Calló por un momento, en el que aprovechó para encender otro (el cenicero rebosante, la habitación turbia de humo) cigarrillo. Suspiró, pero no me daba tiempo a mi para prepararme (hubiese seguido hablando aunque allí no hubiese nadie mas que él) sino para si mismo. Me miró a los ojos, aunque no sé si me vió. «Supongo que debí darme cuenta de que algo no cuadraba, de que había roto el patrón. Sus actos (para mi bien) era totalmene distintos a los acostumbrados. Pero una mujer como ella no cambia por alguien como yo, no se adapta a alguien como yo. Eres tú quien tiene que adaptarse a ella, entrar en su mundo, en sus gustos, sus hábitos, sus silencios, sus emociones, sus dolores, su transpiración, su costumbre. Entrar en su corazón. Y yo (embriagado de felicidad como estaba) no reparé en ello. No reparé en que la mujer que estaba conmigo no era la mujer que yo conocía. No reparé en que debía ir yo a ella y no ella a mi. Por eso no estaba preparado para su despedida; que volviera a ser Ella y se alejara de mi pequeño mundo, me cogió por sorpresa. Y la sorpresa me zarandeó la vida, agarrandome sin piedad del estómago y soltándome en medio de una tormenta, un ciclón de emociones. Y se fue, sin más. Para ella su adiós duró unos minutos, para mi largos años. Pero de eso, afortunamente, hace ya mucho tiempo»