Viví finalmente casi dos años en San Francisco, lo que terminó siendo demasiado poco o demasiado mucho, según como se mire. Fue insuficiente para lo que buscaba allí, pero excesivo para lo que terminé haciendo. En cualquier caso, dos años dan para leer, escribir, reflexionar, pasear, ver películas, escuchar jazz. Incluso para hacer un curso en la universidad pública sobre Teoría de Juegos. Y, desde luego, dos años dan para conocer chicas. Varias, cuatro o cinco.
Tuve, incluso, una medio novia. Salí con las otras tres o cuatro (el número depende de dónde se ponga el listón para considerar que has llegado a tener una “relación” con una chica), pero sólo con ella, con esa medio novia, existió algo más más allá del sexo, aunque sin que por ello nos llegáramos a plantear nada serio. No fue un tema que tratásemos muy en profundidad (precisamente porque lo asumimos con tanta facilidad que no era necesario), pero ella tenía muy claro que pese a tener mucha más capacidad que la que indicaba el futuro al que quería constreñirse, su vida estaba en el Valle, junto a algún ejecutivo friki (y rico) de Google o Apple, con varios hijos y una agenda repleta de un trabajo a tiempo parcial, clases en el gimnasio, barbacoas en domingo, colaboraciones con ONGs y revolcones furtivos con el profesor de pilates. Yo, por mi lado, tenía muy claro que me volvería a España, más pronto que tarde y que nada me ataba ni ataría allí. Pero eso no impedía (o tal vez incluso fuera al contrario, precisamente ese futuro común imposible era lo que favorecía sino impulsaba) que quedásemos con cierta frecuencia, que charláramos, fuéramos al cine, al teatro, a conciertos, intercambiáramos libros, paseáramos por el puerto o cenásemos en restaurantes con velas y atención exquisita. Y que follásemos, claro.
Se llamaba Sarah. La había conocido en un local mexicano en Valencia Street, al poco de llegar yo a la ciudad. Me lo había recomendado un taxista, como uno de los mejores sitios de burritos, lo que podía ser incluso verdad, si uno estaba dispuesto a hacer cierta vista laxa con la limpieza del restaurante y la amabilidad del servicio. A mí me gustaba porque por pocos dólares comía razonablemente bien y como al medio día no solía haber mucha gente, podía encender el portátil y escribir (o intentarlo) mientras comía, sin que ni el ruido ni los camareros apurándome me distrajeran. Una mañana de principios de otoño yo estaba sentado en una mesa larga, mordisqueando una quesadilla con una cerveza cuando ella entró y se sentó cerca de mí. Llevaba una mochila llena de libros e iba escuchando música en un iPod. Era una chica algunos años menor que yo, guapa, vestida con vaqueros, chaqueta de cuero y botas altas, pero yo estaba, por primera vez en días, logrando encadenar varias páginas seguidas de lo que finalmente sería “La Filosofía de las Matemáticas” y no quería distraerme. Sin embargo, unos minutos después oí un revuelo que hizo levantar la vista hacia ella. Algunos de los camareros del local (todos eran inmigrantes mexicanos y, por lo que había podido advertir, salvo en la cocina, la rotación del personal era muy alta) no hablaban casi inglés ni lo intentaban y ella no lograba explicarles que había pedido una hamburguesa con carne poco hecha y se la habían traído poco menos que carbonizada. Tanto Sarah como el camarero había empezado a levantar la voz, por lo que supuse que llevaban ya algunos minutos de forcejeo dialéctico del que no parecía derivarse ninguna comunicación. Si fuera profesional diría que, tras darme cuenta de ello, lo había olvidado en mi cabeza y había seguido escribiendo ahora que había encontrado la inspiración. Si quisiera quedar bien, diría que me había valido de mi lengua nativa para ayudarla, como podía haber hecho con cualquier otra persona que en las mismas circunstancias. Si fuera sincero, diría que me fije en sus enormes ojos oscuros, su pelo rubio ligeramente rizado, el color de sus mejillas –fruto, tal vez, del enfado- en la forma en la que mordisqueaba su labio inferior con sus dientes y no dudé. Sea como fuere, la ayudé con la traducción y acerqué después mi plato a donde se sentaba (ya no iba a poder seguir escribiendo) y charlamos el resto de la comida. Aunque intercambiamos teléfonos, no volvimos a vernos hasta un par de meses después, por casualidad en un centro comercial. Yo iba solo, y ella con unas amigas a quien perdió rápido de vista; cenamos, tomamos una copa, luego otra y empezamos algo que se parecía bastante a una relación, pero sin sus compromisos.
El padre de Sarah era profesor en Stanford, en la school de Derecho. Era un tipo bastante alto, con poco pelo cano, de un desgarbado un tanto inquietante (me recordaba al actor James Cromwell) al que había visto un par de veces, al recoger o llevar a Sara a su casa (vivía con sus padres). Pese a todo, parecía simpático. O no demasiado desagradable, al menos. La tercera vez que le vi (una tarde de primavera, el sol ya apretaba y se notaba calor; me invitó a pasar a la casa mientras mi medio novia terminaba de vestirse, esa noche íbamos a una ópera) tuvo la ocurrencia de hablar conmigo y yo tuve la ocurrencia se ser educado y simpático y contestarle. Fue una mala idea, claro.
