Del sueño de la princesa que no sabía que lo era
Como todo el mundo sabe, en los cuentos de princesas y dragones es fácil que la realidad y la fantasía se confundan y, por lo tanto, no es sencillo determinar si el sueño que tuvo la princesa (y que conocerlo es pertinente para comprender este cuento) fue realmente un sueño o algo real que sucedió. Sin embargo, ella sí lo recordaría tiempo más tarde como un sueño y por tanto así os lo transmito ahora.
La princesa tuvo el sueño cuando aún era una niña de, tal vez, ocho o nueve años. La noche en la que ocurrió fue, como sucedía en el propio sueño, una noche fría de invierno; ella había pasado todo el día con fiebre y algo de debilidad, así que Rut le había dado un caldo caliente antes de mandarla a dormir pronto. Al poco de cerrar los ojos, la princesa vio como por el bosque nevado andaban tres figuras envueltas en gruesas capas marrones con capucha y, correteando entre ellas, un simpático perro pequeño, de pelo largo color canela. Aunque con determinación, andaban despacio, con cuidado de no tropezar con ninguna rama escondida entre la nieve o caer en alguna de las trampas que ponían los habitantes para cazar zorros ya que, pese a que esa noche había luna llena y portaban unos candiles, estos eran de luz tan tenue que no permitían distinguir bien el camino. Observando más detenidamente las figuras, la princesa en su sueño vio que la que abría camino podría tratarse de un adulto mientras que la otras dos no serían más que niños. Estos iban tomados de la mano y el que parecía mayor (o de más altura de las dos) vigilaba contantemente los pasos de la menor y tiraba levemente de ella para que no se detuviera. El que parecía adulto lanzaba cada poco miradas furtivas hacia atrás, asegurándose de que le siguieran y de vez en cuando les decía algo en voz queda pero que sonaba como palabras de aliento. La princesa no pudo distinguir sus caras ya que la ventisca de aguanieve que les azotaba esa noche hacía que se protegieran todo lo que podían con las capuchas. La figura menor tropezó y cayó al suelo y la mayor se acercó a ella, comprobó con cariño que se encontraba bien y la tomó en brazos, prosiguiendo así el camino.
La princesa descubrió quizá no con mucho asombro que el final les mismo les conducía hasta su propia casa, donde se detuvieron bajo la ventana, sin hacer ruido. Ella se levantó de la cama y les vio allí, aguardando, sin protestar ni quejarse pese al frío que hacía. La princesa tomó resuelta una capa de lana salió a buscarles a la calle. Ya no sentía fiebre. Al llegar ante ellos segundos después, todavía sin poder distinguir sus rostros, les hizo una seña para que la acompañasen hasta la cuadra donde el refugio del viento y el propio calor de los animales les haría sentirse mejor.
– ¿Por qué no habéis dicho nada al llegar? –les preguntó ella intrigada.
– Porque no queríamos despertar a tus padres – contestó el más alto y, aunque había pensado que se trataba de un adulto, la princesa se dio cuenta de que no era más que un adolescente.
– ¿Quiénes sois? ¿Cómo os llamáis? ¿Por qué habéis venido hasta aquí?
– Haz mejor las preguntas de una en una – contestó, de nuevo, el mayor y se bajó la capucha. Al hacerlo, los otros dos le imitaron y la princesa comprobó que, efectivamente, se trataba de un adolescente despeinado, de cara delgada, piel pegada a los huesos y barba incipiente. Ella aún no sabía distinguir que hombres eran guapos o cuales no, así que no pudo catalogar a su visitante, pero sí supo que le transmitía tranquilidad y seguridad y que le gustaba. Los otros dos eran, efectivamente, dos niños; un muchacho de alegres y grandes ojos, de unos siete u ocho años y una niña de mirada divertida y pelo negro, de apenas tres. El pequeño perro se había tumbado ajeno a todo sobre la paja y dormitaba en ella.
– ¡Sois niños! –exclamó la princesa son sorpresa.
– Ellos sí –contestó un poco irritado el mayor-. Yo soy Rodrioux y ellos son Gaelicux y Salmax. Y la perra es Moniux. Vamos, niños, saludad.
– Hola, princesa –dijo Gaelicux
– Hola, princesa – dijo Salmax
– ¿Por qué me llaman princesa? – preguntó ella extrañada.
– Porque lo eres, claro –contestó Rodrioux, como si fuera una obviedad- pero eso no importa ahora. Esa no es la pregunta adecuada.
– ¿Y cuál es la pregunta adecuada, entonces?
– La pregunta adecuada es para qué hemos venido a verte.
– ¿Y para qué habéis venido a verme?
