Blanca se incorporó hacia mí,

Blanca se incorporó hacia mí, pasó su mano derecha por detrás de mi cuello y me besó. Fue un beso distinto a los febriles del domingo, fue un beso pausado, sosegado, que me supo a un punto de melancolía. Simplemente dijo “Tengo que irme, ¿vienes con conmigo?” dejando abierta a mi interpretación si con esa pregunta se refería solo al camino hasta la oficina o a algo más.

Pagué al camarero y salimos. Había refrescado y ella se abrochó más la chaqueta que llevaba y yo me pegué un poco a ella. Me dio miedo cogerle de la cintura en la calle, pero me hubiese gustado hacerlo. Al empezar a andar, me di cuenta de que estaba un poco borracho, pero nada preocupante. Blanca seguía en silencio.

– ¿Qué piensas? – le pregunté. Se tomó unos segundos antes de contestar

-Pienso que me han gustado tus respuestas. Me han gustado tanto, que hubiese preferido que fueran otras –contestó enigmáticamente. Opté por no decir nada y encender un cigarrillo

-¿Le echas de menos? – pregunté yo entonces

Blanca se giró hacia mi y me besó. Me besó con fuerza, mordiéndome los labios, aprentandome a ella (notaba su discreto pecho contra el mío).

-No -contestó. Y anadió:- ¡Qué bobo eres!

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

Deja un comentario