No era un día especial, ni señalado, ni destacable; en realidad era un día tan normal, aburrido y monótono como casi todos los que llevaba en San Francisco. Me desperté, más o menos, a la misma hora de siempre, con los mismos planes de siempre: salir a correr un poco, escribir durante la mañana, comer algo rápido (y preferiblemente no demasiado insano), corregir lo escrito por la mañana (eufemismo tras el que se escondía la tarea de borrarlo todo o casi todo), salir a hacer alguna compra y, tal vez, pasear hasta Fisherman Walf para cenar algo por allí.
Un día más, que siempre equivale a un día menos, igual de prescindible que todos sus antecesores y todos sus sucesores.
No había, por tanto, ningún motivo especial para ello, pero ese día, sin saber yo el porqué, el recuerdo de Blanca era especialmente insistente en mi cabeza. Su sonrisa, su voz, su belleza en la que había que reparar dos veces para darte cuenta de lo guapa que era, sus rizos entre rubios y pelirrojos tan poco marcados que más eran no rizos, su boca ni grande ni pequeña, su nariz quizá algo respingona, su cuerpo delgado, de pecho discreto, sus suaves caderas. Y todos los momentos que habíamos compartido: aquella primera vez en la que follamos en su casa, cuando la llamé desde el Rastro y descubrí un bote de espuma de afeitar de su novio en el baño, los restaurantes que descubrimos juntos, la excursión en coche por el norte de Italia, sin ninguna ruta ni destino planificado de antemano, el fin de año en la habitación de un hotel de Budapest, el día caluroso de agosto en Roma en el que nos metimos en una fuente para refrescarnos y tuvimos que salir huyendo de unos policías, sus llamadas a horas imprevistas. Todo me volvía con cansina persistencia esa mañana, sin ningún motivo en especial.
Simplemente, estas cosas pasan: un recuerdo de una persona se nos instala de improviso en nuestra cabeza y no somos capaces de olvidarlo, de ignorarlo. Aunque, en realidad, Blanca (o su recuerdo) no había venido tan de improviso esa mañana: yo llevaba meses escribiendo de ella y para ella en cada línea de mi libro; aunque sin mencionarla, sin describirla, sin delatarla, pero yo (y sólo yo) sabía que era ella mi protagonista y que la historia que sin demasiado éxito trataba de sacar adelante era la que yo creaba para Blanca. Inge, la tímida muchacha que salía del teclado de mi ordenador no encajaría exactamente en la descripción de Blanca, y esa divergencia no era más que un triste artificio para tratar de alejarla de mí, para que nadie, si eventualmente el libro llegara a publicarse, pudiese saber quién era realmente la persona en quien me había inspirado para convertirla en mi protagonista; mas cuando hablaba del pelo moreno de Inge en realidad lo hacía de los rizos -tan poco marcados que casi eran no rizos- entre rubios y pelirrojos de Blanca, cuando describía en uno de los capítulos como su marido, los dos un poco bebidos, la desnudaba una noche en una playa desierta en realidad era yo quitándole el vestido a Blanca mientras dábamos un paseo por una playa solitaria de Asturias tras una cena con demasiada sidra, cada página escrita (rota después o no), cada historia, cada anécdota, cada frase, cada dialogo, cada réplica no eran más que el recuerdo novelado de Blanca. Ella había estado allí, conmigo, desde el primer momento, desde la primera línea, y podía negarlo, ocultarlo, camuflárselo a los demás, a todos menos a mí mismo.
