
Y necesitaba distancia física con Erika. Estando en la misma ciudad no sabría cuanto tiempo resistiría la tentación de volver a sentarse en la puerta de su trabajo y observarla entrar o salir de él, solo o acompañada de Ricardo.
Desde la habitación del hotel alquiló un coche a medio plazo (no sabía cuánto tiempo lo necesitaría) que podría recoger en la estación de Chamartín en un par de horas. Eligió un BMW X3. Tenía un coche propio, un Alfa Romeo Stelvio que conducían los dos y que había dejado en el garaje de casa para que lo usara Erika. Al recogerlo se aseguró que pudiese sacarlo de España.
Su plan era muy sencillo, en realidad. Tanto, que no era casi ni un plan. Recorrer la costa en coche, comenzando por Lisboa. Estaría en cada ciudad un tiempo indeterminado (uno, dos días, una semana…): una mañana se levantaría, se diría «pues aquí ya no pinto nada más», y cogería el coche hasta la siguiente parada. De Lisboa al Algarve y de ahí, siempre por la costa, a Huelva, Cádiz, Málaga… y seguiría así hasta que sintiera que estaba preparado para volver.
A Lucas de gustaba la soledad de los hoteles por lo que se está de paso, aquellos de los que no se espera más que funcionalidad y limpieza y poca relación con el personal u otros huéspedes. Ahora ya no viajaba apenas por trabajo, pero en sus inicios (cuando era un programador a sueldo en una importante consultora y no un freelance con sus propios proyectos) sí lo hacía con frecuencia; el resto de sus compañeros se quejaban de esas noches frías y solitarias pero Lucas las recibía con agrado: tomar la tarjeta de acceso a la habitación, subir hasta ella, abrir la puerta, encender las luces y encontrarse con un entorno limpio, habitualmente no muy grande, aséptico, deshumanizado, oliendo a nada; cerrar la puerta tras de sí y que esa cama de blancas sábanas y prietamente remetidas, esa mesa habitualmente pequeña e incómoda, esa juego de interruptores que encienden luces con secuencias ilógicas, fuera su hogar durante uno, dos días, le relajaba. Ponía la televisión sin volumen (cualquier programa: solo necesitaba ver movimiento en la pantalla), descorría las pesadas cortinas opacas para iluminar todo lo posible la estancia, ponía música en su móvil, el ordenador sobre la mesita, la novela que estaba leyendo sobe la mesilla y cerraba los ojos y respiraba hondo, despacio, una vez, otra, relajándose cada vez más, vaciando su cabeza de código, de problemas, de prisas, de la última conversación interrumpida con Erika. Luego, al cabo de un rato, poco a poco volvía a la normalidad: deshacía la pequeña maleta y colocaba la ropa con cuidado con el armario (si algo se había arrugado en exceso lo colgaba en el baño y dejaba la ducha abierta un buen rato con el agua caliente al máximo, para que el vapor redujese las arrugas), sus artículos de aseo alineados junto al lavabo, mandaba un mensaje a Erika avisándola de que ya estaba en el hotel y se sentaba a trabajar un rato más o pedía directamente algo de cenar, dependiendo de que hora fuera.
Eso, que en cierto modo había revivido en el hotel de Madrid en la última semana, era lo que proponía hacer ahora pero durante un tiempo indeterminado.
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