De cómo llegó la princesa que no sabía que lo era a Nuvpu’
Este cuento comienza con una princesa. Una joven princesa en los primeros años de la edad adulta. Una princesa guapa y rubia, de ojos verdes y maneras dulces. Una princesa buena y amable y querida en su pueblo, que ayudaba a sus vecinos y que vivía con su familia, un perro y un gato.
El único problema de la princesa es que no sabía que era una princesa.
A la princesa la llevaron al pueblo Nuvpu’ cuando era muy pequeña apenas un bebé de días. Una noche sin luna, una mujer mayor, casi una anciana, de tembloroso andar encorvado sustentado por una rama larga a modo de bordón y cabellos canos cubiertos por la capucha de su capa de basta tela marrón, dejó a la princesa en una humilde canastilla, tapada con unas pequeñas sábanas blancas, muy limpias, frente a la puerta de la que sería en adelante su familia. Tras depositarla con suavidad en el suelo levantó la vista al cielo oscuro y sus ojos expertos se aseguraron de que el dragón del Rey no la hubiese visto. De no ser así, la pequeña princesa no podría ser feliz. Aguardó unos segundos en silencio, confiando más en su instinto que en su vista (bien sabía que el dragón podía ver aún a mucha distancia y en la noche más cerrada) y cuando estuvo segura de que no había sido descubierta, golpeó con fuerza el aldabón de la puerta y despareció de improviso, como envuelta en una niebla que se dispersa.
El dragón (Edwing era su nombre) sintió que algo no iba bien. No supo precisar el qué, pero en su interior supo que algo había pasado. Con decisión, deshizo el ovillo en el que se convertía las pocas veces que descansaba, en la parte más alta de la montaña más alta del reino de SuDtera’ (últimamente pasaba los días y las noches buscando incesante a la princesa, tal y como le había ordenado su señor el Rey y apenas tenía un momento para dormitar), estiró completamente las alas, alcanzando una envergadura de más de cien metros y como si apenas pesara, como si fuera más un pájaro pequeño que un dragón de más de mil kilos, se elevó con facilidad, perdiéndose en la noche.
Desde allí arriba, a una altura a la que sólo podía llegar él, dirigió la vista a todos los lugares de SuDtera’. Sus enormes ojos amarillos, del tamaño de sandías, escrutaron cada camino, cada prado, cada bosque, cada valle, cara vereda y cada pueblo del reino. Pero cuando sus ojos llegaron a Nuvpu’, frente a la casa donde la anciana había dejado a la pequeña princesa un momento antes, la puerta ya se había abierto y Rut, quien sería desde entonces y en adelante su madre, la había metido dentro y llevado junto a los rescoldos de la lumbre baja que había calentado durante el día la casa y permitido cocinar. La fina inteligencia de Edwing le hizo detenerse por un instante en esa casa humilde, de techo cubierto de paja y por cuya chimenea escapaba un halo de humo; pero su vista no le permitía ver a través de os muros de adobe ni su oído era tan fino como para escuchar los llantos de la pequeña princesa. Porque en ese momento, Rut mecía con cariño al bebé, tratando de calmar su lloro, al tiempo que le pedía a su marido Allep que calentara un poco de leche para dársela. Mientras sus miradas formulaban preguntas en silencio (‘¿quién es?’, ‘¿quién y por qué nos la ha traído?’, ‘¿qué vamos a hacer con ella?’), el dragón seguía observando la casa, calibrando si su instinto tenía o no razón. Y en ese momento, obedeciendo una orden silenciosa de la anciana, en la otra punta de SuDtera’ un grupo de hombres quemaron un campo de lavanda, sabedores de que su olor es uno de los más apreciados por los dragones. Esto hizo que Edwing volara instintivamente hacia allí, olvidando vigilar la casa. Solo tardó unos minutos en llegar hasta el campo en llamas y cuando lo hizo, planeó un rato sobre él, deleitándose del aroma de lavanda quemada antes de agitar con fuerza las alas para apagarlo con el viento que levantó. Bajó después al suelo y se tumbó y rodó por el campo quemado, dejando que su basta piel se impregnara de ese olor.
Mientras, la anciana que había llevado a la princesa hasta Nuvpu’ salía con pasos decididos del pueblo, y según lo hacía iba dejando atrás su aspecto envejecido, las arrugas del rostro, el pelo cano, la piel flácida de los brazos, el andar encorvado, hasta convertirse en la joven maga que era. Aunque sus poderes eran muy limitados en comparación con los de dragón Edwing, había logrado completar la delicada tarea que le habían encargado de poner a salvo a la pequeña princesa. La esperanza de SuDtera’.
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