Siempre quise tener un local de jazz. No necesariamente un local como los del Harlem pero sí uno en el que cada día, al apagarse el sol, alguien arrancara buena música de un piano en un escenario minúsculo, acompañado de un contrabajo, una guitarra y, por supuesto, un saxo tenor. Un local en el que donde los problemas, las prisas, las preocupaciones, las obligaciones se durmieran en copas servidas en vaso bajo y el humo del tabaco apenas dejara ver más allá de la música. Un local donde los clientes habituales me reconocieran cada noche y me saludaran con un leve movimiento de cabeza, mucho más sincero y afectuoso que los fríos estrechamientos de manos del resto de la jornada. Un local donde la gente se quedara fuera y entrasen las personas, donde se respirara creatividad, locura y arte. Y cerrar tarde, cuando la música se hubiese agotado y fuera ese momento del día en que empieza a ser pronto, salir de allí bajo el frio y la leve llovizna, subirme el cuello del abrigo mientras enciendo mi puro e ir con pasos lentos a mi casa, donde me espera un solo de saxo que me arranca la vida mientras apuro mi tabaco y mi última copa, al tiempo que me pregunto si, hoy también, prescindiré de dormir….