Debería estar triste ya que te veo levantarte en silencio, fingiendo que me crees dormido y yo fingiendo que duermo. Veo como, de espaldas a mi, te pones ese vestido blanco que te regalé hace ya tanto tiempo, ajustándolo con cuidado a tu cuerpo. Te ahuecas el pelo, peinando levemente tus rizos con los dedos de la mano. Te sientas en la cama para calzarte, tus eternos zapatos de tacón que estilizan -más aún- tus piernas. Te giras a mi y me sonríes e intuyo (tengo los ojos cerrados para que puedas seguir fingiendo que crees que duermo) tu cara levemente enturbiada por la ausencia la de la separación. Me besas, la frente primero, suavemente en los labios, después y me susurras al oído. Sales de la habitación y de la casa, cerrando la puerta con tanto cuidado que tengo que imaginar que lo has hecho.
Debería estar triste, ya que vuelves con él, pero ya me preocuparé de eso en otro momento. Me quedo ahora con que has venido, has viajado hasta aquí, inventándote para él una nueva excusa, cenamos, paseamos por Madrid, me abrazaste, me besaste, nos tomamos una copa (bueno, la tomé yo mientras tú me hablabas, me contabas), cogiste mi mano, pasamos la noche juntos, me dijiste que me querías, que me quieres… Y lo has hecho una vez más, como viene sucediendo en los últimos meses, desde ese día en el que, por fin, dejamos de fingir indiferencia.
Debería estar triste porque te vas, pero no es así. Sonrío. Volverás, volveremos a estar juntos. Pese a todo, peso a tu vida, pese a la mía, dentro de un par de semanas, o un mes, volverás a estar a mi lado, en estas mismas sábanas y volverás a besarme y volveré a ver como le levantas y te vistes en silencio… Y este tiempo que pase hasta tu vuelta, pensarás en mi a hurtadillas, soñarás con cada uno de los minutos que hemos pasado juntos, le sonreirás a él conmigo en tu pensamiento