saberlo pero pocos días después de ese domingo (o acaso fuera otro: de tan parecidos ni yo podría distinguirlos) conocería a Sarah y las cosas mejorarían para mí en San Francisco. Y para ella también, de algún modo. Aunque el final no fuese el que ella quisiera durante nuestro tiempo pero sí el que ella quería al comienzo de nuestro de tiempo. Tampoco yo sabría decir ni entonces ni ahora si ese final era el que yo quería. Y meses después recibiría la carta de Sam y yo volvería a España. Pero yo entonces no sabía nada de eso y ni siquiera hubiese tenido las ganas de imaginarlo ya que mis días de entonces pasaban con pereza y e inutilidad.

A veces miraba mi vida como alguien externo a ella, como si no fuese mía. «Mira», me decía, «ahí está Sebastian repitiendo sus rutinas: tomando un café de pié en la cocina, ahora lava la taza y el plato y sale de la cocina y abre el ordenador sobre la mesa del comedor, relee los últimos párrafos para buscar la inspiración o quizá el hilo de su historia pero no lo encuentra y retrocede algunas páginas más, hasta el inicio del capítulo y mientras lo hace enciende un cigarrillo y piensa que coño hace él a nueve mil kilómetros de su casa y piensa también en lo que podría estar haciendo Blanca en ese momento cuando para ella acaba de empezar su domingo y tiene todo el día de descanso por delante. Sebastian supone que habrá quedado a comer con su novio, o tal vez se hayan despertado juntos, en esa cama y en esa habitación en la que él ha estado alguna vez, no muchas ya que era más cómodo y menos peligroso que se vieran en su ático de Juan Bravo. Él quiere creer que ese novio de trajes mal cortados ya no existe pero sabe que sus deseos dificilmente coincidirán con la realidad».

Me veo a mi mismo sentado en la silla en la que me sentaba en mi casa de San Francisco, pensando en las cosas en las que pensaba cuando vivía allí. O cuando dejaba pasar el tiempo allí, que no es lo mismo.

Pero solo es una tarde más de domingo, una mala tarde de domingo, nada más. Todo pasará, me decía a pocos días de que conociera a Sarah y pareciera que las cosas mejoraban un poco.

The No Name Café

Lucas

Lucas decidió que su novia lo engañaba con otro hombre.

Así lo percibió él: no como algo que se averigua o te cuentan. Ni siquiera como algo que se intuye o se percibe por esas pequeñas alteraciones del día a día que delatan una infidelidad: retrasos en la hora de llegar a casa, repentinas reuniones, excusas poco claras y masculladas, conversaciones cortas y en voz baja por el móvil… Erika no había hecho nada de eso. En realidad, Erika no había hecho nada inhabitual desde el día que comenzaron a vivir juntos, hacía ya casi cinco años. Ni en los meses anteriores, cuando cada uno vivía por separado: ella con compañeras de trabajo y Lucas en el mismo piso que ahora compartían. O mirado de otro modo, todo en la vida de Erika era tan inusual que difícilmente un nuevo comportamiento habría podido causar sorpresa en Lucas.

Fue, simplemente, una decisión, algo que, sorpresivamente, tuvo sentido en su cabeza.

Pero Lucas no era una persona impulsiva ni de decisiones poco meditadas, por lo que debió analizar que le había llevado a ese pensamiento.

Fue una mañana de invierno, y por lo que me ha contado, no muy distinta al resto de sus mañanas de entonces. Se despertó pronto, antes de la alarma del móvil sonara, cuando aún era noche cerrada y se levantó con cuidado de no despertar a Erika. A oscuras, sintiéndola más que viéndola, la cubrió con el edredón y salió de la habitación. Sujetó la puerta al cerrarla para que no hiciera ruido y se acercó a la cocina. Más por costumbre que por necesidad (el frio no le incomodaba), se puso una sudadera que estaba colgada con los delantales y se preparó un café solo mientras tatareaba una melodía: con cuidado, abrió el bote donde guardaban las cápsulas, metió una en la cafetera, colocó una taza bajo el gotero y la encendió. El olor a café recién hecho le hizo sonreír. De la encimera tomó los auriculares inalámbricos y se los puso; en el móvil buscó una lista de reproducción de Jonny Hartman y subió el volumen hasta tres cuartos de potencia. Con la taza en la mano, se fue la habitación que hacía las veces de despacho y al mover el ratón ligeramente se iluminó la pantalla del ordenador portátil. Se fijó en la hora: pasadas las cinco y media. En menos de cinco minutos encontró el error en el código que no había sido capaz de hallar la tarde anterior. “Idiota”, pensó. Se trataba de un fallo de principiante: una coma mal puesta. Pensó en incluir alguna idea que se le había ocurrido entre sueños, pero le dio pereza concentrase tan temprano así que leyó después los titulares de un par de medios digitales, repasó el correo electrónico, revisó el borrador de la entrada que preparaba para su blog y se fue a la ducha. Se enjabonó con cuidado el cuerpo, luego se aplicó con calma champú anticaspa y gel exfoliante en el rostro. Lucas sospechaba que no muchos hombres usaban a diario un exfoliante (ni siquiera de forma ocasional) pero eso no lo preocupaba mucho. Se aclaró con agua fría. Salió de la ducha y se secó someramente el pelo con el secador y se dio crema hidratante en el cuerpo. Tampoco creía que hubiera muchos hombres que usaran crema hidratante. Se vistió con la ropa cómoda con la que acostumbraba a estar en casa (unos vaqueros algo desteñidos, una camiseta y la misma sudadera que se había puesto sobre el pijama) y se fue de nuevo a la cocina, donde encendió la caldera de gas (a Erika no le gustaba el frio como a é) y se hizo un segundo café antes de preparar el desayuno para los dos. Se sentó en una banqueta alta, frente a una pequeña barra adosada a la pared donde solían desayunar y tomar comidas rápidas, y fumando un cigarrillo fue cuando decidió que Erika lo engañaba.

El pensamiento de cruzó la cabeza. Encendió otro cigarrillo. Miró el reloj: aún era pronto para despertarla, así que decidió reflexionar con cuidado que le había llevado a tomar esa decisión. Evidentemente, no era nada que ella hubiera hecho. O hubiera dicho. O hubiera dejado de hacer o decir. Ni era algo lejano en el tiempo.

