Lo de los gin tonics se nos ha ido de las manos. Claramente. Cuando te sirven una copa que parece más una macedona de fruta que un combinado, es que algo no funciona. Los gintonics se han convertido en un arma de destrucción masiva.
No sé cómo empezó todo esto; supongo que poco a poco: a alguien le dio por poner algún “aderezzo” sobre la ginebra, otro quiso superarlo añadiendo dos, el tercero –que había estudiado química- pensó que la composición microbiótica del enebro maridaba bien con el aroma de fluzo de la tónica con cardomomo… Y claro, se lió. Esto es como las parejas que cada vez complican más sus despedidas por teléfono, que van en aumento de forma exponencial (“te quiero”, “yo a ti más”, “yo a ti más aún, chiquitina”, “pero yo a ti te quiero el doble, chiquitino”) [Ahora que lo pienso, las declaraciones de amor ya no se hacen por teléfono, sino por Facebook, lo que es mucho más público y hortera, pero esto sería para otra entrada….]
El caso es que ahora, cuando pides un gintonic en un bar el camarero se viene arriba, se le agrandan las pupilas, se le eriza el vello de la piel, sabedor que, durante unos minutos, va a ser a sus ojos casi un de decorador de interiores. Y coge la copa y empieza a trabajar en ella como Mr Bean preparando el regalo para el pobre bobo de Love Actually, y echa en ella cada vez más tonterías. Frutas exóticas. Hojas de flores. Hierbabuena (sí, sí, la de los mojitos). Nuez moscada. Semillas. Y, finalmente, te sirven un brebaje extraño, de aspecto indescriptible, cuyo precio tiene relación directamente proporcional con el número de “toppins” que le han puesto, y que tiene más vegetales que los que consumes normalmente en una semana.
Y el caso es que preparar un gintonic es muy sencillo. Basta hielo, bien duro. Ginebra sin sabores raros (London One, Bulldog…. Geranium si te quieres conceder un extra). Tónica como Fever Tree, Fentimans o la Schweppes clásica de toda la vida. Nada de cosas tales como pimientas rosas o verdes, membrillo, flor de azahar o similares. Ah! La Nordic ni verla; su única utilidad reside en poder ser usada como arma arrojadiza ante un camarero especialmente creativo. Un poco de piel de limón. Insisto: un poco. No se trata de tomarse un zumo. Y ya. Si se quiere, se le pueden echar unas bayas de enebro, pero solo eso. Que si nos venimos arriba, se complica la cosa. Aún recuerdo una Hendrics con láminas de pepino y no sé cuantas cosas más que sabía como el gazpacho de mi madre. Lo cual es curioso, ya que debería saber a ginebra. O, al menos, esa era la idea.
No es tan difícil. Solo le faltan un par de toques más para tener la ginebra perfecta. El primero, una buena compañía. Alguien con quien charlar y reír (y, evidentemente, que no quiera darte un curso químico como la combinación de los alcoholes de la ginebra con los frutos del bosque). El segundo, un buen puro. Cohiba Siglo VI, Partagás Serie D, Romeo y Julieta Churchill. Aunque la elección del habano, daría, también, para otra entrada….