Lucas, un banco y un señor mayor

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A la una, después de haberse duchado de nuevo y vestido con unos vaqueros, un jersey azul de cuello vuelto y un abrigo gris, volvía a salir a la calle. Cogió el metro en Menendez Pelayo y fue hasta Bilbao. En la misma estación compró un bocadillo de jamón con queso y una lata de Coca Cola light y se sentó en un banco a comerlo. Desde él veía la puerta de la auditora donde trabajaba Erika. Ella solía salir a comer pronto, así que supuso que no tendría que esperar demasiado. Masticaba despacio, sin prisa, mientras notaba el viento sobre su cara y revisaba Twitter en su móvil. Tenía una cuenta desde la que seguía a más de mil personas, entre políticos, economistas, periodistas, ingenieros, matemáticos o expertos en inteligencia artificial. Sin embargo, a él no le seguía nadie: jamás había escrito un solo tuit o contestado o retuiteado alguno. No e interesaba ni mostrar su opinión ni entrar en polémica: consideraba a Twitter simplemente como un medio para informarse. Por otro lado, era la única red social que tenía. Por un momento amagó con llover y cayeron unas gotas, que cesaron con rapidez, como si se hubiesen equivocado al aparecer y corrigieran su error.

Su teléfono sonó dos veces. Una era un correo electrónico de su cliente, en respuesta al suyo de esa mañana: “Hemos hecho los primeros tests. Alucinante, como siempre. Eres un genio. Ve emitiendo la factura”. En la segunda se trataba de un whatsapp de Erika: “Qué tal tu mañana? Por aquí mucho lío. Hablo luego con mi jefe y me lo confirmará pero quizá tenga que ir a Barcelona un par de días. Hablamos esta noche. TQ”. “OK, no te preocupes. Tengo que ir al centro. Me esperas y te invito a comer?”. Su respuesta tardó apenas unos segundos. “Me gustaría, pero no voy a poder. Entre lo que te he comentado esta mañana y preparar el viaje, estoy hasta arriba. Comeré un bocadillo en la oficina”. “OK. TQ”.

 – Yo he comido un bocadillo de jamón y queso blando, pero le apuesto lo que quiera a que ella come sentada en la mesa de un restaurante. Y no sola.

– Perdona, hijo, ¿me dices a mí? -A su lado en el banco se había sentado pocos minutos antes un señor mayor. Vestía con un abrigo gris de excelente corte, bufanda de seda y una elegante gorra color marengo. Apoyaba las manos sobre un bastón con la empuñadura labrada. A Lucas le llamó la atención la claridad con la que vocalizaba y la ausencia total de acento. Tenía un habal perfecto y neutro-. Me he sentado un momento a descansar. Con este frio las piernas no me sostienen demasiado tiempo. Pero aun así nunca falto a mi paseo antes de comer.

– Mi novia trabaja en esa oficina de allí. Le he preguntado si quiere que comamos juntos y me ha contestado que no puede, que tiene mucho trabajo y que tomará un bocadillo en la mesa.

– Tú ya te estás comiendo un bocadillo, hijo.

Lucas se fijó en el hombre. Era mayor de lo que aparentaba a primera vista. Tenía el rostro cuidado, con un bien afeitado bigotito canoso. Los zapatos lustrados. Los pantalones caían con una raya perfecta. De la manga del abrigo asomaba un cronógrafo elegante, marca IWC. Lucas supuso que llevaría un buen jersey de pico y una corbata con un pulcro nudo. Y que harían perfecto juego. Sus ojos eran azulados y muy vivos. Los guiñaba ligeramente pero Lucas supuso que no lo hacía para ver mejor sino porque estaba pensado.

– Usted sabe tan bien como yo lo que va a pasar… – se aventuró a decir.

– Hijo, a mi edad, si uno ha estado atento en su vida y usa la cabeza para algo más que para ver la televisión, se suele saber que va a pasar. En realidad, todo es bastante sencillo. Como te digo, solo es necesario estar atento y atar cabos. Esa es la clave: siempre hay cabos que atar, pero parece que preferimos pasarlos por alto. Y eso es algo común que le ocurre tanto la persona más poderosa que puedas imaginar como al más simple que hayas conocido. Por otro lado, nos gusta creer que somos originales, auténticos, pero siempre se repite la misma historia: diferentes personajes, diferentes lugares, diferente tiempo… Pero los hechos no cambian. Una y otra vez. Machaconamente. Por supuesto, somos demasiado orgullosos como para creer que no somos más que otro capítulo repetido de una telenovela. Y demasiado estúpidos como para ver las señales. Y seguramente eso este bien, porque nos da una falsa sensación de ausencia de mediocridad y mejora nuestra autoestima. Es el truco de autoprotección del que se sirve la vida para que no nos rindamos al hastío y que podamos levantarnos cada día con alguna esperanza. Pero, hazme caso, todo está ya contado. Y es demasiado obvio. Si lo piensas, me darás la razón.

– Puede ser -contestó Lucas, más para obligarle a salir que porque le diera tímidamente la razón.

– Tu también te estás autoprotegiendo ahora. No me sorprende. Pero eres una persona analítica e inteligente. Reflexiónalo y verás que tengo razón.

– ¿Cómo sabe que soy analítico?

El señor bien vestido se limitó a encogerse de hombros y siguió mirando a Lucas a los ojos. Parecía disponer de todo el tiempo del mundo.

– ¿En qué trabajaba usted? – preguntó Lucas cuando entendió que no le diría nada más.

