Aunque normalmente quedaba con Samuel en el John’s Grill, después de que él terminase su actuación, hubo alguna vez en la que nos vimos fuera de allí. Serian cuatro o cinco, no creo que más, y siempre las propició él de manera un tanto rocambolesca: me hacía llegar un recado por alguno de mis vecinos para vernos. Nunca le vi con un teléfono en la mano y, desde luego, no creo que tuviera correo electrónico o WhatsApp. Aun así, estoy seguro de que existía alguna forma más cómoda para contactar conmigo que a través de alguno de mis vecinos para que, a su vez, llamara a mi puerta cuando yo estuviese en casa y me dijera donde debía ir y a qué hora. La primera vez pensé que la mujer de más edad de la que a ella le gustaba aparentar (Maritere la llamaba yo: me recordaba a la Campos, pero no sé si a la madre o a la hija, tengo alguna dificultad para distinguirlas) que vivía en el piso debajo de mí y que me miraba como si yo organizara una fiesta desenfrenada en mi casa cada fin de semana (cosa que –salvo una vez- nunca ocurrió) me tomaba el pelo. “Sí, sí”, insistió, “un señor muy mayor, muy arrugado. Muy educado. Dijo que era su amigo”. Tal vez no fuera más que mi dificultad con él inglés, pero me pareció que pronunció “educado” y “amigo” de forma un tanto peculiar. Como si yo no pudiera tener un amigo educado. O si yo no lo fuera. No me tengo por mala persona, pero a veces me acuerdo aún de esa señora de muchos años por delante del color de su pelo, y pienso que ojalá tenga como vecino ahora a un miembro de Al-Qaeda. O al menos a alguien que sí organice una fiesta desenfrenada cada sábado.
Como mis amigos en San Francisco era más bien pocos y Samuel era el único que encajaba en la descripción (aunque creo nunca se me hubiese ocurrido a mi llamarle “amigo” hasta que él lo hizo) supuse que debía ser él. Esas cuatro o cinco veces, quedamos en el mismo sitio, en el parque Golden Gate, en un puesto de perritos calientes junto al Jardín Japonés. Lo que cambió fue la hora, creo que un par de veces me citó a media mañana, otra a primera hora de la tarde e incluso una cuando ya había anochecido. Desde luego le pregunté porque nos veíamos allí o porque usaba a un vecino para darme el mensaje, o incluso cómo se había enterado de donde vivía, pero no me contestó a nada de eso. A lo único que fue receptivo fue a mi comentario de que la vecina Maritere no era la mejor para darme recados y las siguientes usó al asiático que vivía a mi derecha o al taxista del piso superior (realmente no sé si era taxista, pero no me pegaba otro oficio para él, al menos legal).
Ya a la segunda vez confirmé que no quedábamos porque hubiese ningún motivo concreto. No quería contarme nada en especial, no quería que yo le contara nada en especial. Simplemente, no debía tener nada que hacer y se entretenía yendo hasta mi casa, busca un vecino que quisiera darme el recado, y acudiendo luego al Parque a esperarme. Puede incluso que él propiciara más citas, que le pidiese más veces a esos u otros vecinos que me diesen recado y estos no lo hicieran, por malicia, olvido o descuido, y Samuel me esperase junto al puesto de perritos, comiendo con ganas uno, durante quince, veinte minutos (no era un hombre de paciencia) y que yo no apareciese. Si ocurrió así, él no me lo recriminó nunca.
No recuerdo casi ninguna de nuestras conversaciones, seguramente porque casi ninguna tuvo nada de especial para ser recordada. Simplemente, se aburría (o no le apetecía estar solo o pensaba que me aburría yo o no quería estar sólo yo) y montaba un pequeño sainete para quedar conmigo; yo acudía obediente y paseábamos un rato, hablando quizá del tiempo, de política o de su manía porque fuera a ver los partidos de los Giants de San Francisco (logró arrastrarme al estadio un par de veces). No recuerdo casi ninguna de nuestras conversaciones, salvo una de ellas en la que habíamos quedado (o él había quedado conmigo, más bien) por la mañana. Para Samuel, como para cualquier habitante de esa ciudad, debía ser casi la hora de la comida, mientras que yo trataba de acomodarme a los ritmos de la ciudad sin mucho éxito ya que me pesaban aún demasiado mis costumbres españolas. Él se pidió dos perritos “con todo”, lo que incluía una copiosa capa de toppings consistentes en cebolla, bacón grasiento, pepinillos, queso rallado, kétchup y mostaza. Para beber, dos cervezas (“una por perrito”, dijo con sonrisa traviesa). A mí me apetecía un café, pero como nunca he podido soportar el café americano, me conformé con una Coca Cola. Nos sentamos en un banco cercano y Samuel permaneció callado mientras comía los perritos y el batido con helado doble de vainilla que compró después. Comía rápido, casi devorando, pero no resultaba desagradable verle, al contrario, tenía tal cara de felicidad, de placer contenido mientras mordía con ansia con ambos carillos llenos, que resultaba hasta entrañable. La imagen de un anciano feliz.