Su recuero se me hizo tan pesado que tuve el teléfono en la mano varias veces, sopesando si le escribía, sin atreverme a hacerlo. A última hora de la tarde abrí su perfil de Whatsapp y lo miré durante largo rato: “últ. vez hoy a las 10:11”, unos minutos después se puso “en línea”, pensé (deseé) que cambiara a “escribiendo…” ya que eso quería decir que me escribía a mi pero en realidad a los pocos segundos mostró “últ. vez hoy a las 11:32”, y de nuevo, tras un momento, “en línea” y se me volvió a encoger el corazón, sin éxito otra vez al leerlo. Cerré el Whatsapp, me tomé un café, luego otro, y volví a abrirlo. Esta vez permanecía en línea por largo rato y busqué por instinto, sin pensarlo mucho, el perfil de Santos, el bobo de su exnovio, novio cuando yo la conocí, el que tenía el bote de espuma de afeitar en su baño aquella mañana de domingo, temiendo que también estuviera “en línea”. Y lo estaba. Pero él cerró enseguida, busqué nervioso en la pantalla el nombre de Blanca y ella seguía conectada, cambié de nuevo a Santos y volvía a estar “en línea”. Podía volverme loco así, tratando de adivinar con quien se escribía, sin que en ningún momento fuera a mí, así que tiré el teléfono al sofá, cogí una cazadora y salí a la calle, sin saber muy bien dónde ir, aunque eso no era demasiado importante. Solo necesitaba alejarme de mi
Andando, llegué hasta el barrio Chino, no muy lejos de mi casa. Apenas había si pasado por allí antes, y nunca por la noche; me encontré con un lugar bullicioso, con bastante gente en las aceras, ruido, prisas, comercios abiertos, bares, gritos, risas. Entré en una tienda de conveniencia para comprar algo que comer (unos burritos recalentados y con textura de plástico) y me llevé también un paquete de cigarrillos. Hacía meses que no fumaba, pero en ese momento me apeteció y me pareció una buena idea llevármelos. Encendí uno en la calle y su sabor espeso, ligeramente picante, me llenó la boca. Y no pasó nada más; no sé realmente que esperaba con ello: en las novelas baratas el protagonista fuma en momentos de desesperación, entra en un bar, pide un whisky y a los pocos segundos todos sus problemas se solucionan y aparece además una rubia hermosa que se enamora perdidamente de él. Desgraciadamente, ni vida no era una novela barata, el cigarrillo no se sabía bien y nunca me ha gustado ni he sabido beber sólo así que me fui hacia el único destino posible, el John’s Grill. No hacía demasiado frío y me apetecía andar un poco; era un paseo de unos veinte minutos así que se me hizo agradable. Quizá, pensé, con un poco de suerte, estuviera Samuel tocando.
El local estaba lleno (sólo al entrar caí en la cuenta de que era sábado) pero como me conocían, me hicieron un hueco en la barra. Desde allí no se veía a Sam, que (afortunadamente) actuaba esa noche, pero se le oía bastante bien. Supongo que me vio entrar ya que la siguiente canción que interpretó fue “Round Midnight”, un clásico de Miles Davis que me encanta y para la que Sam tiene un don especial. Había tirado el burrito de plástico junto con el cigarrillo en un apapelera, así que pedí una ensalada César con mucha salsa y una cerveza. Y un whisky, esa noche me lo merecía. Como si Samuel fuera capaz de percibir mi estado de ánimo, esa noche se concentró en recordar mis grandes clásicos: Sumetimer, Unfortegable, Lush Life… Le bendije para mis adentros.
Se sentó a mi lado cuando estaba acabando la ensalada. Miró con atención los vasos de cerveza y whisky casi vacíos (lo que él no sabía era que eran ya los segundos) y luego a mí. “Tienes un aspecto horrible”, me espetó. Samuel nunca se caracterizó por tener tacto. Luego, pidió un whisky para él y, tras interrogarme con la mirada, otro más para mí.
Samuel era un gran contador de historias. Las contaba bastante mejor que yo, en realidad. Como todo buen contador de historias, sabía cuando callar y cuando hablar, como gestionar los tiempos, los silencios Le vi tomarse la copa en silencio, paladeando lentamente la bebida, la piel negrísima, llena de arrugas del grosor de dedos, el rostro enjuto. Una vez más me pregunté qué edad tendría.