En su cabeza se sucedió, como fotogramas, con perfecto detalle, cada paso que había dado esa mañana. Y entonces todo tuvo sentido para él. Para ponerse a trabajar con su ordenador, tuvo que apartar la tableta de Erika que estaba sobre la mesa, cargándose. Al moverla, la pantalla se iluminó y Lucas vio que no estaba bloqueada. Lo que mostraba eran unos correos con Ricardo, un compañero de trabajo. Casi sin prestar atención leyó el hilo de mensajes y respuestas; eran tres en total: “olvida lo que te he dicho, vale? “, decía él. “No puedo. Y no quiero”, contestó ella. “Yo tampoco”. Y nada más. Lucas no necesitaba ir a mirar de nuevo la tableta para cerciorarse de que esas eran las palabras exactas que había leído. Ni buscar más conversaciones, más mensajes intercambiados. Ni encontrarle ninguna explicación plausible. Nada de eso era necesario y Lucas no hacía cosas que no fueran necesarias. Así que continuó fumando tranquilamente el cigarrillo y cuando lo acabó, decidió de esa certeza no cambiaría nada esa mañana. Fue el plazo que se concedió.

Miró el reloj de su muñeca (regalo de Erika): las siete menos cuarto. Hora de despertarla. Metió dos rebanadas de pan en el tostador e hizo café para ambos.

Pedro Salets

Volvería varias veces a aquel local en el tiempo que estuve con Blanca: en ocasiones, antes del programa, quedábamos allí. Como me dijo la primera vez que propuso ese sitio, no solía pasar por ese bar nadie de la emisora, por lo que nos resultaba bastante cómodo y podíamos tomarnos una copa, o un café, tranquilos, charlar, cogernos las manos o besarnos. Lo hicimos hasta el día en el que me encontré allí con Pedro Salets y Juan Benet. Fue una tarde invierno, en la que hacía un frío horroroso y llovía con furia; Blanca me había citado con un whatsapp, como solía hacer (‘¿nos vemos en nuestro local?, tengo unas ganas locas de comerte la boca’) y entré sin mirar quien podía estar dentro: llegaba pronto y suponía que ella no habría acudido aún. Y a fuerza de repetir lugar y no encontrarnos nunca con nadie conocido, perdí la costumbre de ser cuidadoso y fisgar previamente si alguien del trabajo había ido a tomar algo. Me dirigí a una mesa al fondo, donde solíamos sentarnos, me quité el abrigo empapado y lo dejé sobre una de las butacas y me pasé la mano por el pelo, para colocármelo un poco. Luego me la sequé con unas servilletas de papel y con otra recogí algunas de las gotas de lluvia que me caían por las mejillas y la nariz. Pedí al camarero un Bloody Mary (sonaba Beautiful Day de U2) y me dispuse a esperar tatareando la canción, pese a que no hacía nada de justicia a esa tarde de perros. En ese momento noté que alguien se dirigía a mí desde la mesa de al lado.

– Pero bueno, qué sorpresa tan agradable, si tenemos aquí a nuestro ilustre escritor. ¿Por qué no te sientas con nosotros? –Juan Benet me hablaba con esa cara altiva que siempre le ponía a todo el mundo, en la mano tenía el móvil abierto, en la pantalla del Whatsapp abierta. A su lado, Pedro Salets me sonreía y movía inquieto las manos.

Ya no podía escabullirme, así que lo mejor que podía hacer era pasar a su mesa, apurar la copa y marcharme antes de que llegase Blanca. Ya desde fuera la avisaría de que teníamos que quedar en algún otro sitio. Ambos ocupaban el pequeño sofá frente a la mesa por lo que me senté en uno de los pufs que quedaban libres. El camarero me trajo la copa con los habituales frutos secos y se marchó en silencio.

– ¿Bebes Bloody Mary? ¿No es un poco pronto para tomar algo tan fuerte, Sebastian? –me preguntó Juan. Me fijé en sus bebidas: ambos bebían cerveza, probablemente sin alcohol. Nunca me he fiado de la gente que toma cerveza sin alcohol o café sin cafeína: normalmente es la misma gente que vive la vida sin vivirla. Por toda respuesta di un sorbo a mi copa.

– Qué sorpresa tan agradable encontrarte aquí – repitió Juan -. Lástima que yo tenga casi que irme ya: debo pasar antes de ir a la Emisora a hacer unos recados. Ya sabéis unas compras –lo cierto es que no, no sabía, pero tampoco me importaba-, os dejaré en breve.

Y así fue.

Juan Benet era historiador, catedrático en la Complutense, autor de varios libros de sobre el siglo XX en España. Blanca me había dicho que él y yo estábamos allí para dar un barniz intelectual al programa. El problema es que él se lo creía y si alguien se cree un intelectual, lo que realmente resulta ser es un imbécil, como tuve ocasión de decirle (aunque de forma parcialmente indirecta y ligeramente educada) una vez en antena, algún tiempo después de ese encuentro. Sólo lo saludaba cuando nos dábamos de bruces y la cortesía más elemental me obligaba a hacerlo. Lo mejor que puedo decir de Benet es que tenía evidente buen gusto para vestir y combinar prendas y una colección infinita de preciosas corbatas. Alguna vez estuve tentado de preguntarle donde las compraba. Sería en alguna pequeña y pretenciosa boutique del barrio de Salamanca. Por su parte, Pedro Salets era (al menos me lo pareció equivocadamente hasta esa noche) un tipo anodino, intrascendente, de físico común y comentarios vacuos. Apenas opinaba de política, sociedad o cualquier otra cosa distinta de sus platos de comida, de los restaurantes a los que criticaba mostrando cariño hasta cuando el resultado no había sido aceptable.

Juan contestó a un Whatsapp, cogió su chaqueta, se despidió rápidamente de nosotros y se marchó. “Ahí donde le ves, tiene bastante éxito con las mujeres, especialmente con las más jóvenes. Ha tenido varios líos con antiguas alumnas. Siempre se las apaña para no estar ya dándoles clase cuando se enrollan, así que la Universidad no puede meterse, pero que quieres que te diga, me parece un viejo verde”, me dijo Blanca esa misma noche, cuando le comenté nuestro encuentro y su rápida fuga. ‘Habría quedado con alguna de ellas. ¿Te lo imaginas? Los dos tumbados en la cama después de follar, él con piel arrugada y centrina, incapaz de contener su verborrea sobre la sociedad de la España de la Transición y ella de piel tersa y tetas bien duras mirándole embelesada’, dijo sonriendo.  ‘Bueno’, contesté, ‘creo más bien que él se liará a hablar sin medida, pese a notar que ella pasa de lo que le está diciendo y lo único que quiere es que vuelvan a follar, porque sabe que no va a poder otra vez, no tan pronto, y así disimula’. ‘Malo’, concluyó Blanca

– Se ha ido sin pagar

– ¿Cómo? – pregunté

– Juan. Se ha ido sin pagar. Siempre lo hace. Le suena el móvil, habla con alguna chica y se marcha, casi sin despedirse, sin importarle de lo que estabas hablando y sin pagar.

