
Y otro domingo por la tarde sin que nada haya cambiado. Otro domingo más, no muy distinto del anterior y terribemente parecido al siguiente, con una semana repetida, insignificante por su hastío. Un domingo de rutinas conocidas: despertarme demasiado pronto, aunque la noche anterior mis recuerdos y dudas me hayan tenido en vela durante horas, salir a correr por los sube-y-bajas de la ciudad, cuando aún no ha amanecido y los Starbucks siguen con las puertas cerradas, tomar el primer café de muchos, fuerte y solo en la cocina de mi casa de allí, tratar de escribir un poco tras la ducha, no lograrlo, leer algún libro mientras oigo jazz de fondo, salir a comer una ensalada o plato rápido por falta de ganas de cocinar, ver una película clásica en blanco y negro, tratar de escribir de nuevo. Y no lograrlo, de nuevo. Y que ni tan siquiera me quede el recurso de ir al Jonny Grill ya que Sam nunca toca los domingos por la noche.
Pero no pasa nada, me digo. O me engaño. Todo esto pasará. De una forma u otra, se solucionará. Yo aún no podría saberlo pero pocos días después de ese domingo (o acaso fuera otro: de tan parecidos ni yo podría distinguirlos) conocería a Sarah y las cosas mejorarían para mí en San Francisco. Y para ella también, de algún modo. Aunque el final no fuese el que ella quisiera durante nuestro tiempo pero sí el que ella quería al comienzo de nuestro de tiempo. Tampoco yo sabría decir ni entonces ni ahora si ese final era el que yo quería. Y meses después recibiría la carta de Sam y yo volvería a España. Pero yo entonces no sabía nada de eso y ni siquiera hubiese tenido las ganas de imaginarlo ya que mis días de entonces pasaban con pereza y e inutilidad.
A veces miraba mi vida como alguien externo a ella, como si no fuese mía. «Mira», me decía, «ahí está Sebastian repitiendo sus rutinas: tomando un café de pié en la cocina, ahora lava la taza y el plato y sale de la cocina y abre el ordenador sobre la mesa del comedor, relee los últimos párrafos para buscar la inspiración o quizá el hilo de su historia pero no lo encuentra y retrocede algunas páginas más, hasta el inicio del capítulo y mientras lo hace enciende un cigarrillo y piensa que coño hace él a nueve mil kilómetros de su casa y piensa también en lo que podría estar haciendo Blanca en ese momento cuando para ella acaba de empezar su domingo y tiene todo el día de descanso por delante. Sebastian supone que habrá quedado a comer con su novio, o tal vez se hayan despertado juntos, en esa cama y en esa habitación en la que él ha estado alguna vez, no muchas ya que era más cómodo y menos peligroso que se vieran en su ático de Juan Bravo. Él quiere creer que ese novio de trajes mal cortados ya no existe pero sabe que sus deseos dificilmente coincidirán con la realidad».
Me veo a mi mismo sentado en la silla en la que me sentaba en mi casa de San Francisco, pensando en las cosas en las que pensaba cuando vivía allí. O cuando dejaba pasar el tiempo allí, que no es lo mismo.
Pero solo es una tarde más de domingo, una mala tarde de domingo, nada más. Todo pasará, me decía a pocos días de que conociera a Sarah y pareciera que las cosas mejoraban un poco.