– Es tu chica, la de España, ¿verdad? – dijo al fin. Y sacudió la cabeza, con desaprobación-. No sé porque luchas contra lo inevitable. Pareces un tío muy listo, pero no lo eres. No, no lo eres en absoluto – y negó con la cabeza. Pidió otro whisky. Yo también, empezaba a notarme un poco borracho, pero no me importaba-. Solo lo pareces, con tu buen estilo vistiendo y bebiendo, con tu conversación inteligente… pero en lo que sobre la vida se refiere, eres un enorme estúpido. Sólo puedes hacer dos cosas, Sebastian. Sí, sólo dos, tal y como yo lo veo. Ya sé que solo soy un viejo negro sin estudios y bastante pobre, pero de las cosas de la vida se bastante más que tú, mi querido aprendiz de vividor.
>> Una de ellas es follarte a esa preciosidad de rubia que te has ligado, sin que consiga saber muy bien como lo has hecho –había ido alguna vez con Sarah al John’s Grill y les había presentado- y dejarte llevar, no te pongas límites con ella. Hacéis muy buena pareja, pero ninguno de los dos parece que os deis cuenta. O no queréis daros cuenta. Par de bobos… En fin, será la juventud y su inexperiencia, supongo. La otra cosa que puede hacer es coger el primer puto avión que salga para tu país y buscar a tu chica. Y si está con otro, si no quiere verte, si se ha echado novia o si se ha convertido en yihadista, te jodes, pero al menos lo intentas. Si va bien, perfecto, envíame una invitación para la boda. Y si sale mal, aprendes a vivir con ello, levantas la cabeza y ya.
>> Pero lo único que no puedes hacer es seguir aquí, huyendo de ti mismo, de lo que quieres, consumiéndote día a día, dándote pena a ti mismo y buscando a un viejo que solo vale para tocar jazz para tomar unas copas con él un sábado por la noche. Haces lo único que no puedes hacer y te va mal. Lo asombroso es que te extrañe. Supongo que para escribir no hace falta ser muy listo, de lo contrario no entiendo cómo te puedes ganar la vida así. Supongo que alguien te ha dicho que la vida se conforma a través de las personas que has dejado en el camino. Pero eso es una gilipollez, un enorme montón de mierda.
Se calló y me miró con ojos vidriosos. Él también estaba un poco bebido, seguramente había tomado ya algunos whiskies durante la actuación. Se calló por unos segundos; no le contesté, claro. Tampoco él esperaba que lo hiciera. Solo se tomaba algo de tiempo antes de seguir.
– Sebastian, me caes bien. Creo que eres un buen tipo. Por eso te voy a contar algo que no sabe casi nadie. No te estoy pidiendo que me guardes el secreto: a estas alturas de mi vida, ya me da igual lo que se sepa o no de mí. Solo quiero que entiendas que es algo que a mí me sirvió para aprender. Espero que te sirva a ti, aunque sea a través de mi propia experiencia.
