Cuatro personas en un aeropuerto oscuro y húmedo, tres hombres (uno uniformado) y una mujer. En el suelo, un cadáver, un general alemán con tantas estrellas como soberbia. Es de noche, uno de los hombres lleva una pistola (con ella mató al general alemán minutos antes) y él y el otro vestido de civil están enamorados de la misma chica, de la misma mujer bonita, de mirada nostálgica y labios temblorosos que está entre ellos. Los cuatro se observan, sin saber (solo uno sabe) lo que va a ocurrir. O ni siquiera uno sabe, o sabe pero querría no saber.
Se miran, miro como se miran, como sufren esperando la decisión del único que sabe.
Y, al fin, llega el momento de partir, el momento en el que todo se aclara y ella sepa, por fin, a quien ama. Rick decide que Ilsa se vaya con su marido, no lo decide en ese momento, quizá lo decidió mucho antes, aunque él mismo no fuera consciente, cuando la vio de nuevo en su café, con un vestido blanco y un marido al lado, después de tanto tiempo. Lo hace, claro, a costa de si mismo, de su propio dolor. Pero adopta, una vez más, el papel de persona distante, ese con el que tanto sufre y permite a Ilsa, o más bien obliga, marcharse con Laslow, ese pusilánime que no la merece. El disfraz de cínico egoísta con el que se viste tiene por único fin que ella sufra menos que él, un poco menos y eso no es otra cosa que una gran lección de amor. Cada vez que alguien vuelve a ver la película, Rick debe volver a repetir la escena y a desgarrarse de dolor viendo como sube las escalerillas del avión, sabiendo, esta vez sí, que Ilsa está enamorada de él y que no volverá a verla nunca.
Cada vez se le hace más duro volver a sufrir ese momento y teme que no pueda resistirlo más y arruine la película.
El avión despega al fin, llevándose su última esperanza (“esta vez tampoco me he ido con ella”) y Rick camina resignado, junto con el irónico prefecto de policía Renault, por el pavimento encharcado, y le voy confundiendo con la bruma según se adentra en ella; recuerdo como me ha contado muchas veces que en ese momento tiene la sensación de la única forma que le queda ya de estar con Ilsa es compartiendo su causa, aunque sea a un océano de distancia, en otro país, casi en otro mundo: luchar por la libertad es lo único que puede darle la satisfacción de comprender, noche tras noche, que su sacrificio de amor ha merecido la pena; pírrica victoria. Los pasos se alejan y se acallan, el tiempo se para y la realidad se confunde y cae como una losa.
Pero aún flotan sus palabras, sabias palabras: “no hace falta ser muy listo para comprender que los intereses de tres pequeños seres importan muy poco en este loco mundo”
Pero aún es una historia sin final, pienso mientras espero a que vuelva Rick a ofrecerme su compañía. Y hasta que eso llegue sólo me queda la música de Sam grabada en mis oidos y las imágenes de Casablanca en mi retina. Que no es poco.