Richard (así se llamaba) me pidió que me quitara la chaqueta (yo llevaba hasta una corbata que había tenido que comprar esa misma mañana: la organización de la Opera exigía código de vestimenta) y que me sentara en el sofá. Él lo hizo en un sillón frente a mí. Me ofreció una bebida, que decliné. Aunque Sarah y yo no fuéramos realmente nada, no quería causar mala impresión. Nunca he sido demasiado bueno gestionando las relaciones con los familiares de mis parejas, pero no por falta de interés o empeño, sino más bien por algún tipo de incapacidad que termina llevándome a decir o hacer algo inapropiado. Durante unos minutos estuvo callado, mirándome, hasta que soltó a bocajarro: “así que eres español”, no supe inicialmente si como simple afirmación o como amenaza. Asentí. Al parecer, Richard había pasado en Europa dos meses cuando acabó la universidad y unos de los países que visitó fue España. Quería saber si Madrid seguía siendo como la recordaba, si seguían existiendo los mismos bares, las mismas puestas de sol, las mismas chicas guapas y alegres (sonrió, divertido y cómplice). Respondí a las dos primeras preguntas (“algunos” y “sí”) pero obviamente, no la tercera. Hablamos, algunos minutos más, en los que básicamente me concentré en contestar con evasivas no comprometedoras, hasta que oí a Sarah bajar las escaleras. Llevaba un vestido rojo brillante, ajustado, hasta medio muslo, con los hombros al descubierto y un sugerente escote en uve; se había recogido el pelo en una coleta de la que se escapaba con perfecta imperfección algún rizo. Pensé que estaba muy guapa y también pensé que ese vestido tenía como principal propósito ser quitado por una persona distinta a quien lo llevaba, muy lentamente (cosa que pretendía hacer esa misma noche). Le di un beso en la mejilla (no era cosa de excederse con los casi dos metros de Richard observándome inquisitivo), tomé su chaqueta del brazo, la mía del sofá: “¿nos vamos?”
Al salir de la casa y empezar a recorrer el camino que, a través de un césped perfectamente cortado llevaba hasta el coche de alquiler, ya casi pensaba que había superado con éxito la prueba con mi medio suegro. Siempre he pecado de optimista.
– Oye Sebastian -le oí a mi espada y me giré, el brazo sobre la cintura de Sarah, conteniéndome para no bajar la mano hasta su culo- supongo que sabes hacer paella, ¿verdad? Fantástico plato, lo recuerdo de cuando estuve en España… Maravilloso
No soy consciente de haber contestado, ni de haber hecho ningún signo de aprobación, básicamente porque el miedo a lo que vendría después (la absoluta certeza de las palabras que debían seguir a esa introducción), me paralizó; supongo que debió tomar mi falta de reacción por una invitación a seguir hablando. Nada más lejos de mi intención, en realidad.
– El domingo próximo viene la hermana de Sarah con su marido y los niños a comer a casa, hará buen tiempo, así que, en vez de barbacoa, ¿por qué no nos haces una paella? Porque, tú sabes hacer paella, ¿verdad?
Ni que decir tiene que yo no había cocinado una paella en mi vida, así que la idea de hacerlo por primera vez a 9.000 kilómetros de mi casa, para mi medio familia política, no era algo que me ilusionara especialmente. Mi cerebro buscaba alguna excusa creíble para zafarme de la encerrona, cuando Sarah intervino ilusionada:
– ¡Sí, por favor Sebastián! Me parece una idea genial, papá. Puede ser muy divertido – me sonrió; según hablaba bajó despacio la mirada, y se mordió el labio inferior, en ese gesto tan suyo y que ya había aprendido que era lo suficientemente seductor como para convencerme de cualquier cosa. Menos de cocinar, quizá. Negué con la cabeza, como dando a entender que no era buena idea.
Conozco mis limitaciones y, aunque esto no hable muy bien de mí, soy consciente de que una chica guapa puede conseguir de mi lo que quiera. Me gustaría ser de otra forma, me gustaría tener más fuerza de voluntad en esas ocasiones, pero lo cierto es que hay batallas que tengo perdidas de antemano. Así que, ya fuera por conocimiento o instinto, Sarah se acercó a mí, hasta pegar su cuerpo al mío y me pidió “por favor” al oído, pasando la lengua muy suavemente el lóbulo de mi oreja. Notar su aliento, la humedad de su saliva, su pecho firme contra el mío… Mis posibilidades de negarme eran mínimas, en realidad. Hacer paella no podía ser tan difícil, reflexioné, había visto a mi madre prepararla casi todos los domingos, durante años…
– Está bien, trataré de recordar como se hace –mentí: no se trataba de recordar, sino de aprender-. En cualquier caso, no tengáis demasiadas esperanzas, por favor.
Al día siguiente (la noche acabó exactamente como era previsible que acabase), llamé a mi madre a España: quería preguntarle la receta de la paella. No fue tan sencillo, claro. En primer lugar, porque como casi siempre, calculé mal la diferencia horaria y la saqué de la cama en plena noche, dándole “un susto de muerte”. Los siguientes cinco minutos los invirtió en regañarme por las pocas veces que llamaba (“¿eres consciente de cuanto hace que no me llamas?”, evidentemente no lo era, traté de defenderme recordándole que tampoco ella había llamado, pero, claro, ese argumento no parecía valer en sentido contrario) y los últimos cinco arreció con más fuerza al darse cuenta que el motivo de llamarla no era precisamente interesarme por su estado de salud (estaba bien: de lo contrario ya me había enterado) sino porque necesitaba saber cómo se hace una la paella. Soporté estoicamente sus ataques y tomé nota de los pasos de la receta. A priori, no parecía complicado. Antes de colgar me dijo “Puedes ser escritor y la gente puede pensar que eres un intelectual, pero yo sé lo que buscas realmente, hijo. Espero que te salga bien e impresiones a esa chica, sea quien sea”. En fin, era mi madre y me conocía mejor que nadie.