
– Sebastián Mathanwi. Es un nombre interesante – comentó Blanca
– Es Sebastian, con acento en la primera a. Y el apellido es falso, claro. Lo saqué de una novela que leí hace mucho.
– Aun así. Contéstame a una cosa: ¿te gusta la radio?
– ¿Qué si me gusta la radio? Es una pregunta curiosa…
– No si vas a trabajar en ella, ¿no crees?
Me tomé unos segundos antes de contestar:
– Recuerdo con cariño la casa de mi abuela; estaba llena de muebles demasiado grandes y oscuros para el tamaño de las habitaciones y casi en cada uno de ellos tenía un tapete hecho a ganchillo por ella misma… debajo de cada jarrón, de cada figura de porcelana. Uno de esos tapetes estaba sobre una mesita en el lugar preferencial del salón, bajo la ventana. La casa era un bajo así que la ventana tenía unas contraventanas de metal verdes, que en verano solían estar entornadas para proteger la habitación del sol. Y sobre el tapete y la mesita había una radio antigua, marrón y crema, con enormes botones y un dial con la aguja en rojo y números en cursiva. De pequeño pasé mucho tiempo en casa de mi abuela: vivía cerca de mis padres y me llevaban a menudo. A mí me encantaba ir allí y merendar un tazón de leche muy caliente con cacao y unos picatostes recién hechos. Mi abuela no quería freírlos, sino sólo tostarlos, por eso de las grasas, pero yo le insistía y al final me salía con la mía. En aquella casa la radio sonaba todo el día, hasta que llegaba la hora de cenar y mi abuelo la apagaba y encendía la tele para ver las noticias. ‘El parte’, decía él. Mis recuerdos con mis abuelos están siempre ligados a una voz saliendo de aquel aparato: el rezo del ángelus cada mañana a las doce (pasaba gran parte del verano allí, hasta que mis padres cogían vacaciones en su trabajo y nos íbamos a algún apartamento en la playa), los boletines informativos a cada hora en punto, tras las puntuales señales horarias… Pero, sobre todo, lo que más me llamaba la atención eran los programas de Elena Francis -Blanca sonrió al oír aquello y levantó la mirada hacia el techo: tal vez ella recordó también algún momento de su infancia escuchando ese programa-; yo esperaba cada tarde a que comenzara la pegadiza sintonía -la medio tarareé- y en ese momento mi abuela aparecía con mi merienda. Luego escuchaba las cartas de sufridas oyentes pidiendo consejo para algún problema sentimental que yo no siempre entendía del todo, aunque sí lo suficiente como para saber que les hacía sufrir y necesitar consejo. Me impactó cuando muchos años después me enteré de que quien estaba detrás de todo aquello era un guionista, y además hombre. Todo era un montaje. Supongo que, de algún modo, yo me lo había creído y me sentí traicionado. Así que no sé si guardo una buena relación con la radio desde entonces, Blanca.
Ella puso una mano sobre la mía, la apretó un instante y la retiró.
-Vaya, nunca me hubiese esperado esa respuesta. Nunca me hubiese esperado que escucharas a Elena Francis, que te lo creyeras o que merendases picatostes grasientos. Me has sorprendido, Sebastian.
Poco después añadió:
– De todos modos, descubrirás que la radio ha cambiado un poco desde tu infancia.
– ¿Es más real?
– Es distinta.
– No sé si eso es suficiente.