De la lucha de la princesa y sus amigos con Pamoh y Edwing y el fin de esta historia
Este cuento llega a su final, con el enfrentamiento de Mariahne, la princesa, y su noble grupo de amigos, contra el malvado Caballero Pamoh y su dragón Edwing, en el que se había reencarnado el espíritu del mago Adifht, el Gran Mago Negro. Desde la Creación de los Tiempos, tres Grandes Batallas son las que han tenido lugar en el Continente, pero ninguna de ellas fue tan desigual y con tanta importancia para la paz y la felicidad de todos sus habitantes como las que estaba a punto de acontecer. Porque, en efecto, ¿cómo tres muchachos inexpertos en la lucha y dos niños, acompañados de dos perritas juguetonas podrían tener esperanzas de triunfar en ese enfrentamiento? Y pese a lo quimérico de su empeño, debían hacerlo para asegurar el cumplimiento de la leyenda de la Princesa de la Paz, que la felicidad a todos los habitantes de aquellas tierras.
Cómo se desarrolló aquella lucha y cuál fue su desenlace, lo sabremos seguidamente.
– ¿Qué vamos a hacer? –preguntó la princesa a su hermano, girándose hacia él.
Rodrioux sonrió, divertido pese a la situación: Marianhe se había enfrentado con el Caballero y le había retado, sin pararse a concebir cuales serían los pasos que debía dar para derrotarle. ‘Es resuelta y valiente, no duda cuando tiene que cumplir con su deber y piensa más en el bienestar de los demás que en el suyo propio’, reflexionó, ‘será una gran princesa’.
– Cuando todo empiece, debes concéntrate en Edwing. Sólo tú, con tu gran corazón, tienes una oportunidad con él. Yo y Bräns te ayudaremos a despistarle. Los niños, junto con las perritas y algo de ayuda que tendremos, se ocuparán de Pamoh.
– ¿Cuándo todo empiece? ¿Con mi gran corazón? ¿Con algo de ayuda? ¡No entiendo nada, Rodrioux!
El muchacho acarició por un momento el rostro de Marianhe (de soslayo, vio como Bräns daba un respingo de celos, ‘él aún no sabe que somos hermanos’, pensó).
– Tranquila, ya lo verás. Tú solo sigue tu instinto.
Y se volvió hacia Gaelicux, a quien hizo un gesto con la cabeza, al tiempo que levantaba un brazo, con un pañuelo de vivo color rojo en la mano y, tras ondearlo por unos segundos, lo batió con fuerza arriba y abajo. Esa era la señal convenida que esperaba el niño (‘¡ven conmigo, corre!’ le dijo tomando de la mano a su hermana y avanzando hacia Pamoh). Pero no solo Gaelicux esperaba la señal ya durante la noche las Magas Blancas habían hablado en los sueños de las buenas criaturas del bosque, aquellas que normalmente permanecen escondidas y apartadas de los humanos, explicándoles la importancia de lo que sucedería la mañana siguiente y pidiéndoles su ayuda desinteresada, y de sus madrigueras salieron pequeños duendes, ataviados con sus gorros verdes puntiagudos y sus pantalones de colores, de entre las flores donde permanecen escondidas, surgieron las aleisedas de cabellos rubios y belleza infinita así como los pigmeos de recios músculos de entre las ramas de los árboles, donde construyen sus moradas y todos ellos formaron un pequeño ejército de más de medio centenar de seres que rodeó a Pamoh y Edwing, dispuestos a hermanarse con los humanos y a luchar por su bienestar.
