En ocasiones la vida se para en un día; más aún, en un momento. Antes la realidad posible, esperada, incluso deseada, era una. Después, al cabo quizá de los escasos segundos que lleva leer un mensaje, los minutos de una conversación, no más de unas pocas horas, todo cambia. En realidad no: todo sigue igual: quien cambia eres tú y tu futuro posible que ahora es imposible, extraño, deseado pero ajeno…
Quizá sea mejor a veces no saber, no enterarse pero nuestra curiosidad puede más y queremos saber, enterarnos de lo que no debemos, de lo que nos hará daño. Otras veces no podemos elegir: simplemente nos informan sin importar cual era nuestro deseo y ya.
Y entonces, la vida se para. O nos paramos nosotros: nos vemos levantarnos, ir a a trabajar, saludar pero realmente es como si no lo hiciéramos; más bien es como si lo viéramos en una pantalla de cine: vernos a nosotros mismos actuar, mientras lo sabemos una ficción ya que estamos sentados en la oscuridad, viendo una representación, sin poder tomar palomitas ya que la vida se nos está comiendo por dentro.
Y ya nada es como esperábamos, como deseábamos. Nos arrojan del paraíso y ahí nos quedamos, preguntando cual habrá sido nuestro pecado. Y, lo más triste, es que a veces ni siquiera ha habido pecado