No recuerdo bien que fue lo primero que escribí, pero sí cuál fue mi primer escrito bueno. Desde pequeño me atrajo inventar historias y pasarlas a papel, pero la mayoría de las veces no eran más que simple esbozos, sucesos deshilvanados, apuntes. La constancia ya no era, por entonces, una de mis virtudes.
Mi padre tenía una máquina de escribir, una Olivetti verde, muy pesada, que se guardaba en una caja roja muy rozada por el uso. Yo pedía permiso y la abría con cuidado, ponía la máquina sobre la mesa, metía un folio en el carro y me dejaba llevar. Me gustaba el golpe sordo de las teclas al ser golpeadas, el olor de la cinta, el marcharme los dedos al cambiarla y, sobre todo, la magia de que fuera apareciendo una historia donde antes solo había una hoja en blanco. Mi padre usaba citas de doble color, rojo y negro, y yo los alternaba: rojo para los títulos y para lo que quería destacar (una frase, una palabra o incluso una simple letra), negro para el resto.
Cientos de folios pasaron por aquella vieja Olivetti (ahora está en una estantería de mi salón) con bastante pena y sin ninguna gloria, hasta que un día sí logré componer algo redondo. Fue mi primer y pequeño éxito, y lo mejor y más sincero que he escrito hasta ahora. Yo tendría doce o trece años; nos encaminábamos al verano y ya hacía calor. En el colegio convocaron un concurso de cuentos y decidí que debía ganarlo así que abrí aquella ajada caja roja, cogí la máquina, la puse sobre mi escritorio, fui a buscar folios y empecé un cuento que terminé del tirón.
Aquella historia se llamaba “El día del fin del mundo” y, evidentemente, iba sobre el día en el que el mundo se acababa. Estaba escrita a modo de diario por la única persona que sabía que el mundo llegaba a su fin. No era un científico o investigador, sino un obrero cualquiera que tenía esa certeza en su cabeza. Comenzaba en los primeros días de diciembre y seguía hasta llegar al 31. Transcurría en un estado totalitario, inspirado (y casi copiado) del de “1984” que acababa de leer (me temo que fui un poco precoz en mis lecturas). El protagonista, narra el día a día de un mundo que se encamina a su fin sin ser consciente de ello, y sufre casi más por ser el único que sabe la verdad que por lo que va a pasar. Según avanzan sus apuntes la desesperación y la incredulidad va creciendo. Un par de días después de Navidad (aunque en ese estado no se celebraban ni conocen las fiestas religiosas) un vecino suyo se suicida tirándose desde el balcón y el autor del diario narra con frialdad como la policía obliga al resto de los vecinos a limpiar su trozo de acera, siguiendo las normas establecidas que solo a él parecen escandalizarle. “Quizá yo no sea el único que sabe que llega el fin”, reflexiona ante el cadáver, “lo que ocurre es que él no ha tenido el valor de enfrentarse con la verdad”. Luego vuelve su sangre fría y desprecia en silencio al suicida: “impaciente: si quería morir le bastaba con esperar solo algún día más”.
Todas las anotaciones se articulaban en días, salvo al llegar el 31 de diciembre, en el que el autor las estructura en horas. Según va avanzando esa última jornada, su angustia va creciendo y aparece el miedo que hasta entonces no había tenido. El cuento termina abruptamente a las doce menos un minuto, dejándolo en blanco:
“23:59:
FIN”
Así que realmente no se sabe que pasa, si el mundo se acaba o si lo único que finaliza es la locura del protagonista.
El cuento tenía sólo cinco o seis folios, pero no necesitaba más, ni se habría podido contar en menos. Gané el premio (cinco mil pesetas, con las que me compré una pluma que aún conservo) y mi profesora de lengua quiso hablar conmigo. “Sebastián, ¿has copiado esta historia de algún sitio?” me preguntó con una sonrisa extraña. Negué con la cabeza, casi incapaz de hablar. ¿Cómo me podía preguntar eso? “Entonces tienes mucho talento. Está muy bien escrita y transmite espectacularmente tanto la atmosfera opresiva de ese estado totalitario como la angustia de acercarse al fin de la humanidad. No sé muy bien cómo alguien de tu edad puede imaginar algo así, con tantos matices, y reflejarlo por escrito, pero si no lo has copiado, tienes mucho talento. No lo desaproveches”. Con esas palabras no me hizo ningún favor: la responsabilidad de no malgastar ese supuesto talento me ha agobiado desde entonces. Quizá hubiese sido más feliz sin dedícame a escribir
El cuento se publicó en el periódico del colegio y durante un par de semanas fui alguien famoso. Sol, la chica de que todos los muchachos estábamos enamorados, me dijo que le había gustado mucho, y aunque no llegó a darme un beso como hubiese pasado de ser mi vida una película, yo difícilmente me hubiese podido sentir más feliz.
Con el tiempo perdí el relato (sólo tenía una copia en papel) y ahora sólo existe –aunque incompleto- en mi memoria. Ojalá lo conservara, puesto que me gustaría poder releerlo cuando me quedo en blanco. Tengo la sensación de que me haría bien. O tal vez no, y sea mejor así.
Después de “El día del fin del mundo” tardé mucho, muchísimo en volver a escribir otro cuento completo. Y ya no tuvo su mismo nivel. “El hombre de la gabardina húmeda” no estaba mal, y ese es el mejor elogio que puede tener: no estaba mal ni bien, era gramaticalmente correcto y perfectamente anodino, olvidable.
Aunque llevo intentándolo desde entonces (y profesionalmente en los últimos años) nunca he vuelto a escribir tan bien como cuando tenía doce años.