>> Creo que ya te he contado que empecé a cantar por una chica. Empecé por ella, pero no fue mi gran amor. Porque el gran amor existe, yo ya lo sé, y tú puede que también, aunque hasta que no tengas tantos años como yo y te hayan roto el corazón varias veces, no podrás saberlo. Eso es lo bueno de ser viejo. Cuando yo tenía treinta años, me enamoré, pero me enamoré de verdad, Sebastian. Hasta que no te has enamorado varias veces, no sabes cuál de ellas ha sido la buena. Tú crees que no podrás querer a nadie como a tu chica de España, pero eso es una tontería. No puedes saberlo. Tiene que pasar tiempo, y tienen que pasar muchas mujeres para poder hacerlo. Llega un día en el que, de repente, como en un chasquido de dedos, te das cuenta de que crees que amas a la persona con la que estás, te comportas con ella como si estuvieras enamorado, darías incuso tu vida por ella y eres feliz. Pero en ese momento de lucidez que estalla en tu cabeza, descubres que te estás mintiendo a ti mismo. Descubres que cuando te pasa algo bueno, o algo malo, algo que quieres, que necesitas compartir con los demás, durante la más pequeña parte de la fracción de un segundo, antes de pensar en tu mujer actual, por tu cabeza cruza el recuerdo de otra, de otra anterior. De esa chica a quien amas realmente. De quien de verdad estás enamorado. De tu verdadero amor. Y no pasa nada, sólo que lo sabes. Tu vida sigue igual, sigues queriendo a tu mujer, sigues estando dispuesto a dar la vida por ella. Pero hay otra en tu corazón que ocupa su lugar. Aprendes a vivir con eso… tal vez lo llames mentira, tú eres más listo que yo y sabrás la palabra, yo no la conozco, no sé si mentira o solo instinto de supervivencia. Pero da igual. Es el tiempo quien te dice de quien estás enamorado (y lo estarás para toda tu puta vida) y de quien crees estarlo. Quizá para algunas personas con mucha suerte, esas dos mujeres, a quien realmente amas y a quien crees que amas, son la misma. No lo sé. No para mí. Pero, de una forma u otra, eso es algo que solo sabrás cuando tengas casi tantos años como yo.
Pidió dos wiskis más. Esta vez no me preguntó. Tampoco me importó.
– Yo ahora sé de quién he estado enamorado toda mi vida, desde que la conocí. Y yo sí puedo hablar de amor de verdad, tú aún no lo sabes. Te he contado que hice la Guerra en un barco, en el Pacífico. No sé cómo es luchar en tierra, peor puedo asegurarte que no será tan malo como hacerlo en un barco. Allí, en medio del mar, no tienes donde huir y sabes que en cualquier momento puede aparecer otro barco, o un submarino, y hundirte. No depende de ti, no puedes hacer nada y te encuentras en mitad del mar, el agua helada y kilómetros y kilómetros hasta la playa más cercana. Te sientes encerrado, impotente. Eso asusta, asusta mucho. Y también une. La gente con la que estás, con la que convives, se convierte en tu familia. Yo hice amistad con un muchacho, apenas era un niño, de Iowa. El pobre nunca había salido de su pueblo, no conocía mundo, y por una de esas injusticias de la vida, se encontró, de repente, en un barco en medio de un inferno de agua. Era un pedazo de pan, no estaba preparado para esa vida. No estaba preparado para la guerra. Se llamaba Ben, estaba casado y tenía una niña pequeña. Te puedes imaginar lo que pasó, a fin de cuantas eres escritor, una mañana nos despertó la sirena que anunciaba ataque. Ni siquiera llegamos saber si nos enfrentábamos a otro barco, o una escuadrilla de aviones o a qué. Y en realidad, ¿qué más da? Sólo sé que minutos después aquello estaba en el agua congelada y antes de que me diese cuenta, trataba de alcanzar un bote salvavidas. El barco se hundía muy deprisa, fuera lo que fuese lo que nos había alcanzado, debió hacer un agujero enorme. Todo eran gritos, lloros, miradas de pánico, histeria, fue horrible. Lo peor que viví en esa maldita guerra. No sé qué pasó con Ben. Estaba conmigo cuando salimos del camarote, cuando corríamos por los pasillos, tratando de llegar a cubierta, incluso cuando aparecimos en medio de mar, sin saber cómo. Los dos vimos el bote y nadamos hacia él, yo llegué primero, me cogí a una soga y me giré, para ayudarle en los últimos metros y ya no estaba. Nunca apareció su cuerpo. Le busqué y le busqué, obligué a los del bote a dar vueltas, el sol estaba ya alto y aunque había muchísimo humo y llamas, se veía bien, pero Ben no estaba allí. Grité y grité su nombre, pero el estruendo que estaba provocando el hundimiento, las cientos de personas gritando y llorando a su vez, los disparos, el crujir de la enorme estructura al retorcerse y caer bajo el agua, evitaban que me oyera, no hubiese podido hacerlo ni aunque hubiese estado a mi lado.
