Lucas
Lucas decidió que su novia lo engañaba con otro hombre.
Así lo percibió él: no como algo que se averigua o te cuentan. Ni siquiera como algo que se intuye o se percibe por esas pequeñas alteraciones del día a día que delatan una infidelidad: retrasos en la hora de llegar a casa, repentinas reuniones, excusas poco claras y masculladas, conversaciones cortas y en voz baja por el móvil… Erika no había hecho nada de eso. En realidad, Erika no había hecho nada inhabitual desde el día que comenzaron a vivir juntos, hacía ya casi cinco años. Ni en los meses anteriores, cuando cada uno vivía por separado: ella con compañeras de trabajo y Lucas en el mismo piso que ahora compartían. O mirado de otro modo, todo en la vida de Erika era tan inusual que difícilmente un nuevo comportamiento habría podido causar sorpresa en Lucas.
Fue, simplemente, una decisión, algo que, sorpresivamente, tuvo sentido en su cabeza.
Pero Lucas no era una persona impulsiva ni de decisiones poco meditadas, por lo que debió analizar que le había llevado a ese pensamiento.
Fue una mañana de invierno, y por lo que me ha contado, no muy distinta al resto de sus mañanas de entonces. Se despertó pronto, antes de la alarma del móvil sonara, cuando aún era noche cerrada y se levantó con cuidado de no despertar a Erika. A oscuras, sintiéndola más que viéndola, la cubrió con el edredón y salió de la habitación. Sujetó la puerta al cerrarla para que no hiciera ruido y se acercó a la cocina. Más por costumbre que por necesidad (el frio no le incomodaba), se puso una sudadera que estaba colgada con los delantales y se preparó un café solo mientras tatareaba una melodía: con cuidado, abrió el bote donde guardaban las cápsulas, metió una en la cafetera, colocó una taza bajo el gotero y la encendió. El olor a café recién hecho le hizo sonreír. De la encimera tomó los auriculares inalámbricos y se los puso; en el móvil buscó una lista de reproducción de Jonny Hartman y subió el volumen hasta tres cuartos de potencia. Con la taza en la mano, se fue la habitación que hacía las veces de despacho y al mover el ratón ligeramente se iluminó la pantalla del ordenador portátil. Se fijó en la hora: pasadas las cinco y media. En menos de cinco minutos encontró el error en el código que no había sido capaz de hallar la tarde anterior. “Idiota”, pensó. Se trataba de un fallo de principiante: una coma mal puesta. Pensó en incluir alguna idea que se le había ocurrido entre sueños, pero le dio pereza concentrase tan temprano así que leyó después los titulares de un par de medios digitales, repasó el correo electrónico, revisó el borrador de la entrada que preparaba para su blog y se fue a la ducha. Se enjabonó con cuidado el cuerpo, luego se aplicó con calma champú anticaspa y gel exfoliante en el rostro. Lucas sospechaba que no muchos hombres usaban a diario un exfoliante (ni siquiera de forma ocasional) pero eso no lo preocupaba mucho. Se aclaró con agua fría. Salió de la ducha y se secó someramente el pelo con el secador y se dio crema hidratante en el cuerpo. Tampoco creía que hubiera muchos hombres que usaran crema hidratante. Se vistió con la ropa cómoda con la que acostumbraba a estar en casa (unos vaqueros algo desteñidos, una camiseta y la misma sudadera que se había puesto sobre el pijama) y se fue de nuevo a la cocina, donde encendió la caldera de gas (a Erika no le gustaba el frio como a é) y se hizo un segundo café antes de preparar el desayuno para los dos. Se sentó en una banqueta alta, frente a una pequeña barra adosada a la pared donde solían desayunar y tomar comidas rápidas, y fumando un cigarrillo fue cuando decidió que Erika lo engañaba.
El pensamiento de cruzó la cabeza. Encendió otro cigarrillo. Miró el reloj: aún era pronto para despertarla, así que decidió reflexionar con cuidado que le había llevado a tomar esa decisión. Evidentemente, no era nada que ella hubiera hecho. O hubiera dicho. O hubiera dejado de hacer o decir. Ni era algo lejano en el tiempo.
En su cabeza se sucedió, como fotogramas, con perfecto detalle, cada paso que había dado esa mañana. Y entonces todo tuvo sentido para él. Para ponerse a trabajar con su ordenador, tuvo que apartar la tableta de Erika que estaba sobre la mesa, cargándose. Al moverla, la pantalla se iluminó y Lucas vio que no estaba bloqueada. Lo que mostraba eran unos correos con Ricardo, un compañero de trabajo. Casi sin prestar atención leyó el hilo de mensajes y respuestas; eran tres en total: “olvida lo que te he dicho, vale? “, decía él. “No puedo. Y no quiero”, contestó ella. “Yo tampoco”. Y nada más. Lucas no necesitaba ir a mirar de nuevo la tableta para cerciorarse de que esas eran las palabras exactas que había leído. Ni buscar más conversaciones, más mensajes intercambiados. Ni encontrarle ninguna explicación plausible. Nada de eso era necesario y Lucas no hacía cosas que no fueran necesarias. Así que continuó fumando tranquilamente el cigarrillo y cuando lo acabó, decidió de esa certeza no cambiaría nada esa mañana. Fue el plazo que se concedió.
Miró el reloj de su muñeca (regalo de Erika): las siete menos cuarto. Hora de despertarla. Metió dos rebanadas de pan en el tostador e hizo café para ambos.