– ¿Comes siempre así, Samuel? – le pregunté-, te va a sentar mal
– Nunca sabes si mañana podrás comer –me contestó, soltando una de esas frases lapidarias de puro obvio a las que me tenía tan acostumbrado- así qué si hoy puedes hacerlo, aprovecha por el día que no puedas. Y tú deberías comer más, muchacho: estás muy delgado
Sonreí. Viniendo de él, que hablara de mi supuesta delgadez, era irónico: Samuel no tenía una sola gota de grasa en su cuerpo: la piel se pegaba a sus escasos músculos y estos a los huesos. Los pómulos se marcaban fuertemente de manera que en su cara parecía haber solo eso: pómulos, ojos vivos pero hundidos, piel seca y arrugas. “Tengo tantos años, y he trabajado tanto”, me dijo una vez, “que he gastado todas las reservas de mi cuerpo, me he secado. Desde hace años vivo de prestado. Hazme caso: disfruta de la vida y no trabajes demasiado. Trabajar nunca ha hecho ningún bien a nadie”
Paseamos, después. Era un día claro de finales de otoño, hacia buen tiempo, el sol calentaba con fuerza. Noté un incipiente sudor en la espalda y me quité la chaqueta que llevaba y me la colgué del hombro. Apenas se oía a nadie por allí: alguna bicicleta, algún aficionado al deporte corriendo, dos o tres personas paseando perros. Mientras andábamos me entretenía en pisar las hojas secas caídas en el suelo y hacerlas crujir, como me gusta hacer cuando visito en mi ciudad el Retiro, en esa misma época. El viejo conocía bien el parque: según andábamos me iba describiendo lo que veíamos o me contaba historias que habían pasado allí. No sé se serían ciertas o no (la de los dos adolescentes enamorados que se habían suicidado ahorcándose en dos árboles contiguos porque los padres de ella no les dejaban estar juntos me pareció demasiado novelesca como para ser real) pero sí que él no me mentía ni se las inventaba. Si me las contó es porque a Samuel le habían llegado como ciertas
Encendió otro cigarrillo y se sentó en un banco (“las piernas ya no me aguantan como antes, muchacho”). Me puse a su lado. Levantó la cara, dejando que el sol se la bañase y cerró los ojos. Estuvo así un rato y cuando ya pensaba que se había quedado dormido, comenzó súbitamente a hablar:
– Aprendí a tocar de niño, mi padre era un músico malo, malísimo, horrible, de los peores que he visto, pero le encantaba la música y no cesaba de tratar de enseñarnos a todos sus hijos (¡y éramos siete!) a tocar el saxo, que es el instrumento que él sabía. O decía que sabía. De todos los hermanos, yo era el único a quien le interesaba aprender. En realidad, él no me enseñó nada más que el gusto por la música, todo lo demás lo aprendí yo por instinto y observando a las bandas de negros que actuaban casi a diario en los locales de dudosa reputación de mi ciudad. No sé leer partituras, y tampoco creo que sea necesario. He aprendido a distinguir los sonidos y con eso me basta. Con cinco, seis años, me escapaba de casa por las noches, después de cenar y después de que nos hubiesen mandado a la cama, para ir a ver esas bandas; ojalá hubieses conocido esa época, muchacho: eso sí era puro jazz saliendo de instrumentos tocados por panaderos, camioneros, fruteros e incluso chulos. Aún se me pone la carne de gallina al recordarlo… Cuando volvía a casa, mi madre se enfadaba conmigo, pero mi padre se reía, orgulloso de que me gustase la música tanto como a él y casi siempre lograba que mi santa madre terminara olvidando mi travesura o al menos lo dejara pasar con un leve castigo. Paseé toda mi infancia y mi juventud pegado a un saxo, pero no empecé a cantar hasta que no tuvo dieciocho años. A esa edad me enamoré tan estúpidamente como sólo un chico de dieciocho años puede hacerlo, de la que yo suponía entonces que era la chica más guapa que había conocido. Es posible que fuera la negra más guapa, pero también la más zorra de todas y no tarde en darme cuenta de que se había estado acostando conmigo… y cuatro o cinco muchachos más. El caso es que cuando la invité a salir ella me contestó que solo me aceptaría si se lo pedía cantando (yo iba, como casi siempre, con mi saxo colgado) así que esa vez canté por primera vez. Hasta yo (con todo lo ignorante que soy) me di cuenta de que no lo había hecho mal y a partir de ese momento empecé a cantar con regularidad en los locales en los que me contrataban por unas monedas. El día que me enteré que me había estado engañando, me lo pasé entero en el club de mala muerte que me había contratado para dos o tres funciones, tocando, cantando y bebiendo whisky sin parar. Sólo perdí el conocimiento cuando me bajé del pequeño escenario. Dios, que resaca: aún la recuerdo. Hazme caso, muchacho, ninguna mujer vale eso. Desde entonces, siempre he tocado y cantado. Es lo que me une a la vida. Es lo que hace que siga vivo, pese a tener ya tantísimos años. Sé que mientras siga pudiendo hacerlo, seguiré vivo. Y sé que el día que los dedos o los pulmones o la garganta me fallen, me moriré. Sin más.
