Cuando viví en San Francisco tomé la costumbre de ir un par de veces por semana a un local de jazz cerca de Market Street. Yo vivía en un minúsculo estudio en Bush Street, cerca del barrio chino (mis exiguos derechos de autor de por aquel entonces y los elevados precios de esa ciudad no daban para más) por lo que el sitio me venía cerca. Lo descubrí un día por casualidad, paseando por el barrio: John’s Grill. Reconocí el sitio porque sale en una escena de El Halcón Maltés, de Dashiel Hammett, y eso y un enorme neón que anunciaba “Jazz Nightly” me obligaron a entrar.
En realidad, más que escribir, lo que yo siempre he querido es tener un local de jazz. No necesariamente un local como los del Harlem pero sí uno en el que cada día, al apagarse el sol, alguien arranque buena música de un piano en un escenario minúsculo, acompañado de un contrabajo, una guitarra y, por supuesto, un saxo tenor. Un local en el que los problemas, las prisas, las preocupaciones, las obligaciones se duerman en copas servidas en vaso bajo y el humo del tabaco (en mi local se fumará, diga lo que diga la ley) apenas deje ver más allá de la música. Un local donde los clientes habituales me reconozcan cada noche y me saluden con un leve movimiento de cabeza. Un local donde la gente se quede fuera y entren las personas, donde se respire creatividad, locura y arte. Un local que cierre tarde, cuando la música se ha agotado y sea ese momento del día en que empieza ya a ser pronto, salir de allí bajo el frio y una leve llovizna, subirme el cuello del abrigo mientras enciendo mi puro e ir con pasos lentos a mi casa, donde me espera un solo de saxo que me arranca la vida mientras apuro mi tabaco y mi última copa, al tiempo que me pregunto si, hoy también, prescindiré de dormir….
Pero mientras eso llega, me tengo que conformar con escribir y visitar los clubs de jazz de los demás. Por eso me tiré de cabeza al John’s Grill en cuanto lo vi y por eso seguí yendo con frecuencia. Estaba en el 63 de Ellis Street y no cerraba demasiado pronto para mis horarios españoles (nunca logré acostumbrarme a cenar a las 6 de la tarde) así que tras escribir (o tratar de hacerlo) durante unas horas me tiraba a la calle, y me daba un paseo hasta allí. Se comía razonablemente bien (ensalada Cesar a la John’s o de roquefort, ravioli primavera, huevos benedictinos, la hamburguesa Broilled New York…) y a precio razonable siempre que no pidieras un vino demasiado rebuscado. Pero, sobre todo iba por la música. Músicos a quien, invariablemente, yo no conocía y que, también invariablemente, me fascinaban. Creo que ni uno sólo de los conciertos a los que fui, me decepcionó. La mayoría eran músicos casi callejeros, pero que llevaban el jazz tan dentro de ellos, tan metido en sus entrañas, que tocaban y vivían con una pasión contigiosa.
De todos ellos, había alguien especial, Samuel, un negro de más de ochenta años, que tocaba el saxo y cantaba. Tal vez no fuera mejor que cualquier de los otros que actuaban allí, tal vez no tuviera más técnica, ni más voz, ni más ritmo… tal vez. Pero tenía mucha más pasión que el resto (y eso es mucho decir) y era capaz de sentir el ambiente de la sala, e improvisar para conectar con él. Nunca he sentido algo así, un tipo con un simple saxo y voz ronca capaz de meterse en tu estado de ánimo y atraparte con su música.
Con el tiempo me hice amigo suyo. Decía, entre risas, que había aprendido a tocar el saxo antes que a andar y que él no había aprendido a hablar, sino a cantar. De hecho, me era fácil entenderle cuando cantaba, pero su acento era tan cerrado que tenía que pedirle que me repitiera cada frase dos o tres veces para comprenderle, cuando charlábamos. Decía que era como los árboles: se podía saber su edad contando las arrugas de su cara; había estado en la Segunda Guerra Mundial, diciendo que tenía dieciocho cuando aún le faltaban dos para cumplirlos, había pasado muchos años en un barco mercante, sin hogar fijo, había trabajado en los estudios de la Metro, en Hollywood cuando robaron las cajas con la documentación de Casablanca (“y yo sé quién fue”, me dijo, un paisano tuyo, un buscavidas que a mí no me engañó”, nunca le pregunté más por esa historia y siempre me he arrepentido de no hacerlo”), y siempre le acompañaba su saxo. Ahora estaba ya retirado y tocaba en el John’s de vez en cuando, más que para redondear su más que previsible escasa pensión, para poder seguir viviendo: “me moriré el día que no pueda sacar una nota más al saxo o sea capaz de finalizar una canción”, me dijo más de una vez.
Mientras ese momento llegaba, se subía al pequeño estrado del local, con su banda (otro negro sólo un poco más joven que Samuel al piano y un hombre blanco, de edad mediana, con un contrabajo) y durante 50 minutos, una hora como máximo, me llevaba a mi –y al resto del público- al paraíso. En ese tiempo se tomaba dos o tres whiskies e iba sacando magia de su saxo y su garganta.
Yo le llevaba una botella de Jack Daniel’s de vez en cuando, y algún paquete de cigarrillos. Cuando terminaba de actual, se sentaba en mi mesa (nunca comía nada) y charlábamos un rato, sobre su vida, sus novias (en ese momento tenía una –o eso decía- de poco más de cuarenta años con la que cumplía regularmente), mis libros frustrados, sobre la música…
Samuel no grabó nunca un disco. Decía, y tenía razón, que su música tenía que sentirse, vivirse en directo, y que grabada perdería su capacidad de agarrarte por el estómago y envolverte en ella.
Samuel. Hace ya ochos años de eso y no sé si sigue vivo, pero espero que esté donde esté, su saxo sea capaz de seguir haciendo magia…