Huida (2)

Poco después de las ocho de la mañana, arrancó suavemente el X3 y salió del hotel hacia la Castellana, de ahí a la estación de Atocha, la A42, la M40 y llegó a la A5. Calculaba unas seis horas de viaje (algo menos, en realidad ya que no solía conducir despacio). Encendió el equipo de música que había sincronizado la tarde anterior, al recoger el coche con el bluetooth de su móvil y puso música de Eliane Eias. Una vez en la autovía, y ya con escaso tráfico, se fue relajando poco a poco. Trató de recordar la última vez que había hecho un viaje en coche solo. Hacia años ya. Los últimos habían sido con Erika. Casi todos sus viajes actuales eran por trabajo y los hacía en avión o AVE. Con la vista en la carretera, rememoró cuando en su infancia y su adolescencia iba en el coche de sus padres, con sus dos hermanas mayores que él: los fines de semana, para comer en casa de alguno de sus abuelos o los interminables viajes por vacaciones (tenían una casa en Cádiz y llegar allí les costaba por entonces casi el día entero). No existía Spotify ni tan siquiera los CDs y en el coche se escuchaba la radio convencional. Los domingos, a la vuelta de la comida, oían la retransmisión de los partidos de fútbol (entonces todos se jugaban a la misma hora: las cinco de la tarde), normalmente en Radio Intercontinental que era la que más le gustaba a su padre para eso. Lucas había interiorizado esas narraciones imposibles (la expresión «y el jugador pierde la verticalidad tras la falta del contrario» le fascinaba porque la sabía circunscrita a esa liturgia: no podía llegar de casa con los pantalones rotos y una herida en la rodilla y decirle a su madre «he perdido la verticalidad en el colegio jugando a policías y ladrones») y las aguardaba con deseo cuando la rutina de besos y abrazos y ponerse los abrigos, bufandas y guantes anunciaba el final de la visita a los abuelos y el regreso en casa en coche. No era por interés en lo que contaban sino por la forma tan desmedida, hiperbólica en la que lo hacían.  Lucas se sonrió: ni sabía cuánto tiempo hacía que no escuchaba un partido de futbol en la radio (no le interesaba ese deporte y, si acaso, veía con Erika algún partido importante de la selección por la televisión). Los viajes largos, por su parte, comenzaban con la radio en la SER o la COPE, escuchando los programas de noticias (solían emprender la marcha el viernes temprano, para evitar lo más posible los atascos y el calor) con Gabilondo, del Olmo. De nuevo a Lucas le fascinaba la forma de expresarse, la sonoridad de sus voces, de forma que casi le daba igual lo que contasen, a él le gustaba ese sexto pasajero en el coche que los entretenía, los acompañaba, los instruía, los ponía al día de lo que pasaba en su país o cualquier otra parte del mundo. Esos programas daban luego paso a las desconexiones regionales, con temática mucho menos interesante pero él apenas notaba el cambio ya que seguía más absorto en imaginar como serían las personas de las que salía esa voz, el lugar donde trabajaban (que imaginaba casi como una cápsula herméticamente cerrada al vacío para que ningún ruido del exterior pudiera alterar la esencia del programa) que en escuchar qué contaban. Luego llegaba un punto en el que la radio del coche ya no sintonizaba nada con claridad suficiente y sus padres ponían cintas en el radio casete. La colección era limitada (y se repetía en todos los viajes), pero dispar: una cinta de Isabel Pantoja que le gustaba a su madre, de Santana, otra de chistes de Arévalo… pero ahí Lucas ya perdía todo el interés y se unía a la letanía de sus hermanas preguntado cíclicamente si faltaba mucho y recordando que necesitaba parar porque se hacía pis.

Esa asociación a los viajes en coche con la radio dejó alguna impronta en su cerebro y cuando fue él quien conducía en solitario a la casa de verano (recién entrada en la veintena, se quedaba en Madrid con algún trabajo temporal que le ayudase a pagar sus gastos de universitario e iba a Cádiz dos o tres fines de semana) en el viaje no se ponía la música que ya había aprendido a apreciar sino los programas de la radio. Avanzado agosto ya no estaban los presentadores oficiales, sino los sustitutos (y a veces, los sustitutos de los sustitutos) y la ausencia de temas a tratar hacía que, en realidad, carecieran de todo interés pero Lucas escuchaba de igual modo entrevistas a secundarios o extraños personajes, programas dedicados a películas olvidadas, rutas turísticas por pueblos de Castilla o las diversas recetas de la tortilla de patata. Todo eso para él era indiferente. El arrancar el coche, salir a la carretera y oír la radio ya le transportaba a las vacaciones.

La Huída (1)

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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