EL cuento de la princesa que no sabía que lo era (7)

De cómo conocemos el nombre de la princesa que no sabía que lo era y ella conoce su historia

Estamos llegando al final de nuestro cuento y sabremos al fin cual es el nombre de la princesa y como ella conoció su verdadera historia. Pero antes de eso debemos saber que pasó cuando Edwing al fin la encontró en el bosque cerca de Nuvpu’.

Dejamos nuestro cuento con el dragón presto a dormir a la princesa mediante un encantamiento mágico, para llevársela a su Señor. Sin embargo, se retrasó unos segundos en hacerlo, disfrutando de la mirada de miedo de la joven, e imaginando la recompensa que obtendría de Pamoh cuando la depositara finalmente ante él. Ese tiempo fue el suficiente para que Rodrioux, Gaelicux, Salmax y Moniux llegaran a la carrera al claro. Al hacerlo, se separaron y el muchacho se quitó la capa que llevaba y saltó decidido hacia la princesa, cerrando los ojos y concentrándose llamar a las magas blancas. Estas, desde su morada en las tierras del hielo, escucharon lo que deseaba que hicieran y emplearon todo su poder y fuerza en lograr el encantamiento más difícil y peligroso que existía, ese que decían que sólo había logrado llevar a cabo la Creadora de las magas blancas y, quizá, el malvado Adifht. Mientras Rodrioux saltaba sobre la princesa y las magas blancas se extenuaban tratando de poner en marcha el embrujo, los pequeños y valientes Gaelicux y Salmax se situaron detrás de Edwing y buscaron en sus zurrones las piedras mágicas que les habían confiado tanto tiempo atrás. Estas tenían la cualidad de poder atravesar las escamas que protegían al dragón y llegar hasta la piel, produciendo un dolor que le resultaría insoportable, aunque sólo durase unos segundos. Los niños las fueron lanzado con determinación, conscientes de la importancia de su tarea, pese al terror atávico que les causaba Edwing. Mientras, Moniux mordía con furia el único punto débil de aquella bestia: el final desprovisto de protección de su cola. Al recibir el impacto de las piedras mágicas y las mordeduras, Edwing se revolvió perplejo, incapaz de entender que lo que sentía no era otra cosa sino dolor, algo desconocido para él, y al girarse perdió por unos segundos de vista a la princesa. Este fue el momento en el que Rodrioux cayó sobre ella con su capa, cubriéndola, y comenzó el hechizo de las magas blancas logrando que desaparecieran repentinamente: cuando Edwing volvió la vista al lugar donde había estado la princesa, solo encontró las plantas aplastadas donde se había sentado y el calor residual de su cuerpo, pero ni rastro de ella. Bramó de furia descontrolada, indignado por haberla perdido de nuevo y se dio la vuelta lanzando una bocanada de fuego dispuesto a acabar con los valientes niños y la perrita que le habían atracado desde la retaguardia. Pero los pequeños hermanos y la Monioux ya se habían marchado y el fuego no les alcanzó.

La princesa despertó un rato después, sin saber precisar si había pasado mucho tiempo o no. Sí vio que estaba ya comenzando a anochecer. Se encontraban al abrigo de una cueva, apenas iluminados por un tenue fuego. Todos ellos, Rodrioux, Gaelicux, Salmax y ella misma estaba sentados en círculo. Mientras, las dos perritas jugueteaban a pocos pasos.

– No podemos hacer más fuego o Edwing nos encontraría –explicó Rodrioux.

La joven reconoció a los chicos, pero no podía entender lo que veía:

– Os conozco, vosotros vinisteis a un sueño mío hace muchos años. Pero, ¿cómo es que no habéis envejecido? ¡Seguís teniendo la misma edad! ¿Y qué ha pasado, cómo he llegado aquí? ¿Y el dragón? ¿Y cómo es que Trufux está viva?

El muchacho sonrió: seguía cayéndole bien la princesa, que apenas había cambiado en su paso de niña a jovencita.

– Sigues haciendo demasiadas preguntas a la vez. Debes acostumbrarte a mantener un orden. Pero ahora no importa. Te explicará brevemente que ha pasado: tú has devuelto a la vida a tu perra. No sabes que eres una princesa, pero no una cualquiera, sino una muy especial, la elegida y tienes algunos poderes, como ese. Edwing, que siempre ha estado vigilante, te ha descubierto al hacerlo y quería llevarte con su señor Pamoh. Afortunadamente, hemos conseguido impedirlo: las magas blancas lograron hacer un conjuro por el que todo lo que se situó bajo mi capa desapareció por unos minutos y así escapamos. Y estos muchachitos, pese a su corta edad, nos ayudaron, despistando al dragón el tiempo necesario para que el conjuro surtiera efecto. Eso es todo, ¿no? Ah, no, preguntaste por nosotros. Fuimos elegidos para protegerte y hasta que no estés a salvo, no envejeceremos, no creceremos. Solo en el momento en el que puedas recuperar tu trono, nosotros volveremos a nuestra edad real. Así fue dispuesto.