– Para que nos conozcas. Para que sepas que, cuando llegue el momento en el que lo necesites, nosotros, Rodrioux, Gaelicux y Salmax vendremos a prestarte nuestra ayuda. Y Moniux, también, claro. Que no te confunda nuestra juventud. Estamos preparados para protegerte.
La princesa dudó un momento, observándoles. El muchacho estaba serio, como concentrado en una tarea importante que quisiera llevar a cabo sin errores, mientras que los dos menores jugaban detrás de él, escondiéndose tras la larga cola del caballo. Cada vez que este relinchaba, Salmax reía con inocencia.
A la princesa se ocurrieron tres preguntas, pero no sabía cuál de ellas era la más pertinente en ese momento y el adolescente ya la había regañado dos veces por equivocarse al hacerla, así que debía tener cuidado. Al final, se decidió:
– ¿Cuál será ese momento en el que vendréis a ayudarme?
– Lo sabrás cuando pase. Ahora, lo único importante es que sepas que así será. Y que hasta entonces, nosotros estaremos cerca, cuidándote sin que os veas, asegurándote de que toda tu vida transcurre sin percances, en paz y feliz.
– Ya soy feliz.
– Lo sé. Y queremos que siga siendo así. Nos tenemos que ir ahora, princesa, sólo hemos venido para que nos conocieras –dijo Rodrioux, dándose la vuelta y haciendo un gesto a los dos niños, para que le imitaran. Moniux se despertó de inmediato.
– ¿Y cómo sabréis vosotros que ha llegado el momento? –preguntó ella con ingenio.
– Porque es nuestra misión.
– Eso no suena muy convincente…
El muchacho resopló. Fingía enfado, pero lo cierto es que le gustaba esa niña.
– Esta bien –contestó metiendo la mano en un gastado zurrón que llevaba al costado, más sucio que limpio, del que sacó un pequeño objeto-. Toma esto. Es un pequeño flautín. Que no te confunda su aspecto rudo…
– Es la segunda vez que dices ‘que no te confunda’ – le interrumpió, traviesa.
Rodrious suspiró y siguió hablando:
– Es un flautín especial, confeccionado por las magas blancas. Si crees que ha llegado el momento y no estamos aquí, tócalo. Lo oiremos y vendremos. Y, ahora sí, debemos irnos; niños, vamos…
– ¡Espera! –gritó ella- no os podéis ir aún. Tengo muchas preguntas que haceros.
– No queda tiempo, princesa. Vas a despertar en breve y debemos irnos antes de que eso suceda.
– Al menos una, ¡por favor!
– Está bien. Una sólo. Pero rápido.
La princesa dudó. Sólo podía hacer una pregunta y le costaba elegir. Al final quizá la curiosidad típica de su corta edad decidió por ella:
– ¿Sois hermanos?
– Ellos dos sí –contestó Rodrioux-. Yo soy como su familia, pero no soy su hermano.
Cuando terminó de hablar, la princesa parpadeó un momento y al volver a abrir los ojos, Rodrious, Gaelicux, Salmax y Moniux ya se habían marchado. En realidad, pensó ella, debían haber desaparecido como en un encantamiento ya que no habían tenido tiempo de irse. ‘¡Qué raro!’, pensó, y volvió a cerrar los ojos.
– ¿Qué es raro, cariño? –le preguntó su madre, sentada en la cama con una taza humeante en la mano. La pequeña había hablado entre sueños.
– ¿Qué haces aquí, madre?
La mujer sonrió: ‘me desperté y vi que dabas muchas vueltas en la cama, así que te he preparado un poco de leche caliente con miel que seguro que te vendrá bien para la fiebre y te ayudará a dormir’. La princesa se tomó la leche sin protestar sintiendo como el calor le hacía bien. Rut puso su mano sobre la frente de la niña y murmuró para sí, con un poco de preocupación, ‘vuelves a tener mucha fiebre’. Después subió el embozo hasta tapar casi la nariz de su hija, se incorporó de la cama y sopló la vela que había dejado sobre la mesita, quedándose iluminados sólo por la luna que entraba por la ventana.
– Mamá, ¿soy una princesa? –preguntó la niña de repente.
La mujer se dio la vuelta y sonrió con infinita ternura. Luego se inclinó sobre ella y la besó en la frente ardiendo.
– Claro que sí, hija: eres nuestra princesa – y se retiró a tratar de descansar a su habitación.
La princesa suspiró y se dio la vuelta en la cama. Al hacerlo, metió la mano bajo la almohada y notó algo duro y alargado. No tuvo necesidad de sacarlo: sabía que se trataba del flautín de madera que le había regalado Rodrious.
Capítulo 5: Del nacimiento de la princesa que no sabía que lo era