>> Desde el hospital militar (en ese momento no me di cuenta, pero tenía un corte profundo en la pierna) le escribí una carta a su mujer. Traté de explicarle que era un muchacho de gran corazón, lo mucho que le apreciábamos todo (y eso era verdad) y que había muerto como un héroe, ayudando a sus compañeros (y eso ya no lo era, o, al menos, yo no lo sabía). Ella me contestó dándome las gracias, una carta muy breve, con la tinta corrida en un par de líneas, como si hubiese caído en ella unas lágrimas. En ese momento, justo en ese momento, decidí que iría a verla en cuanto me licenciaran. Yo no había podido salvar a su marido y necesita ir y explicárselo y que me disculpara. Pero las cosas no sucedieron así. No, Sebastián, las cosas nunca suceden como uno espera.
Samuel se calló y se frotó los ojos, en muestra de cansancio. Nos pusieron otros dos whiskies, en algún momento él debió pedirlos sin que yo le viera. Le observé con detenimiento: tenía ojeras, expresión de agotamiento, ojos vidriosos… con la edad que tenía, no sabía cómo aguantaba esas largas noches tocando en el club, bebiendo sin cuidado. Se giró hacia mí, pero siguió en silencio. Por un momento pensé que ahí había acabado la historia y que se me había escapado la moraleja, tal vez las neuronas de mi cerebro se bañaban ya en demasiado alcohol. Pero me tranquilizó:
– Tengo que volver al escenario en seguida, mi descanso se acaba así que más vale que me de prisa. Creo que me enrollo demasiado… Bueno, ese es otro de los privilegios de la edad: tenemos ya muchas cosas que contar y el tiempo nos importa poco. En fin, a lo que vamos. Fue a ver a su mujer, Angela se llamaba, en cuanto me licencié. Te juro que tenía intención de decirle la verdad, que no fui cuidando de su marido mientas nadábamos hacia el bote, que suponía que iba detrás de mí pero que no fue así y que yo no hice nada por salvarlo. Pero no pude contárselo. Quería hacerlo, pero no pude. Vivía en una pequeña casa de madera, cerca de la carretera, en el pueblo más pequeño, triste y perdido de Iowa y puedo asegurarte que Iowa ya es de por si triste y perdido. Llamé a la puerta y me abrió la negra más guapa y espectacular que había visto nunca. Era a finales de julio y hacía un calor horroroso, ella llevaba un vestido de algodón blanco, sucio de sudor en el escote y las axilas, no muy largo y en brazos sostenía a una niña de tres o cuatro años. Se había peinado con descuido, apenas recogido en la nuca, pero algunos mechones se escapaban a los lados de la cara; tenía unos enormes ojos oscuros y unos labios gordezuelos, húmedos. Cuando me abrió ya supe que nunca le diría la verdad. El corazón se me disparó y sólo podía pensar en besarla, en hacerla mía. Sí, sí, ya sé, vaya cabrón de amigo, lo sé y tienes razón. Pero muchacho, tu no la viste. Eran veinticuatro veinticinco años de carne dura, pecho erguido (no llevaba sostén y sus pezones, enormes como meñiques, se marcaban en el vestido), cara de angel… De todos modos, no soy tan ruin. Es cierto que me su físico me cautivó, pero luego la conocí a ella como persona… y me enamoré. Me enamoré de su sonrisa, de su forma de cuidar a su hija, de la forma en la que supe que cuidaría a nuestros hijos, de la cara de fascinación que ponía cuando cantaba para ella; me enamoré de los almuerzos que me preparaba y me enamoré aún más cuando supe que a veces ella se quedaba sin comer por hacerme a mí y a su hija un guiso especialmente sabroso, me enamoré de su forma de contestar “vale” cuando yo le proponía un plan, de su capacidad para madrugar, para ganarle horas al reloj y poder trabajar, cuidar de la chiquilla, tener la casa recogida. Y sí, también me enamoré de su forma de cabalgar sobre mí las noches que compartíamos con cuidado de que los vecinos no se enteraran, de la atención que prestaba a mi cuerpo. Entonces sólo supe que estaba enamorado, ahora, tantos y tantos años después, sé que ella, Ángela, ha sido mi gran amor. Ángela ha sido la mujer que siempre ha estado en mi cabeza desde julio de 1944; su recuerdo ha venido a mí en cada momento bueno y cada momento malo y me estremezco cada vez que pienso en ella, aún ahora lo hago.