El caballo de Pamoh, al verse amenazado por seres que nunca antes había visto, se encabrió y relinchó con furia y trató de aplastar a las diminutas figuras que comenzaban a meterse bajo de su cuerpo y ascendían escalando por sus patas. Edwing tomó aire, dispuesto a barrer con una lengua de fuego a sus enemigos, fueran grandes o pequeños, humanos o mitológicos, y cuando ya abría la boca para dejar salir su aliento incendiado, sintió un horrible dolor en la base de su cuello: un pequeño grupo de pigmeos habían subido por su cola y su cuerpo y usando su legendaria fuerza, habían separado varias de las pétreas escamas que le protegían, dejando al descubierto su piel, en la que varios duendes clavaron sus puñales de duro acero. Rodroiux y Bräns aprovecharon el momento de dolor y confusión del dragón para situarse tras él y con sus espadas, tratar de cortar el final de su cola, uno de sus únicos puntos débiles. Sin embargo, no resultaba ser una tarea fácil ya que la bestia la agitaba con fuerza a un lado y a potro, tratando de golpear con ella a sus enemigos y acabar así con ellos. Los muchachos estuvieron atentos a otro instante de súbito dolor cuando los duendes alcanzaron, con la ayuda de los fortísimos pigmeos, otro punto de piel desprotegida para atestar certeros golpes que seccionaron su cola en dos. Edwing se giró repentinamente hacia ellos y logró sacar de su garganta una bocanada de fuego que por poco no les alcanzó: solo lograron ponerse a salvo saltando con fuerza hacia atrás casi cuando el aire ardiente les acariciaba el cuerpo. El dragón llevó sus patas delanteras hacia la parte trasera de su cuello, en un intento de quitarse a los seres que se le habían subido y le estaban martirizando, pero sus garras, cada una de ellas provista de cuatro grandes y puntiagudas uñas de la dureza de un diamante, estaban pensadas para sostener su pesado cuerpo en el suelo empedrado o ascender por las colinas y no tenían la habilidad suficiente para atrapar a pequeños seres de gran agilidad y rápidos movimientos.
¿Y qué pasaba mientras con Pamoh? Os preguntaréis. Mientras Edwing era atacado, las alisedas y algunos duendes se habían encaramado a su caballo, así como a la propia armadura del Caballero. Las primeras taparon con sus pañuelos de seda mágica los ojos del caballo, cegándolo, mientras que los segundos lanzaban pequeñas bolas de fuego que sacaban de debajo de sus gorros a la armadura que se calentaba y quemaba a Pamoh en el punto en el que impactaban. Con el caballo incapaz de ver y el Caballero centrado en sacudirse del cuerpo a los seres que le martirizaban, algunas alisedas trataban de atar entre sí, con cuerda tejida de su seda mágica, los cascos del animal. Lo lograron al fin, sorteando las coces que este lanzaba para defenderse, y los pigmeos empujaron al animal hasta que este perdió el equilibrio y cayó al suelo, arrastrando a Pamoh con él. Este fue el momento que Gaelicux y Salmax habían estado esperando, agazapados a pocos metros. El niño sacó de su zurrón una red, pero no una red cualquiera, sin una red mágica que le habían confiado las magas blancas muchos años atrás, y dándole un extremo a su hermana y tomando él el otro, saltaron con determinación sobre el caballo y Pamoh, que había quedado atrapado bajo él y cubrieron con ella a ambos. Tomaron unos palos que les trajeron las alisedas y la clavaron con determinación al suelo, valiéndose de unas piedras que los duendes les acercaron. Cuando el Caballero se vio atrapado de esta forma, rió burlón y confiado bajo su yelmo, pensando que una red no podría retenerle ni a él ni a su legendario acero. Sacó un afilado puñal que llevaba colgado de su armadura y trató de cortar las cuerdas, pero por mucho que lo intentaba no lograba siquiera hacer mella en ella. Al cabo de unos infructuosos segundos, entendió que debía tratarse de algún tipo de encantamiento el que le mantenía preso y que no podría soltarse por si solo y gritó a su dragón Edwing, exigiendo su ayuda.
Sin embargo, el dragón tenía sus propios problemas…
Con la cola cercenada le costaba mantener el equilibrio y los múltiples puñales que llevaba clavados hasta la empuñadura en su cuerpo le volvían loco de dolor. Los manotazos que daba con sus garras no lograban alcanzar a las ágiles figuras que martirizaban su cuerpo. Aun así, buscó de dentro de sí los ecos de su legendaria corpulencia y de un golpe seco tensó todo su cuerpo, estirando repentinamente su cuello, patas y alas todo lo que era capaz, haciendo que los pequeños seres que se le habían encaramando saliesen despedidos por los aires y la fuerza del aire que desprendió su movimiento hizo que Rodrioux y Bräns cayeran al suelo de forma violenta y rodaran varios metros golpeándose con las piedras del camino. Luego, desprovisto ya enemigos a su alcance, se giró hacia la princesa, que permanecía impasible frente a él, dispuesto al fin a acabar con esa mocosa que tantos problemas le había dado desde el día en el que nació.
El Caballero Pamoh sonrió feliz observando la escena: al final lograría su objetivo.
Edwing avanzó un par de pasos hacia Marianhe y bajó su cabeza hasta quedar a la altura de la muchacha. Apenas unos centímetros separaban las suaves facciones de ella de la ruda y áspera piel de él. Estaba tan cerca que con sólo soplar un poco su aliento de fuego la mataría de inmediato.