– Si es así, ¿por qué sigues quedando con él?

Me miró con ojos vacíos. Por un momento pensé que iba a ponerse a llorar.

– Perdona. No es asunto mío. Es solo que me llama la atención, nada más.

– Supongo que tienes razón. No debería quedar con él. No es buena persona.

Bebí un trago largo de mi Bloody Mary. Quería acabar pronto e irme. Por poder ver a Blanca fuera de allí, pero también porque empezaba a sospechar que no me iba a gustar la conversación con Pedro.

– Tu sin embargo sí pareces buena persona. Creo que esa imagen de chulo, perdona que te lo diga así, que tienes es sólo una pose.

No le dije nada. Cualquier respuesta que le hubiese dado habría sido inapropiada.

– Espero que no te haya molestado que te haya llamado chulo. Es sólo que no se me ocurría otra palabra, pero no creo que lo seas. Es solo, no sé, como una pose, como algo que quieras que sea sin que sea así realmente. Discúlpame si te he ofendido. Discúlpame, en cualquier caso. No debería haberlo dicho.

– Tranquilo, no pasa nada.

– Es que soy así. A veces no sé expresarme bien. Solo quería decir que creo que eres un buen tipo y que incluso podríamos ser amigos – dijo esto último mirando a la mesa, sin dirigir sus ojos hacia mí, como si le diera vergüenza. Su cerveza seguía casi intacta, pero yo apuré mi copa de un trago. Sin embargo, Pedro fue más rápido que yo y de un gesto, le pidió otra al camarero.

– Yo ya sé que parezco un poco menos interesante que Juan, con sus aires de ser el más listo de la clase, o la exótica Yum o que tú, pero también tengo mis cosas.

– Claro que sí. Seguro que es así, Pedro.

– Pedro se pasa la vida entre gente interesante, va y viene a Congresos, escribe libros, sus opiniones se tienen en cuenta. Parece que nada puede con él. Pero yo también soy capaz de sorprenderte, Sebastian.

Se bebió la cerveza de golpe y me miró a los ojos, por primera vez. Los tenía vidriosos, pero no parecía que fuera a llorar. Entonces reparé en sus manos inquietas, en el color sonrosado de su cara, en la entraña dicción de sus frases y me di cuenta de que no estaba tomando cerveza sin alcohol. Pedro estaba borracho.

Iba a levantarme e irme, con cualquier excusa, cuando el camarero me dejó un nuevo Bloody Mary con otro cuenco de frutos secos delante de mí. Al inclinarse para dejar ambas cosas sobre la mesita, me vino un ligero olor a sudor, mezclado con alguna colonia potente, de esas que se venden en los supermercados en botellas de un litro. Le miré. Iba mal afeitado y parecía cansado.

Pedro también debía haber pedido otra cerveza, ya que le dejaron una copa con una perfecta corona de espuma frente a él.

– Sabes que estoy casado, ¿verdad? – me espetó.

– No, la verdad es que no.

– Sí, estoy casado, desde hace diez años. Tenemos dos niños, de seis y cuatro años. Son muy buenos – calló y pensé que iba a sacarme del móvil la foto de la familia feliz, pero no fue así.

– Es bueno tener familia…

– Si eso creo. Yo quiero mucho a mi mujer. Y a los niños. Cuando llego a casa y los veo y me da tiempo de ducharles… ese es el mejor momento del día, sin duda.

Nos miramos en silencio. No tenía ni idea de a dónde nos iba a llevar esa conversación, pero empezaba a estar intrigado.

 – Mi mujer es mucho más joven que yo. Tiene treinta y dos años. Se llama Marcela y es argentina. Vino a hacer un curso de cocina en España, quería montar su propio restaurante, pero al final la idea quedó en nada, yo era uno de sus profesores, nos conocimos, salimos, nos enamoramos y nos casamos. Unos años después vinieron los niños. Bruno el mayor y Marco el segundo. Somos muy felices.

– Me alegro, Pedro. Suena bien- pero no, no sonaba bien. Si me estaba contando aquello era porque existía algo debajo de la aparente vida feliz de matrimonio ejemplar.

– Gracias. La verdad es que sí. Marcela me quiere y me cuida bien. Y hacemos mucho el amor, ¿eh? No te creas, que le sigo gustado.

– No tengo razón para dudarlo.

– Ya bueno. Es que como es menor que yo y es muy guapa, pues eso. Que alguien puede pensar que hace una chica como ella con alguien como yo, que ya sé que pensáis todos que soy un aburrido, pero ella me quiere. Y quiere que nos acostemos. Todas las semanas no hacemos, ¿eh?

– ¿Por qué insistes tanto en tu vida sexual? Me parece muy bien si os acostáis con frecuencia, pero también me lo parecería si no fuera así. Vuestra vida sexual es cosa vuestra.

– Los sé. Es solo para que sepas que me quiere. Y yo a ella. Mucho. Y que no tengo ninguna necesidad fuera de mi matrimonio. Necesidad sexual, me refiero.

– ¿Y ella sí? – me mordí la lengua nada más decirlo.

– No, no, claro que no. Cómo preguntas algo así. Ella me es fiel.

Asentí.

Pedro vació media cerveza de un trago y prosiguió su confesión, segundos después.

Hacía unos meses que su hermana vino a España. La vida en Argentina estaba difícil, no encontraba ningún buen trabajo, la economía era un desastre, así que decidió probar suerte en España. Pedro, por supuesto no iba a dejarla que se fuera a cualquier sitio, su casa era amplia y vaciaron una habitación que usaban como cuarto de estar para acondicionarla para ella. Y se fue a vivir con ellos. Era la hermana pequeña de Marcela, de veinticuatro años. Se llamaba Sheila y me enseño una foto de ella. Era una chica morena, de pelo largo y ojos claros, guapísima. Y dos cosas me extrañaron. La primera, que de su mujer no me había enseñado ninguna foto y de la hermana de su mujer, sí. La segunda, que no era una foto normal, sino una pose para romper Instagram: estaba hecha en una piscina, con el agua desenfocada de una ducha corriendo al fondo, y Sheila en fingida despreocupación cogiendo su larga morena y escurriéndola, sin mirar a la cámara, en bikini negro y con la piel húmeda y brillante.

– ¿Qué te parece?

