El cuento de la princesa que no sabía que lo era (8)

De como la princesa y sus acompañantes llegan a enfrentarse con Pamoh y Edwing

Las princesas de los cuentos que siempre habéis escuchado esperan pacientemente a que su enamorado venga a rescatarlas; sin embargo, en nuestra historia, la princesa Marianhe es diferente, más audaz, y en vez de actuar como una pusilánime princesa de cuento tradicional, parte con decisión con sus nuevos amigos a enfrentarse a Pamoh y su horrendo dragón Edwing. Ella misma encabezaba la pequeña expedición de héroes que, quizá de forma algo inconsciente, quería salvar a todo el Continente de la tiranía del malvado rey usurpador. A su lado, Rodrioux vigilaba en silencio el camino, las sombras tras los árboles que les rodeaban, como el hermano mayor que era al cuidado de su hermana. Unos pasos por detrás, Gaelicux y Salmax avanzaban confiados en las dos figuras que les precedían, aunque aún un poco asustados por su enfrentamiento con Edwing, y cerrando el pequeño grupo, Moniux y Trufux correteaban de un lado a otro, olfateando el aire, asegurándose que no se percibía rastro alguno del hedor sulfuroso del dragón. Vistos desde lejos, nadie confiaría en que en ellos residían todas las esperanzas de libertad y felicidad de las buenas gentes del Continente, pero probablemente no había seres más valerosos y determinados a cumplir con su deber que esos dos jóvenes, dos niños y un par de perritas juguetonas.

– ¿Cuánto nos llevará el camino hasta la Casona de Pamoh? –preguntó la princesa.

– La Casona de nuestros padres, en realidad. Son solo unas leguas, tendremos que pasar la noche en el bosque y legaremos allí después de amanecer –contestó Rodrioux y nada más hacerlo, levantó una mano pidiendo silencio al todo el grupo y exhortándoles a esconderse quedamente entre la maleza. No sabía bien si había sido su fino oído o su instinto, pero algo le indicaba que no estaban solos en ese tramo del camino.

El muchacho, agazapado entre los arbustos, se alejó de sus acompañantes hasta donde había creído oír o ver o intuir algo. Regresó minutos después, trayendo cogido de un brazo retorcido a la espalda a un joven de su misma edad, y que avanzaba a trompicones, con un gesto de dolor en el rostro ante la fuerza con el que el otro le sujataba. La princesa apenas podía creer que lo veía:

– ¡Bräns! – exclamó, mirando al muchacho. Y dirigiéndose a su hermano, le ordenó: – ¡Suéltale!

– ¿Le conoces? – preguntó Rodrioux extrañado, soltando al joven.

– ¡Claro! Es un chico de la aldea. ¿Qué haces tú aquí?

– Desapareciste… y salí a buscarte. Por casualidad vi la luz de un pequeño fuego salir de una cueva y esperé escondido fuera. Te vi salir con tus acompañantes… y os seguí por si estabas en problemas.

A Rodrioux no le pasó desapercibido el cruce de miradas entre Marianhe y Bräns e intuyó que no lograría que se marchara fácilmente pero aun así lo intentó.

– Bien, ya ves que la prin… que Marianhe está perfectamente así que ya puedes volver al poblado y tranquilizar a su familia.

– No sé dónde vais, pero no tiene el aspecto de que marchéis tranquilamente por lo que creo que nos os vendrá mal mi ayuda.

– No te lo puedo permitir. No es una misión sencilla la que tenemos ni ausente de peligro. Más bien todo lo contrario.

– Pue si Marianhe corre algún peligro, con más motivo debo acompañaros.

A la joven princesa se le enternecieron los ojos a oír a Bräns hablar así y le pidió a su hermano que le dejase ir con ellos. Este al final accedió, valorando que, en cualquier caso, les vendría bien un miembro más en esa loca expedición.

