Un local. Una cita

El local, efectivamente, no estaba mal. Llegué antes de la hora, pero no me importó. Estoy acostumbrado a estar en situaciones así, en un local decadente, tomando una copa solo y comiéndome los frutos secos que suelen poner para acompañar, despacio, uno a uno, mientras leo un libro o tomos notas de las cosas que se me ocurren en una pequeña libreta de tapas de colores, con un rotulador de punta muy fina. Normalmente estos apuntes, pese a la teatralidad que les doy, no valen nada y acaban olvidados en una papelera, pero en ocasiones (muy esporádicas, es cierto), surge alguna idea buena que se convierte en un ovillo del que tirar. Cuando entré solo estaba el grueso camarero (vestido formalmente con chaleco y pantalón negro, camisa blanca y pajarita granate) y dos hombres con corbata sentados al final de la barra. Las pareces estaban cubiertas con paneles tallados de madera oscura (desgastada en las esquinas, arañada en general) de los que colgaban en aparente desorden multitud de fotos de desigual tamaño en blanco y negro de cantantes (vi a Louis Amstrong o Aretha Franklin entre otros), actores y gente del mundo del cine (Kirk Douglas, Clark Garble, Orson Welles) e incluso escritores (Garcia Marquez, Hemingway). Junto a las paredes se encontraban sofás de dos plazas tapizados en falso cuero verde y negro, con mesitas bajas también de madera y patas curvas ante ellos. La mayoría de la iluminación veía de lamparitas de pie de latón y una pequeña pantalla de color crema distribuidas por todo el local, algunas en esas mesitas, otras atornilladas a la pared. Olía levemente a incienso y a madera mohosa. Era un sitio elegante y caduco, antiguo. Me transmitió una sensación de seguridad nada más entrar. Me siento a gusto, confiado en lugares como ese. Pedí un Havana 7 (el barman cortó una rodaja de limón, que dejó caer sobre un par de hielos, en un vaso bajo y grueso, y luego echó un chorro generoso del ron) que me puso con un bol de almendras peladas, nueces y pasas y llevé todo a a una mesa. Procuré no ponerme muy cerca de los dos hombres importantes. La música no estaba demasiado alta y no desentonaba: por alguna ironía del destino, sonaba I Hope That I don’t Fall in Love with You the Tom Waits; a ese tema le siguió Vicious de Lou Reed.

Cuando me sentaba, se abrió la puerta, pero era una señora tal vez casi mayor, bien vestida: echó detenidamente un vistazo al local y luego le pidió cambio al camarero (se conocían: se saludaron con un breve movimiento de la cabeza), sacó un paquete de cigarrillos de la máquina, volvió a mirarnos, evaluó un rato (más a la pareja de ejecutivos que a mi) y se marchó con decisión. Pensé que si hubiera habido otro público (probablemente, un hombre de su edad o un poco mayor, bebiendo solo en la barra, se hubiese quedado). Pero los dos hombres de negocio parecían demasiado interesados en su propia conversación y yo rebajaba ostensiblemente su objetivo de edad.