– Es guapa…

Sonrió.

– Es más que guapa. Está bastante buena.

Miré de nuevo a la foto (Pedro mantenía el móvil tendido ante mí, la pantalla desprotegida). La chica tenía la piel tostada por el sol y un cuerpo pleno, sin un gramo de grasa innecesaria.

‘Pedro se ha enamorado de su cuñada. Vaya, vaya’, pensé, Pero equivoqué o, al menos, no acerté plenamente. 

La pantalla se bloqueó y se mostró en negro y aproveché para medio vaciar mi copa. Un poco más y podría irme.

– ¿Qué piensas de ella?

– ¿Qué quieres que piense? Ya sabes que es una preciosidad. Y que tiene un tipazo. Poco más te puedo añadir.

– Es la clase de chica que estaría contigo, pero no conmigo, ¿verdad?

– Pues… ¿Eso quien lo sabe? En cualquier caso, hace mucho que no salgo con chicas tan jóvenes. Al final los años se notan, supongo, y no sólo en lo físico, que es lo menos importante. A tu cuñada debo sacarle casi veinte años. Sus intereses y los míos son distintos. Seguramente ella querría seguir toda una noche de copas y bailes y yo llega un momento que me quiero ir a dormir porque ya aprecio más un buen desayuno tranquilo. Tampoco sé de qué podríamos hablar.

– Yo tengo veintiséis años más que Sheila.

‘En tu caso será aún peor, porque eres aburrido y tras la cena estarás deseando ir corriendo a casa y ponerte un horroroso esquijama de rayas, remetida la sudadera por debajo de los calzoncillos para que no se te enfríen los riñones al dormir’, pensé. Pero con el tiempo he aprendido que hay cosas que, aunque se piensen, no se deben decir.

– Hace un mes, cinco semanas para ser exactos, un domingo por la tarde Marcela se bajó al parque con los niños. Yo me fui a la concina a fregar las tazas sucias de leche de la merienda y Sheila estaba en su habitación, oyendo música. Cuando secaba las tazas y platos con un paño, ello entró en la cocina. Para estar en casa suele llevar ropa cómoda pero esa tarde se había excedido. Se había puesto una camiseta de tirantes, muy abierta en las axilas y un minúsculo pantalón vaquero. No era esa la ropa que tenía al entrar en su habitación, después de la comida. Se puso a mi lado y se estiró para coger un vaso del armario: quería beber agua, me dijo. Al hacerlo puede ver perfectamente por la apertura del costado su pecho redondo, tenía los pezones claros y duros. Me excité.

Terminó la cerveza e hizo un gesto al camarero para pedir otra ronda. Yo le indiqué que la mía no la pusiera.

– Seguramente debería haberle dicho algo, llamarle la atención, pero no se me ocurrió nada. Fue ella la que me habló: ‘ay, Pedro, que calladito y tímidos que sois. Y tan majo y buena persona que pareces’. Luego añadió ‘mi hermana, ¿se porta bien contigo? ¿Tomas con ella?’ No contesté, claro. Sheila me cogió de los hombros y me giró hasta ponerme frente a ella. ‘Yo ya sé lo que te falta’. Y se sacó la camiseta por la cabeza, su pecho era, es, espectacular. Duro, erguido. Luego me aflojó el cinturón y me bajó los pantalones y los calzoncillos y se arrodilló delante de mí.

– Creo que me hago una idea de lo que pasó a continuación, Pedro –mi cabeza oscilaba entre la incredulidad de que algo así le ocurriera a alguien como a Pedro Salets y la certeza de que no era el tipo de persona que contara historias inventadas.

– Estamos juntos desde entonces. Cada vez que Marcela se va y vamos a estar solos en casa un rato, ella me busca. Y va a más. Anoche me levanté a beber agua a la cocina, eras las dos pasadas y ella se presentó allí, se quitó el camisón e hicimos el amor en silencio. Yo no quería porque Marcela y los niños estaban en casa y nos podrían descubrir, además al acostarnos había hecho el amor también con Marcela y aún no me había duchado, yo me ducho siempre por las mañanas, pero no me puede resistir. ¿Qué hago?

– ¿Me preguntas a mí que haces?

– Sí, tú sabrás que debo hacer. Eres de ese tipo de persona – pasé por alto preguntarle que entendía él por ‘ese tipo de persona’-, yo no sé qué hacer. Quiero a Marcela, estoy enamorado de ella, me gusta la vida con ella y los niños, pero no quiero renunciar a Sheila. No puedo renunciar a Sheila. Pero no podemos seguir así, a escondidas en casa. Es una locura.

Le miré en silencio. Me caía bien, por alguna razón, Pedro me caía bien. Era un buen tipo. Por eso, en vez de levantarme sin más o decirle que siguiera disfrutando del momento con Sheila hasta que se hartara o les pillasen, decidí que tenía cinco minutos más para aconsejarle de la mejor manera que pudiera.

– Mira, Pedro, yo no sé grandes cosas, ni termino de entender del todo a las mujeres. Ni a los hombres, ya que estamos. Ni por supuesto al amor. Ni sé lo que es tener una familia y estar deseando llegar a casa para duchar a tus hijos. Ni estar tomando algo con un compañero de trabajo y decirle que sigues queriendo a tu mujer. Sí sé algo más sobre lo que significa acostarse con una como Sheila. Y sé que es algo muy bueno. Así que entiendo que no quieras renunciar a ella. Pero debes saber que no es normal. No te ofendas, o sí, eso es cosa tuya, pero Sheila no está contigo ni por lo que eres como hombre ni por lo divertido que eres, ni por lo bien que se lo puede pasar contigo. No te va a querer como compañero en la vida. No sé qué es lo que le impulsa a follar contigo, a buscarte, pero sí sé que es algo pasajero y, desde luego, insuficiente como para fundamentar una relación. Debes cortar con Sheila cuanto antes, acabar lo que quiera que sea que tenéis, y seguir con tu vida. Supongo que deberías contárselo a Marcela, pero no te lo puedo aconsejar porque lo más probable es que te ponga las maletas en la puerta y acabe de un plumazo con tu vida. Y no te confundas, que Sheila no se irá contigo. A ella también la pondrá en la puerta, pero tomará otro camino. En realidad, la has jodido y sólo tienes una posibilidad: acabar con Sheila y que ella, por despecho o lo que sea, no se lo cuente a tu mujer. Si es así, todo te irá bien. Durante un mes te has follado a la reina del baile y eso es algo que podrás recordar, que no contar, toda tu vida. Pero cierra ese capítulo. Y hazlo ya.