Aquel viejo tenía la capacidad de dejarme sin capacidad de respuesta. Esa vez, como en tantas otras, sólo pude mirarle a los ojos y transmitirle así que le entendía. Y quizá que le envidiaba por tener una pasión tan absoluta como la suya.
– ¿Y tú? ¿Por qué escribes? –me preguntó un rato después y añadió, con esa clarividencia que tienen algunas personas mayores y que les permite saber, ya sea por la experiencia, por instinto o por simple suposición, más allá de tus palabras, más allá de lo que cuentas- Está bastante claro que te gusta pero que sufres haciéndolo, que no estás contento, desde luego en cómo marcha tu vida, no sé si tampoco con lo que escribes. Entonces, ¿cuál es tu motivo para hacerlo?
Se detuvo a la sombra de un pino, se ladeó un poco la gorra de pana que llevaba y metió las manos en los bolsillos de sus gastados pantalones para sacar un cigarrillo del paquete que le había llevado yo esa mañana. Durante un segundo, dejó sus ojos oscuros fijos en mí, y luego los retiró discretamente: supo que me sería más fácil contestar si no me sentía examinado. Observé su rostro arrugado, endurecido y sin afeitar y pensé que ese hombre mayor de acento cerrado y que tocaba el saxo y cantaba jazz por pura diversión como a pocos había visto en mi vida, era lo más cercano a un verdadero amigo que había tenido en mucho tiempo. Apenas treinta centímetros nos separaban en el banco; se levantó una ligera brisa que hizo revolotear la hojarasca del suelo. No podía engañarle.
-Hay una chica –contesté al fin-. O la había, al menos. Se fue con otro. Hay muchas cosas que querría decirle ahora, y no lo hago. Y muchas cosas que en su momento no le dije porque pensé que eran innecesarias ya que ella las sabría. No me di cuenta hasta tiempo después, cuando ya la había perdido, que en el amor no hay nada obvio. Y muchas preguntas que ella me hizo y no contesté en su momento, no tanto porque no tuviera respuesta para ellas, sino porque no sabía cómo expresarme. O quizá me diese vergüenza hacerlo. O miedo a que se diera cuenta de lo mucho que la necesitaba, lo mucho que la amaba. Ya ves, no soy muy listo. Y ahora, supongo que lo que hago es recuperar el tiempo perdido; tengo es la esperanza de que me lea, que lea lo que escribo y en los personajes, en las historias que con mayor o menor acierto tejo, sepa descubrir todas esas respuestas que ella buscaba en su momento, escondidas en un mundo de fantasía que muestra la verdad. Escribo por ella, para ella, en realidad. Sólo por eso
– ¿Y funciona?
Su rostro se me vino a la mente con fuerza. Desde que Samuel me había preguntado por qué escribía, su imagen me rondaba peligrosamente, pero había logrado esquivarla. Hasta ese momento. Ya no puede abstraerme más a su sonrisa, a sus dientes levemente separados (“debería arreglarme la dentadura”, comentaba ella con coquetería; “en absoluto”, le replicaba yo, “la imperfección de tus dientes te hace mucho más perfecta, mucho más guapa”), sus ojos color miel (“¿qué es lo que más te gusta de mí?”, me había preguntado la tercera o cuarta vez que quedamos, cuando aún no éramos novios o lo éramos sin saberlo, “tus ojos. Nunca me podría cansar de mirarlos”), su pequeño pecho temblando bajo el vestido los días que no usaba sujetador (“seguro que te gustaría más si tuviera el pecho más grande”, me acusaba de cuando en cuando; “nada podría hacer que me gustases más de lo que me gustas ahora, nunca nadie me ha gustado tanto como tú”), su voz (“tonto”, me contestaba sonriendo cuando yo le decía que la quería).
Pensé que quizá seguía con él, mientras yo me preocupaba tontamente por ella. O quizá ya no seguía con él, mientras yo perdía el tiempo tontamente en Estado Unidos. Lo mirase como lo mirase, ninguna alternativa era buena.
Quien encendió un cigarrillo en ese momento fui yo. Y bajé la mirada hacia el suelo, porque sabía que Samuel me observaba. No quería que se diera cuenta de que los ojos se me estaban humedeciendo.
-No –contesté al fin-. No está funcionando.