– Durante mucho tiempo fui economista en el Banco de España. Luego me cansé y me despedí. Y me dediqué a aprender a tocar el piano. Y a leer mucho. Y a pasear y a cocinar arroz, que es lo que toda mi vida quise hacer. Llevo más de veinte años retirado. Y sé quizá más de mil formas distintas de preparar el arroz.

Lucas volvió a mirar su ropa. Se fijó en sus uñas bien cortadas.

-Tuvo que ahorrar mucho para poder permitirse tantos años sin trabajar y no reparar demasiado en gastos.

El señor bien vestido cerró los ojos un instante, como si recordara. Una sonrisa se le dibujó en la cara.

– Esa es otra historia.

– ¿Una de esas repetidas?

Vivió a encogerse de hombros y Lucas pensó que no le sacaría nada más. Sin embargo, uno o dos minutos después se explicó:

– Bueno, digamos que un día me senté en el despacho del Gobernador y puse de manifiesto algunas de las deficiencias que había en la seguridad del edificio. Que eran bastantes, por cierto. Hacer informes de coyuntura económica es muy aburrido y en realidad no lleva mucho tiempo: una vez que sabes como funciona el mundo, se escriben en un momento. Solo debes tener cuidado de lo que dices cuadre mínimamente con los datos, nada más. Así que yo me aburría en mi despacho y me dedicaba a jugar. Recuerdo que una vez escribí un informe trimestral que versaba sobre la situación económica de España en el que uniendo la primera palabra de cada párrafo salía el comienzo de El Quijote: “En un lugar de la mancha…”. Nadie se dio cuenta. Otra vez escribí un informe en el que cada párrafo tenía justo una palabra más que el anterior. O un memorándum para la Unión Europea, bastante confidencial y delicado, por cierto, así que permite que no entre en detalles, en el que la letra por la que comenzaba la última palabra de cada párrafo componía la frase “ni yo me creo lo que estoy diciendo”. En inglés, claro “I’m not even believing what I’m saying”.

– Así que nos pudo meter en un conflicto diplomático en un aburrimiento suyo.

El señor mayor ignoró el comentario de Lucas, que sabía no sincero.

– Lo mejor es que el Gobernador de entonces me felicitó. El informe causó una buena impresión entre sus colegas europeos.

– En cualquier caso, no me imagino yo que nadie se dedique a leer los informes del Banco de España buscando claves secretas…

– Pues deberían, hijo, te aseguro que sería mucho más entretenido. Y mucho más útil, probablemente. En cualquier caso, de todo se cansa uno así que un día me dio por fijarme en la seguridad del edificio. Un mes después mandé un e-mail al Gobernador mostrando alguna de las deficiencias, pero solo por encima: quería preocuparle. Tuvimos una conversación muy provechosa. A los quince días le entregué un informe completo y yo firmé un acuerdo muy generoso que me permitía retirarme.

– Eso se lo está inventando.

– ¿Tú crees? Sabes que es verdad. Si lo piensas, lo sabrás.

Lucas sintió que algún hombre mayor, bien vestido, con pulcra dicción, no le engañaba. Aun así, insistió:

– ¿Y qué es lo que le contó? ¿Cómo robar el oro de un bunker inundado usando una cámara de interconexión para entrar y salir?

El señor bien vestido dibujó una sonrisa y se tomó un par de segundos antes de contestar:

– La serie está entretenida. Mucho. Hasta yo la he visto. Pero no se ajusta a la realidad del Banco de España. No se inunda la cámara sino el foso que la precede. Ese foso se cruza por un puente por el que solo puede pasar una persona a la vez. Y está entre dos puertas acorazadas, para abrir la segunda hay que haber cerrado previamente la primera. Una de las cosas (no la única ni la más grave) que le comenté al Gobernador tenía que ver con el funcionamiento de esas dos puertas. El sistema tenía, por decirlo de algún modo, un defecto de diseño.   

– Ya. Y, ¿por qué prefirió contar las deficiencias de seguridad en vez de aprovecharse de ellas?

El señor bien vestido se detuvo un momento y miró a Lucas a los ojos. Tal vez valoraba si aportarle algún detalle más de su historia. Se acarició levemente el bigote y sonrió maliciosamente.

– Otro día seguiremos hablando, hijo. Tu novia va a salir por esa puerta en breve, a comer. Como bien sabes, no va a tomar un bocadillo en su mesa. Y como también sabes, saldrá acompañada. De una sola persona: un hombre joven que está enamorado de ella. Pero no te descubro nada contándote esto. Lo que tú no sabes y necesitas averiguar es si ella también está ya enamorada de él o lo está aún de ti. Y eso, hazme caso, no lo vas a averiguar sentado en un banco a la puerta de su trabajo.

El hombre se levantó despacio y tomó su bastón.

– Me marcho ya. Se me hace tarde. Tengo una base de alcachofas y foie con vino blanco espectacular. Solo le falta añadir el arroz. A mi edad, debo comer a horas fijas. De lo contrario la digestión se me hace muy pesada -y se levantó y alejó din darle opción a Lucas a replicar, con pasos rápidos que desmentían su afirmación inicial sobre que el frío que impedía que las piernas lo sostuvieran.

– ¡Oiga! ¿Cómo se llama usted? – pero el ajetreo de la calle impidió que el señor bien vestido le oyese. O quizá simuló que no le oía.

Sin embargo se volvió y le dijo:

– Volveremos a vernos, Lucas. Seguro.

“¿Cómo demonios ha sabido mi nombre?”

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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