Pedro me miraba con ojos vidriosos. Me dio pena. Había tenido suerte una vez en su vida y había resultado que la buena suerte era, en realidad, mala suerte.

– Bueno, eso es lo que yo creo que deberías hacer. Pero no me hagas mucho caso. A mí las mujeres no se me dan bien.

– Pero debes ligar mucho…

– Una cosa es ligar y otra mantener una relación –pensé en Blanca y en el absurdo que estábamos creando. Bien pensado, el mismo consejo que le daba a Pedro debería aplicármelo a mí. Pero no estaba dispuesto a hacerlo. En absoluto.

– Juan Benet me hubiese dicho otra cosa.

– Eso es porque Juan no tiene ninguna capacidad de empatía y no te hubiese aconsejado pensando en ti. Y porque él no es buena persona.

– ¿Y tú sí?

– Yo sí. Además, yo pago mis copas, no como él.

Aproveché para sacar la cartera antes de que pudiera contestarte y dejé dos billetes de veinte euros sobre la mesa. Sobraría, pero no estaba dispuesto a esperar el cambio y que Pedro me siguiera hablando. Cogí mi chaqueta, me despedí de él con un gesto de cabeza y alcancé la calle sin que me llamara.

Ya fuera, saqué el móvil. Tenía un Whatsapp de Blanca: “te he visto con Pedro. ¿Qué hacías con él? Te espero en No Name Café: cuando salgas coge a la derecha, sube la calle y gira en la segunda. Date prisa, tengo que volver a la redacción a terminar de preparar el programa’.

Elena Francis

elenafrancis

– Sebastián Mathanwi. Es un nombre interesante – comentó Blanca

– Es Sebastian, con acento en la primera a. Y el apellido es falso, claro. Lo saqué de una novela que leí hace mucho.

– Aun así. Contéstame a una cosa: ¿te gusta la radio?

– ¿Qué si me gusta la radio? Es una pregunta curiosa…

– No si vas a trabajar en ella, ¿no crees?

Me tomé unos segundos antes de contestar:

– Recuerdo con cariño la casa de mi abuela; estaba llena de muebles demasiado grandes y oscuros para el tamaño de las habitaciones y casi en cada uno de ellos tenía un tapete hecho a ganchillo por ella misma… debajo de cada jarrón, de cada figura de porcelana. Uno de esos tapetes estaba sobre una mesita en el lugar preferencial del salón, bajo la ventana. La casa era un bajo así que la ventana tenía unas contraventanas de metal verdes, que en verano solían estar entornadas para proteger la habitación del sol. Y sobre el tapete y la mesita había una radio antigua, marrón y crema, con enormes botones y un dial con la aguja en rojo y números en cursiva. De pequeño pasé mucho tiempo en casa de mi abuela: vivía cerca de mis padres y me llevaban a menudo. A mí me encantaba ir allí y merendar un tazón de leche muy caliente con cacao y unos picatostes recién hechos. Mi abuela no quería freírlos, sino sólo tostarlos, por eso de las grasas, pero yo le insistía y al final me salía con la mía. En aquella casa la radio sonaba todo el día, hasta que llegaba la hora de cenar y mi abuelo la apagaba y encendía la tele para ver las noticias. ‘El parte’, decía él.  Mis recuerdos con mis abuelos están siempre ligados a una voz saliendo de aquel aparato: el rezo del ángelus cada mañana a las doce (pasaba gran parte del verano allí, hasta que mis padres cogían vacaciones en su trabajo y nos íbamos a algún apartamento en la playa), los boletines informativos a cada hora en punto, tras las puntuales señales horarias… Pero, sobre todo, lo que más me llamaba la atención eran los programas de Elena Francis -Blanca sonrió al oír aquello y levantó la mirada hacia el techo: tal vez ella recordó también algún momento de su infancia escuchando ese programa-; yo esperaba cada tarde a que comenzara la pegadiza sintonía -la medio tarareé- y en ese momento mi abuela aparecía con mi merienda. Luego escuchaba las cartas de sufridas oyentes pidiendo consejo para algún problema sentimental que yo no siempre entendía del todo, aunque sí lo suficiente como para saber que les hacía sufrir y necesitar consejo. Me impactó cuando muchos años después me enteré de que quien estaba detrás de todo aquello era un guionista, y además hombre. Todo era un montaje. Supongo que, de algún modo, yo me lo había creído y me sentí traicionado. Así que no sé si guardo una buena relación con la radio desde entonces, Blanca.

Ella puso una mano sobre la mía, la apretó un instante y la retiró.

-Vaya, nunca me hubiese esperado esa respuesta. Nunca me hubiese esperado que escucharas a Elena Francis, que te lo creyeras o que merendases picatostes grasientos. Me has sorprendido, Sebastian.

Poco después añadió:

– De todos modos, descubrirás que la radio ha cambiado un poco desde tu infancia.

– ¿Es más real?

– Es distinta.

– No sé si eso es suficiente.

El cuento de la princesa que no sabía que lo era (Capítulo Final)

De la lucha de la princesa y sus amigos con Pamoh y Edwing y el fin de esta historia

Este cuento llega a su final, con el enfrentamiento de Mariahne, la princesa, y su noble grupo de amigos, contra el malvado Caballero Pamoh y su dragón Edwing, en el que se había reencarnado el espíritu del mago Adifht, el Gran Mago Negro. Desde la Creación de los Tiempos, tres Grandes Batallas son las que han tenido lugar en el Continente, pero ninguna de ellas fue tan desigual y con tanta importancia para la paz y la felicidad de todos sus habitantes como las que estaba a punto de acontecer. Porque, en efecto, ¿cómo tres muchachos inexpertos en la lucha y dos niños, acompañados de dos perritas juguetonas podrían tener esperanzas de triunfar en ese enfrentamiento? Y pese a lo quimérico de su empeño, debían hacerlo para asegurar el cumplimiento de la leyenda de la Princesa de la Paz, que la felicidad a todos los habitantes de aquellas tierras.

Cómo se desarrolló aquella lucha y cuál fue su desenlace, lo sabremos seguidamente.

– ¿Qué vamos a hacer? –preguntó la princesa a su hermano, girándose hacia él.

Rodrioux sonrió, divertido pese a la situación: Marianhe se había enfrentado con el Caballero y le había retado, sin pararse a concebir cuales serían los pasos que debía dar para derrotarle. ‘Es resuelta y valiente, no duda cuando tiene que cumplir con su deber y piensa más en el bienestar de los demás que en el suyo propio’, reflexionó, ‘será una gran princesa’.

