Hay momentos que ya no podré olvidar nunca; esos instantes que son acaso triviales para todos los demás, incluso quizá hasta para ti (de una forma tan sencilla como dolorosa), pero que para mí son casi el único ancla que me ata a la felicidad. Esa noche, cuando oímos en la radio del coche los primeros acordes de la nueva canción de tu músico favorito y callaste súbitamente para escucharla y yo sentí celos de él quien, incluso sin conocerte, me había ganado por unos minutos en tu corazón. La mañana que me levanté sorprendido porque no estabas en la cama y te encontré en la cocina, preparando el desayuno para los dos con tu sonrisa de niña traviesa y un camisón tan leve que me turbó. La tarde que te convencí para ver esa película que decías que nunca querrías ver y que te emocionó tanto que tuve que secarte finalmente los ojos húmedos y al hacerlo eran los míos los que no se podían contener…
Momentos que me vuelven sin que pueda –ni quiera- evitarlos y que me causan alegría al estallar en mi cabeza… y luego dolorosa tristeza, al comprender que ya no los tendré más, que se fueron contigo… No, no los podré olvidar nunca. Pero tampoco quiero. No