Avanzaron durante un par de horas más, sin más contratiempos que un par de tropiezos de Salmax, hasta que Rodrioux calculó que ya estaban cerca de la Casona y propuso pasar la noche al abrigo de unas enormes y tupidas hayas. Sabía que su misión era muy complicada, pero si se enfrentaban al Caballero y su dragón de noche, sus posibilidades de salir con bien serían mucho menores aún. De este modo podría dar, además, más tiempo a las magas blancas para recuperarse del agotamiento del hechizo que les había salvado, haciéndoles desaparecer ante los mismos ojos del dragón. Cualquier ayuda adicional que tuvieran sería poca.

No encendieron ningún fuego para no alertar de su presencia y cenaron un trozo de queso de oveja y pan que Gaelicux llevaba en su zurrón. Salmax sacó del suyo unas botas de cuero con agua fresca y cristalina y tras terminar su frugal cena, se echaron a dormir. Rodrioux observó cómo Bräns echaba su propia capa sobre la princesa, más recia y gruesa que la que ella llevaba y luego se tumbaba a su lado. Pronto quedaron todos dormidos menos él, que se alejó unos pasos para vigilar el grupo que reposaba en silencio y para hablar mentalmente con las magas blancas, con la intención de pedirles consejo para la peligrosa batalla que tendrían que acometer al día siguiente.

Fue el trino de los pájaros el que despertó a los jóvenes valientes. Se desayunaron con un dulce bollo de pasas y nueces que, de nuevo, sacó Gaelicux de su zurrón y sin dilación partieron al encuentro de sus enemigos. Antes de abandonar los últimos árboles del bosque y adentrarse en la explanada frente a la Casona, Edwing les olió y preso de una descomunal furia se plantó cuan enorme era en mitad del camino. Sus ojos amarillentos y veteados de negro refulgían de odio. Para imponer más terror aún, alzó el vuelo y ya en el aire, bramó con toda la intensidad de sus pulmones le permitieron, haciendo que de muchas de las casas cercanas se desprendiera su techumbre de paja. Luego extendió sus alas completamente, alcanzando un desmesurado tamaño y por unos instantes tapó la luz del sol. Cuando vio a su amo, el caballero Pamoh, el falso rey de SuDtera’, avanzar cubierto por su brillante armadura y montado en su brioso caballo de crines negras y hocico humeante hasta la mitad del camino que llevaba de la Casona hasta el bosque, descendió y se puso a su lado, aguardando la orden de acabar al fin con esos despreciables seres que llevaban años escondiéndose de él.

Nuestros valientes héroes, avanzaron con determinación hacia sus dos enemigos. Rodrioux les observó por un instante. Bräns y los dos niños estaban pálidos y las perritas avanzaban tímidamente, con el rabo escondido entre sus patas traseras, pero la princesa lo hacía decidida, con aspecto calmado.

– Tengo miedo –le dijo Salmax a su hermano. Este le cogió de la mano y contestó, pensando en las instrucciones que le había dado al oído Rodrioux unos minutos antes.

– No te preocupes, todo saldrá bien. Tú haz lo que yo te diga.

El grupo se detuvo a unos quince pasos de Pamoh y su dragón esclavo. Rodrioux se dispuso a hablar, pero Marianhe se le anticipó:

– Soy la Princesa Marianhe y mis padres, a quienes tienes encerrados en la casa, son los verdaderos reyes de SuDtera’. Tú y tu mascota no sois más que unos impostores así que os exijo que os marchéis de estas tierras y nos deis vuestra palabra de que nunca volveréis por aquí ni por ningún otro reino del Continente.

Por toda respuesta, el Caballero rio con furia bajo su yelmo y Edwing lanzo una bocanada de fuego que hizo arder unos árboles del bosque.

– ¿Entiendo que esa es vuestra respuesta? – preguntó la princesa

– Así es – se oyó desde dentro del yelmo

– Entonces deberéis prepararos para que acabemos con vosotros.

Capítulo fnal: De a lucha de la princesa y sus amigos con Pamoh y Edwing y el final de esta historia

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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