El escritor

Supongo que mi motivo para empezar a escribir no es nada original: una chica. Quizá no una en concreto, o al menos –aunque me gustara una compañera de clase en especial- no lo hacía sólo por ella. Quería resultar atractivo, interesante, que hablaran de mi (para bien) cuando pasara al lado de un corrillo de adolescentes. Pensaba yo que eso sólo lo podría conseguir si hacia algo especial, algo que nadie más fuera capaz de sacar adelante y me distinguiera. Como era no muy alto y más bien gordito, no especialmente guapo, algo patoso, destacar en deportes estaba fuera de mi alcance (bastante tenía con aprobar –por los pelos- la asignatura de educación física). Tampoco es que tuviera yo un sentido del ritmo o un oído especialmente desarrollado por lo que cantar en una banda de música (pelo largo, desaliñado, aspecto de malote al que le da todo igual), tocar a guitarra o –al menos- aporrear con algún sentido la batería también se escapaba de mis posibilidades. Me quedaba escribir, una actividad solitaria, tranquila, mucho más afín a mi personalidad y dudosa capacidad de relaciones con terceros. Y que, sorprendentemente, no se me daba mal.

Escribir tenía otras ventajas en mi desbordada imaginación juvenil: me resultaba muy atrayente la idea de mí mismo, en una habitación casi en penumbra vestido con fingido descuido con un traje oscuro, carísimo y elegante y una camisa blanca, el cuello abierto (es más: dos o tres botones desabrochados) frente a una mesa atiborrada de papeles con geniales notas escritas en momentos de febril inspiración,  un vaso con un dedo o dos de Habana Club Maximo Extra Añejo (y la botella al lado), un cenicero colmado de colillas apagadas y otra encendida entre mis dedos, el humo dulzón envolviéndome entremezclado con mi perfume caro,  paredes con librerías cuyos estantes estarían combados por el peso de los miles de volúmenes que las llenarían, música de jazz (Ella Fitzgeral, Bilie Holiday, Nina Simone, Betty Carter) escapándose de unos altavoces ocultos entre el aparente y falso desorden, escribiendo sin poder parar el torrente de ideas que saldrían de mi cabeza en un ordenador portátil, sobre el que golpearía violenta a única luz de la estancia: un viejo flexo metálico, como el que tienen los detectives en las películas de gánster de los años cuarenta. Y el teléfono que sonaría de nuevo, otro periodista más que llama para entrevistarme ante un nuevo premio granado, mi mano colgándolo con indiferencia, sin contestar.

Al final logré a la chica. No a esa, pero sí a otra. Y la perdí. Y luego vino otra. Y trabajé, no como escritor pero siempre seguí escribiendo. Y los años pasaron. Y apareció otra chica. Y escribí. Y le escribí. Y nunca logré ni mi habitación soñada, ni un ron carísimo, ni premios. Pero no dejé de escribir. Por una chica. Por mis sueños. Porque lo necesitaba. Porque me hacía feliz. Qué más da. Lo hacía. Y ya.

Publicado por Sebastian Mathanwi

Economista de formación, escritor de vocación y cocinero aficionado los fines de semana. Me gusta pasear por la montaña, el cine cásico y el jazz. Me hubiese gustado ser Faulkner. O John Ford. O Cary Grant. Si preparas los gin tocnics como si fuesen macedonias de fruta, echas hielo en el vino o te gustan los espárragos blancos, no es necesario que nos conozcamos.

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