El teléfono nunca suena en la madrugada de en un día entre semana por algo bueno. Por más que las noticias malas nos aborden constantemente, en cualquier situación o lugar, en un momento de felicidad o de calma, por más que estemos acostumbrados a recibir disgustos de boca de un familiar en una comida de domingo, en la rápida llamada a casa en un descanso del trabajo, en un mensaje en nuestro móvil antes de cenar y todo eso nos prevenga –o debiera hacerlo- de que igualmente las noticias buenas pueden llegar en idénticas circunstancias y momentos, un móvil sonando a las tres y media de la mañana de un martes (miércoles ya más bien, aunque cuando uno despierta tan pronto le cuesta situarse en el día que llega y tiene más presente el que se fue) es presagio de que algo malo ha pasado. La noche asusta más que el día, provoca una sensación de inseguridad o indefensión que agiganta nuestro temor ante cualquier sombra, cualquier crujido de la casa o el teléfono sonando de improviso, amenazante. En los pocos segundos que pasan entre que la melodía (Sweet Child of Mine de Guns and Roses) nos despierta abruptamente, nuestro inconsciente separa ese sonido de la melodía (Beautiful Day de U2) del despertador, nos alzamos levemente en la cama, y tomamos al fin el móvil con mano temblorosa, insegura, ya hemos decidido que algo malo ha pasado, aunque aún no el qué y las posibilidades se abren en nuestra mente: accidentes de seres queridos, inundaciones en el piso de algún familiar, el niño que no ha vuelto a la residencia del colegio donde estudia en Londres tras ausentarse sin permiso de la misma tras la cena, una fuerte discusión en un matrimonio amigo y él o ella llaman para pedirte que les acojas en tu casa unos días. La pantalla, entre ojos legañosos, te muestra al fin el culpable del sobresalto (‘mamá’) y ese conocimiento limita las posibilidades de desgracia. Por un momento, uno quisiera no contestar, dejar de nuevo el móvil en la mesilla y volverse al sueño con la ignorancia de lo que ha ocurrido y, por tanto, sin el sofoco del disgusto, pero lo hace casi más para apagar la canción que suena a un volumen inverosímil en la tranquilidad de la noche (despertaría a los vecinos si lo contrario, no a nadie en la casa ya que hace mucho, seguramente demasiado, que duerme solo) y contesta con temeroso ‘¿sí?’. Y ese es el momento que permite que al fin la noticia llegue a nosotros y verifiquemos que, como suponíamos e incluso sabíamos, el teléfono nunca suena de madrugada, en un día entre semana, por algo bueno:
– Cariño, tu abuelo ha muerto.