Del nacimiento de la princesa que no sabía que lo era
Un cuento, un buen cuento como este de princesas y dragones, debería comenzar con la frase ‘érase una vez’. Y es que es así como las gentes sencillas del SuDtera’ iniciaban los relatos con las que todas las noches (salvo en el nevado invierno) amenizaban su tiempo. Antes de que Pamoh, el caballero de pelo rojo y ojos color hielo, se alzara con el trono y de que Edwing, el enorme dragón de poderes mágicos, atemorizara a todo el Reino con sus bramidos y su indiscriminada lengua de fuego, era tradición que en torno a una agradable hoguera las noches más frescas o sobre tierra recién mojada para hacerlas más llevaderas en las más calurosas, cada aldea se juntara para oír las historias que los mayores transmitían a los más jóvenes. Y todas ellas comenzaban de la misma manera, de la manera que conocéis y con la que acostumbran los cuentos: ‘érase una vez’.
Sin embargo, como sabréis, no todas las historias son realmente cuentos, sino que muchas de ellas tienen un retazo de realidad sin que nadie sepa discernir cual es esta de lo inventado o añadido en el boca oreja, o cómo o quien las ha iniciado. Uno de esos cuentos o relatos que se narraban en esas felices noches de antaño debió surgir por vez primera muy poco tiempo después de la llegada de Pamoh y no tuvo ocasión de contarse muchas veces, ya que enseguida los habitantes de pueblos y aldeas dejaron de salir de sus casas por las noches, sumidas en un miedo fáctico que les condicionaba. Esa historia se contaba así:
‘Érase una vez un reino feliz y bien gobernado por reyes justos y comprensivos. Sus habitantes se dedicaban a la agricultura, ganadería, la caza y el comercio entre ellos y los pueblos vecinos y aunque nadie era excesivamente rico, tampoco nadie era excesivamente pobre. Estos reyes habían sido bendecidos por un don que ellos desconocían inicialmente: el don de alumbrar a una princesa sabia, equitativa, honesta y honrada, a la par que bella y dulce y que llegaría a ser la Princesa de la Paz anunciada por la leyenda. Sin embargo, en la otra punta del Continente, un Caballero fiero y curtido en las peores batallas, tuvo conocimiento de que, en ese reino, nacería dicha princesa y sabedor de que si la hacía su esposa se convertiría en el señor más poderoso de todas las tierras conocidas, decidió partir hacia dicho reino. Cómo llegó a conocer ese secreto es un misterio que no ha sido desvelado, aunque es lícito suponer que tuvo acceso al mismo por alguno de los orcos que le custodiaban cen su encarcelamiento en el Castillo de los Mil Demonios y que resultó ser demasiado indiscreto. Ese temible Castillo está lo alto de un risco, allí en las tierras las septentrionales del Continente, rodeado de nidos de buitres negros y madrigueras de lobos y sólo los orcos se atreven a acceder a él.
La historia del Caballero merece ser contada otra noche ya que no siempre tuvo el corazón de hiel, sino que en origen fue un caballero bueno pero ciertos acontecimientos en los que ahora no nos detendremos le hicieron cambiar radicalmente. Ese Caballero, de algún modo, logró domesticar el dragón en el que se había reencarnado el Adifht, el Gran Mago Negro, y con él escapó del Castillo de los Mil Demonios y partió al reino donde nacería la princesa. Llegó allí una mañana, tras un largo y no sencillo viaje de muchas leguas, decidido a hacerse con el trono. Cuando entró en la casona que hacía las veces de residencia de los reyes, se encontró con que la reina estaba encinta y ya muy avanzada. El niño o niña que naciera iba a ser el segundo hijo del matrimonio: habían tenido descendencia previamente, un muchacho recto de ojos alegres que despareció en el bosque precisamente la mañana que la reina corroboró su nuevo embarazo. Salvo la inmensa pena producida por la pérdida de su hijo, el embarazo había transcurrido bien, con sólo algunos mareos en los primeros meses, y ahora la reina daba largos paseos por las mañanas y las tardes y tenía aspecto sano. Sin embargo, las magas blancas en sus visiones habían tenido conocimiento de los planes del Caballero; sabían que su magia no era tan poderosa como para enfrentarse al dragón, pero no podían dejar que esos dos seres malvados se hicieran con la princesa (ellas sí sabían que nacería una niña) e idearon un plan. Con un conjuro lograron adelantar el parto de la reina y el mismo día que el Caballero y su dragón llegaron al reino, pese faltar aún una luna, empezó a sentir los dolores que anunciaban que su criatura llegaba al mundo.’