Lo miré: tal vez hubiese lágrimas en sus ojos, o tal vez fuera solo el whisky o el cansancio. No lo sé. En cualquier caso, tenía delante de mí a quien, por edad, podría ser mi abuelo y resultaba ser, probablemente, mi único amigo verdadero, desnudando sus recuerdos, su vida y sus sufrimientos para que yo aprendiera de ellos. Lo de sus ojos podría ser la bebida o el cansancio o la edad; lo de los míos si eran pequeñas lágrimas. En ese momento empezó a sonar el piano
– Me reclaman, tengo que acabar. Tampoco hay mucho más que contar, ya. Conocí a Angela en julio de 1944. En septiembre fue su cumpleaños y fuimos a merendar a un prado junto a un pequeño lago, para celebrarlo. Ese fue el día más feliz de mi vida. Tantos años después, sigo pudiendo decir que ese fue el día más feliz de mi vida. Ella había preparado unos sándwiches y un poco de queso, yo llevé unas botellas de cerveza. Nos las tomamos juntos y nos achispamos un poco. Fue una tarde muy especial… En noviembre ella me dijo que se casaba con un tipo de un pueblo cercano. Lloró mientras me lo decía y en ese momento apenas si comprendí lo que me decía. Tuve ganas de pegarla, de abofetearla: me estaba matando y ella lo sabía. Ese tipo tenía un buen trabajo (yo iba mendigando jornadas), ganaba dinero, tenía una buena casa y ya la había pretendido antes de que se casara con Ben. Me explicó, y ahora lo entiendo, que debía casarse con él para poder darle un futuro a su hija. Yo no podía hacerlo, de haber seguido con ella hubiese tenido una infancia pobre y Angela quería que su hija prosperara, que no se quedara en ese culo del mundo. Quiso explicármelo, pero no la dejé, me di la vuelta y me fui porque sabía que si me quedaba un solo segundo más me iba a costar mucho controlarme. No recuerdo lo que pasó en los siguientes días, sólo sé que los pasé borracho, yendo de bar en bar hasta que me echaban. Terminé en la prisión de un sheriff local. No fue agradable, puedes imaginarte lo que era para un negro, en los años cuarenta, estar en una cárcel por borracho y desórdenes públicos. En cuanto pude salí a Iowa, jurando no volver nunca a ese puto estado, iluso de mi… Conocí a varias chicas, nunca es difícil para un músico tener a jóvenes deseando quitarse las bragas para ti, con alguna de ellas incluso empecé algo más formal… que no funcionó. Bloqueaba en mi cabeza el recuerdo de Ángela no me lo permitía y cuando era demasiado intenso, agarraba una botella de whisky y mi saxo y tocaba hasta que la borrachera me impedía soplar, pulsar las almohadillas. Así pasó un año entero y un día de septiembre me desperté dándome cuenta que su cumpleaños era a los pocos días. Esta vez, ni el alcohol, ni la música, ni una bibliotecaria a la que rondaba por entonces, pudieron sacarme el recuerdo de la cabeza. Mi cabeza no quería, pero mi cuerpo se fue a la estación de autobuses, se montó en uno, luego en otro, luego hizo auto-stop y viajé en la caja de un camión maloliente, y por ultimo anduve, anduve durante horas… y llegué al lago, al mismo lago donde habíamos celebrado su cumpleaños justo un año antes, donde la había poseído mientras su hija cazaba mariposas, donde la había abrazado y le había jurado que le haría la mujer más feliz del mundo… Allí estaba yo, sentado en la orilla, las pequeñas olas mojándome los zapatos, con una bolsa llena de botellas de whisky y uno trozo de queso y el corazón ahogándose en esas aguas cristalinas…
