Porque si me hubiese quedado y tú no me hubieses besado, lo habría hecho yo

-Entonces, yo sí soy culpable, según tu razonamiento

-Sí, en cierto modo, es así

-Eso no es justo – me contestó. Enfadada

-Efectivamente, no es justo. Pero no lo es para mí. Tu vienes aquí, haces la cena mientras me ves babear detrás de ti, cenamos, tomamos vino y quizá unas copas, follamos, nos quedamos dormidos, te despiertas al amanecer, te duchas y sales de la casa en silencio y vas donde quiera que sea, pero me dejas aquí, sin poder pedirte que me des no sólo el sábado por la noche sino el domingo entero, que hagamos lo que cualquier otra pareja. Que nos despertemos juntos y salgamos a desayunar a una terraza mientras leemos el periódico y unos chicos juegan al futbol en un parque cercano. Que holgazaneemos, paseemos sin rumbo, hasta la hora del aperitivo. Que dejemos pasar la tarde haciendo siesta mientras oímos de fondo una película boba. Que seamos una pareja. Y no te lo puedo pedir porque ese domingo ya lo tienes comprometido con otro. Efectivamente, tienes razón: no es justo para mí.

Apagó con brusquedad el cigarrillo en el plato con las sobras de la mesa (tenía el cenicero al lado) y se tomó unos segundos antes de replicarme.