Rodrioux y Bräns, Gaelicux y Salmax, Monioux y Trufux, los pigmeos, los duendes y las alisedas, sí como algunos de los habitantes de SudTera’ que habían acudido al oír la lucha y se protegían entre los árboles del bosque, contuvieron la respiración. ¿Estaba todo acabado?
Sólo la princesa se mantenía tranquila. Siguiendo su instinto, levantó el brazo y puso su mano sobre la nariz ardiente de Edwing. Su gesto fue suave, casi como una caricia. Y como una caricia fue la sonrisa que entornó su rostro. Cerró los ojos y con inmensa calma y bondad, le habló al águila en cuyo cuerpo se había escondido el espíritu de Adihft. La princesa sabía que, en el interior de aquella bestia, el honrado corazón de un águila permanecía aletargado, encerrado bajo siete llaves de maldad infinita. Pero ella podría despertarlo, su instinto le decía que tenía la capacidad de volver a la vida al noble animal. Y poco a poco, Edwing sintió como algo se agitaba en su interior, como dentro de sí su cuerpo se rasgaba, se abría, como un huracán desaforado recorría cada rincón de sus entrañas separándolas en dos capas, una de maldad y otra de lealtad.
Los que estuvieron allí esa mañana recordarían toda su vida cómo el dragón Edwing aulló de dolor, con la mano la Marianhe depositada siempre suavemente sobre su hocico, cómo su cuerpo tomó mil tonalidades, desde el amarillo al rojo, al marrón, al negro y al amarillo de nuevo, cómo se envolvió en una nube de humo espeso que salía de bajo sus escamas, cómo su cabeza se encogía y en su rostro se iba formando un pico de final ganchudo, cómo poco a poco su cuerpo se fue reduciendo hasta no elevarse más de un metro del suelo. Y, finalmente, en medio de un estruendoso silencio, en el espacio que antes había ocupado la más temible fiera que haya nunca existido, se despertaba ahora un águila real.
Pero eso no fue todo. Pocos segundos después, del cuerpo del águila brotó una leve niebla que se agrupó hasta convertirse en una negruzca bola de humo de unos pocos centímetros de diámetro. Era al espíritu de Adifth, el Gran Mago Negro, que buscaba desesperado otro cuerpo en el que reencarnarse y seguir haciendo el mal.
Tal vez no todo había acabado para nuestros valientes… Pero Rodrioux estuvo atento y silbó a Gaelicux, quien con determinación sacó de su zurrón una botella de turbio vidrio grueso y tapón de corcho y se la arrojó. Rodrioux la tomó al vuelo y antes de que nadie pudiese reaccionar, metió en ella al malvado espíritu y la tapó, apretando con fuerza el corcho y cubriéndolo con lacre después. Adifth, encerrado en su interior, trató de escapar, pero fue en vano: se trataba de una botella mágica, proporcionada por las magas blancas y destinada a alojar en su interior al malvado brujo hasta el fin de los días.
Con Edwing desaparecido, los muchachos liberaron al Pamoh de su red. Este se levantó encolerizado y desenvainó su espada. Ante su gesto, todas las pequeñas criaturas mitológicas, los pigmeos y las alisedas y los duendes, se cerraron desafiantes frente a él, y los habitantes del reino salieron de sus escondites en el bosque, portando las armas que tenían: hoces y azadas y palos y avanzaron con determinación hacia el Caballero. Este entendió que todo estaba ya perdido y montó en su caballo y se alejó presuroso, dispuesto a no volver jamás.
-Enhorabuena, Marianhe. Eres la nueva reina de SudTera’. Y lo serás de todo el Continente y traerás a estas tierras una nueva época de paz, justicia y prosperidad –le dijo Rodrioux a su hermana.
– ¿Y tú? ¿No me acompañarás? No puedo ni sé gobernar sola– pregunto ella.
– Yo parto ahora para buscar a nuestros padres de donde les encerró ese malvado Pamoh. Y no estarás sola, creo que sé de alguien que estará encantado de permanecer a tu lado y apoyarte en todo cuando precises –contestó su hermano mirando de refilón a Bräms, quien ardía en deseos de besar a Marianhe.
Y de cómo se besaron finalmente y como fue ese beso (uno de los más legendarios de la historia, como podréis suponer), y como Rodrioux (acompañado de los fieles Gaelicux y Salmax y sus dos perritas) rescató a sus padres y como la paz llegó al fin a todo el Continente, os hablaré en otra ocasión, si es este vuestro deseo.