Di un sorbo a la copa y pensé en escribir sobre esa señora. Saqué del bolsillo de la chaqueta una pequeña libreta y un rotulador de punta fina, la abrí y presioné con la palma de la mano para que no se cerrara y descapuché el rotulador. Me tomé un par de almendras antes de escribir: “señora. Ropa cara y bien cuidada, aparente pero no nueva. Algún zurcido (remendado con mucho esmero por ella misma), al fijarte. Le queda un poco –no demasiado- estrecha. Al ponérsela se ha lamentado de que está perdiendo su figura, pese al cuidado con la dieta y el gimnasio. La maldita edad. Ha dedicado un buen rato a vestirse hoy. Probablemente, sentada a la cama, en ropa interior (cara y con mucho encaje blanca, contrastando con su cuerpo moreno de salón de belleza) mirando el armario abierto. Evaluando mentalmente, de las prendas más estilosas que le quedan –cada vez menos- con qué resultará mejor. Descrip. de la ropa: vestido granate con escote en V y hasta media pierna. Chaqueta a juego. Zapatos de tacón alto, color crema. Un chal por encima, en tonos negros y grises. Uñas pintadas con manicura francesa”. Bebí un poco más (acompañado de unas nueces y pasas esta vez) y seguí con mis notas: “¿Perfume? Caro. Alguno de Chanel probablemente. A diario usa otro, más económico. Pero no cuando se arregla y sale a buscar. Frecuenta locales un punto maduros como este. Pero también los salones de los hoteles de cinco estrellas del centro. Quizá sus favoritos y los mejores: allí la gente está de paso y es más inusual volver a encontrarse con alguien. Porque ella no aguantaría la vergüenza de ser reconocida, semanas más tarde. Le gusta fumar. Apenas fuma: lo hace por glamour y porque puede facilitar una conversación. Antes más, cuando se podía fumar en los bares. Ahora todo es más difícil. ¿Edad? Difícil de decir. Más de la que aparenta. Y más de la que quiere confesar. Pero no tanta como para que se le cierren oportunidades. Maquillada, sin que resulte excesivo, pero sí lo suficiente como para matizar –ya no evitar- la edad del rostro y cuello. El escote aún se mantiene firme. Llama la atención”. Di otro sorbo de ron y miré a mí alrededor. El barman secaba vasos con un trapo, los dos hombres de traje habían abierto un ordenador y miraban algo en la pantalla. Blanca aún no había llegado. Seguí: “No es feliz, al menos no mucho. En realidad, no se para a pensar si lo es o no. No es necesario, sabe lo que hay. No todos los días sale como hoy. Pero cuando lo hace y vale la pena, se siente bien. Pero hay más veces que no vale la pena que las que sí. Entonces le duele recordarse a ella misma eligiendo ropa frente al armario, forzando la cremallera que no quiere subir, las gotas de perfume tan caro en las muñecas, el cuello, el pubis. En esos días, los más…

-Hola. Disculpa, llego tarde –en realidad sólo se había retrasado un par de minutos, pero ya empezaba a conocer lo maniática que era Blanca con la puntualidad. Nunca retomé esas notas interrumpidas.

Se sentó a mi lado y me dio un beso rápido en los labios (llevaba el mismo perfume que el domingo anterior, aún muy intenso, quizá acabara de aplicárselo justo antes de entrar al local o pocos minutos antes). Después me sonrió y se quitó un abrigo ligero. Iba vestida con unos ajustados vaqueros claros, una escotada blusa blanca –ligeramente transparente- y una chaqueta azul. Apenas llevaba joyas: unos diminutos pendientes con forma de aro y anillo plateado en el dedo anular izquierdo. No la conocía lo suficiente como para saber si su elección de topa había sido casual o no: tal vez se la había echado el tiempo encima y había cogido lo primero que se le ocurrió o había meditado bien que ponerse, ya fuera pensando en mi o simplemente porque cuidaba la apariencia. Sea como fuese, le quedaba muy bien. Estaba muy guapa. Vestía con extrema sencillez y eso mostraba aún más lo guapa que era. Yo, por mi parte, si me había vestido pensando en ella: después probar varias alternativas, finalmente me decanté por algo seguro: vaqueros oscuros, zapatos blúcher negros, camisa blanca lisa (el primer botón suelto) y americana negra. No hay nada más elegante que pueda llevar un hombre que camisa blanca y americana negra. Así no podía fallar. Nos quedamos un momento en silencio, sosteniéndonos la mirada. Por encima de ella, vi que los dos hombres de traje y corbata la observaban y cuchicheaban entre ellos. No me extrañó.

Le pregunté que quería beber. Dudó unos instantes y contestó que un gin tonic (London One con Fever Tree). En ese momento sonaba Diana Krall y la miré extrañado, sin que en realidad quisiera hacerlo:

– ¿Qué pasa?

-No, nada

-Venga, di – insistió. Valoré unos segundos.

– ¿De verdad vas a beber un gin tonic con la música que suena? No pega

– ¿Cómo que no pega? ¿Qué es eso de que no pega?

Calibré por un momento si me convenía argüir alguna excusa y zafarme o explicarle de verdad lo que pensaba. Ya que estábamos, probablemente sería mejor lo segundo así que contesté:

-Supongo que soy un poco raro, pero creo que no se puede beber no sólo sin una buena música, sino sin una música adecuada. Cada sonido tiene encaje con un sabor determinado y no todo vale –me miró extrañada, dudó un segundo y debió decidir seguirme el juego, ya que preguntó

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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