-Tú ya sabías lo que había. Ya sabías que Simón existía, que estaba, que está en mi vida, que es mi novio. Y aun así entraste, comenzaste esto conmigo, sin remordimientos. Te invité a hacerlo, cierto, pero no te obligué. El primer día que te vi me pareciste mono, pero en modo alguno peligroso. Me divirtió que, tras aquel primer programa tan rocambolesco, me invitaras a tomar una copa. Pero en esa noche, algo pasó. Cuando ya se acababa, cuando tomábamos un café, me di cuenta de que me gustaba estar contigo. Y que me gustaba que trataras de ligar, de seducirme. Bien vestido, seguro de ti, guapo, delgado, inteligente, con respuesta rápidas…. Me asusté al darme cuenta de que me hubiese gustado demasiado que me besaras. Por eso me fui. Porque si me hubiese quedado y tú no me hubieses besado, lo habría hecho yo. Pasé unos días sabiendo que me llamarías, deseando y temiendo que lo hicieras. Y lo hiciste, claro. Y te invité a ir a mi casa, sabiendo lo que iba a pasar, lo que eso significaba, Sebastian. Era perfectamente consciente de que tenía, de que tengo novio, de que la idea de casarnos ronda por ahí y de que tú ibas a ir a mi casa, para acostarnos juntos, y que esa no sería la única vez. Por eso me cambié la ropa que llevaba puesta y me puse un vestido que sé que me sienta bien y que te gustaría. Y por si me quedaban dudas, te besé nada más abrir la puerta. Todo eso fue una serie de actos conscientes. Desde luego, me tiraba la entrepierna, pero las decisiones fueron muy meditadas y lógicas. No puedo decir que estaba borracha o que no sabía lo que hacía. Más aún cuando después de primer día hubo un segundo, y tercero… hasta completar casi un año. Desde el principio, he sabido lo que hay. Y sí, tú también lo has sabido. Sabías que Simón existía la noche que me propusiste tomar una copa y te importó poco. Sabías que existía cuando me llamaste, cuando fuiste a mi casa, cuando te besé y tú lanzaste las manos debajo del vestido. Y en ninguno de esos momentos te importó. Hablabas de una Cristina culpable… De haber culpables (cosa que no tengo clara) los dos lo somos, ya que desde el minuto uno éramos conscientes de donde nos metíamos, Tú y yo. Yo he sabido que iba a estar contigo sin poder tenerte y que un día tendría que dejarte marchar. He sabido que tengo un precio que pagar por esta historia, como lo tienes tú. He sabido que me volvería loca echándote de menos cuando estoy con Simón y echándole a él de menos cuando estoy contigo. He sabido que habría veces en los que estaría a punto de llamarte a ti por su nombre y a él por el tuyo. Que me gustaría estar visitando un museo contigo y no con él y comiendo una hamburguesa con él y no contigo. He sabido que no sería fácil, exactamente igual a como tú lo has sabido siempre, desde el principio. Recuerdo veces en los que he abierto los ojos mientras me follabas y me le he encontrado a él y he tenido que disimular para que no se diera cuenta. Y también me ha pasado al revés: pensé que era él a tenia dentro de mi y me encontré contigo. Y a ti te ha pasado igual. Antes has hablado de un tercero… No, no hay ningún tercero, pero si te reconozco que en un par de veces me he liado con alguien, sólo porque no aguantaba más esta situación y tenía que alejarme de ti y de Simón. Sé que me entiendes porque tú también has quedado con otras chicas, solo que en tu caso no han sido dos o tres veces sino bastantes más. No, Sebastian, no intentes negarlo: ha sido así. Hasta te puedo dar el nombre de alguna de la redacción, y no porque ella (o alguien) me lo haya contado, sino porque te conozco. Y no negaré que he sentido celos, muchos celos, y rabia al darme cuenta de que eso estaba pasando, al imaginarte haciéndoles a ellas las cosas que me haces a mí, al saber que durante  un momento ellas ocupan toda tu cabeza y yo no estoy en ella. Y sé lo de injusto de mis pensamientos, de mis sentimientos. Pero no puedo hacer nada contra ello, solo cerrar los ojos y asumirlo. Y olvidarlo; aunque nunca logre hacer ninguna de las dos cosas y ese recuerdo que no he vivido y sólo es imaginación de tu cuerpo desnudo gozando del cuerpo desnudo de esas chicas me persigue y me hace llorar a escondidas. Supongo que, en cierto modo, es lógico. Hemos creado un pequeño mundo sólo para nosotros, aislados, como una burbuja, pero de vez en cuando necesitamos abrirlo al exterior, ventilarlo, para aliviar el olor de cerrado, a asfixia que tendría de no hacerlo así. Intuitiva o conscientemente, hemos tomado nuestras decisiones para poder vivir y ser felices sabiendo que estamos en un alambre que cimbrea a muchos metros sobre el suelo y que en realidad el miedo a caernos impedirá que lleguemos a ser de verdad felices. Ha habido situaciones, momentos, palabras que hemos preferido ignorar para que no nos perturben. Y lo hacemos tan bien que ya no sé si es así, si es que las ignoramos o es que directamente ni siquiera somos ya conscientes de ellas. Tú hoy has estado conmigo y has disfrutado de mí y no te ha importado lo demás. Me follado esta noche y después me has visto cocinar, aquí en tu casa, y hemos cenado y bebido vino juntos, y en tu cabeza está la idea de que volveremos a follar luego y no te ha importado lo que pasó antes, si media hora antes de estar contigo he follado también con él, estaba besándole a él y me estaba corriendo con él. O tal vez sí te ha importado y has sentido una punzada de celos cuando me has besado y has notado su sabor, su olor en mi boca, pero lo has aceptado primero para olvidarlo a continuación. Y no te digo que te haya sido fácil pero sí que desde el principio has sabido que esto sería así. Habrás llorado muchas veces, creo, de rabia e impotencia, en esos momentos que te decía en los que no queda más remedio que abrir nuestra burbuja para airearla; sé que has llorado porque yo lo he hecho, ya te lo he dicho y, aun así, has seguido esta relación, como yo, concluyendo que merecía la pena. O que no tenías otra opción. Tal vez deberíamos haber sido más listos y saber cortarlo a tiempo, antes de que se hiciera doloroso, pero no demasiado pronto ni demasiado tarde; en ese momento justo en el que puedes romper sin dejar de ser amigos, pero en el que ya no tendrás la sensación de que han quedado cosas pendientes. Pero ser listo, o competente en las relaciones furtivas, Sebastian, es algo que no se elige y nosotros carecemos de esa habilidad. O no la hemos tenido en esta ocasión.  Existe gente que sí es capaz de hacerlo de salirse de una relación antes de hacer y hacerse daño. Les envidio. Yo no sé. Y he seguido contigo pese a ser consciente de que llegaría un momento doloroso como este. Y temiéndolo he quedado contigo una vez y otra, primero se sucedían los días, después las semanas y por último los meses. Hasta aquí. Hasta ahora. Yo he salido de su cama y me he venido a cenar contigo esta noche, en tu casa, y disfrutar de todo el despliegue que has preparado para mí: la música, las velas, la mesa decorada en la terraza, el vino. Y para eso he tenido que mentirle, y no me ha importado, o sí, pero aun así lo he hecho porque he pensado que me convenía y le he dicho que me iba de viaje cuando en realidad venía a tu lado.