– Cuando todo empiece, debes concéntrate en Edwing. Sólo tú, con tu gran corazón, tienes una oportunidad con él. Yo y Bräns te ayudaremos a despistarle. Los niños, junto con las perritas y algo de ayuda que tendremos, se ocuparán de Pamoh.

– ¿Cuándo todo empiece? ¿Con mi gran corazón? ¿Con algo de ayuda? ¡No entiendo nada, Rodrioux!

El muchacho acarició por un momento el rostro de Marianhe (de soslayo, vio como Bräns daba un respingo de celos, ‘él aún no sabe que somos hermanos’, pensó).

– Tranquila, ya lo verás. Tú solo sigue tu instinto.

Y se volvió hacia Gaelicux, a quien hizo un gesto con la cabeza, al tiempo que levantaba un brazo, con un pañuelo de vivo color rojo en la mano y, tras ondearlo por unos segundos, lo batió con fuerza arriba y abajo. Esa era la señal convenida que esperaba el niño (‘¡ven conmigo, corre!’ le dijo tomando de la mano a su hermana y avanzando hacia Pamoh). Pero no solo Gaelicux esperaba la señal ya durante la noche las Magas Blancas habían hablado en los sueños  de las buenas criaturas del bosque, aquellas que normalmente permanecen escondidas y apartadas de los humanos, explicándoles la importancia de lo que sucedería la mañana siguiente y pidiéndoles su ayuda desinteresada, y de sus madrigueras salieron pequeños duendes, ataviados con sus gorros verdes puntiagudos y sus pantalones de colores, de entre las flores donde permanecen escondidas, surgieron las aleisedas de cabellos rubios y belleza infinita así como los pigmeos de recios músculos de entre las ramas de los árboles, donde construyen sus moradas y todos ellos formaron un pequeño ejército de más de medio centenar de seres que rodeó a Pamoh y Edwing, dispuestos a hermanarse con los humanos y a luchar por su bienestar.

El caballo de Pamoh, al verse amenazado por seres que nunca antes había visto, se encabrió y relinchó con furia y trató de aplastar a las diminutas figuras que comenzaban a meterse bajo de su cuerpo y ascendían escalando por sus patas. Edwing tomó aire, dispuesto a barrer con una lengua de fuego a sus enemigos, fueran grandes o pequeños, humanos o mitológicos, y cuando ya abría la boca para dejar salir su aliento incendiado, sintió un horrible dolor en la base de su cuello: un pequeño grupo de pigmeos habían subido por su cola y su cuerpo y usando su legendaria fuerza, habían separado varias de las pétreas escamas que le protegían, dejando al descubierto su piel, en la que varios duendes clavaron sus puñales de duro acero. Rodroiux y Bräns aprovecharon el momento de dolor y confusión del dragón para situarse tras él y con sus espadas, tratar de cortar el final de su cola, uno de sus únicos puntos débiles. Sin embargo, no resultaba ser una tarea fácil ya que la bestia la agitaba con fuerza a un lado y a potro, tratando de golpear con ella a sus enemigos y acabar así con ellos. Los muchachos estuvieron atentos a otro instante de súbito dolor cuando los duendes alcanzaron, con la ayuda de los fortísimos pigmeos, otro punto de piel desprotegida para atestar certeros golpes que seccionaron su cola en dos. Edwing se giró repentinamente hacia ellos y logró sacar de su garganta una bocanada de fuego que por poco no les alcanzó: solo lograron ponerse a salvo saltando con fuerza hacia atrás casi cuando el aire ardiente les acariciaba el cuerpo. El dragón llevó sus patas delanteras hacia la parte trasera de su cuello, en un intento de quitarse a los seres que se le habían subido y le estaban martirizando, pero sus garras, cada una de ellas provista de cuatro grandes y puntiagudas uñas de la dureza de un diamante, estaban pensadas para sostener su pesado cuerpo en el suelo empedrado o ascender por las colinas y no tenían la habilidad suficiente para atrapar a pequeños seres de gran agilidad y rápidos movimientos.

¿Y qué pasaba mientras con Pamoh? Os preguntaréis. Mientras Edwing era atacado, las alisedas y algunos duendes se habían encaramado a su caballo, así como a la propia armadura del Caballero. Las primeras taparon con sus pañuelos de seda mágica los ojos del caballo, cegándolo, mientras que los segundos lanzaban pequeñas bolas de fuego que sacaban de debajo de sus gorros a la armadura que se calentaba y quemaba a Pamoh en el punto en el que impactaban. Con el caballo incapaz de ver y el Caballero centrado en sacudirse del cuerpo a los seres que le martirizaban, algunas alisedas trataban de atar entre sí, con cuerda tejida de su seda mágica, los cascos del animal. Lo lograron al fin, sorteando las coces que este lanzaba para defenderse, y los pigmeos empujaron al animal hasta que este perdió el equilibrio y cayó al suelo, arrastrando a Pamoh con él. Este fue el momento que Gaelicux y Salmax habían estado esperando, agazapados a pocos metros. El niño sacó de su zurrón una red, pero no una red cualquiera, sin una red mágica que le habían confiado las magas blancas muchos años atrás, y dándole un extremo a su hermana y tomando él el otro, saltaron con determinación sobre el caballo y Pamoh, que había quedado atrapado bajo él y cubrieron con ella a ambos. Tomaron unos palos que les trajeron las alisedas y la clavaron con determinación al suelo, valiéndose de unas piedras que los duendes les acercaron. Cuando el Caballero se vio atrapado de esta forma, rió burlón y confiado bajo su yelmo, pensando que una red no podría retenerle ni a él ni a su legendario acero. Sacó un afilado puñal que llevaba colgado de su armadura y trató de cortar las cuerdas, pero por mucho que lo intentaba no lograba siquiera hacer mella en ella. Al cabo de unos infructuosos segundos, entendió que debía tratarse de algún tipo de encantamiento el que le mantenía preso y que no podría soltarse por si solo y gritó a su dragón Edwing, exigiendo su ayuda.

Sin embargo, el dragón tenía sus propios problemas…

Con la cola cercenada le costaba mantener el equilibrio y los múltiples puñales que llevaba clavados hasta la empuñadura en su cuerpo le volvían loco de dolor. Los manotazos que daba con sus garras no lograban alcanzar a las ágiles figuras que martirizaban su cuerpo. Aun así, buscó de dentro de sí los ecos de su legendaria corpulencia y de un golpe seco tensó todo su cuerpo, estirando repentinamente su cuello, patas y alas todo lo que era capaz, haciendo que los pequeños seres que se le habían encaramando saliesen despedidos por los aires y la fuerza del aire que desprendió su movimiento hizo que Rodrioux y Bräns cayeran al suelo de forma violenta y rodaran varios metros golpeándose con las piedras del camino. Luego, desprovisto ya enemigos a su alcance, se giró hacia la princesa, que permanecía impasible frente a él, dispuesto al fin a acabar con esa mocosa que tantos problemas le había dado desde el día en el que nació.

