De cómo el Caballero Pamoh se convirtió en el Rey Pamoh
Este cuento, como todos los cuentos de princesas y dragones, también tiene un Rey. Pero he de deciros que el Rey de SuDtera’ es malo. En realidad, no era su rey legítimo, este sí era un Rey bueno, sino un caballero que llegó a aquella tierra algunos pocos años atrás con su armadura de acero reluciente, una dura espada tan afilada que cortaba un paño de seda que cayera sobre ella y un caballo enorme, negro, de patas fuertes y crines gruesas y fieras. El caballero tenía largos cabellos color fuego y unos ojos color hielo y poseía la cualidad de mirar fijamente a quien tuviera delante sin pestañear durante un tiempo largo. Con el caballero (se hacía llamar Pamoh, pero nadie supo si era su nombre real o inventado), su imponente armadura y su caballo de mirada encendida, llegó también Edwing el temible dragón de poderes mágicos y tamaño descomunal. En SuDtera’, como en las otras tierras del Continente, ya vivían algunos dragones, pero era un pueblo pacífico, desarmado y por tanto dichos dragones eran de pequeño tamaño y domésticos: se usaban para ayudar en el campo y mantener a raya algunas especies depredadoras para las cosechas o los animales de granja. Algunos muchachos los utilizaban también como compañeros de juegos. Cuando llegó Edwing al reino todos los demás dragones huyeron despavoridos y en adelante solo él viviría allí. Con el tiempo, eran los habitantes de más edad los únicos que recordaban que existen también los dragones buenos y contaban leyendas sobre ellos a los niños. Esta es, supongo, la razón por la que erróneamente se consideran a los dragones seres mitológicos.
Pamoh llegó frente al Castillo de SuDtera’ una mañana de invierno, poco antes de que saliera el sol. La gente lo llamaba Castillo, y tal vez lo hubo sido muchas generaciones atrás, en la Época Oscura, pero ya no era más que una serie de casas de piedra y techos de madera, pegadas unas a otras. En él vivían los reyes legítimos, un matrimonio feliz y bonachón, que nunca habían usado las joyas heredadas de las que disponía el Tesoro y servía también como tribunal de justicia y mercado el día Medio de la semana. Lo cierto es que el Castillo de SuDtera’ tenía muy poco aspecto de Castillo, resultaba más bien como una casona grande, con algún muro un poco más recio. Pero aquel pueblo tranquilo y pacífico no necesitaba más.
Pamoh se detuvo sobre su caballo, a unos centenares de metros del Castillo, en el camino que llevaba hasta él desde las Montañas de Helo y esperó a que amaneciera. Edwing se colocó tras el caballero, las gruesas patas en el suelo, erguido y el cuello estirado. De vez en cuando soltaba un bufido -que sonaba como un estruendo- desde su temible garganta. Pamoh sabía que su sola presencia haría que los habitantes de SuDtera’ claudicaran asustados. Porque Pamoh era un caballero malo, pero también era un gran estratega, curtido en muchas batallas anteriores con otros caballeros de recia armadura, dragones, brujos, ogros, duendes y unicornios (sí, en aquel tiempo aún existían los unicornios, así como existían sirenas y gnomos; como llegaron a desaparecer es materia de otro cuento).
Los habitantes del Castillo y de las casas cercanas se despertaron con los bufidos del dragón. Abrieron con temor (eran gentes pacíficas y por tanto temerosas de cualquier ruido fuera de lo habitual) las contraventanas de madera y sólo pudieron entrever unas extrañas formas en la oscuridad de la noche. El tamaño de Edwing era tan enorme que no alcanzaron a pensar que se trataba de un dragón malo y el desconcierto les asustó aún más. ‘Cuando amanezca, sabremos lo que es’ se dijeron unos a otros, con voz entrecortada. Pero Pamoh quería ponérselo aún más difícil y cuando el sol empezaba a asomarse por el oeste (en SuDtera’, como en todas las tierras de bien, el sol sale por el oeste en invierno y por el este en verano), hizo un gesto con la mano a su dragón. Este, empleando su magia negra, los envolvió en una espesa niebla que solo a ellos alcanzaba por lo que los pobres habitantes se asustaron aún más al comprobar, ya con la claridad del día, como una espesa nube ocultaba aquellas inquietantes formas. Algunos, los más osados quizá, pensaron en acercarse y comprobar que era aquello que perturbaba su despertar habitual. Pero eran gentes más acostumbradas a arar el campo y criar gallinas que a enfrentarse con peligros indeterminados y finalmente se quedaron al abrigo de sus hogares.
Al fin, cuando el momento al que había estado esperando Pamoh llegó, le ordenó a su dragón que hiciera desaparecer la niebla y los habitantes del Castillo vieron la aterradora figura de Edwing que en ese mismo momento desplegó sus descomunales alas, estiró el cuello, bramó con toda su furia y lanzó una llamarada de fuego al aire que cruzó con rapidez el cielo hasta más allá de donde la vista alcanzaba. Justo después, el sol iluminó la metálica y reluciente armadura del Caballero que devolvió la luz como un espejo, cegando a todos cuantos miraban.
El Caballero malo supo que se había hecho con el Reino de SuDtera’ sin necesidad siquiera de desenvainar su espada y sonrió debajo de su yelmo
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