Blanca se calló de repente. Acababa de romper un tabú y ambos nos dimos cuenta de ello. Nunca antes me había contado (ni yo le había preguntado) las excusas que utilizaba para venir conmigo, por cómo se las apañaba para sacar tantos momentos libres para mí (es cierto que normalmente no en fin de semana aunque sí muchos en diario: nuestras citas no eran infrecuentes aunque me hubiese quejado unos minutos antes), por como evitaba que le sonara el móvil en las largas horas que pasábamos juntos (o como sonaba y era él llamando o con un whatsapp que ella –que lo tenía en silencio- no contestaba y eso no le causaba problemas en su relación; de ser el revés, yo hubiese querido saber porque no atendía mis llamadas, mis mensajes, no se lo hubiese puesto tan fácil). Cualquier referencia a como su mundo con Simón encajaba en su mundo conmigo era, como Blanca había dicho, sistemáticamente escamoteada, ignorada

Se oyó a lo lejos la sirena de un camión de bomberos o una ambulancia. “A alguien se le incendia la casa o le está dado un infarto,” pensé, “todos tenemos nuestros problemas. A mí no se me está quemando la casa ni estoy infartando, pero no por eso me siento mejor”.

-No sé dónde quieres llegar o porque sacas este tema ahora. No, en realidad me he explicado mal. Sé dónde quieres llegar y sacas el tema ahora porque llevamos ya casi un año e imagino que tus nervios, están a punto de explotar. Y yo lo entiendo. Yo me he sentido casi así alguna vez, pero supongo que soy menos visceral que tú, más racional y he logrado calmarme. Lo que no entiendo es porqué lo sacas de esta manera, acusándome. Creo que es más fácil quedar a tomar un café y comentarlo, los dos somos personas bastante lógicas. De esta manera lo único que podemos lograr es hacernos daño

La miré a los ojos. Sus gestos, sus ojos blandos de nuevo, su posición en la silla (se había vuelto a relajar) me invitaban a acercarme a ella, a sentarme a su lado. Pero no podía moverme: algo me mantenía pegado a la barandilla de la terraza. Fue Blanca quien se levantó y vino hasta mí. Se puso a mi lado, aunque no tan próxima como para que mi cuerpo la tocara, mirando hacia la calle (al revés que yo, que miraba hacia el interior de la casa). Seguía oliendo a hierba fresca. Y a su piel.

Recordé el momento cuando llegó a mi casa, a media tarde, lo felices que nos sentíamos los dos. Llevábamos varios días sin tener un momento a solas para nosotros y nada más cerrar la puerta empezamos a comernos la boca, a desnudarnos, a acariciarnos, arranqué más que quité su sujetador, tomé sus pequeños pechos en mis manos y los acaricié, lamí sus pezones apoyada contra la puerta de la entrada, y luego le di la vuelta y la penetré con fuerza así, reguardados solo por unos pocos centímetros de cualquier persona que saliera al descansillo de mi piso; Blanca se llevó la mano a la boca y la mordió (sus no rizos tapando parcialmente su cara) para ahogar de este modo sus gemidos aunque no pudo evitar los golpes de la madera contra el marco, el vestido arremangado por la cintura. Seguimos después besándonos, mordiéndonos, mis dedos explorándola, su lengua y sus labios en mi sexo, por casi toda la casa hasta llegar a la habitación, donde terminamos exhaustos. Nos duchamos después y me cogió del armario una camisa vieja que solía usar cuando cocinaba (“me gusta cómo hueles”, me había dicho una vez. “Es el perfume, no recuerdo cuál me puse esta mañana”, le contesté. “No, no. Quiero decir que me gusta cómo hueles tú. No el perfume que usas, sino tu olor. El de tu piel. Me vuelve loca. Hasta tu ropa huele a ti, por eso me gusta ponérmela”). A pesar de los meses transcurridos desde que nos conocíamos (que es lo mismo que decir los meses que hacía desde que estábamos juntos), la pasión no había cedido y seguíamos necesitando sentir el roce de nuestra piel caliente, de nuestra saliva, oír nuestra respiración entrecortada, disfrutar de nuestra lengua, de nuestras uñas, de nuestro sudor.

Abrimos un par de cervezas y nos las tomamos mientras preparaba la cena: yo la miraba sentado junto a la mesa la cocina y no podía dejar de pensar que bajo esa camisa azul que apenas la tapaba estaba desnuda; Blanca era consciente del deseo que me producía y me sonreía, me besaba rápido mientras preparaba la cena.

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

Deja un comentario