De como Edwing encuentra a la princesa que no sabía que lo era y lo que sucedió a continuación
Tras aquella lejana noche, en la que una maga blanca con apariencia de anciana merced a un encantamiento dejó al bebé en la puerta de la casa de Rut y Allep, en la aldea de Nuvpu’, los años transcurrieron tranquilos y felices para la princesa. Fue siempre una niña cariñosa no sólo con sus padres sino con el resto de los habitantes de la aldea, adoptó a una perrita perdida a la que llamó Trufux y un gato que llamó Sarkan y cuando tuvo edad, empezó a ayudar primero en la casa y luego en el campo y en el cuidado de los animales, sin quejarse en ningún momento por la dureza del trabajo o el cansancio. Todos los días era la primera en levantarse y cuando sus padres salían de la parte de la casa que, protegida por una tela humilde hacía las veces de su habitación, el fuego ya estaba encendido y la mesa dispuesta para desayunar. Los domingos se ponía sus mejores atavíos y acudía al mercado de Nuvpu’ donde en un puestecito que ella y su madre engalanaban con un mantel primorosamente bordado y adornos que tallaba en madera su padre, colocaban algunas de las prendas que ambas tejían por las noches, a la luz del fuego bajo de la cocina: capas, vestidos, camisas, sobrevestas… Con la venta de esas ropas sacaban algunas monedas que Rut y Allep guardaban con cuidado en un escondrijo al fondo de la cuadra para que en su día la princesa tuviera una buena dote y pudiese hacer buen casamiento. Como la princesa había tenido con todos los habitantes de la aldea y las aldeas cercanas buenas palabras y en muchas ocasiones les había ayudado llevando caldo caliente cuando estaban enfermos, enseñando a leer a sus hijos y otras atenciones similares, todos la saludaban con cariño y afecto.
Como veréis, la princesa, aunque llevaba una vida humilde y alejada a la que hubiese podido seguir en la casona que hacía las veces de palacio del reino, no dejaba der ser feliz y probablemente no hubiese cambiado su vida por ninguna otra. Los días transcurrían parecidos unos a otros, y salvo cierto cambio que ella se notó, sintiendo un extraño escalofrío que le recorría la espalda y un enrojecimiento de su rostro cuando se cruzaba con Bräns, un muchacho de su misma aldea, algo mayor que ella, de recio porte, mirada clara y agradables facciones y que solía ayudarla en las clases de lectura y escritura que daba a los más pequeños, su vida apenas experimentaba emociones. Pero todo eso cambió una mañana de agradable tiempo, próxima al día en el que el sol dejaría de salir por el oeste para hacerlo por el este y que marcaba su cumpleaños (aunque ella no sabía la fecha real y en su casa se celebraba no ese día sino el que correspondía a la noche en la que la maga blanca la dejó en la puerta de Rut y Allep). Esa mañana no había gran cosa que hacer en el campo y la princesa terminó pronto su trabajo y decidió dar una vuelta por el bosque para para recoger algunas zarzamoras con las que hacer una tarta. A su padre, que últimamente volvía a sufrir de su mal de huesos, le encantaba esa tarta y la joven decidió tener una atención con él. Como siempre que salía, le acompañaba Trufux que correteaba alegre delante de ella, dando grandes brincos sobre las raíces de los árboles que sobresalían del suelo. Cuando se adelantaba mucho, se paraba, girándose para mirar a la princesa y esperar enhiesta sobre sus patas a que llegara a su altura. Sin embargo, en uno de esos saltos, Trufux no midió bien el terreno y no se percató que detrás del árbol que trababa de sortear, se hallaba un pequeño precipicio, no demasiado alto pero la perrita cayó mal, golpeándose la nuca al dar contra el suelo. La princesa soltó bruscamente la cesta ya casi llena donde iba recogiendo las zarzamoras y salió corriendo al lugar donde había caído Trufux. Tropezó, cayó suelo, manchando y rasgando su vestido, pero sin importarle esto, se levantó de inmediato y siguió avanzando, a trompicones, hasta el lugar que formaba un pequeño claro donde había caído su perrita. La tomó en sus brazos y llegó a tiempo de escuchar su último y exangüe aliento antes de morir. La princesa estalló en un llanto sin consuelo, apretando el cuerpo de Trufux contra ella, cubriéndolo con su capa y acariciando su cabecita. La había acompañado desde niña y era querida como un miembro más de la familia.