Al llegar a este punto, el narrador solía hacer una pausa dramática, asegurándose de que la vista de todos los presentes (no importaba las veces que ya anteriormente habían narrado el cuento) estaba fija en él y proseguía a continuación:
‘El Caballero se situó frente a la puerta de la habitación donde la reina pariría dispuesto a no dejar pasar a nadie, salvo a las ancianas matronas que la atenderían en el parto y el dragón extendió cuan largas eran sus alas en el patio, advirtiendo de esta forma que nadie era bienvenido. Sin embargo, cuando las matronas cerraron la puerta de la alcoba y descubrieron su rostro, la asustada reina pudo darse cuenta, entre los dolores naturales, de que no eran tales sino magas blancas: las arrugas desaparecieron de su rostro, los cariados dientes recuperaron su brillo blanco, los canos cabellos se tornaron rubios, la mirada se inundó de luz y la piel se sus brazos y manos se volvió tersa. Usando un viejo poder la hablaron mentalmente, sin necesidad de despegar los labios. Rápidamente le contaron quien sería la princesa que nacería de ella y la necesidad que había de ponerla a salvo. No sólo por ella, sino por todo el Continente. La reina asintió entre lágrimas. Los poderes de las magas aliviaron algo los dolores del parto, pero no quisieron eliminarlos del todo para que el Caballero nada sospechara al no oír gritos ni quejidos. Y, por fin, tras un parto ni largo ni corto, la pequeña princesa llegó al mundo. Y como la muy especial princesa que estaba destinada a ser, no lo hizo entra lágrimas sino con una dulce sonrisa. Las magas blancas dejaron que su madre la tuviera en su regazo un instante, los suficiente para conocerla y para despedirse de ella y después dio inicio la parte más delicada del plan. Una de ellas sacó de una cesta que llevaba, bajo unos trapos limpios, un gato negro muerto al que dejó en el suelo. Después las dos se pusieron su alrededor y se dieron las manos, cerraron los ojos y comenzaron a bisbisear un conjuro. Las llamas de las velas se agitaron y una corriente de aire helado atravesó la habitación. La reina cayó en un profundo sueño y el gato adoptó la forma de un bebé niña, muerto. Las magas blancas volvieron a cubrirse la cabeza con el capirote del vestido y mientras una de ellas arropaba el gato con aspecto de niña, como si fuera el bebé verdadero que había nacido, la otra pasó la mano sobre la verdadera princesa, que cayó dormida y la metió en el cesto. Volvieron a tomar aspecto de ancianas y salieron de la alcoba, fingiendo desconsuelo. ‘Señor’, dijeron al Caballero, ‘lo sentimos, pero el bebé nació muerto’ y se lo tendieron con una reverencia. ‘¿Cómo? ¡No es posible!’ gritó el Caballero cogiendo el inerte cuerpo frio y arrojándolo después al suelo con desprecio y furia. ‘¡Debería haber nacido una niña viva con la que yo me hubiese casado al crecer!’. En el patio, Edwing se removió inquieto: su fino instinto le decía que algún encantamiento se estaba produciendo, pero no lograba saber cuál. Las matronas se retiraron en silencio, andado hacia atrás mientras mantenían una reverencia y cuando alcanzaron la calle, tras atravesar el portalón de madera vieja de la entrada, la que llevaba a la niña en el cesto echó a correr decidida hacia al poniente; su compañera sacó de entre sus ropajes un frasquito que abrió y dejó caer el líquido sobre su capa: era un ungüento preparado con jazmín y otras hierbas destinado a atraer sobre ella la atención del dragón y comenzó a correr en dirección contraria. Edwing miró al interior de la habitación y sus enormes ojos vieron el falso bebé en el suelo y, de repente, entendió el embrujo. Resopló y expulsó un halo pútrido desde el fondo de su garganta que atravesó la ventana, rompiendo los cristales, y llegó al falso bebé, devolviéndole su figura de gato. El Caballero le miró con el rostro desencajado, entendiendo de repente que era lo que había pasado, y gritó ‘¡Búscalas y tráemelas aquí!’. Edwing irguió sus alas escamadas y alzó vuelo con tal rapidez que pocos segundos después sólo era un punto en la negra noche. Mientras ascendía, bramó con rabia y furia de tal modo que atronó por todo Nuvpu’ haciendo que la tierra temblara, los pájaros que volaban cayeran al suelo como si sus alas fueran de repente de plomo y los árboles perdieran sus hojas.
Abajo, las magas seguían su marcha, una con la esperanza de atraer el dragón y salvar así a la princesa, la otra con la determinación de llegar a Nuvpu’ donde la entregaría a un matrimonio especialmente elegido que sabía que la cuidaría adecuadamente, en un camino peligroso y que debía abordar escondiéndose de Edwing, que le llevaría varios días y varias noches.
Y es así como acaba este relato’.
Capítulo 7: De como Edwing encuentra a la princesa que no sabía que lo era y lo que sucedió a continuación