De la leyenda de la Princesa de la Paz
¿Y cómo, y por qué, os preguntaréis, llegó la pequeña princesa al pueblo de Nuvpu’, al abrigo de la noche, protegida por una joven maga blanca? ¿Por qué la pequeña princesa no sabía que lo era? Son estas unas preguntas muy convenientes, sin duda, pero deberéis aguardar aún un poco antes de saberlo.
Debo hablaros primero de la Leyenda de la Princesa de la Paz y que esta, y no otra, era la razón por la que el Caballero Pamoh decidió hacerse Rey de un reino aparentemente tan pobre como SuDtera’. Conocerla, creo yo, es algo pertinente antes de seguir con nuestra historia.
Al Caballero Pamoh no le interesaba en realidad el reino de SuDtera’ del que no mucho podía sacar. Desde que llegó y se adueñó de él, diecisiete años atrás había aumentado los impuestos (como es bien sabido, todo mal gobernante es lo primero que hace) y la recaudación le proporcionaba una vida placentera. Una vez un pequeño pueblo había tenido un conato de rebeldía, pero el Rey envió a Endwing quien con su aliento quemó gran parte de las casuchas (las fechas y palos que le lanzaron apenas si las notó protegido como estaba por las escamas pétreas de su piel) y la insurrección duró apenas unas horas.
En esos años el Rey fue acumulando riquezas, se hizo construir una suntuosa mansión llena de criados y lacayos, empleaba el tiempo ociosamente, cazando o en torneos de lanza o espada en los que siempre vencía; bebía y comía sin mesura. Sin embargo, no fueron esos los motivos por los que una mañana de invierno se llegó a aquellas tierras, dispuesto en su maldad a dominarlas.
La razón se encontraba en una leyenda antigua, más antigua quizá que la historia misma, una leyenda que latía en todo el Continente, transmitida de padres a hijos con sigilo y susurros, entre insinuaciones y sobreentendidos, con miedo y con esperanza. Porque la leyenda podía significar el comienzo de una época de eterna felicidad para todas aquellas tierras, pero también podría dar lugar a la esclavitud, a que cayera sobre todos ellos una noche de pobreza y desesperanza. La leyenda a la que nos referimos es, como ya habréis supuesto, la Leyenda de la Princesa de la Paz.
El origen de la leyenda, como ocurre con todas las leyendas, entonces y ahora, es un poco confuso y resulta difícil saber que parte tiene de verdad y que parte de fantasía. Unos decían que la Creadora de todas las magas blancas, cuyo nombre se había perdido, le reveló el secreto a su duende favorito, quien a su vez lo contó los gnomos, y estos a sus animales (es sabido que los gnomos podían hablar con los animales, pero esta cualidad se perdió cuando desapareció del Continente el último gnomo) y también a los solitarios habitantes de los bosques y de ahí la leyenda saltó a los humanos. Otros cuentan que fue Abhel quien la dio a conocer, tras bajar de la Montaña. Según esta fuente, a él se la había contado El Dios De Todas Las Cosas y la propagó en los innumerables viajes que hizo por todas las tierras conocidas hasta que le alcanzó la muerte. Y hay aun algunas teorías más, pero creo que carecen de crédito y por eso no os voy a molestar contándooslas. Sea como fuere, han pasado ya muchos años desde entonces y la leyenda se fue extendiendo poco a poco hasta que llegó a oídos interesados, como el de Pamoh.
Lo que decía la Leyenda de la Princesa de la Paz es que, de un Rey y Reina queridos por su pueblo, en la madrugada del día en el que el sol dejaba de salir por el oeste y salía por el este, nacería una princesa inteligente y bella, dotada con el don de la sabiduría y el gobierno recto. Esta princesa se casaría con un Caballero de cabellos rojizos y corazón puro y traerían juntos un gobierno justo para todo el Continente. De esta forma se acabarían las divisiones entre los diferentes pueblos, que se unirían en uno sólo y todos vivirían en paz para siempre.
Pero la leyenda se podía interpretar también de otra forma: si la princesa no elegía bien al Caballero que sería su esposo y este resultaba ser duro de corazón, el domino sobre todo el Continente podría ser de eterna esclavitud y opresión, de sufrimiento y dolor en provecho de ese ambicioso Caballero.
Por eso, todos los habitantes de aquellas tierras, en la noche en la que el sol cambiaba su órbita, sentían una opresión en su corazón, mezcla de esperanza y temor.