En ese momento, en lo alto de las montañas glaciares, donde la nieve es eterna y se levanta la morada en la que residen las magas blancas, una terrible premonición las asaltó a todas ellas, interrumpiendo sus quehaceres y, obedeciendo más a su instinto que a lo que su visión de lo que sucedía en el bosque les decía, se juntaron en círculo en torno al Libro de la Magia, tomándose de las manos para unir así sus poderes y ser más poderosas si llegaba a ser preciso.
Por su lado, Rodrioux, Gaelicux, Salmax y Moniux, que estaban sentados en un claro cercano del mismo bosque, descansando y disfrutando de un poco de queso con un trozo de pan, sintieron acechar el peligro y se levantaron rápidamente, echando a correr hacia donde estaba la princesa: sabían que debían llegar de inmediato, sin permitirse ninguna dilación. Durante todos los años transcurridos desde que la princesa tuvo el sueño en el que les conoció, habían permanecido cerca de ella, como le prometieron, vigilándola y protegiéndola, esperando ese instante.
La princesa, ajena a los desvelos de las magas blancas y los muchachos, seguía sosteniendo a Trufux en brazos, apretándola contra ella. Y, entonces, sucedió.
Deseó con fuerza que su perrita siguiera viva, con una intensidad mucho mayor de la que nunca antes había sentido; era lo que más anhelaba en ese momento. Sus ojos estaban mojados por las lágrimas y sus manos acariciaban el cuerpo aún caliente de Trufux. ‘Quiera poder devolverte la vida’, pensó. Pasaron unos segundos antes de que se diera cuenta de que la perrita había comenzado a moverse levemente entre sus brazos, antes de notar de nuevo su respiración. La princesa había devuelto a la vida a Trufux. Las magas blancas contuvieron el aliento: ahora todo dependía de lo rápido que actuasen Rodrioux y la pareja de hermanos que le acompañaba.
En lo más alto del cielo, Edwing, que ni un solo día en todos esos años había cejado en su búsqueda de la princesa, rugió lleno de rabia y satisfacción. Su poder mágico había captado el momento en el que la princesa había devuelto a la vida a su perra y entendió que, al fin, la había localizado. Inmediatamente puso dirección al bosque en el que se encontraba, imprimiendo con sus alas que se batían con furia, una velocidad que nadie ni nada más en todo el Continente podía alcanzar. Pocos segundos después llegó donde ella estaba y se posó con todo el estruendo que su descomunal peso causó en el suelo, apenas a unas decenas de metros de donde permanecía sentada, con la perrita en sus brazos. Al hacerlo, sus alas derribaron algunos árboles que ya que el espacio que estos dejaban en el claro frente a la princesa era insuficiente para albergar su cuerpo. Trufux comenzó a ladrar débilmente y sin apenas fuerza aún, ante la presencia de enorme dragón. La princesa alzó los ojos de su resucitado amigo y los posó en la devastadora figura que se erguía frente a ella y su visión hizo que se quedara aterrada, incapaz de moverse. Edwing se deleitó observando a su presa, la princesa que había estado buscando infatigablemente durante tantos años, noche y día, y se preparó para exhalar un aliento mágico que la llevaría a un sueño profundo, del que sólo él la podría despertar, una vez que la depositara ante su amo, el Caballero Pamoh.
Capítulo 7: De cómo conocemos el nombre de la princesa que no sabía que lo era y ella conoce su historia