Cada mañana, su novia paraba con prisa el coche en una esquina, se despedían con un beso, él se bajaba y ella seguía camino a su trabajo. La mente de Juan iba concentrada en temas tan importantes como los mails a contestar, las reuniones que lidiar y los marrones que solventar. Absorto en su enorme mundo interior, entraba en una cafetería, pedía un café con leche “muy caliente” (que nunca lo estaba, realmente) para llevar y salía con él en la mano, pensando quizá que quien le viera supondría que, trajeado como iba (y con buen gusto en la combinación del color, la camisa, corbata, cinturón y zapatos), con café en vaso de papel con una tapita en una mano y el móvil en la otra, paso apurado, pensamiento abstraído, pensaría de él que era un ejecutivo de éxito. Y en cierto modo, así era
En cierto modo.
Ejecutivo era, poder tenía. Su remuneración era relativamente alta. Pero él no consideraba que tuviera éxito.
O que su vida fuera exitosa
Quizá, en su prisa rutinaria, en su repaso a la agenda del día en la pantalla del móvil, en sus pensamientos tan importantes como inútiles, nunca antes se había fijado en ellos. O quizá era fuera el primer día que estaban allí. Sea como fuese, ese día les vio. Esperando el cambio del semáforo, cogidos de la mano. El muchacho, de no más de seis o siete años, con botas de agua (había llovido el día anterior), un plumas azul obscuro que le venía ya un poco pequeño y bufanda de lana, cubriéndole hasta la nariz. Su regordete abuelo (por edad debía serlo), con ropa sobria pero no exento de elegancia, fuertemente abrigado también con un tres cuartos abrochado hasta el cuello y una gorra quizá algo juvenil para su edad.
Pero Juan no se fijó ni en las botas de agua, ni en la bufanda, ni en la gorra. Lo que vio fue que ambos se miraban, mientras esperaban el semáforo. El chico miraba ilusionado a que su abuelo, esperando que le dijera que ya podían cruzar. El abuelo, miraba orgulloso a su nieto, camino del colegio. Juan captó era mirada y se le heló la sangre. Se quedó parado, observándoles, al otro lado de la acera, aun cuando el semáforo cambió y ellos cruzaron y se marcharon por detrás de él. No se soltaron la mano (apretada fuerte, notó cuando pasaban por su lado) ni perdieron su mirada de ilusión, de orgullo por ir al cole nieto y abuelo. Era una mirada de felicidad como hacía mucho tiempo que Juan no había visto. Como hacía mucho que Juan no había tenido. Quizá desde el tiempo en el que él mismo iba con su abuelo al parque y le impulsaba en el columpio (“más fuerte, abuelo, más fuerte”, entre risas), el tiempo en el que, agotado tras mucho jugar, su abuelo sacaba del bolsillo un vaso de plástico plegable y lo llenaba de agua fresca de una fuente, el tiempo en el que su abuelo le ayudaba con los trabajos manuales.
Quizá pasaron dos o tres cambios de semáforos hasta que Juan reaccionó y cruzo la calle. Entre tanto, otros muchos con la misma prisa que él hasta poco antes, con las mismas absolutamente importantes e inútiles cosas que hacer que él, le empujaron para hacerse sitio en la acera, para cruzar antes.
Juan recordó que él también había sido feliz, un día. Comprendió que ya no era un niño de seis, siete años fascinado e ilusionado por su abuelo, orgulloso de él. Pero también comprendió que él podría llegar a ser ese abuelo y llevar a su nieto cada mañana, muy abrigado en los días de frío, al colegio.
Llegó al fin a la oficina e hizo dos llamadas. En la primera, dejó a su novia a quien él nunca había mirado como ese abuelo y que ella nunca le había mirado a él como ese nieto. En la segunda, comunicó a su jefe que dejaba el trabajo. En ambos casos, colgó en cuanto oyó la primera réplica y no contestó a sus llamadas de vuelta. Después, tranquilamente, con una paz de no había tenido en mucho tiempo, recogió alguna cosa del despacho (bien pocas en realidad, aquel siempre había sido un espacio bastante impersonal), tiró el móvil y la corbata a la papelera, dio dos besos a su secretaria y estrechó la mano de un par de compañeros (los únicos de quien realmente merecía la pena despedirse) y salió a la calle, con mucha tranquilidad. Fuera pensó que no tenía nada que hacer, salvo volver a ser feliz. Se abrochó el abrigo y echó a andar.