
Pero no empezó a seguirla en Instagram por sus gustos de literatura, música o cine sino porque la vio casualmente en el perfil de un compañero de trabajo y se enamoró al instante de su pelo castaño ni corto ni largo, su cara alargada de ojos rasgados que ella acentuaba aún más con maquillaje, de sus labios permanentemente pintados de rojo brillante, su mirada pícara sobre el puente de las gafas de pasta azul. También se enamoró de sus vestidos breves, sus faldas cortas y sus tops que dejaban ver su ombligo coronado por un pircing en forma de calavera. Ella solía posar frente al espejo del baño o en cualquier lugar de su casa, recostada en la cama, sentada o tumbada en el sillón, de pie frente a la estantería de libros, dando la espalda a la cámara y girando la cabeza hasta esta, cocinando algo en una sartén vestida solo con una camiseta. Él suponía que eran estas fotos hechas por ella misma, con el disparador automático, ya que nunca mencionaba a ninguna otra persona. Y así, a través de estas instantáneas que ella había ido subiendo con casi diaria regularidad a Instagram, él había podido llegar a conocer a la perfección como era su casa, cada uno de sus rincones, y hasta la ropa que guardaba en su armario, a la derecha de su cama.
Y aunque a principio no sabía dónde vivía, había llegado a descubrirlo a través de las vistas de las ventanas que ella fotografiaba al fotografiarse a sí misma. De la silueta de los edificios que se veían desde el salón y su continuación desde la habitación y un parque de altos árboles desde la cocina, con una carretera de varios carriles y muchísimo tráfico al fondo, él situó su residencia. El trabajo le costó algo más de tiempo pero menos esfuerzo: una mañana ella subió una foto con el pelo recogido (cosa poco habitual) y abrigo gris bajo el que apenas se adivinaba el ribete de una falta, entrando en una librería y con el texto “mi trabajo”. El rótulo del establecimiento no se veía completo pero las sí las primeras palabras y una simple búsqueda en internet le valió para identificar el sitio.
Ya sabía dónde vivía. Ya sabía dónde trabajaba. Dio vueltas a ese conocimiento durante días, semanas, mientras ella seguía subiendo fotos de su vida diaria, con poca o mucha ropa, rodeada de libros o cocinando, y él seguía estudiando cada detalle de ellas.
Y, al final, se decidió a conocerla. Era una buena idea porque cuando ella supiera que él era su alma general, aliado en tantos gustos comunes, sólo sentiría no haberlo conocido antes. Pensó que sería más prudente hacerlo a la salida del trabajo que abordarla cerca de su casa. De este modo ella se mostraría inicialmente más confiada. Solo necesitaba saber que contarle en ese primer momento y a construir su discurso dedicó casi dos semanas. Escribió cientos de borradores que, tras revisarlos y corregirlos meticulosamente acabaron en la papelera. Durante esas dos semanas, cada tarde, al llegar a casa, dedicó su tiempo al discurso. Dejó de ir al gimnasio, dejó de ir a la asociación con la que colaboraba y más de una noche dejó incluso de cenar. Pero el esfuerzo daba resultados: con cada borrador lograba acercarse un poco más a lo que él pensaba que ella querría escuchar: como se habían emocionado (sin saberlo) con la misma novela, cómo habían llorado con la misma película (y esto tampoco lo habían sabido en su momento) o lo mucho que él le gustaba ese ceñido vestido blanco con siluetas negras y amplio escote que ella solía usar los días en los que necesitaba levantarse el ánimo. Ganada su confianza con el discurso, él le explicaría entonces como había soñado noche tras noche con en el calor que sentiría su mano cuando entrase por el generoso escote y liberase su pecho de la presión del sujetador, como sentiría sus pezones endurecerse bajo la yema de sus dedos y como ella sentiría el placer de la caricia. Le contaría la devoción con la que había estudiado cada rincón fotografiado de la casa y como gracias a ello la conocía en profundidad, rellenando los rincones que aún permanecían escamoteados a Instagram con su imaginación. Le diría a continuación que fueran a esa casa, ya prácticamente el hogar de los dos, donde él le prepararía unos huevos rotos con jamón en la cocina que por fin pisaría y que tomarían con una botella de Ribera de las que ella guardaba en una pequeña nevera para vino en el comedor.
En su cabeza todo tenía una lógica absoluta.
Una mañana soleada, no distinta a cualquier otra, armado con su discurso que sabía de memoria tras de haberlo practicado cientos de veces frente al espejo del baño, salió sin despedirse de la oficina donde trabajaba, con tiempo suficiente para llegar antes de la hora de cierre de la librería al medio día; cogió el metro y luego un autobús y a la una y cuarto se sentó en un banco frente al local. Ella saldría a y media.
Aprovechó los minutos que aún tenía para repasar mentalmente su discurso, mientras miraba distraído a la gente que pasaba: en su mayoría eran personas mayores cargados con bolsas que iban o venían de la compra. Encendió un cigarrillo y al momento un chico que difícilmente llegaba a la edad legal le pidió fuego. Un hombre de unos treinta años, con barba larga y tatuajes en los brazos se paró frente al escaparate y miró los libros.
La puerta salió a la una y treinta y cinco ella salió de la tienda poniéndose unas gafas de sol de pasta color coral tras quitarse la de ver. Miró a ambos lados de la calle. Él se levantó del banco y se dirigió decidido hacia ella. Por un segundo, los ojos de ella se posaron sobre él y se detuvieron, como si se preguntaran porqué esa persona se le acercaba. Luego siguió girando la cabeza y vio al chico de la barba larga y brazos tatuados, ya muy próximo. Sonrió. Entreabrió la boca y paso los brazos por su cuello. Lo besó con fuerza. Los brazos tatuados bajaron por la espalda de ella y la cogieron del culo. Él se detuvo. En ninguna de sus publicaciones de Instagram había aparecido ese chico. Ni le había mencionado. Se alejaron de él, camino a una boca de Metro mientras seguían comiéndose los labios. Apretó los puños. Sentía sus latidos en las sienes. Vio como desaparecían por las escaleras del metro. Lo pagarían. Ambos. No estaba bien que jugaran con él como habían hecho. Sabía dónde vivía.