El Caballero Pamoh sonrió feliz observando la escena: al final lograría su objetivo.

Edwing avanzó un par de pasos hacia Marianhe y bajó su cabeza hasta quedar a la altura de la muchacha. Apenas unos centímetros separaban las suaves facciones de ella de la ruda y áspera piel de él. Estaba tan cerca que con sólo soplar un poco su aliento de fuego la mataría de inmediato.

Rodrioux y Bräns, Gaelicux y Salmax, Monioux y Trufux, los pigmeos, los duendes y las alisedas, sí como algunos de los habitantes de SudTera’ que habían acudido al oír la lucha y se protegían entre los árboles del bosque, contuvieron la respiración. ¿Estaba todo acabado?

Sólo la princesa se mantenía tranquila. Siguiendo su instinto, levantó el brazo y puso su mano sobre la nariz ardiente de Edwing. Su gesto fue suave, casi como una caricia. Y como una caricia fue la sonrisa que entornó su rostro. Cerró los ojos y con inmensa calma y bondad, le habló al águila en cuyo cuerpo se había escondido el espíritu de Adihft. La princesa sabía que, en el interior de aquella bestia, el honrado corazón de un águila permanecía aletargado, encerrado bajo siete llaves de maldad infinita. Pero ella podría despertarlo, su instinto le decía que tenía la capacidad de volver a la vida al noble animal. Y poco a poco, Edwing sintió como algo se agitaba en su interior, como dentro de sí su cuerpo se rasgaba, se abría, como un huracán desaforado recorría cada rincón de sus entrañas separándolas en dos capas, una de maldad y otra de lealtad.
Los que estuvieron allí esa mañana recordarían toda su vida cómo el dragón Edwing aulló de dolor, con la mano la Marianhe depositada siempre suavemente sobre su hocico, cómo su cuerpo tomó mil tonalidades, desde el amarillo al rojo, al marrón, al negro y al amarillo de nuevo, cómo se envolvió en una nube de humo espeso que salía de bajo sus escamas, cómo su cabeza se encogía y en su rostro se iba formando un pico de final ganchudo, cómo poco a poco su cuerpo se fue reduciendo hasta no elevarse más de un metro del suelo. Y, finalmente, en medio de un estruendoso silencio, en el espacio que antes había ocupado la más temible fiera que haya nunca existido, se despertaba ahora un águila real.

Pero eso no fue todo. Pocos segundos después, del cuerpo del águila brotó una leve niebla que se agrupó hasta convertirse en una negruzca bola de humo de unos pocos centímetros de diámetro. Era al espíritu de Adifth, el Gran Mago Negro, que buscaba desesperado otro cuerpo en el que reencarnarse y seguir haciendo el mal.

Tal vez no todo había acabado para nuestros valientes… Pero Rodrioux estuvo atento y silbó a Gaelicux, quien con determinación sacó de su zurrón una botella de turbio vidrio grueso y tapón de corcho y se la arrojó. Rodrioux la tomó al vuelo y antes de que nadie pudiese reaccionar, metió en ella al malvado espíritu y la tapó, apretando con fuerza el corcho y cubriéndolo con lacre después. Adifth, encerrado en su interior, trató de escapar, pero fue en vano: se trataba de una botella mágica, proporcionada por las magas blancas y destinada a alojar en su interior al malvado brujo hasta el fin de los días.

Con Edwing desaparecido, los muchachos liberaron al Pamoh de su red. Este se levantó encolerizado y desenvainó su espada. Ante su gesto, todas las pequeñas criaturas mitológicas, los pigmeos y las alisedas y los duendes, se cerraron desafiantes frente a él, y los habitantes del reino salieron de sus escondites en el bosque, portando las armas que tenían: hoces y azadas y palos y avanzaron con determinación hacia el Caballero. Este entendió que todo estaba ya perdido y montó en su caballo y se alejó presuroso, dispuesto a no volver jamás.

-Enhorabuena, Marianhe. Eres la nueva reina de SudTera’. Y lo serás de todo el Continente y traerás a estas tierras una nueva época de paz, justicia y prosperidad –le dijo Rodrioux a su hermana.

– ¿Y tú? ¿No me acompañarás? No puedo ni sé gobernar sola– pregunto ella.

– Yo parto ahora para buscar a nuestros padres de donde les encerró ese malvado Pamoh. Y no estarás sola, creo que sé de alguien que estará encantado de permanecer a tu lado y apoyarte en todo cuando precises –contestó su hermano mirando de refilón a Bräms, quien ardía en deseos de besar a Marianhe.

Y de cómo se besaron finalmente y como fue ese beso (uno de los más legendarios de la historia, como podréis suponer), y como Rodrioux (acompañado de los fieles Gaelicux y Salmax y sus dos perritas) rescató a sus padres y como la paz llegó al fin a todo el Continente, os hablaré en otra ocasión, si es este vuestro deseo.

El cuento de la princesa que no sabía que lo era (8)

De como la princesa y sus acompañantes llegan a enfrentarse con Pamoh y Edwing

Las princesas de los cuentos que siempre habéis escuchado esperan pacientemente a que su enamorado venga a rescatarlas; sin embargo, en nuestra historia, la princesa Marianhe es diferente, más audaz, y en vez de actuar como una pusilánime princesa de cuento tradicional, parte con decisión con sus nuevos amigos a enfrentarse a Pamoh y su horrendo dragón Edwing. Ella misma encabezaba la pequeña expedición de héroes que, quizá de forma algo inconsciente, quería salvar a todo el Continente de la tiranía del malvado rey usurpador. A su lado, Rodrioux vigilaba en silencio el camino, las sombras tras los árboles que les rodeaban, como el hermano mayor que era al cuidado de su hermana. Unos pasos por detrás, Gaelicux y Salmax avanzaban confiados en las dos figuras que les precedían, aunque aún un poco asustados por su enfrentamiento con Edwing, y cerrando el pequeño grupo, Moniux y Trufux correteaban de un lado a otro, olfateando el aire, asegurándose que no se percibía rastro alguno del hedor sulfuroso del dragón. Vistos desde lejos, nadie confiaría en que en ellos residían todas las esperanzas de libertad y felicidad de las buenas gentes del Continente, pero probablemente no había seres más valerosos y determinados a cumplir con su deber que esos dos jóvenes, dos niños y un par de perritas juguetonas.