>> Me desperté dos días después en la cama de un hospital. Al parecer, me había bebido casi todo el whisky y había estado más muerto que vivo. Me encontró un pescador, que pidió ayuda. Una enfermera me dijo que había ido a verme una muchacha negra, solo por unos minutos, y se había marchado sin decir nada, sin decir quién era. No era necesario. Yo lo sabía. Cuando me recuperé, me fui del Estado y, esta vez sí, para no volver nunca. Jamás traté de ponerme en contacto ni volví a saber de ella. Nunca. Sin embargo, no ha pasado ni un solo día desde entonces en el que no haya pensado en ella, en el que no haya estado en mi cabeza. Incluso ahora, cuando me despierto por la mañana, mi primer pensamiento es para ella, cuando hago repaso de mi día, se lo cuento a ella y cuando me acuesto con una chica, es a ella a quien le hago el amor.
>> ¿Y sabes lo más irónico? Yo habría podido hacerle feliz. Ella se fue con aquel tipo, que seguro que era alguien estupendo, para darle una estabilidad económica a su hija. Con el tiempo, yo también la conseguí. No me fue fácil y no nadaba en dinero, pero me manejaba lo suficientemente bien como para cuidar de una familia e incluso, con algún esfuerzo, ahorrar lo bastante como para enviarle a la universidad, no la mejor desde luego, pero sí a una decente. Los sueños de Ángela se hubiesen podido cumplir conmigo si yo hubiese decidido una cosa distinta a la de auto compadecerme, huir y beber. Pero tomé el camino fácil, no luché por ella y he estado toda mi vida enamorado de una muchacha a quien no he tenido. Poco más te puedo decir, Sebastián, salvo que de ti y sólo de ti depende que hagas. Puedes seguir en este agujero, cosa que me alegraría mucho ya que me gusta tu compañía, o puedes tratar de recuperar tu vida. No puedo prometerte que lo consigas, lo mismo tu chica ya no quiere saber de ti o se ha hecho monja, o incluso vuelve contigo y a los tres meses te das cuenta de que todo fue más una nostalgia que una realidad y no la amas… Yo no sé qué pasará, lo que sí sé es que toda mi vida me he arrepentido de no volver a Iowa e intentarlo.
Apuró de un trago el poco whisky que quedaba en su vaso y se marchó con pasos lentos y sorprendentemente seguros para lo que había bebido, hasta el pequeño estrado, junto a la entrada del local. Tomó del estuche, con mucho cuidado, su saxo, se lo colgó y se giró hacia los otros miembros del cuarteto (un contrabajo, una batería y un piano) y les musitó algo; ellos dejaron de tocar y Samuel cerró los ojos ajustó sus labios a la boquilla y creó magia. Nunca le había oído interpretar esa canción, aunque él sabía que cada vez que la oigo siento como se me eriza la piel y se me vuelcan las entrañas. Que pretendía exactamente con ello no lo sé, pero sí sé que, durante casi cinco minutos y en mi honor, sólo para mi como si estuviésemos solos él y yo en aquel local, interpretó el más maravillo solo del “Love Theme From Blade Runner” posible.
Unos segundos antes de que finalizara, dejé un billete de cien dólares (más que suficiente para pagar todo lo que habíamos consumido) sobre la barra y salí discretamente, con las palabras, la música de Sam en mi cabeza y Blanca en mi corazón.