– No entiendo nada… – murmuró lastimosamente la princesa

– Tal vez sea mejor si te cuento la historia desde el principio. Aunque deberé hacerlo rápido, este sitio no es seguro y tendríamos que marcharnos cuanto antes –la muchacha asintió-. Tu eres una princesa, hija de los mejores reyes que hayan existido nunca, lo más justos y prudentes con su pueblo. Pero no eres una princesa cualquiera, eres la elegida para, junto con tu esposo, llevar la paz a todo el Continente.

La princesa se ruborizó sin poder evitarlo pensando en Bräns cuando el chico pronunció la palabra ‘esposo’.

– Como ves, tu misión es muy importante, tal vez la más importante que haya tenido ningún ser humano nunca. Pero no solo es una misión importante, también es peligrosa ya que Pamoh, ese rey impostor, llegó decidido a hacerte su esposa por la fuerza y alcanzar así todo el poder para él. Por eso las magas blancas, junto con los duendes de los bosques que te han estado vigilando todo este tiempo de manera furtiva y otros como nosotros, idearon un plan para ponerte a salvo, esconderte en Nuvpu’ y evitar así caer en las manos de ese Caballero.

– Entonces… entonces, mis verdaderos padres ¿no son Rut y Allep? –preguntó la princesa lastimosamente.

– No. Tus padres son los verdaderos reyes de SuDtera’. Y tu verdadero nombre es Marianhe.

La chica se levantó enfada, confusa, contrariada. Trufux dejó de juguetear con Monioux y miró atenta a su ama intuyendo que algo la atormentaba. Quería negarlo, pero, en el fondo, sabía que Rodrioux le decía la verdad. Siempre había sentido algo extraño en su relación con Rut y Allep, sin ser capaz de identificar nunca el qué era. Ahora lo entendía: su instinto le decía que no eran sus verdaderos padres.

– ¿Y cómo pudieron mis verdaderos padres abandonarme?

– Estás enfadada, y es normal. Peor no eres justa. A ellos les dolió mucho tener que tomar esa decisión, pero era la mejor para ti. Créeme: a veces lo mejor para un ser querido es que te alejes de él, por duro que resulte. Ellos sabían que haciendo eso te ponían a salvo y les importó mucho más tu bienestar futuro que su propio dolor.

– ¿Y cómo sabes tú todo eso? ¿Cómo sabes tan bien la historia? – preguntó, algo más calmada

El muchacho perdió su vista en el fuego que estaba ya cerca de apagarse y tardó mucho en contestar. La princesa esperó paciente, creyendo ver que sus ojos se humedecían

– Porque, Marianhe, yo soy tu hermano. Al comienzo de tu embarazo, una mañana fui al bosque, a buscar algunas setas para la cena. Allí me esperaba una maga blanca. Me contó quien realmente era el bebé que esperaba nuestra madre, tú, que pasaría si algún caballero de mal corazón se casaba contigo y lo importante que era para todos los hombres y mujeres de esta tierra, que tu estuvieras a salvo y eligieras por ti misma a tu marido, alguien justo, sabio y de buen corazón. Tenían una misión para mí: prepararme para protegerte si llegaba el momento de tener que hacerlo. Tuve que partir, dejando a nuestros padres atrás, sufriendo ellos y sufriendo yo, hacia la morada de las magas blancas, donde me entrenaron para mi misión. Hace unos años volví para estar cerca de ti. Fue la noche en la que soñaste que nos conocimos. En el camino de vuelta encontré a estos dos niños y su perra, que me acompañan desde entonces.

– ¿Y quién ese ese Pamoh? ¿Y de dónde ha sacado ese abominable dragón?

– Nadie conoce muy bien su historia. Pero es un caballero que ha luchado en todas las batallas, siempre por el mismo interés: el suyo propio. De algún modo, logró hacerse con el espíritu del malvado brujo Adhift, a quien las magas blancas habían logrado dejar cautivo dentro de una botella mágica, y juntarlo con un pobre águila. De ahí salió el dragón Edwing, al que domesticó e hizo su esclavo. Y partió hacia aquí, para hacerse contigo.

– Muy bien. Pues algo tendremos que hacer, ¿no? No vamos a quedarnos en esta cueva húmeda por siempre

Rodroiux sonrió. Su hermana, la princesa Marianhe, que ya sí sabía que lo era, resultaba ser una muchacha decidida y con valor.

– Ya no tiene sentido seguir escondida: Edwing te ha encontrado y no tardará en arrasar este bosque. Las magas blancas están recuperándose del grandísimo esfuerzo hecho para poder hacernos invisibles y salvarnos y tardarán un poco en poder ayudarnos de nuevo y aquí no nos podrán proteger. Así que haremos lo que parece más disparatado, pero que es en realidad la mejor opción: vamos a la Casona donde vive Pamoh, para enfrentarnos con ellos.

– Vale. Vamos pues, levantaos. Tenemos una misión que cumplir

Rodrioux y los muchachos se levantaron decididos. Sentían temor ante la idea de enfrentarse al dragón y su amo, pero harían cualquier cosa por su princesa.

Capítulo 8: De como la princesa y sus acompañantes llegan a enfrentarse con Pamoh y Edwing

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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