– ¿Cuánto nos llevará el camino hasta la Casona de Pamoh? –preguntó la princesa.

– La Casona de nuestros padres, en realidad. Son solo unas leguas, tendremos que pasar la noche en el bosque y legaremos allí después de amanecer –contestó Rodrioux y nada más hacerlo, levantó una mano pidiendo silencio al todo el grupo y exhortándoles a esconderse quedamente entre la maleza. No sabía bien si había sido su fino oído o su instinto, pero algo le indicaba que no estaban solos en ese tramo del camino.

El muchacho, agazapado entre los arbustos, se alejó de sus acompañantes hasta donde había creído oír o ver o intuir algo. Regresó minutos después, trayendo cogido de un brazo retorcido a la espalda a un joven de su misma edad, y que avanzaba a trompicones, con un gesto de dolor en el rostro ante la fuerza con el que el otro le sujataba. La princesa apenas podía creer que lo veía:

– ¡Bräns! – exclamó, mirando al muchacho. Y dirigiéndose a su hermano, le ordenó: – ¡Suéltale!

– ¿Le conoces? – preguntó Rodrioux extrañado, soltando al joven.

– ¡Claro! Es un chico de la aldea. ¿Qué haces tú aquí?

– Desapareciste… y salí a buscarte. Por casualidad vi la luz de un pequeño fuego salir de una cueva y esperé escondido fuera. Te vi salir con tus acompañantes… y os seguí por si estabas en problemas.

A Rodrioux no le pasó desapercibido el cruce de miradas entre Marianhe y Bräns e intuyó que no lograría que se marchara fácilmente pero aun así lo intentó.

– Bien, ya ves que la prin… que Marianhe está perfectamente así que ya puedes volver al poblado y tranquilizar a su familia.

– No sé dónde vais, pero no tiene el aspecto de que marchéis tranquilamente por lo que creo que nos os vendrá mal mi ayuda.

– No te lo puedo permitir. No es una misión sencilla la que tenemos ni ausente de peligro. Más bien todo lo contrario.

– Pue si Marianhe corre algún peligro, con más motivo debo acompañaros.

A la joven princesa se le enternecieron los ojos a oír a Bräns hablar así y le pidió a su hermano que le dejase ir con ellos. Este al final accedió, valorando que, en cualquier caso, les vendría bien un miembro más en esa loca expedición.

Avanzaron durante un par de horas más, sin más contratiempos que un par de tropiezos de Salmax, hasta que Rodrioux calculó que ya estaban cerca de la Casona y propuso pasar la noche al abrigo de unas enormes y tupidas hayas. Sabía que su misión era muy complicada, pero si se enfrentaban al Caballero y su dragón de noche, sus posibilidades de salir con bien serían mucho menores aún. De este modo podría dar, además, más tiempo a las magas blancas para recuperarse del agotamiento del hechizo que les había salvado, haciéndoles desaparecer ante los mismos ojos del dragón. Cualquier ayuda adicional que tuvieran sería poca.

No encendieron ningún fuego para no alertar de su presencia y cenaron un trozo de queso de oveja y pan que Gaelicux llevaba en su zurrón. Salmax sacó del suyo unas botas de cuero con agua fresca y cristalina y tras terminar su frugal cena, se echaron a dormir. Rodrioux observó cómo Bräns echaba su propia capa sobre la princesa, más recia y gruesa que la que ella llevaba y luego se tumbaba a su lado. Pronto quedaron todos dormidos menos él, que se alejó unos pasos para vigilar el grupo que reposaba en silencio y para hablar mentalmente con las magas blancas, con la intención de pedirles consejo para la peligrosa batalla que tendrían que acometer al día siguiente.

Fue el trino de los pájaros el que despertó a los jóvenes valientes. Se desayunaron con un dulce bollo de pasas y nueces que, de nuevo, sacó Gaelicux de su zurrón y sin dilación partieron al encuentro de sus enemigos. Antes de abandonar los últimos árboles del bosque y adentrarse en la explanada frente a la Casona, Edwing les olió y preso de una descomunal furia se plantó cuan enorme era en mitad del camino. Sus ojos amarillentos y veteados de negro refulgían de odio. Para imponer más terror aún, alzó el vuelo y ya en el aire, bramó con toda la intensidad de sus pulmones le permitieron, haciendo que de muchas de las casas cercanas se desprendiera su techumbre de paja. Luego extendió sus alas completamente, alcanzando un desmesurado tamaño y por unos instantes tapó la luz del sol. Cuando vio a su amo, el caballero Pamoh, el falso rey de SuDtera’, avanzar cubierto por su brillante armadura y montado en su brioso caballo de crines negras y hocico humeante hasta la mitad del camino que llevaba de la Casona hasta el bosque, descendió y se puso a su lado, aguardando la orden de acabar al fin con esos despreciables seres que llevaban años escondiéndose de él.

Nuestros valientes héroes, avanzaron con determinación hacia sus dos enemigos. Rodrioux les observó por un instante. Bräns y los dos niños estaban pálidos y las perritas avanzaban tímidamente, con el rabo escondido entre sus patas traseras, pero la princesa lo hacía decidida, con aspecto calmado.

– Tengo miedo –le dijo Salmax a su hermano. Este le cogió de la mano y contestó, pensando en las instrucciones que le había dado al oído Rodrioux unos minutos antes.

– No te preocupes, todo saldrá bien. Tú haz lo que yo te diga.

El grupo se detuvo a unos quince pasos de Pamoh y su dragón esclavo. Rodrioux se dispuso a hablar, pero Marianhe se le anticipó:

– Soy la Princesa Marianhe y mis padres, a quienes tienes encerrados en la casa, son los verdaderos reyes de SuDtera’. Tú y tu mascota no sois más que unos impostores así que os exijo que os marchéis de estas tierras y nos deis vuestra palabra de que nunca volveréis por aquí ni por ningún otro reino del Continente.

Por toda respuesta, el Caballero rio con furia bajo su yelmo y Edwing lanzo una bocanada de fuego que hizo arder unos árboles del bosque.

– ¿Entiendo que esa es vuestra respuesta? – preguntó la princesa

– Así es – se oyó desde dentro del yelmo

– Entonces deberéis prepararos para que acabemos con vosotros.

Capítulo fnal: De a lucha de la princesa y sus amigos con Pamoh y Edwing y el final de esta historia